Del Nilo al Jordán.
3. Bajo el Cielo de la Estepa.
Sinaí-Qadés, 230 kilómetros. — Dos fuentes en la gran estación de parada. —
Una patrulla de exploradores se dirige hacia Hebrón.— El racimo de uvas era una cepa entera. — Pueblos extranjeros. — La mujer de un felá encuentra el archivo de Amarna. — Cartas de príncipes indoarios cananeos. — Una colonia hurrita entre las torres de petróleo de Kirkuk. — El relato de los exploradores da origen a una nueva decisión. — El llamado "desierto" en la Biblia era "la estepa."
Y LOS HIJOS DE ISRAEL PARTIERON DEL DESIERTO DE SINAÍ POR ETAPAS (Num. 10:12).
Israel había aceptado la creencia en un solo Dios y en sus leyes; el santuario portátil que le erigieron — el Tabernáculo — lo habían construido con madera de acacia (Ex. 25:10), árbol propio de la península del Sinaí, donde aún hoy día está muy extendido. Casi un año había durado la estancia junto al monte Sinaí. Ahora reemprenden su marcha y se dirigen hacia el Norte, directamente hacia Canaán. Qadés, la próxima etapa que constituirá una piedra miliar en la larga permanencia de los hijos de Israel en el desierto, se halla a 230 kilómetros en línea recta desde el Sinaí.
También este trozo del camino puede seguirse perfectamente gracias a los precisos datos topográficos que nos facilita la Biblia. La ruta conduce a lo largo de la costa occidental del golfo de Akaba hasta el desierto de Farán (Num. 12:16) — el actual Badiet et-Tin, que significa "Desierto de la Soledad" — siguiendo su linde oriental. De los lugares en que acamparon a lo largo de esta marcha (Num. 33:16-36) pueden identificarse con toda seguridad Jeserot y Esyon-gueber. Jeserot es el actual Ain Huderah, situado en las proximidades del golfo; Esyon-gueber se halla situado en la punta extrema del golfo de Akaba, aquel lugar que más tarde tenía que ser el centro portuario e industrial durante el reinado de Salomón (Rey. 8:26).
En la peregrinación a lo largo de la orilla del golfo vuelve a repetirse el "milagro" de las codornices. De nuevo es primavera, la época de la emigración de las aves y, de nuevo, la descripción resulta de acuerdo con la realidad:
"Entonces se levanto un viento enviado por Yahvé que trajo codornices por la parte del
mar y las dejo caer en derredor del campamento" (Núm. 11:31).
FIG. 22. — Arca de la Alianza con querubines y barras para el transporte (reconstrucción).
"Partieron de Esyon-gueber y acamparon en el desierto de Sin, o sea Qadés" (Num. 33:36).
Más abajo de Hebrón, el terreno quebrado de Judá va descendiendo hasta formar una llanura, cuya parte sur, en dirección al "Arroyo de Egipto," se resuelve a su vez en un valle árido que se ramifica y que cada vez es más pobre en agua (Num. 34:5; ]os. 15:4; 1 Re. 8:65). Es el Negueb, el bíblico "País del Mediodía" (Num. 13:17). En medio de innumerables "wadis"—valles secos que sólo ven el agua en la época de las lluvias de los meses de invierno — está situado Qadés. El antiguo nombre de Qadés ha quedado conservado en la pequeña fuente de "Ain Qedeis," en la cual abrevan sus rebaños los nómadas que por allí pasan. El agua escasísima de aquella fuente no pudo abastecer por mucho tiempo a los 6.000 hijos de Israel y a sus rebaños. Sólo a siete kilómetros al noroeste de Qadés surge del suelo la aguada más rica de toda aquella comarca, la "Ain el-Qudeirat." A ella debe el wadi Qudeirat su gran fertilidad. Desde aquí los hijos de Israel podían ver en lontananza la Tierra Prometida, de la cual no podían aún formarse idea.
