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La polis encarnada

In document Lewis Mumford Cidade (página 121-124)

Capítulo VI Ciudadano Versus Ciudad Ideal

3. La polis encarnada

Para comprender el logro total de la polis helénica es necesario, pues, apartar la vista de los edificios y considerar más de cerca al ciudadano. Pese a toda la tosquedad del marco urbano, todavía en el siglo V, el ciudadano griego había dominado el gran secreto de Emerson: ahorra en los niveles inferiores y gasta en los más elevados.

Lo que con excesiva ligereza consideramos un desgraciado obstáculo puede, en realidad, ser parcialmente el origen de la grandeza de Atenas.

EI ciudadano griego era pobre en comodidades; pero era rico en una gran variedad de experiencias, precisamente porque había conseguido dejar de lado tantas de las rutinas desvitalizadoras y de las compulsiones materialistas de la civilización. En parte había logrado esto echando una gran porción de la carga física sobre los esclavos; pero más aún reduciendo sus necesidades puramente físicas y ampliando el dominio de su espíritu. Si no veía la suciedad que le rodeaba era porque la belleza cautivaba su vista y encantaba su oído. En Atenas, por lo menos las musas tenían un hogar.

Lo que distinguía a la polis griega en su etapa de desarrollo era el hecho de que ninguna parte de su vida estaba fuera de la vista o fuera de la mente. No sólo todas las partes de la existencia estaban al alcance de la vista; únicamente las actividades serviles más mecánicas le eran negadas al ciudadano: en la mayor parte de las ocupaciones, el hombre libre trabajaba lado a lado con el esclavo, y el médico recibía la misma paga que el artesano. Todo cuanto los hombres hicieran podía ser inspeccionado, tanto en el mercado como en el taller, el tribunal, el consejo o el gimnasio; y todo lo que fuera natural era aceptable, por lo cual el cuerpo desnudo sería exhibido con orgullo en los certámenes atléticos, y ni siquiera los procesos físicos más repulsivos estaban excluidos de la conciencia. En ese sentido, el griego tenía un espiritu completamente abierto. Hasta Pericles, la escala humana íntima se mantuvo en todos los sectores; y la red entera de actividades urbanas tuvo forma y relaciones visibles: incluso su ocasional confusión estimulaba la inteligencia y promovía una nueva búsqueda de orden.

Durante una breve generación, en Atenas, las particularidades de los dioses, las particularidades de la naturaleza y las particularidades de los hombres estuvieron próximas a alcanzar un punto común: fue como si pudieran llegar a superarse las detenciones y las fijaciones, las aberraciones y perversiones incrustadas, casi desde el comienzo, en las piedras mismas de la antigua ciudad. Y no era meramente en las figuras de Fidias o Polignoto donde un nuevo ideal de la forma humana, a decir verdad de la personalidad plenamente desarrollada en cada una de las etapas climáticas de la vida, había cobrado forma. Pues esto sólo representaba la cristalización de un momento más vital, cuya solución la vida misma había asegurado. En la generación que rechazó las invasiones persas, una nueva concepción de la integridad humana tomó posesión de esta sociedad y embebió a todos los seres. En las actividades de la polis, si no en todas sus estructuras arquitectónicas, la naturaleza humana adquirió, de pronto, una estatura más cabal. En dos hombres, cuyas vidas superpuestas abarcan el siglo V, se encarnó el nuevo ideal de integridad, equilibrio, simetría y auto disciplina: en Sófocles y Sócrates. Y no por accidente fue cada uno de ellos, a su modo, un maestro del diálogo; pues fue mediante la lucha y la oposición, y no tan sólo por un crecimiento simétrico, como se elevaron a su estatura más oaba1.

Sófocles, el mayor de los dos, de cuerpo y rostro hermosos, director de la danza, diestro en la guerra como general, trasmitiendo a través de sus tragedias la nueva forma del teatro, la que, por su parte, había sido súbitamente liberada del arcaico ritual aldeano: he aquí un hombre como los que Solón había anticipado por primera vez, desapegado de todas las celosas preocupaciones del poder. Sófocles era el extremo opuesto del especialista arquetípico, de ese ser tullido y fragmentario, moldeado por la civilización para que desempeñe su pequeño papel y para que sirva, con ciega devoción de insecto, a las necesidades de la colmena. Era justamente lo contrario: en él hallamos una personalidad capaz de hacer frente a la vida en todas sus dimensiones, hasta en sus furiosas irracionalidades y oscuras compulsiones; un hombre que se encontraba cómodo en cualquier ambiente, que estaba a la altura de todas las circunstancias, presto a asumir la responsabilidad moral por sus opciones, hasta cuando la comunidad entera se le opusiera. "Por sí solo o con el apoyo de todos."

