Capítulo III Formas y Pautas Ancestrales
7. Egipto y la ciudad abierta
La historia de la ciudad que se revela en la Mesopotamia no puede ser repetida en lo concerniente a Egipto sin un gran número de distinciones, contrastes y particularidades. Este hecho subraya una verdad más general relativa a las ciudades, a saber, su marcada individualidad, tan fuerte, tan llena de "carácter" que, desde el comienzo, hace que las ciudades posean muchos de los atributos de las personalidades humanas.
La civilización naciente del cuarto milenio antes de Jesucristo presenta muchos de los mismos rasgos enérgicos en Egipto que en Sumer; a decir verdad, en sus absolutismos centralizados, en la avasalladora devoción al culto religioso, en su deificación del faraón, quien durante tanto tiempo compartió con los dioses el don de la inmortalidad, esta implosión y esta concentración de poderes y agentes parece ir más lejos en Egipto que en la Mesopotamia.
En Egipto había mucha turbulencia en la superficie cultural, abundancia de dioses grandes y pequeños, una buena provisión de tótemes tribales, una mezcla de lo eterno y lo efímero, de lo animal y lo humano, como si todas las manifestaciones de la vida fueran preciosas y ninguna parte de ella que alguna vez hubiera evidenciado vida pudiera ser negada o perdida. Pero todo esto sólo son raspaduras y garabatos en un vasto monolito de granito profundamente asentado en el lodo del Nilo, el cual presentaba poco desgaste: en sus formas principales después de miles de anos. Para los egipcios no había nada tan valioso como la segunda vida, después de la muerte; y la población primitiva debe, al menos, haber sonado con tener una participación en la inmortalidad antes de que los sacerdotes, como respuesta a una devastadora revolución popular, concedieran a todos la posibilidad de un tránsito al cielo, garantizado por la momificación y los conjuros mágicos. Después de esto, todo volvió más, o menos a su situación inicial.
Pero en vano se buscan en Egipto restos visibles de la ciudad comparables con los que se hallan en Sumer y que datan hasta del 2500 antes de Jesucristo, por más que las pirámides son antiquísimas y más inconmoviblemente perdurables. Un estudioso contemporáneo ha llegado a decir, acaso en son de burla, que la ciudad egipcia no existía hasta el 1500 antes de Jesucristo. Esta afirmación, más que un desafío a futuros excavadores, es un llamado en pos de una definición de ciudad más adecuada que la que hasta ahora ha contentado a urbanistas y sociólogos.
Cierto es que no se halla, en un comienzo, en el valle del Nilo la ciudad arquetípica de la historia, la villa amurallada, sólidamente delimitada y almenada, construida para perdurar. Con excepción de la ciudad, todo lo demás parecería haber hallado en Egipto una forma duradera. Los templos en Luxor y Karnak han ostentado sus majestuosos contornos a través de los tiempos históricos; las pirámides grandes y pequeñas aún hoy son visibles, por más que la moda de las pirámides floreció y murió casi con tanta rapidez como la moda de las complejas fortificaciones estrelladas, a fines del Renacimiento. No son pocas las muestras de estructuras independientes que atestiguan la exaltación universal del poder al comienzo de la civilización; obeliscos, paseos majestuosos para procesiones, columnatas, esculturas de granito y diorita en escala magna, todo esto atestigua la clase de vida que esperamos encontrar en la ciudad. Pero la ciudad es transitoria. Cada faraón construye su propia capital, sin deseo alguno de proseguir la obra de sus predecesores o de engrandecer su misma ciudad. Su hogar urbano le es tan exclusivo como su tumba. .. y tal vez por los mismos motivos egoístas. Incluso cuando se respeta el mismo solar general, como ocurre en el caso de Tebas, el desarrollo se lleva a cabo mediante una suerte de negligente acrecentamiento suburbano.
