Capítulo V Surgimiento de la Polis
5. Ayuntamiento y mercado
Llegamos ahora al centro dinámico de la ciudad griega: el ágora. Casi desde el comienzo se había ido desarrollando la separación entre el ágora y el recinto del templo, es decir, el modesto lugar de encuentros para los negocios seculares y el augusto lugar dedicado a los sacrificios y a las plegarias a los dioses. En Grecia esta separación se produjo antes que en la Mesopotamia, pues, por lo menos en los tiempos posthoméricos el comercio y la industria nunca se habían desarrol1ado bajo la dirección inmediata del templo. En vez de un arcaico capitalismo de Estado con una base teológica y surgido de una concentración regia del poder, ocurrió exactamente lo opuesto: la contribución voluntaria de dádivas a un altar como el de Apolo en Delos convirtió esa isla pelada en un prospero centro bancario, que desempeñó una parte considerable en el desarrollo comercial helenístico. Si en la economía del siglo V bien podía decirse que el agora era una plaza de mercado su función más antigua y persistente fue la de lugar de reunión comuna. Como de costumbre, el mercado fue un subproducto de la congregación de consumidores, quienes, aparte de hacer negocios, tenían otros motivos para reunirse.
Como tantas otras manifestaciones de la polis griega arcaica, se encuentra el ágora descrita en la Ilíada, en la primera descripción adecuada de la actividad diaria de una comunidad griega, a saber, la que Homero concentró en las imágenes de oro y plata en el fabuloso escudo de Aquiles. El ágora aparece allí como un "lugar de asamblea" donde "las gentes de la ciudad se congregaban", y la finalidad de la congregación, en este contexto, era decidir si un asesino tenía que pagar una compensación adecuada en sangre a la parentela del muerto. Los ancianos, "sentados sobre piedras pulidas en media del círculo reverenciado", daban a conocer su decisión.
Hasta la comunidad más primitiva tiene que hacerse cargo de sus asuntos colectivos y examinar sus dificultades comunes, rompiendo tensiones insostenibles de ira, miedo y suspicacia, y restableciendo el equilibrio social roto por la agresión y la venganza, por el robo y la reparación arbitraria. Un lugar así para reunirse debió haber existido desde mucho tiempo atrás en la aldea, posiblemente bajo un árbol sagrado o junto a un manantial, en una superficie bastante grande como para que también pudieran llevarse a cabo en ella las danzas o los juegos de la aldea. Todas estas funciones del ágora pasarían a la ciudad y adquirirán formas mas diferenciadas en la compleja pauta urbana. Pero en su estado primitivo, el ágora era, por sobre todo, un lugar para hacer uso de la palabra; y no hay posiblemente plaza de mercado urbana en la que el intercambio de noticias y opiniones no desempeñara, al menos en el pasado, un papel casi tan importante como el intercambio de mercancías.
A decir verdad, las funciones del mercado como centro de transacciones personales y de entretenimiento social sólo se perdieron del todo cuando se introdujeron en los Estados Unidos, a mediados del siglo XX, el automatismo y el carácter impersonal de los "supermercados". Inclusive en este caso, la pérdida social ha sido sólo en parte compensada por el desarrollo del centro de compras más grande donde, con el estilo característico de nuestra época supermecanizada, diversos medios de comunicación para las masas sirven, por lo menos, como sustituto - bajo el taimado control de los guardianes del mercado, los avisadores - de las comunicaciones directas y cara a cara (en dos direcciones) entre comprador y vendedor, entre vecinos y colegas comerciales.
El ágora primitiva tenía una forma amorfa e irregular. Si era a veces una plaza abierta, en una población como Thera podría ser poco más que el ensanche de la calle principal, una calle ancha, exactamente como lo era, para elegir solo uno entre un centenar de ejemplos, en la población inglesa de HighWycombe. Primordialmente, el ágora es un espacio abierto, de propiedad pública y que puede ocuparse con fines públicos, pero que no es necesariamente encerrado. A menudo los edificios contiguos están dispuestos en un orden irregular, aquí un templo, allá un monumento a un héroe o bien una fuente; o, tal vez, en una hilera, un grupo de tiendas de artesanos, abiertas al transeúnte; en tanto que, en el medio, los puestos provisionales podrían indicar el día de mercado cuando el campesino llevaba su ajo, sus verduras o aceitunas al pueblo y se marchaba con un cacharro o se hacía arreglar el calzado con el remendón.
