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El enigma de las ruinas urbanas

In document Lewis Mumford Cidade (página 47-49)

Capítulo III Formas y Pautas Ancestrales

2. El enigma de las ruinas urbanas

Si bien las existentes ruinas de ciudades proporcionan de vez en cuando una clave para la comprensión de las instituciones y de la vida institucional que las acompañaron, no se cuenta con nada comparable a un registro consecutivo de los cuatro mil primeros años de existencia de la ciudad; e incluso cuando se trata de una civilización tan profusa en monumentos y documentos como la de Roma, quedan grandes secciones en blanco. No obstante, vale la pena considerar por separado los fragmentos dispersos y desmembrados, antes de que tratemos de reunirlos y de estimar su valor y su significado.

La primera cosa que observamos, para señalar el tránsito de la aldea a la ciudad, es un aumento en la superficie edificada y en la población. Pero esta diferencia dista mucho de ser decisiva, ya que, en la cultura neolítica más reciente, las aldeas más desarrolladas, en algún punto natural de encuentro entre regiones, pueden haber ganado en población y en tierra arable sin ninguna otra trasformación importante. No es por si sólo el número de personas en una superficie limitada, sino el número que puede ponerse bajo un control unificado, para formar una comunidad muy diferenciada al servicio de propósitos que trascienden la crianza y la supervivencia, lo que tiene una significación urbana decisiva.

Entre las ruinas arcaicas más grandes, Megiddo, en Palestina, cubría una hectárea y media; Gurnia, en Creta, que encerraba sesenta casas, medía sólo dos hectáreas y media de superficie: ambas eran aldeas, evidentemente, si bien las aldeas primitivas podían ocupar no más de media o una hectárea y dar albergue a menos de una docena de familias. Mucho después, la superficie amurallada de Micenas, la población más rica de Grecia, en su período, abarcaba no más de cinco hectáreas, estando más cerca de una ciudadela que de una ciudad cabal, pues hacia la misma época, Karkemish, situada en Siria sobre el río Éufrates, cubría cincuenta y siete hectáreas, en tanto que aún anteriormente, en el tercer milenio, Mohenjo-Daro, una de las grandes capitales de la civilización del Indo, cubría doscientas cuarenta y tres hectáreas.

No obstante, la ciudad representaba un nuevo grado de concentración urbana, una nueva magnitud en materia de instalación humana. La antigua ciudad de Ur, el primitivo hogar de Abrahán, con sus canales, bahías y templos, ocupaba noventa hectáreas, en tanto que los muros de Uruk cercaban una superficie poco mayor que las quinientas hectáreas. En parte, esto indica una extensión de la superficie dedicada al cultivo de materias alimenticias, y en parte un aumento de sistemas de trasporte y otros medios tecnológicos; pues en la Edad de Hierro, con un equipo más eficaz y con mejores herramientas cortantes, y con la utilización del metal para la fabricación de instrumentos agrícolas, además de un sistema más vasto de canales, la superficie abarcada por la ciudad se extendió más aún. En Asiria, Khorsabad, hacia el ano 700 antes de Jesucristo, abarcaba unas 300 hectáreas; un siglo después, Nínive comprendía tal vez 730 hectáreas; en tanto que aún después, Babilonia, antes de su destrucción por los persas, estaba rodeada por un mínimo de dieciocho kilómetros de murallas. Si al proporcionar estas estadísticas se incurre en omisiones, ello se debe a que las pruebas son tan escasas y confusas.

Lo más arduo es calcular la población de estas antiguas ciudades. Al principio estuvieron limitadas por las mismas dificultades en materia de trasportes que las

primeras ciudades medievales en Occidente y, al parecer, tenían poblaciones del mismo orden, esto es, que oscilaban entre las dos mil y las veinte mil personas. Es probable que el tamaño normal de una ciudad primitiva fuera aproximadamente el de lo que hoy llamaríamos una unidad vecinal, es decir, unas cinco mil almas o menos. Así, al comienzo de la asociación urbana diferenciada, la ciudad conservaba aún las intimidades y solidaridades de la comunidad primaria.

Frankfort, al hacer excavaciones en Ur, Eshnunna y Khafaje, que florecieron hacia el año 2000 antes de Jesucristo, comprobó que el número de casas era aproximadamente de unas cincuenta por hectárea, densidad sin duda superior a la que conviene desde un punto de vista higiénico, pero no peor que la que se encontraba en los barrios obreros más populosos de Amsterdam en el siglo XVII; tal vez estaba compensada un poco, en ambos casos, por la presencia de canales. Incluso cuando Ur fue capital imperial, Frankfort calcula que la población no pasaría de 24.000 habitantes, en tanto que Khafaje sólo albergaba la mitad de esa cifra. El cálculo hecho por sir Leonard Woolley, en lo tocante a la "Ciudad Antigua" amurallada de Ur - 34.000 habitantes - no difiere considerablemente; si bien este autor destaca que sólo se trataba de una sexta parte de la Ur mayor, el posterior centro fabril con su vasto comercio. Según cálculo del propio Woolley, esa metrópoli acaso albergó unos doscientos cincuenta mil habitantes.