Pero es evidente que, si acierto al pensar que el arte monumental constituye uno de los rasgos más seguros de existencia de la ciudad clásica, la ciudad está inevitablemente "allí". Del mismo modo podemos observar todas las instituciones especializadas y complementarias de la ciudad en los pequeños modelos de madera que se han sacado de las sepulturas: la carnicería, la barcaza, el establecimiento del embalsamador, la panadería; y, por supuesto, hay templos y palacios de las mayores dimensiones desde mucho antes del 1500 antes de Jesucristo. Debió haber, también, centros visibles de control, pues el oficio de gran visir apareció ya en la Cuarta Dinastía, con el personaje que se desempeñaba como presidente del tribunal, jefe de los archivos y el tesoro y mayordomo de palacio, es decir, gobernador militar de la ciudadela. Todas éstas son funciones cívicas centrales. Ahora bien, si no se puede descubrir la ciudad con la misma forma arquitectónica que encontramos en la Mesopotamia antes del período relativamente tardío de Tell- el-Amarna (a comienzos del siglo XIV antes de Jesucristo), esto se debe, tal vez, a que la ciudad amurallada fue, en Egipto, una forma "primitiva", cuyas características militares desaparecieron cuando los grandes faraones establecieron un orden universal y un mando unificado, que se fundaba principalmente en la fe religiosa y el apoyo voluntario, y no en la coerción física. Esta ideología predominó a todo lo largo del valle del Nilo. Es un hecho seguro, como destaca H. W. Fairman, que, durante el período de Negada II, había poblaciones con murallas circundantes de ladrillo. En las paletas de piedra de los tiempos predinásticos tardíos y de las primeras dinastías, las poblaciones aparecen como círculos u óvalos, rodeadas por fuertes muros, a menudo provistos de contrafuertes.
Quizás esto explique el de otro modo inexplicable jeroglífico que corresponde al concepto de ciudad, un cercado ovalado o circular, cuyas encrucijadas (si es que se trata de encrucijadas) dividen a la ciudad en cuatro sectores. Si esto constituye, en realidad, un plano simbólico, se trataría del mejor símbolo posible de la ciudad clásica. El hecho de que este signo fuera empleado desde el comienzo mismo de la escritura insinúa que tiene un origen todavía más antiguo; a decir verdad, en sí misma la forma circular haría probable una procedencia arcaica, si bien se la encuentra repetida, aparentemente, en poblaciones hititas que son posteriores y si bien se halla un diseño análogo en antiquísimas vasijas predinásticas. La ciudad de El Kab, en el Alto Egipto, entre Latópolis y Hieraconópolis, se encuentra en una zona rica en tumbas que datan de las dinastías quinta y sexta. La ciudad más grande, encerrada por un muro de unos 190 metros cuadrados, floreció probablemente hacia 1788-1580 antes de Jesucristo. Pero este muro corta el de una población más primitiva en forma de óvalo o círculo, protegida por un muro doble. Tanto la forma como la fecha resultan significativas. En la Mesopotamia, cada ciudad constituía un mundo separado. En el Egipto faraónico las ciudades no contenían, probablemente, una parte tan grande de la población; las funciones de la ciudad - cercamiento, asamblea, entremezcla - eran desempeñadas por la tierra misma. El desierto y la montaña constituían la "muralla"; los nomos y los grupos totémicos formaban los "vecindarios", y las tumbas de los faraones y los templos servían de "ciudadelas" de otro mundo. Era el propio faraón, y no la deidad familiar de la ciudad, quien encarnaba a la comunidad: sus poderes divinos se difundían por todo su dominio. Pero en el período predinástico y en las dos grandes recaídas en el feudalismo local y la dispersión, si nos atenemos a la descripción de Jacques Pirenne, las ciudades fueron entidades separadas y autónomas, cuyos ciudadanos estaban exentos de las restricciones de la servidumbre, podían viajar a voluntad y estaban en condiciones de emprender negocios privados, por lo menos en el Bajo Egipto. Curiosamente, esta "recaída" en la autonomía ofrece un estrecho paralelismo con una similar evasión del control central y una expresión parecida de independencia municipal en la Edad Media europea, después de la caída del Imperio Romano de Occidente.