Sin embargo, a partir del siglo VII, con la introducción de las monedas acunadas de oro y plata como nuevo medio de intercambio, el comercio se convirtió en un elemento más importante en la vida de la ciudad y las funciones económicas del ágora siguieron extendiéndose. Ahora, un grupo creciente de personas, dedicadas en gran parte a la exportación y a las transacciones mayoristas, empezó a trabajar, no sólo para vivir mejor sino en pos de riquezas abstractas; eran personas que aspiraban a hacerse tan ricas como el famoso Creso, el rey de Lidia, sin que la prudencia les intimidara por el hecho de que éste tuvo un mal fin. En realidad, estas nuevas funciones económicas presionaban tanto sobre las acciones políticas y jurídicas del ágora que, a fines del siglo VI, por lo menos en Atenas, la asamblea popular, necesitando espado, abandonó el ágora y se refugió en el Pnyx.
Con todo, aún en la época de Solón, el Ágora de Cerámica estaba trazada deliberadamente de modo tal que sirviera igualmente como mercado, como lugar de asamblea y de festivales; y si bien una parte del ágora estaba reservada a menudo para las amas de casa, era, por sobre todo, un recinto para hombres. A decir verdad, el ágora servia como una especie de "club" extra oficial, donde, si uno se quedaba dando vueltas el tiempo suficiente, se encontraría con los amigos y los compañeros de diversiones. Pero, incluso en el siglo V, como señaló Aristófanes en
Las Nubes, los terratenientes preferían holgazanear en el gimnasio, donde sólo se
encontrarían con gente de su misma clase.
Esta función social del lugar abierto ha persistido en los países latinos y, así, la plaza, el campo, la piazza y la grand'place descienden en línea recta del ágora; pues es en el lugar abierto, con sus cafés y restaurantes circundantes, donde se producen encuentros espontáneos y cara a cara, conversaciones y flirteos que no son oficiales, aunque sean habituales. Incluso la función deportiva y la dramática del ágora original no desaparecieron nunca del todo; a fines de la Edad Media, en el norte de Europa, todavía tenían lugar torneos caballerescos en las plazas de los mercados y éstos fueron seguidos en el siglo XVII por exhibiciones
militares. En ellas, el ágora, dicho sea a propósito, recibía el nombre de Hipódromo; y carreras de caballos, semejantes a las que en otros tiempos se llevaban a cabo allí, se siguen corriendo todos los anos en el célebre Palio de Siena; carreras que culminan en la plaza frente al Ayuntamiento. Como en el ágora se reunían tantas funciones urbanas importantes -la ley, el gobierno, el comercio, la industria, la religión, la sociabilidad - nada tiene de extraño, como observa Wycherley, que siguiera ganando terreno a expensas de la acrópolis, hasta que al final pasó a ser el elemento más vital y distintivo de la ciudad. A decir verdad, en la ciudad helenística llegó a apoderarse, con el nuevo templo o el teatro vecino, de algunos de los antiguos ocupantes de la acrópolis.
Con el tiempo, el ágora se convirtió en un recipiente indiferenciado, no muy diferente del posterior foro romano. Eubolo, poeta griego del siglo IV, observaría que
"en Atenas todo se encuentra en venta en el mismo lugar: higos, testigos de citas
judiciales, racimos de uvas, nabos, peras, manzanas, informantes, rosas, nísperos, potaje, panales, garbanzos...mecanismos de clasificación, flores de lis, lámparas, relojes de agua, leyes, denuncias".
Allí, un templo o un santuario estaría instalado entre un amontonamiento de tiendas, y el campesino con su burro podía empujar a un filósofo detenido, como Platón debió detenerse a menudo para observar un alfarero o un carpintero entregado a su trabajo ante su taller abierto, exactamente como todavía hoy se puede ver a los artesanos atenienses.
Pero si bien la continúa expansión del ágora indica el cambio producido en la economía griega, el paso del comercio rural entre vecinos al tráfico de ultramar, corresponde indicar un hecho singular respecto de este crecimiento, pues el mismo revela una falla decisiva en la constitución de la polis. Esa falla contribuyó casi tanto como sus actividades bélicas a minar toda esta civilización urbana. Aparte de los artesanos, quienes podían ser ciudadanos de poca monta, forasteros libres o esclavos, los medios mercantiles en expansión del ágora estaban en manos de extranjeros, de "metecos", según se les llamaba. A esta gente se le negaba, excepto en circunstancias excepcionales, el privilegio de la ciudadanía; no podía contribuir a hacer las leyes, trasmitir decisiones legales, poseer tierras o incluso, cuando no eran griegos, casarse con personas nativas de la ciudad. En síntesis, se trataba de una minoría que estaba excluida políticamente y cuya única ocupación consistía en hacer dinero. Eran personas que, por necesidad, invertían todas sus energías en ganar dinero y adquirir las cosas que podían comprarse con él.
