2.4. La mujer fatal como construcción misógina
2.4.2. Diablesas y mujeres fatales en los Testamentos: Eva, Lilith y otras
Como señala Jung —parafraseando a Dorneus— Eva aparece como dotada de una dualidad que la debilitaba ante los envites del diablo. Puesto que Adán estaba marcado por el unarius, no fue tentado con la manzana sa- biendo que su unidad era indestructible, indivisible. Por eso el diablo pri- mero tentó a Eva, y esta, a su vez, tentó a Adán haciendo recaer sobre la humanidad toda la cólera del Dios padre.
Es esta una fábula basada en la cábala hermética, tan aficionada a la numerología, que ve en los números pares símbolo de feminidad, y de masculinidad en los impares. En ello es fácil encontrar el punto diferen- cial del falo, que él solo es capaz de separar, ordenar y clasificar el mundo y su lógica matemática —claro exponente de una visión falogocéntrica del mundo.
Por este hecho primordial de la civilización, la mujer aparecería ínti- mamente ligada a las instancias diabólicas, como señala el gran estudioso de los arquetipos que fue Jung: «Dorneus, con gran astucia, descubre que el bi- nario es el secreto parentesco entre el diablo y la mujer».281
El antecedente de Eva, la incauta mordedora de la manzana, es Lilith, una diablesa de posible origen asirio-babilónico que pasó a ocupar una po- sición de importancia en la demonología hebraica.
Como comentan Bornay y González de Chávez,282Lilith fue la mujer
que se acoplaría con Adán antes de la llegada de Eva al Paraíso. Siempre se quejaba de que su esposo ocupase la posición superior durante la có- pula, por lo que este intentó obligarla a aceptarla por la fuerza. Ella se negó, pronunciando para ello el nombre mágico de Dios, tras lo cual se elevó en el aire y lo abandonó. Desde entonces se le atribuye la muerte de niños, como espíritu maligno que atacaba a las parturientas y a los recién nacidos.
283 S. Tubert, «Los monstruos femeninos de la cultura europea», en Vidal, Alarcón y Lolas (comps.), Enciclopedia Iberoamericana de Psiquiatría, Editorial Médica Panamericana, Buenos Aires, 1995, pp. 976-979.
284 La expresión de Vagina dentata ha sido analizada por Lederer, en W. Lederer, La peur
des femmes ou Gynophobia, Payot, París, 1970. Vid. también F. Monneyron, «Le dandy fin
de siècle: entre l’androgyne et le mysogine», en A. Montandon, L’honnête homme et le dandy, Gunter Narr Verlag, Tubinga, 1993. Vid. más adelante, en nuestro texto, lo que expresa Simone de Beauvoir sobre ese innato miedo masculino a profundizar en la intimidad fe- menina.
285 B. Stoker, Dracula, Penguin Books, Londres, 1994.
La psicoanalista Silvia Tubert dirá de ella que constituye una repre- sentación de la Diosa madre, rebajado a personaje maldito en función de su rebeldía.283
La lista de mujeres malditas por su atrevimiento a actuar por sí mis- mas demandando una igualdad y un placer que creen corresponderles se completa, en el imaginario judeocristiano, con Herodías o Salomé —esti- lizada por Wilde, Mallarmé, Gustave Moreau y, a comienzos del sigloXX,
por el vienés Klimt—; y con Judith, quien libró a Betulia del látigo del general Holofernes seduciéndolo y cortándole la cabeza mientras dormía. Ejemplos de una feminidad asesina y castradora que erizaba el vello de los decadentes finiseculares. Naturaleza extremadamente sexual que por la búsqueda activa del placer aterroriza al compungido hombre decimonó- nico, como si en la cópula con estas mujeres les fuera la suerte de su miem- bro viril: enfrentados al sexo de las mujeres como si estas estuvieran dotadas de una vagina dentada.284
Todas estas diablesas encontraron ecos en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX. Hasta el punto de convertirse en una referencia in-
discutible en toda obra que pretendiese entrar en la nómina decadente. Tal vez un caso interesante —aparte de los ya citados de Wilde y otros, in- cluido Huysmans— sea el de los personajes femeninos seducidos por la influencia diabólica de Drácula, del escocés Bram Stoker.285Las dos jo-
vencitas deseadas por el viejo vampiro, Lucy Westenra y Mina Murray, re- presentan —antes de la entrada en juego del monstruo— el estereotípico ángel del hogar: la promesa de la esposa fiel y abnegada, prudente, con- tenida y reservada. Sin embargo, a lo largo de todo el relato, es su honor el que está en juego: la primera muere, demonizada, atravesada por la es-