No es posible, pues, que el éxito mismo del sistema político religioso de los faraones, después de Menes, eliminara la necesidad del centro de control amurallado? El éxito de las primeras dinastías al desarrollar una forma religiosa de gobierno, centrada en un rey que era aceptado popularmente como un dios vivo, modificó en dos sentidos el problema de la construcción de la ciudad. Eliminó la necesidad del cercamiento como medio de coerción y control; y creó un tipo singular de ciudad, que sólo se desarrolló del todo en Egipto: la ciudad de los muertos. Alrededor de las pirámides centrales de Gizeh encontramos una auténtica organización urbana de cadáveres, con las tumbas dispuestas en hileras ordenadas,
en calles y callejuelas; las mastabas de los nobles tienen, incluso, la apariencia de casas. Con una inversión tan costosa para la permanencia en estas estructuras monumentales, no es muy asombroso que la ciudad de los vivos careciera de los medios, y acaso también de la voluntad, para asumir una forma más duradera.
En esta teología invertida, los muertos tenían precedencia sobre los vivos; y de esto se seguía que al campesino le era permitido permanecer en su aldea y su pequeña villa de mercado, y que, para las necesidades ordinarias de la vida, bastara con la cultura aldeana. Por más que esta civilización produjo en abundancia registros escritos y monumentos, por su procedencia están restringidos a las clases dominantes. Excepto en ocasión de las grandes festividades, que atraían grandes masas humanas a las comunidades, de los templos, como Abydos, no era necesario arrastrar a aquella dócil y satisfecha población aldeana a los grandes centros urbanos. Felices con sus dioses menores y sus obligaciones también menores, en el caso, la casa y el villorrio, seguían de buena gana las benéficas órdenes del faraón. Si sus funcionarios recolectaban una palie de la cosecha, también mantenían en buenas condiciones el sistema de irrigación y restablecían los límites entre las aldeas después de las inundaciones anuales. Esa ley y ese orden aseguraron, a la larga, una mayor prosperidad para la población en aumento. Hasta que los señores feudales, en sus baluartes locales, y los ulteriores invasores extranjeros desafiaron a la monarquía central, el poder político fue más allá de las limitaciones de la ciudad y no manifestó necesitarla militarmente. Las mismas capitales reales siguieron teniendo un aire momentáneo e improvisado: sólo las tumbas y la ciudad de los muertos eran construidas como para una ocupación permanente. Todavía entre 1369-1354 antes de Jesucristo, la nueva capital de Akhetaton sólo fue habitada durante dieciséis anos. Pero las ciudades de templos, como Menfis, continuaron siendo comunidades sagradas durante mil quinientos años. Si no había murallas entre las ciudades predinásticas o de las primeras dinastías y las del Imperio, algún otro modo de organización produjo las mezclas e intercambios propios de la ciudad encerrada entre piedras? En qué forma existían, de existir, estas funciones urbanas después que quedaron unificados el Alto y el Bajo Egipto? Es posible hablar, en tal situación, de una implosión urbana, lo mismo que de una estructura urbana?
Hasta aquí, al analizar las partes integrantes de la ciudad, he hecho hincapié en la función esencial del receptáculo cerrado, que concentró los agentes sociales y les dio un campo cerrado que promovió la máxima interacción. Pero la ciudad no es tan sólo un recipiente: previo a contener algo es el paso que consiste en atraer a la gente y a las instituciones que prolongan su vida. A este aspecto de la vida de la ciudad, Ebenezer Howard le aplicó, en justicia, el nombre de imán; y este término resulta tanto más eficaz para la descripción cuanto que asociamos con el imán la existencia de un "campo" y la posibilidad de acción a la distancia, visible en las "líneas de fuerza social" que atraen hacia el centro partículas de una naturaleza diferente. La religión organizada desempeñó tal función en la ciudad primitiva, pues la religión constituía la mejor parte de la vida; a decir verdad, a través de la religión los hombres realzaban su propia vitalidad, así como la de sus cosechas y animales; y, a través de la inmortalidad atribuida a los dioses, el hombre se sintió alentado para tomar medidas a fin de asegurar su propia inmortalidad, en primer término el faraón, pues también él era un dios, pero, con el tiempo, todos los hombres que habían obedecido las leyes, asistido a las ceremonias y tratado al prójimo con orden y justicia, conforme con el espíritu de Ma'at.