Los datos relativos a la densidad y el tamaño de las viviendas son igualmente desordenados; y hasta es posible que las ulteriores investigaciones no permitan, con todo, presentar cifras que sean muy dignas de confianza, ya que mucho depende de la densidad por habitación si se quiere distinguir entre una vivienda familiar decorosa y un tugurio. Sobre estos puntos no parece que sea fácil obtener datos seguros. Pero resulta interesante observar que las casas pequeñas que se han encontrado en Mohenjo-Daro, las cuales datan aproximadamente de mediados del tercer milenio antes de Jesucristo, tenían dos pisos y unos nueve metros por ocho, o sea, más o menos las mismas dimensiones de una casa modesta en la Priene griega, hacia el ano 200 antes de Jesucristo, la cual mediría ocho metros por seis. Tampoco habría parecido fuera de lugar en el East End de Londres, en el siglo XVIII; y la casa más vieja que se conoce es, concretamente, un poco mayor que la casa con cinco habitaciones que ocupé en Sunnyside Gardens, Long Island, en un loteo proyectado para viviendas modelo.

Lo que es sumamente significativo en estas cifras es su notable constancia a lo largo de un periodo de unos cinco mil anos. En lo concerniente a las moradas más espaciosas de las clases más prósperas, expresaban inicialmente las mismas diferencias que hoy observamos, pues van desde casas de diez habitaciones, que oscilan entre los 25 metros por 17 y los 28 metros por 21, en Eshnunna, Babilonia, Assur y Olynthos, hasta palacios de múltiples cámaras. Estas cifras abarcan un periodo que se extiende por unos dos mil anos y que incluye cuatro culturas bien diferenciadas. Pero, con unas cuantas excepciones, como la de Mohenjo-Daro, aparentemente la casa independiente no existía dentro de las poblaciones arcaicas, al igual que en la aldea polaca de Biskupin, que data de la Edad de Hierro y que ha sido excavada en nuestros propios días. La independencia y la espaciosidad fueron inicialmente atributos del palacio, reservados, junto con muchos otros hábitos y propiedades, para el pequeño grupo de nobles y funcionarios que estaban el servicio de los señores de las ciudades arcaicas. La vida suburbana independiente, instalada en un jardín, aparece desde muy temprano en las pinturas y los modelos funerarios de Egipto.

La manifestación siguiente de la ciudad es la ciudadela amurallada, rodeada por uno o más caseríos. Es probable que el descubrimiento del valor de la muralla como medio de protección del grupo dominante moviera a emplearla para circundar y mantener en orden las aldeas tributarias. Que la muralla sea un elemento esencial en la definición de la ciudad, según ha afirmado Max Weber, constituye un prejuicio aldeano. Pero, con todo, es verdad que la muralla perduró como uno de los rasgos más prominentes de la ciudad, en la mayoría de los países, hasta el siglo XVIII, siendo, en este sentido, las principales excepciones el Egipto arcaico, Japón e Inglaterra, donde las vallas naturales confirieron a sus ciudades y aldeas, en determinados periodos, una inmunidad colectiva; o bien donde, como en la Roma imperial y la China imperial, un vasto ejército o un colosal despliegue, a través del país, de barricadas de mampostería hizo innecesarias las murallas locales.

Pero en el tamaño de las ciudades hay un factor condicionante que, con excesiva frecuencia, se pasa por alto. Me refiero no sólo a la disponibilidad de agua o alimentos, sino a la extensión de los sistemas de comunicación colectiva. Platón limitaba el tamaño de su ciudad ideal al número de ciudadanos a los que pudiera dirigirse una sola voz; aun así, había una limitación más común en cuanto al número que podría reunirse en el interior de los recintos sagrados para tomar parte en las grandes ceremonias anuales. Si las ciudades sobrepasaron rápidamente el punto en que todos sus ciudadanos estaban al alcance de la voz de los demás, con todo, es probable que durante largo tiempo estuvieran limitadas al número que podía responder rápidamente a una convocatoria de palacio. Las ciudades mesopotámicas tenían un tambor de asamblea, del mismo modo que las ciudades medievales utilizaban una campana en la torre de la iglesia para convocar a sus ciudadanos; y no hace mucho que Inglaterra, frente al peligro de invasión y la posibilidad de una desorganización total de las comunicaciones por telégrafo y radio, volvió al toque general de las campanas de las iglesias, como señal establecida para el comienzo de un desembarco alemán.

Las primeras ciudades no fueron más allá de los límites impuestos por la distancia que puede recorrerse a pie o dentro de la cual puede escucharse un llamado. En la Edad Media, estar al alcance del sonido de las Bow Bells definía los límites de la ciudad de Londres; y hasta que, en el siglo XIX, se inventaron otros sistemas de comunicación para las masas, estos hechos figuraban entre los límites efectivos para el crecimiento urbano. Pues la ciudad, a medida que se desarrolla, se convierte en el centro de una red de comunicaciones: la chismografía junto al pozo o la bomba de la población, la conversación en la taberna o el lavadero, las proclamaciones del mensajero y los heraldos, las confidencias de amigos, los rumores de la lonja y el mercado, la relación epistolar entre los sabios, el intercambio de cartas e informes, de billetes y cuentas la multiplicación de los libros: he aquí otras tantas actividades centrales de la ciudad. A este respecto, el tamaño posible de la ciudad varía en parte con la velocidad y el alcance efectivo de las comunicaciones.

El tamaño reducido de las primeras ciudades nos dice algo en cuanto a una inicial restricción para la vida urbana o, por lo menos, en cuanto a la cooperación voluntaria e inteligente: sólo en el palacio y en el templo los medios de comunicación se multiplicaron; y tanto más por cuanto estaban efectivamente segregados del conjunto de la población. El gran secreto del poder centralizado era el secreto mismo. Esto es válido para todos los Estados totalitarios hasta nuestros propios días.

In document Lewis Mumford Cidade (página 47-49)