Al lado de Sófocles se levanta la figura opuesta de Sócrates, parecido en su vejez a un Sileno, con su nariz aplastada, lejos de ser hermoso, pero con una magnífica estructura física y una constitución resistente a los rigores de la guerra o a los extremos climáticos; sereno en el fragor del combate, lúcido en la bebida cuando otros rodaban ebrios; introvertido y extravertido: tan capaz del éxtasis mental solitario como de la interminable interrogación en la charla. Como otros libertos, era picapedrero de oficio, e hijo de dos trabajadores, un picapedrero y una partera, pero se sentía perfectamente en su casa en cualquier parte de la polis: era atleta entre los atletas, soldado entre los soldados y pensador entre los pensadores.

Estos hombres sólo eran dos de los representantes sobresalientes de la nueva ciudad, de la ciudad que estaba latente como idea, pero que nunca se realizó debidamente con el ladrillo o el mármol. Estos hombres no estaban solos porque los rodeaban figuras de dimensiones similares, como Arístides y Esquilo, Temístocles, Tucídides, Eurípides y Platón. Por su misma existencia, estos espíritus demostraban esa mutación repentina que produjo, entre unos cuantos millones de personas, dentro de un lapso de menos de dos siglos, un florecimiento mucho más rico del genio humano que cuanto registra la historia en otros períodos, tal vez con la excepción de la Florencia renacentista.

No fue el menor de los logros de Atenas el establecimiento de un medio dorado entre la vida pública y la privada; y con esto se produjo un traspaso en gran escala de la autoridad poseída por funcionarios pagos, al servicio del rey o el tirano, a los hombros de los ciudadanos comunes, quienes desempeñarían por turnos las funciones públicas. El ciudadano no sólo cumplía el servicio militar al ser convocado, contribuyendo con su propio equipo, sino que servía también en la asamblea y los tribunales; y, si no intervenía en uno u otro de los certámenes deportivos, si no actuaba en el teatro o cantaba en el coro, tendría por lo menos un sitio, cuando le tocara, en la gran procesión panateneica.

Casi todos los atenienses de sexo masculino tenían, en uno u otro momento, que participar en los negocios públicos, como miembros de la ecclesia o la asamblea, y para asegurarse de que sus decisiones fueran ejecutadas en debida forma. Como subraya Fowler, tareas que hoy son desempeñadas por jefes de departamento, secretarios permanentes, inspectores y magistrados, eran desempeñadas por el ateniense común, rotativamente y en secciones de cincuenta.

La participación en las artes formaba parte de las actividades del ciudadano tanto como el servicio en el consejo o en los tribunales, con sus seis mil jueces. Cada festival de primavera daba lugar a un concurso entre dramaturgos. Esto requería doce obras de teatro nuevas por ano, con la participación de ciento ochenta cantores corales y bailarines; en tanto que cada concurso de comedias reclamaba dieciséis obras nuevas por ano y ciento cuarenta y cuatro cantores corales y bailarines. En los cien anos del imperio, nos dice Ferguson, se escribieron y representaron en Atenas dos mil obras teatrales de calidad escogida, al par que se creaban y presentaban seis mil composiciones musicales.

Estas actividades estéticas reclamaban una participación en escala aún mayor que los misterios y milagros de la Edad Media; se ha calculado que cada año algo así como dos mil atenienses tenían que aprender de memoria las palabras y practicar la música y las figuras de danza de un coro lírico o dramático. Esto constituía una disciplina intelectual así como una experiencia estética del orden más elevado; y como resultado incidental, una proporción no pequeña del auditorio estaba constituida por actores, jueces expertos y críticos, así como por espectadores embelesados.

De este modo, la vida pública del ciudadano griego exigía su atención y participación constantes; y estas actividades, en vez de reducirlo a un oficio o a un sector limitado, lo llevaban del templo al Pnyx, del ágora al teatro, del gimnasio a la bahía del Pireo, donde se resolverían sobre el terreno asuntos relativos al comercio o la marina. No sólo mediante reflexión y contemplación frías, según aconsejaban erróneamente los filósofos, sino mediante acción y participación, movidos por fuertes emociones, y por observación atenta y contacto directo cara a cara, estos atenienses orientaban su vida.