Quizá la precipitación con que se realizó la huida de Egipto les impidió enterarse de ella en el propio Egipto. Sin embargo. Palestina era tan conocida para las gentes del Nilo que la ausencia de este conocimiento hasta en los mínimos detalles merecía el reproche de falta de cultura. Aman-apa se burló e hizo mofa de un "escribiente de órdenes del ejército" de la época de Ramsés II por su ignorancia sobre Palestina. Hori, empleado en las caballerizas reales, le contesta en una misiva con agudeza satírica, sondeando al propio tiempo sus conocimientos geográficos: "Tu carta es larga y cargada de sonoras palabras. Mira, se te paga como a aquel que busca recompensa y aún con creces. Nosotros decimos: Si es verdad lo que dices, sal fuera para que puedas ser examinado. Se te prepara un caballo veloz como... un chacal. Veamos lo que haces. ¿No has visto el país de Upe, junto a Damasco? ¿No conoces su situación tal cual es? ¿Cuál es la situación de su río? ¿No has ido hasta Qadés? ¿No has pasado por el camino que conduce al Líbano, donde el cielo es obscuro durante el día? Está poblado de cipreses y de robles y de cedros que llegan hasta el cielo. También te hablo de una ciudad misteriosa: Biblos es su nombre. ¿Qué aspecto tiene? Pues bien, ilústrame sobre Sidón y Sarepta. Cuéntase de otra ciudad que se halla junto al mar, su nombre es el puerto de Tiro, que el agua es llevada a ella por medio de naves. Si penetras hasta Jaffa verás que los campos verdean. Si te internas tierra adentro... verás la bella muchacha que cuida de los viñedos. Ésta te considerará como compañero y te concederá el encanto de su regazo... Dormitarás y permanecerás ocioso. Te robarán .. Tu arco, el cuchillo de tu cinto, tu carcaj y tus riendas serán destrozadas en la obscuridad... Tu carro se romperá. Tú dirás: ¡Dadme alimentos y agua, pues llegué felizmente! Pero se harán el sordo y no te atenderán. Ven, condúceme a la senda que se dirige hacia el Sur, al país de Akko. ¿Dónde está la montaña de Sikem? El hábil escritor ¿por dónde marcha hacia, Hazor? ¿En qué estado se halla su río? Ven, cuéntame de otras ciudades. Instrúyeme sobre el aspecto de Kyn junto a Meguiddo; dame a conocer a Rehob. a Betschean y a Kiriath-el. Enséñame cómo se pasa por delante de Meguiddo. El río Jordán... ¿por dónde se atraviesa?"
El empleado de las caballerizas reales, Hori, pone fin a su misiva de esta suerte: "Mira, por ti he cruzado la tierra de Palestina... contémplala despacio para que, en el porvenir, estés en condiciones de describirla... y así... llegarás a ser un buen consejero."
Los empleados del reino, soldados, mercaderes, tenían, pues, una idea bastante clara de Palestina. Moisés, perteneciente a un humilde pueblo de pastores, tiene que informarse previamente de ese país. Por esto manda exploradores a él.
TALES SON LOS NOMBRES DE LOS VARONES QUE MOISÉS ENVIÓ A EXPLORAR EL PAÍS. MOISÉS ENVIÓLOS A EXPLORAR EL PAÍS DE CANAÁN Y LES DIJO: "SUBID AHÍ AL NEGUEB Y REMONTAD LUEGO LA MONTAÑA. OBSERVAD LA TIERRA CÓMO ES Y AL PUEBLO QUE EN ELLA HABITA SI ES FUERTE O DÉBIL, SI ESCASO O NUMEROSO" (Num. 13:17-18).