286 J. Serna, «Simpatía por el vampiro», en Claves de Razón Práctica, n.º 125, septiem- bre 2002.
287 Otra exitosa revisión de este mito de la mujer diabólica lo tenemos en la novela El
exorcista, de William Peter Blatty, en la que una niña es poseída por el diablo, sometiéndola
a las más extrañas torturas y vejaciones, así como las más curiosas metamorfosis en su aspecto. W. P. Blatty, The Exorcist, Bantam Books, Nueva York, 1972 (versión española, El exorcista, Planeta, Barcelona, 1984) (Film The Exorcist, dir. William Friedkin, guion de W. P. Blatty, Los Ángeles, 1973).
288 E. de Goncourt, La Faustin, ob. cit., p. 196.
taca de la justicia humana; la segunda, Mina, es salvada por el sacramento del matrimonio y el ajusticiamiento final del conde transilvano.
Sin embargo, lo que realmente pone de relieve esta exitosa novela es la exhumación del ser voluptuoso y pecaminoso que hay en toda mujer desde tiempos adánicos.286La facilidad de su contacto con las fuerzas más oscu-
ras de la naturaleza y del más allá la convierte en ese ser impredecible y pe- ligroso que se apodera del cuerpo de los hombres y, lo que es más, de su alma. En medio de una escenografía de marcado carácter sexual, las vam- piresas, habitadas por el mal del monstruo, chupan la sangre de sus vícti- mas, y, como Lilith, se alimentan de niñitos recién nacidos que hacen las delicias de sus viciosos colmillos.
Se trata, pues, de una revisión moderna del mito de la mujer diabólica: una hembra poseída por las tenebrosas fuerzas de la lujuria, que la meta- morfosean en un ser venido de un inalcanzable más allá del que los hom- bres están excluidos.287
En el ámbito francés —que es el que nos interesa para el bosquejo de la psicología de Huysmans—, la parte demoniaca en la mujer fatal se cumple a la perfección. La actriz La Faustin —de la novela homónima de Goncourt— es un ser cambiante, que, como buena diabólica, sufre transformaciones y modificaciones que la hacen imprevisible: «être divers et multiple, dans lequel, tout à tour, la duchesse alternait avec la gri- sette».288Otro personaje femenino más caracterizado como diabólico den-
tro de esta misma novela es Marie la Bonne-Âme, amiga de la Faustin. Hay una curiosa escena en la que la joven se pone a hablar de los aman- tes que ella misma escoge para su propio placer. Al hacerlo parece recu- perar el tono y la pose dignas de una diablesa, transformada de mujer