Este mundo abierto, perpetuamente variado y animado, produjo un espiritu correlativamente libre de trabas. Tanto en las artes como en la política, Atenas había superado en gran parte los vicios originales de la ciudad: su conducción por

un solo hombre, su segregación de actividades su estrechez laboral y, lo que era peor, su burocratización; e lo habían echo, durante una generación por lo menos sin renunciar a la destreza ni disminuir el canon de excelencia. Por un momento la ciudad y, el ciudadano constituyeron una unidad y ningún aspecto de la vida parecía quedar fuera de sus actividades formadoras, plasmadoras de si mismas. Esta educación del hombre total, esta Paideia, según la ha llamado Jaeger, para diferenciarla de una pedagogía más mezquina, no ha sido nunca igualada por otra comunidad tan vasta.

Entre el recto Solón, quien arrojó, como si fuera una prenda sucia, el poder político que había reunido entre sus manos, y el sinuoso Pericles quien empleó palabras tejidas con las hazañas de hombres libres para, disfrazar una política de explotación "colonial", de esclavización y de implacable exterminio, entre estos dos polos opuestos no llegó a extenderse el lapso de un siglo. Pero en ese breve período Atenas fue más rica en ciudadanos que cuanto ninguna otra ciudad lo fuera hasta entonces.

Pasado ese momento, los edificios empezaron a ocupar el lugar de los hombres. El secreto para crear ciudadanos como los que la polis produjo durante un breve lapso fue buscado anhelosamente por filósofos y educadores, desde Platón hasta Isócrates; pero nunca fue analizado o revelado con acierto y no cabe duda de que gran parte de él se nos escapa aún hoy. Por los días en que Platón estaba preparado para analizar este problema, la sinergia original se había convertido, en parte, en una concentración de piedra, y un sector de ella se había dispersado con el desgaste de la guerra. La respuesta al problema que planteo el propio Platón revelaba sólo el valor de la desesperación.

En cualquier caso, esa ciudad potencial que encarnaron Sócrates y Sófocles no llegó nunca a la fase ulterior de la realización comunal. Aquellos que proyectaron y construyeron la ciudad helénica tardía y la posthelénica no consiguieron desarrollar los usos, las costumbres Y las leyes y las nuevas formas urbanas que habría trasmitido la experiencia del día dorado de Atenas y perfeccionado un medio ambiente capaz de moldear la nueva personalidad. Lo que Platón no sospechó jamás, aparentemente, fue que la Atenas de Solón y Temístocles era, por si misma, una escuela mayor que cualquier comunidad imaginaria que él fuera capaz de forjar en su mente. Ha sido la ciudad misma la que formó y trasformo a estos hombres, no sólo en una escuela o academia especial sino en todas las actividades, en todos los deberes públicos, en todos los lugares de reunión y encuentro.

Como consecuencia, los filósofos que sucedieron a Platón y a Aristóteles, por más que buscaran todavía el equilibrio y la plenitud de la vida, ya no se atrevían a buscalos en la ciudad. Traicionaron su propio credo al escabullirse de sus responsabilidades cívicas o al volverse hacia un imperio idealizado o a una política puramente celestial, en pos de una confirmación; en tanto que aquellos que asumían las cargas del comercio, de la política y de la guerra no tenían tiempo, en su turbia rutina, para las posibilidades más elevadas de desarrollo personal. Los monumentos del arte griego que ahora atesoramos eran expresiones válidas de esta vida en sus momentos más altos. Pero en parte eran, asimismo, sustitutos materiales de un espíritu que, si hubiera conocido el secreto para perpetuar, podría haber hecho una contribución más valiosa aún al urbanismo y el desarrollo humano.

Nunca estuvo la vida ciudadana de los hombres tan significativamente animada, nunca fue tan variada y enriquecedora, y nunca tan poco perturbada por mecanismos y compulsiones exteriores, como en el periodo que he tratado de caracterizar brevemente. El trabajo y el ocio, la teoría y la práctica, la vida privada y la vida pública estaban en interacción rítmica, en tanto que el arte, la gimnasia, la música, la conversación, la especulación, la política, el amor, la aventura e incluso la guerra, abrían todos los aspectos de la existencia y los ponían al alcance de la misma ciudad. Cada parte de la vida fluía a otra; ninguna fase estaba segregada, monopolizada, apartada. O así por lo menos debía parecerles a los ciudadanos cabales, por dudosa que la afirmación pudiera resultarles a sus esclavos o a sus mujeres.