Entre los doce exploradores se encuentra Josué, hombre dotado de grandes cualidades como estratega, según aparece más tarde en la conquista de Canaán. Como terreno principal de información eligen la comarca del Hebrón, al sur de Judá. Después de cuarenta días se presentan a Moisés para informarle; y como señal de que habían dado cumplimiento a su encargo le traen frutos del país que han explorado: higos y granadas. Gran expectación produjo un enorme racimo que cortaron en el "Valle de
Eskol," pues lo "transportaron entre dos en una pértiga" (Num. 13:23). La posteridad
se extraña en forma escéptica porque el cronista habla de un solo racimo. En realidad se trataba seguramente de una cepa con su fruto. Los exploradores la cortaron junto con los racimos, que así se conservan más tiempo. En todo caso, es auténtica la indicación del lugar de origen que nos da la Biblia. "Eskol" quiere decir "Valle de las Uvas," y se halla situado al sudoeste de Hebrón. Hasta en nuestros días, esta comarca es rica en viñedos. Racimos de uvas muy pesados, de 10 a 12 libras, no son cosa rara.
Los exploradores hacen una relación igual a la que hizo Sinuhe 650 años antes sobre Canaán, representándola como una tierra "que mana leche y miel... Ahora que el pueblo
que habita el país es recio y las ciudades fortificadas y muy grandes" (Num. 13:27-28;
Dt. 1:28).
Al dar cuenta de los diferentes habitantes del país mencionan a los hititas que hoy día ya conocemos; a los amorreos, a los yebuseos, que moran alrededor de Jerusalén; a los
cananeos y a los amalecitas, con los cuales Israel tuvo una refriega junto al Sinaí.
También nombran a los hijos de Haanaq, que deben de ser los "hijos de los gigantes" (Num. 13:22-33). "Haanaq" puede también significar "de cuello largo." Nada más puede decir hoy la ciencia sobre el particular. Se ha lanzado la idea de que en los "gigantes" hay que ver posiblemente los restos de los elementos de un pueblo anterior al semita; sin embargo, no existe ninguna prueba para hacer tal afirmación.
De hecho, en aquella época vivían en Canaán razas extranjeras que debieron ser desconocidas de los israelitas que llegaban de Egipto. De qué pueblos descendían, nos lo han comunicado ellos mismos, y precisamente en los ladrillos de barro cocido que en el año 1887 fueron hallados casualmente por la mujer de un felá en Tell el-Amarna 1. Posteriores exploraciones dieron por resultado el hallazgo de 377 documentos más. Se trata de mensajes cuneiformes de los archivos reales de Amenofis III y de su hijo Eknatón, que hizo construir en el-Amarna, junto al Nilo, su nueva capital. Las tablillas contienen la correspondencia que los príncipes de Palestina, Fenicia y Siria meridional sostuvieron con la oficina de asuntos exteriores de ambos faraones redactada en acádico, el lenguaje diplomático del segundo milenio antes de J.C. La mayor parte de los manuscritos están llenos de palabras típicamente cananeas; algunas de ellas se hallan escritas casi enteramente en este dialecto. El valioso hallazgo arroja, por primera vez. una luz muy clara sobre la situación de Palestina en los siglos XV y XIV antes de J.C.
Una de las cartas dice así:
"Al rey, mi Señor, mi Sol, mi divinidad, di: así [habla] Sirwardata, tu servidor, el servidor del rey y el polvo de sus pies, el suelo de su cuerpo, que tú pisas; a los pies del rey, mi Señor, el Sol del cielo, siete veces, siete veces me eché a tus plantas tanto sobre el vientre como sobre la espalda..."
Esta es, como es fácil suponer, la introducción, en modo alguno exagerada, sino simplemente formularia, tal como prescribía el protocolo de aquella época. Después, Suwardata entra en materia:
"Sepa el rey, mi Señor, que los ’apiru se sublevan en las tierras que el Dios del Rey, mi Señor, me ha dado y que yo les he derrotado y dígnese enterarse el Rey, mi Señor, de que todos mis hermanos me han abandonado; y que yo y Abdu-Kheba somos los únicos que luchamos contra los jefes de los ’apiru. Y Zurata, príncipe de Akkó (Juec. 1:31) e Indaruta, príncipe de Aksaf (Jos. 11:1), fueron los que se apresuraron a ayudarme con cincuenta carros de los cuales me hallo ahora desprovisto. Pero ved, luchaban [ahora] contra mí; y plazca al rey, mi Señor, mandarme el Janhamu para que podamos llevar a cabo seriamente la guerra y poder restituir a la tierra del rey, mi Señor, a sus antiguas fronteras..."