Desgraciadamente, el comercio y la industria estaban fuera de la esfera de la educación griega o paideia; a decir verdad, según observara Heródoto, los griegos "honraban menos que a sus otros ciudadanos a los que aprendían algún arte... pero
estimaban que eran nobles los que se abstenían del ejercicio de las artesanías".
Esto se oponía al espíritu de la época de Solón, cuando, según Plutarco, "trabajar
no avergonzaba a nadie", ni se hacía distinción respecto del comercio sino que se
consideraba que el de comerciante era un noble oficio. Excepto en las ciudades comerciales de Jonia, que habían abandonado las costumbres aristocráticas de la Grecia homérica y que ya no equiparaban los mayores bienes de la vida con los que procedían de la caza y de la guerra, los ciudadanos griegos rechazaban el comercio como modo posible del bien vivir. Robar y engañar, si podemos juzgar a través de Homero, no eran incompatibles con las virtudes aristocráticas; pero la simple transacción comercial, basada en el valor dado y recibido, era tratada como algo más innoble que la expropiación unilateral a la fuerza. Sólo los corintios tendrían suficiente orgullo de su éxito como mercaderes para quedar exceptuados de este prejuicio. Este desmoralizado "hacer dinero" abrió el camino para otras formas de desmoralización.
El desdén griego por el mercado fue una actitud suicida: la buena fe y la reciprocidad necesarias en todas las formas de comercio a larga distancia, dependientes del crédito, nunca pasaron de los negocios a la política; a decir verdad, lo que ocurrió fue exactamente lo contrario, pues Atenas se convirtió en una explotadora implacable de los desvalidos y en la enemiga sistemática de sus rivales económicos, en un momento en que su propio aumento de población reclamaba el ensanche de todo el campo del esfuerzo conjunto por el bien colectivo. Al edificar su imperio, Atenas recurrió a los métodos violentos de la nobleza, con
una vuelta más de brutalidad civilizada, a fin de reclamar como cosa exclusivamente suya el excedente que habría enriquecido a toda la Hélade.
En su bosquejo biográfico de Pericles, Plutarco trató de defender la política de obras públicas seguida por ese estadista, en términos muy semejantes a los que mucho después usarían otros para defender la política de Napoleón III y Haussmann, en el mismo aspecto. Como la ciudad contaba con "todas las cosas necesarias para
la guerra, podía dedicar el excedente de sus riquezas a las empresas que, ulteriormente, una vez llevadas a feliz término, le darían honor eterno y que, de momento, mientras se desarrollaban, hacían vivir en la abundancia a todos los habitantes". Plutarco se detiene a mencionar los diversos materiales que se
utilizaban en el templo - la piedra, el bronce, el marfil, el oro, el ébano, la madera de ciprés -, los diversos oficios que los trabajaban, las actividades de los mercaderes y marinos, que trasladaban los productos, para no hablar de los "fabricantes de carros, ganaderos, carreteros, fabricantes de cuerdas,
trabajadores del lino, zapateros, curtidores, trabajadores camineros y mineros".
Así, concluye Plutarco, "la ocasión y los servicios de las obras públicas
distribuyeron mucho, a través de todas las edades y condiciones".
Por supuesto, todo esto era edificación de pirámides, tanto en el sentido egipcio como en el reciente sentido keynesiano de la expresión; en caso de que, en realidad, uno y otro sentido no fueran intercambiables desde un comienzo. Y dice algo respecto del decoro moral de un gran conjunto de ciudadanos atenienses que, pese a la magnitud del soborno - empleo constante! economía en expansión! nunca estuvimos mejor! -, ninguna parte de su política fue criticada más agriamente que ésta en las asambleas populares. Los enemigos de Pericles señalaban que Atenas había ensuciado su reputación al financiar este enorme programa con el tesoro común de los griegos guardado en la isla de Delos, al sacarlo de ella y utilizarlo en beneficio exclusivo de los atenienses. En comparación con este tipo de expropiación unilateral, hasta el modo más inescrupuloso de comerciar presentaba ventajas morales. No siendo partidaria de la federación o del gobierno representativo, no siendo experta como Mileto y Rodes en materia de colonización, Atenas procuró monopolizar tanto las ventajas económicas como las culturales, en vez de aplicar sus grandes talentos a hacerlas etéreas y distribuirlas profusamente. No nos debe asombrar, pues, que la ruda Esparta tuviera de su lado a Delfos.
A medida que el número de mercaderes extranjeros crecía en proporción a la prosperidad financiera de la polis, el número de habitantes que no tenían intereses directos en su vida aumentaba correlativamente. Se trataba de aquellas gentes que, si buscaban educación, la podían obtener rápidamente, mediante retribución, de esos estudiosos ambulantes, los sofistas maestros cuyo pecado principal consistía en que afirmaban estar en condiciones de enseñar, en unas cuantas lecciones breves, a cambio de una paga, lo que a la ciudad helénica, con la colaboración de todas sus instituciones, le llevaba en realidad toda una vida impartir a sus ciudadanos.