En semejante constelación humana, el ritual del templo podría convertirse en tragedia y las ruidosas bromas y las toscas payasadas del mercado podrían convertirse en comedia satírica; en tanto que el gimnasio, en un comienzo punto de reunión de atletas, se convertiría en la Academia de Platón, en el Liceo de

Aristóteles o el Cinosarges de Antístenes, en el lugar de encuentro de una nueva clase de escuela, una verdadera universidad, donde el saber se tornó responsable socialmente, vinculado a un sistema moral que había negado a ser autocrítico y racional. Pero esa unificación interna nunca produjo del todo una forma exterior que reflejara y sustentara, en el mismo grado, la vida que había traído a la existencia.

La función de la polis era admirable: todas las partes de la ciudad habían adquirido vida en la persona del ciudadano. Pero el culto de esa institución y de esa función era un obstáculo para el ulterior desarrollo, pues por grandes que fueran las realizaciones alcanzadas por Atenas, no podían permanecer fijas en una imagen estática de perfección. Ninguna institución humana, sea polis o pontificado, puede pretender en su propio ser una perfección última, digna de culto. El crecimiento y la muerte se cobrarán lo suyo. En la división que tuvo lugar en el siglo VI entre la filosofía natural, que consideraba que el cosmos era una cosa o un proceso aparte del hombre, y la sabiduría humanista, que consideraba al hombre capaz de existir en un mundo autónomo y fuera del cosmos, se perdieron en gran parte las intuiciones mas antiguas sobre la condición del hombre, más ciertas, aunque también fueran más confusas.

Incluso en Sócrates, al menos en el Sócrates de Platón, las limitaciones del culto de la polis se hicieron patentes, justamente en el punto en que deberían haber desaparecido, en respuesta a las críticas. Pues la preocupación exclusiva por la

polis extendió más la distancia entre la inteligencia del mundo natural y el

control de los asuntos humanos. En Fedro, Sócrates declara que las estrellas, las piedras y los árboles no pueden enseñarle nada; lo que él buscaba sólo podía aprenderlo de la conducta de los "hombres en la ciudad". Era una ilusión de hombre de ciudad, que implicaba el olvido de la deuda visible de la ciudad hacia el campo, no sólo en materia de alimentos sino de mil manifestaciones más de vida orgánica, igualmente nutritivas para la mente; y no menos un olvido, como hoy sabemos, de la dependencia ulterior del hombre de una vasta red de relaciones ecológicas que ligan su vida con criaturas tan oscuras y al parecer tan remotas como las bacterias, los virus y los mohos; y, en última instancia, con fuentes de energía tan remotas como las radiaciones de estrellas distantes. La superstición babilónica estaba mas cerca de la verdad en sus asociaciones erróneas entre los movimientos de los planetas y los acontecimientos humanos que el racionalismo griego en su disociación progresiva de hombre y naturaleza, de polis y cosmos. Conocerse a sí mismo, como aconsejaba Sócrates, es saber que uno no es un espíritu desencarnado ni un habitante encerrado en una ciudad, sino una parte integrante de un cosmos envolvente, en la que por fin brilla la conciencia de si mismo.

Ni la polis griega ni el cosmos griego aprehendieron la medida total del hombre: tanto la una como el otro eran concebidos en imágenes estáticas que prescindían del tiempo y del desarrollo orgánico. Al hacer de la ciudad su dios, los griegos en general y los atenienses en particular perdieron el control del don más grandioso de la divinidad, a saber, el de trascender las limitaciones naturales y aspirar a objetivos situados más allá de todo logro inmediato. Aunque los anos que van de Pisístrato a Pericles asistieron a un extraordinario brote de poderes humanos, el ciudadano del siglo V no encontró el modo de producir una ciudad capaz de continuar el proceso mismo: sólo trató de ajustarse al molde ya conseguido. Pero la polis no podía convertirse en cosmos; y un cosmos que prescindía del cambio, de la trascendencia y de la trasformación no podía producir un orden más elevado en la ciudad.

En esto tenemos, tal vez, una explicación de por qué la concepción griega de la integridad y de la "bella bondad", encarnada en grandes personalidades que florecieron durante la guerra persa e inmediatamente después de ella, no creó nunca del todo una ciudad a su imagen y semejanza. Lo que ocupó el lugar de tal imagen fue la ciudad helénica, una ciudad higiénica, ordenada, bien organizada y estéticamente unificada; pero crasamente inferior, en su capacidad, para fomentar la actividad creadora. A partir del siglo IV los edificios empezaron a desplazar a los hombres.

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