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La rivalidad laboral

In document Huysmans: identidad y género (página 85-88)

2.3. Causas de la misoginia decimonónica

2.3.1. La rivalidad laboral

La Revolución Industrial del sigloXIXprovocó la entrada masiva de

las mujeres en el mundo laboral asalariado. La creciente industrialización se alimentó de la mano de obra femenina, más barata que la masculina debido —no únicamente— a su menor vigor y a los inconvenientes de su físico: in- disposiciones y embarazos mantenían separadas a las féminas de sus pues- tos, siendo este un motivo de gran utilidad para someterlas a una dolorosa discriminación.

De todas maneras, el primer colectivo con el que tuvieron que en- frentarse las mujeres no fue el del empresariado —a este le interesaba con- tar con tan barata mano de obra— sino con el de sus compañeros obreros. Como comenta el historiador británico Roger Fulford, «la mujer hubo de luchar contra el hombre, y no tanto contra el empresario; tuvo que afron- tar a su patrón doméstico, y no a su patrón económico».232Así lo estimó

también Sheila Rowbotham, quien comentaba que la competencia entre los hombres se intensificó, haciendo que las mujeres fueran expulsadas de los trabajos más ventajosos y rentables, siendo relegadas a aquellos de re- muneración más baja. En sus trabajos históricos centrados en la Revolu- ción Industrial, Rowbotham observó que hacia 1630, si bien los jóvenes impresores no protestaban contra la presencia de las mujeres en los traba- jos de imprenta no especializados, a mediados de siglo ya habían cambiado de idea consiguiendo expulsarlas. En la industria cervecera, una tal Mary Arnold fue encarcelada por haber seguido fabricando cerveza a pesar de una orden de los fabricantes de Westminster; hacia finales de ese siglo, las mujeres fueron excluidas de dicha producción. En otros oficios conside- rados más nobles, como la medicina, los requisitos para ingresar en su ejer- cicio excluían a las mujeres a medida que la profesión se iba convirtiendo en una ciencia. El oficio de Galeno solo fue ejercido a la postre por los hijos de las familias que pudieran permitirse su instrucción. Incluso en el ámbito de la partería, monopolio tradicional de las mujeres, eran los hom-

233 A. Moresno Sardà, El arquetipo viril protagonista de la historia, Lasal, Edicions de les Dones, Barcelona, 1987, p. 34.

234 «Al pudor, en el que se ve una cualidad par excellence femenina, pero que es algo mucho más convencional de lo que se cree, le adscribimos la intención primaria de encu- brir la defectuosidad de los genitales. Aunque nos olvidamos que el pudor ha tomado des- pués a su cargo otras funciones. Se cree que las mujeres no han contribuido, sino muy poco, a los descubrimientos y los inventos de la historia de la civilización; pero quizá sí han des- cubierto, por lo menos, una técnica: la de tejer e hilar. Si así ha sido, en efecto, podríamos indicar el motivo inconsciente de tal rendimiento. La Naturaleza misma habría suminis- trado a la mujer el modelo para tal imitación, haciendo que al alcanzar la madurez sexual crezca la vegetación pilosa que oculta sus genitales. El paso inmediato habría consistido en adherir unas a otras aquellas hebras que salían aisladas de la piel». En S. Freud, «La femini-

dad», en Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, en Obras Completas, ob. cit.; tomoVIII,

pp. 3164-3178.

235 C. Alzon, Mujer mitificada, mujer mistificada, Ruedo Ibérico-Ibérica de Publica- ciones, París-Barcelona, 1982, p. 56. Cómo no recordar, por otra parte, la famosa frase de Lautréamont en la que daba cita a una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección.

bres los que se ocupaban de ayudar a dar a luz a las mujeres ricas: como co- menta Rowbotham, la experiencia aducida por las mujeres no fue útil en su confrontación con «la abstracta teoría de los hombres. Pero en el Nuevo Mundo, la ciencia suponía un control de las ideas que proporcionaba poder».233

Como podemos observar, la oposición masculina fue enorme para evi- tar la ocupación femenina de los puestos de trabajo que, tradicionalmente, habían desempeñado conjuntamente ambos sexos. Incluso la conveniencia del oficio textil para las mujeres, monopolio femenino desde la noche de los tiempos, estaba siendo puesta en entredicho. El mismo Freud vio en él una cualidad femenina por excelencia, siendo esta actividad, que en principio tendría como finalidad cubrir los defectos de los genitales imitando la pi- losidad de la zona bajoventral, una de las pocas contribuciones de las mu- jeres a los avances de la civilización.234Sin embargo, el Congreso Obrero de

Marsella de 1866 denuncia la peligrosa potencia erótica de las máquinas de coser, culpables, según los términos de una memoria de la Academia francesa de Medicina de 1866, de ocasionar:

una excitación genital lo bastante viva como para que [las obreras] precisen dejar momentáneamente todo trabajo [...] y recurran a lociones de agua fría [...] Semejante instrumento, por su continuo movimiento, excita el delirio