289 Ib., p. 22
290 J.-K. Huysmans, À rebours, ob. cit., p. 189.
291 J. Barbey d’Aurevilly, Les Diaboliques, edición de Jacques Petit, Gallimard Folio, París 1973, p. 267.
292 Ib., p. 279.
civilizada en mujer poseída por un espíritu maligno que la pervierte: la na- turaleza femenina, salvaje e indómita, de las cortesanas de Lucifer:
elle se mit à tourner par la chambre comme une bête fauve dans une cage: le noir que prenait le bleu de ses yeux en ses pensées mauvaises, le rutilement de sa tignasse tout fraîchement teinte sous les lueurs de la lampe, lui mettant au front queque chose du caractère, de la farouche grandeur de la prostituée de
l’Apocalypse.289
No obstante, el más famoso glosador de la mujer diabólica de la se- gunda mitad delXIXes, sin duda alguna, Barbey d’Aurevilly. Su libro Les
Diaboliques, publicado en 1874, y que fue una influencia declarada y con-
fesada por el propio Huysmans (o por su alter ego des Esseintes),290fue una
colección de relatos que conoció un cierto éxito, convirtiéndose en una re- ferencia inexcusable en el culto de la mujer fatal de la literatura francesa. «Une femme, c’est l’aimant du diable!»,291—dice uno de los comensales de
esa ripaille que es «À un Dîner d’athées». Es precisamente en este relato donde las referencias al componente diabólico de la mujer fatal quedan más patentes. En él se comentan las hazañas de una mujer prodigiosa, la Ro- salba: la más brillante, la más fascinante cristalización de todos los vicios que los comensales hubieran conocido jamás: «dans le mal, une perfec- tion!» —dicen de ella.
La Rosalba, como buena diabólica, es una mujer de carácter inesta- ble, que puede pasar de un estado de ánimo a otro completamente dife- rente bajo el imperio de la lujuria. «Rosalba, cette catin arrosée de pudeur par le Diable, qui avait, malgré ses mœurs, conservé la faculté, qui tenait du prodige, de rougir jusqu’à l’épine dorsale deux cents fois par jour!»292
¡Doscientas veces al día! Metamorfosis esas que, por su frecuencia, solo deben de poder estar al alcance de una naturaleza sobrehumana. Mujer metamorfoseada, pues, en prostituta satánica, que por ello mismo pro- curaba al hombre que la gozase un número inimaginable de placeres sexuales:
293 Ib., p. 270. 294 Ib., p. 137. 295 Ib., p. 117. 296 Ib., p. 272.
297 V. Sau, «De la facultad de ver al derecho de mirar», pp. 29-40, en M. Segarra y A. Carabì (eds.), Nuevas masculinidades, Icaria, col. Mujeres y Culturas, Barcelona, 2000, p. 31. c’était sûrement ce Diable-là qui, dans un accès de folie, avait créé la Rosalba, pour se faire le plaisir... du Diable, de fricasser, l’une après l’autre, la volupté dans la pudeur et la pudeur dans la volupté, et de pimenter, avec un condiment céleste, le ragoût infernal des jouissances qu’une femme puisse donner à des
hommes mortels.293
La Rosalba, aun siendo un caso especial, guarda concomitancias con el resto de sus compañeras de sexo, pues todas ellas («une femme […] quel-
conque», podría decir Aurevilly) son capaces de perder a los hombres en los
meandros de su voluptuosidad sin límite. «Elles font bien tout ce qu’elles veulent de leurs satanés corps, ces couleuvres de femelles, quand elles ont le plus petit intérêt à cela»,294como dice de Hauteclaire de Stassin en «Le
Bonheur dans le crime». Y es que solo las mujeres tocadas por la des-gracia diabólica son capaces de salir de su marasmo pasivo —propio de la mujer tradicional— y adoptar una actitud activa y dinámica —por ello mismo peligrosa para la autoridad masculina. «Chose étrange! dans le rapproche- ment de ce beau couple, c’était la femme qui avait les muscles, et l’homme qui avait les nerfs»,295dice el narrador de Mlle. de Stassin en el mismo re-
lato. Porque, lo que verdaderamente admira Aurevilly en las mujeres, aun- que parezca que se haya complacido en pintar estos retratos magnificentes de sus diaboliques, es la sumisión y la docilidad. Así lo comenta de esa pro- digiosa amante que es la Rosalba, de bellísimos ojos, pero que «ils n’étaient jamais plus beaux que quand ils étaient baissés».296
Por mucho que sea digna de admiración la soberbia y la indocilidad en las mujeres, jamás serán consideradas como características puramente fe- meninas. Como dice Victoria Sau, la actividad es masculina y ‘fea’ en la mujer. Y si el hombre admira tímidamente esta activa amenaza femenina es porque pone en peligro su carácter dominante y acepta gustoso el reto: «sabe que él ganará y ella o será destruida o se convertirá a la belleza pasiva de una buena esposa y madre»297—que será el resultado de la justicia poética que