Aquí notamos una diferencia significativa entre Egipto y la Mesopotamia de los primeros tiempos. En la Mesopotamia, el rey no era un dios, y los dioses mismos no eran, con unas pocas excepciones, ni amantes, ni razonables, ni admiradores de la virtud cívica; en realidad, más de un registro se refiere a la imposibilidad de complacerlos o de esperar congraciarse con ellos mediante la buena conducta.
"Inseguridad" e "intimidación" son términos que cubren todos los registros mesopotámicos; y hasta en las escuelas se mantenía a un funcionario con un látigo, para que conservara el orden. Estas costumbres dejaron sus huellas en todos los aspectos de la vida, en reiterados actos de crueldad y violencia, que alcanzaron una culminación indudable con la caprichosa ferocidad del monarca asirio Asurbanipal. Los mismos poderes cósmicos, en vez de dotar a los gobernantes con las virtudes más humanitarias, sancionaban una política de terror, a tal punto
que, todavía en los tiempos de Hammurabi, el código mismo de la ley al que debe su fama contenía una interminable lista de delitos, muchos de ellos triviales, punibles con la muerte o la mutilación, con arreglo al estricto principio de ojo por ojo y diente por diente, agregándose, a veces, unos cuantos órganos más como lastre. Incluso sin el incesante estallido de guerras, había una corriente subterránea de terrorismo y castigos sádicos en dicho régimen, similar a la que se ha revivido en los Estados totalitarios de nuestra época, que tantas semejanzas tienen con estos absolutismos arcaicos. En tales condiciones, la cooperación necesaria de la vida urbana exige la aplicación constante del poder policial y la ciudad se convierte en una especie de prisión cuyos habitantes están bajo constante vigilancia. Se trata de un Estado no sólo simbolizado sino efectivamente perpetuado por la muralla y sus puertas atrancadas.
Dos grupos de dioses descollaban sobre el resto del panteón egipcio: Re y Osiris, Ptah y Hathor. El sol benéfico y las fuerzas de la fertilidad y de toda clase de creación. Como consecuencia, en Egipto, el imán, el centro de atracción y aspiración parece haber predominado desde los días más remotos sobre el receptáculo más compulsivo; y acaso esta explica la forma diferente que asumió allí la ciudad. En la vida egipcia había por igual una unidad externa y una unidad interna. A pesar de sus diferencias entre el Nilo superior y el inferior, el valle entero constituía una sola unidad, con un cinturón casi uniforme de vegetación, un cielo sereno, un ciclo climático previsible y una atmósfera benigna. Basta flotar con la corriente del río para llegar a la desembocadura o bien izar la vela, una vez que se inventaron las velas, para remontar el río con un viento que, por lo común, viene de atrás. En la Mesopotamia había que desafiar a la naturaleza, responder golpe con golpe. En Egipto, era suficiente someterse, para garantizar que un ano sería felizmente como el otro. Esta armonía estática, este profundo equilibrio interior, simplificó el problema de esgrimir las nuevas fuerzas técnicas que la civilización trajo a luz: la uniformidad exterior iba acompañada por la unidad interior, a decir verdad, por una dócil y afable unanimidad.
Como dios, el faraón encarnaba los atributos amistosos del sol y de la vegetación viva y la fertilidad animal; y, ya en el 3000 antes de Jesucristo, observa Breasted, "mando" y "comprensión" se habían convertido en atributos de Re, el dios solar, el cual, en una u otra forma, se convirtió en el miembro que presidía un vasto panteón que contenía unas cuatrocientas divinidades. Para semejante señor, el templo desempeñaba un papel más importante que el castillo y la guardia armada. Qué necesidad, había de ejercer el terrorismo cuando se obtenía tan fácilmente la obediencia, cuando la presencia de un dios vivo en el medio garantizaba la abundancia y la seguridad, el orden y la regularidad, la justicia en este mundo y, al menos, una inmortalidad por delegación en otro?