236 P. Bourdieu, La domination masculine, Seuil, París, 1998, p. 101.

237 «Para llevar a cabo esta política del acercamiento sin duda la mujer está mejor pre- parada que el hombre que ha vivido al margen de tantas cosas para ocuparse exclusivamente de las únicas que consideró importantes» —dice V. Camps, El siglo de las mujeres, Cátedra- Feminismos, Madrid, 1998, p. 39. «Con las palabras de Noddings, la idea de que las muje- res ‘están mejor equipadas que los hombres para prestar cuidado y atención’» (p. 73). Reivindicación esta perfectamente encuadrable dentro de la que algunos sectores del femi- nismo hacen de la ética del cuidado, como explicamos en el capítulo 3.7.4: «Importancia de la bonne».

238 M. E. Giménez, «Feminism, pronatalism, and motherhood», en Joyce Trebilcot (ed.), Essays on Feminist Theory, Rowman y Allanheld, 1983, p. 288 y ss. Y Raquel Osborne,

La construcción sexual de la realidad, Cátedra Feminismos, Madrid, 1993, p. 140.

Ni siquiera esta actividad, que ha supuesto tradicionalmente una ex- tensión de las actividades desarrolladas en el interior del hogar, escapa a la susceptibilidad masculina. La consecuencia que podemos sacar de esta con- tinuada reticencia de los hombres decimonónicos es que solo veían conve- niente el encierro de las mujeres en el domicilio, excluidas de toda labor remunerada y exterior que les dotase de una cierta autonomía, peligrosa para la institución familiar. Incluso hoy día, el trabajo femenino exterior adolece de los mismos problemas, más cualitativa que cuantitativamente. Así lo comenta el sociólogo francés Pierre Bourdieu,236quien señala la con-

veniencia sexista de que el trabajo de la mujer en las esferas masculinas res- ponda a tres principios prácticos. Por una parte, debe ser una extensión de las labores domésticas: enseñanza, cuidados, servicio —las relacionadas con la política del acercamiento, como señala Victoria Camps parafraseando a otros autores.237Por la otra, una mujer no ha de tener autoridad sobre los

hombres: debe ser relegada a posiciones subordinadas. Y, finalmente, debe ser separada de la manipulación de máquinas y demás aparatos tecnológi- cos, que permanecen como funciones monopolizadas por los hombres.

Nuestra sociedad contemporánea ha contemplado el avance de la mujer con un cierto escepticismo, sabiendo que es necesario para su eman- cipación y su autonomía económicas; sin embargo, el inconveniente secu- lar para el desarrollo de una carrera profesional que es la maternidad se ha convertido también en una exigencia, en un derecho femenino. Es lo que se llama, hoy en día, el «síndrome de las dos cosas a la vez» (do both

syndrome).238Las mujeres no entienden deber renunciar a una cosa para ac-

239 V. Camps, ob. cit., p. 14. 240 Ib., p. 20.

241 «Nadie cuestiona ni duda, en cambio que el varón ‘quiera’ trabajar. Tiene que ha- cerlo». Ib., p. 64.

irremisiblemente, por la maternidad. En caso contrario, caen en la mascu- linidad, según expresión de alguna especialista en feminismo de plantea- mientos harto simplistas:

algunas mujeres han decidido ser hombres, imitarlos en todo: descuidan la casa, no cocinan, no van a la compra, no se ocupan del marido más de lo que este se ocupa de ellas, renuncian a tener hijos. Son solo profesionales, buenas profe- sionales. Mujeres que han hecho suya la cultura masculina.

Así lo considera la catedrática Victoria Camps239de manera un tanto

reduccionista y, sobre todo, normativa: ser mujer pasa inexorablemente por el ejercicio de la maternidad, pues la programación de la especie así lo ha decidido. Desean estas mujeres hacer compatible la vida privada —el hogar— con la vida pública —la profesión—, sin que deban preocuparles las lógicas colusiones entre ambos mundos.

«Descartada la idea de abandonar la vida privada, la compatibilidad entre una y otra es la primera tarea», dice de nuevo Camps.240Y todo ello

porque, en una bien entendida igualdad, la mujer debe equipararse al hom- bre en el ejercicio de las labores públicas, ya que el varón siempre quiere trabajar, pues tiene que hacerlo por definición ontológica.241

La práctica laboral femenina ha sido por fin aceptada por la sociedad actual, aunque a regañadientes: si quiere dedicarse a una labor profesional, deberá hacerlo sin menoscabo de sus «deberes de mujer»: el cuidado del hogar y la maternidad obligatoria. Siendo esto así, el desgaste que sufre la mujer en esta doble función es tanto mayor cuanto menor es la actividad del hombre en el ámbito doméstico. Y aun siendo este otro tema, no deja de mostrar claramente cuál es el fundamento de la oposición del patriarcado a la emancipación económica: el control sobre los vientres.

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