298 E. y J. de Goncourt, Germinie Lacerteux, Cátedra, Letras Universales, Madrid, 1990, p. 218.
critoras decimonónicos. Así se resuelve la azarosa vida de Germinie Lacer- teux, la protagonista de la novela homónima de los hermanos Goncourt: a fuerza de independencia con respecto al hombre, Germinie pasa por mo- mentos de embriaguez en los que se permite buscar al macho y solo al macho, dejando al hombre-individuo de lado. Haciendo un uso casi mas- culino de ellos, «como si hubiera perdido las características de su propio sexo, ella misma atacaba, reclamaba la brutalidad, se aprovechaba de la em- briaguez, y era ella a quien se le entregaban».298La suerte que corre Ger-
minie es, como no podía ser de otro modo, la de una temprana muerte —que no se puede sino relacionar con lo que vaticinaba Carlos Herrera a La Torpille en Illusions perdues.
La actividad femenina, pues, es un sinónimo de muerte de ascen- dencia diabólica. Incluso la petición de un beso proyectando los labios hacia delante pasa por una amenaza casi fálica: esos labios rojos y erécti-
les de Alberte sobre los que el vizconde de Brassard pone su beso y que fi-
nalmente penetran los suyos —en «Le Rideau cramoisi» de Les
Diaboliques. Fantasías masculinas que les hacen sentirse poseídos cuando
los hombres se aventuran a poseer una mujer fatal; complejo de muerte que nace por el miedo a la castración que puede inflingirles una volup- tuosidad sometida a su libre impulso. Como el mito de la mantis reli- giosa, que debe decapitar a su amante para que este expulse su semilla y se haga efectiva la inseminación, la mujer fatal tiene en su sexo ese cepo de lobo, esa vagina dentata tan temida por los hombres. A veces en de- mostraciones tan evidentes como esta cita de la novela Monsieur de Pho-
cas, de Jean Lorrain, en la que en un pasaje Fréneuse contempla una
estatuilla demoníaca: «ses seins hardis et ronds point[ai]ent dans une lueur au-dessus du ventre sombre, un ventre étroit et plat qui se renfl[ait] à la place du sexe au-dessus d’une petite tête de mort». ¡Una cabeza de muerto subrayando un bajo vientre femenino! El miedo masculino a esta instan- cia diabólica es como la del adolescente que aprende el arte de amar en los brazos de una prostituta: la primera vez acude tembloroso, temiendo lo peor de su rite de passage hacia la condición viril.
299 S. de Beauvoir, ob. cit., vol.II, «L’Expérience vécue», p. 164.
Il y a beaucoup de jeunes gens qui ne s’aventurent pas sans angoisse dans les ténèbres secrètes de la femme; ils retrouvent leurs terreurs d’enfant au seuil des grottes, des sépulcres, leur effroi aussi devant les mâchoires, les faux, les piè- ges à loup: ils imaginent que leur pénis gonflé restera pris dans le fourreau des muqueuses.
Qué bien demostró saberlo Simone de Beauvoir con la redacción de estas frases.299Una angustiosa investigación espeleológica, poblada de de-
monios y de monstruos come-niños en la que el hombre jamás se aventu- rará sin miedo, a menos que consiga considerar a su compañera como su
semblable, son frère... Todo un mundo de húmedas profundidades que tanto
obsesionaba a Huysmans y que tan profusamente poblaron las obsesiones de sus personajes de novela. Un mundo subterráneo al que se teme porque se desconoce, al que se desconoce porque se le separa de sí, al que se le se- para porque hay que controlar... La solución pasa por cesar el férreo y es- tricto control o por empeñarse en continuar en ejercerlo de manera más ardua aún si cabe...