Por consiguiente, incluso cuando la ciudad griega se convirtió en una "democracia", sus ciudadanos constituían una clase aparte, una "minoría dominante". Cuanto más vastas se hacían las actividades económicas de la metrópolis en expansión del siglo V, más se extendía indudablemente el abismo entre los ciudadanos y los que no lo eran. No menos que los mercaderes, los artesanos importados podrían venir de tierras no habituadas al gobierno autónomo e incapaces de apreciar la libertad y la autonomía de la polis. Recordemos que Aristófanes menciona, incluso, albañiles egipcios. Estos hombres podían ser "libres", pero no podían asumir una ciudadanía activa.
Muchos de los ciudadanos de Atenas carecían de los medios para vivir la descansada vida aristocrática que su constitución presuponía. A fin de disponer del tiempo libre requerido para el desempeño de sus funciones como legislador o como jurado, el ciudadano ateniense se veía obligado a solicitar del tesoro el apoyo público durante su periodo de mandato. Cuando Pericles introdujo la remuneración de dichos servicios, las antiguas familias de terratenientes, que vivían de rentas y de productos de sus campos, consideraron que esta paga era poco más que una limosna o un soborno. Pero lo que realmente era escandaloso es que hiciera depender la libertad de la ciudadanía de la esclavización de comunidades más débiles.
El comercio siguió siendo para el ciudadano griego un intruso indeseable en la
polis ideal, opuesto tanto al modo de vida aristocrático como al agrícola. Esta
prevención fue trasmitida a romanos como Cicerón, quien, en De Civitate, escarneció a aquellos que se alejaban de sus hogares tentados por "esperanzas y
sueños elevados" de lucro comercial; a decir verdad, Cicerón atribuiría la caída
de Corinto y de Cartago a su "avidez por mercar" y a la dispersión de sus ciudadanos. En el ínterin, los hombres de negocios se volvían cada vez más indiferentes en cuanto a la forma de gobierno, siempre que el gobierno les permitiera proseguir con sus empresas y sacar ganancias. Esta indiferencia debe haber ejercido una perniciosa influencia sobre quienes todavía trataban de practicar el gobierno democrático. El poder económico, por más que esté oculto, no puede ser desconocido. A fines del siglo IV, el centro económico de gravedad se había trasladado decididamente de la tierra al comercio; de la antigua oligarquía frugal y que se abastecía a sí misma había pasado a mercaderes astutos, ostentosos de sus ganancias, con quienes un gobernante absoluto podría hacer negocios.
En la economía griega del siglo V el mercader extranjero desempeñó un papel similar al que desempeñaría el judío en la economía cristiana de la ciudad medieval: hacía falta, pero no se lo quería. El mejor cálculo sobre la población de la ciudad griega que pueden hacer hoy los estudiosos revela la debilidad de esta forma contraída de participación ciudadana. En su momento culminante, Atenas tenía, según Wyeherley, 40.000 ciudadanos cabales (de sexo masculino), posiblemente unas 150.000 personas libres (metecos, mujeres y niños) y tal vez 100.000 esclavos. Las proporciones son correctas, probablemente, si bien es casi seguro que las cifras son demasiado elevadas. En otras palabras, menos de uno entre siete de sus habitantes eran ciudadanos con todos los privilegios de la ciudadanía; e incluso entre estos ciudadanos, una proporción creciente estaba representada por artesanos y comerciantes que carecían del sentido de obligación pública que las familias de terratenientes, comparables en esto con la aristocracia rural inglesa, fomentaban entre sus miembros. Los dirigentes políticos que siguieron a Pericles fueron, sucesivamente, un traficante en cáñamo, uno en ovejas, uno en cuero y uno en salchichas, es decir, hombres que, por una parte, carecían del orgullo de la vieja aristocracia, y que, por la otra, carecían de la competencia educada de la nueva clase comercial marítima.
La incapacidad para moralizar el comercio y para incluir sus bienes, con restricciones adecuadas, en la esfera de la buena vida, fue, tal vez, una causa tan importante de la desintegración helénica como la difusión de la esclavitud o la incapacidad para hacer frente a los sucesivos ataques de imperios inflados. Casi desde el momento mismo en que se creó, la polis, el griego no fue nunca capaz de rectificar su imagen según la cual una vida noble y descansada era, esencialmente, la vivida por la aristocracia homérica. Esta imagen excluía al comerciante, al banquero, al trabajador manual, al tendero, a decir verdad a todos los que eran necesarios para producir el excedente económico por otros medios que no fueran la explotación y el latrocinio sin tapujos. Ahora bien, sin este