Esta carta principesca procedente de Canaán tiene un fiel colorido que corresponde a su época. En las pocas frases que contiene se reflejan en forma clara las intrigas y las contiendas interminables y agrias que tenían lugar entre los príncipes o entre las tribus nómadas de instintos guerreros.
Pero lo que particularmente nos interesa en este escrito, dejando aparte el estilo y el contenido, es quién lo envía, es decir, Suwardata, príncipe de Hebrón. ;Su mismo nombre revela un origen indo-ario! Indoario es también el príncipe Indaruta ya mencionado. Por más asombroso que pueda parecer, una tercera parte de los príncipes escritores de Canaán son de procedencia indoaria. Birzawaza de Damasco, Biridiya de Meguiddo, Widia de Askelón, Birash-shena de Sikem, en Samaria son nombres indoarios. Indaruta, el nombre del príncipe de Aksaf, es casi idéntico a nombres de los Vedas y de otros escritos en sánscrito anteriores. El mencionado Abdu-Kheba de Jerusalén corresponde al pueblo, tantas veces citado en la Biblia, de los hurritas.
Cuan fidedigna sea esta tradición, lo dieron a entender en estos últimos tiempos los papiros egipcios del XV antes de J.C., en los cuales se cita repetidamente la tierra de Canaán con el nombre bíblico hurritas ("Khuru"). Seguramente los hurritas se hallaban entonces esparcidos, por lo menos de una manera temporal, por todo el país.
En la proximidad de los pozos de petróleo de Kirkuk, en el Irak, donde precisamente ahora las perforaciones realizadas por los americanos están sacando del subsuelo una riqueza inmensa, los arqueólogos de los Estados Unidos y del Irak tropezaron con una ciudad muy extensa, la antigua ciudad de Nuzu de los hurritas. Unos apuntes hallados en las excavaciones, que contienen especialmente contratos matrimoniales y testamentos, ofrecieron la tan interesante información: los bíblicos hurritas no eran un pueblo semita. Su patria eran las montañas del Mar Negro. Los nombres que figuran en la relación de Nuzu demuestran que, por lo menos, la clase de los dirigentes era de
origen indoario. Hasta su aspecto exterior es típico; eran braquicéfalos, cual los armenios de nuestros días.
ENTONCES SE ALZÓ TODA LA MULTITUD Y EMPEZÓ A DAR VOCES Y EL PUEBLO SE PASÓ LLORANDO AQUELLA NOCHE... "¿POR QUÉ NOS CONDUCE YAHVÉ A ESTE PAÍS PARA QUE PEREZCAMOS A ESPADA? ¡NUESTRAS MUJERES Y NUESTROS PEQUEÑUELOS SERVIRÁN DE BOTÍN!" (Num. 14:1-3).
La información de los exploradores sobre las ciudades fuertemente fortificadas de Canaán, ."cuyas murallas se alzan hasta el cielo" (Dt. 1:28) y de sus habitantes tan bien armados, no era en modo alguno exagerada. Las fortalezas construidas sobre muros ciclópeos eran un espectáculo inusitado y amenazador para los hijos de Israel.
En el país de Gosen, que fue su patria durante muchas generaciones, sólo había una plaza fuerte: Rameses. En Canaán cada fortaleza era visible desde la próxima; el país estaba formalmente erizado de numerosas fortalezas de defensa emplazadas en las colinas y en las cumbres de las montañas, lo cual las hacía aún más formidables y amenazadoras. No es, pues, de extrañar que la información de los mensajeros causara desaliento.
Israel no tiene experiencia alguna en el arte de la guerra; sólo dispone de armas primitivas tales como arcos, lanzas, espadas, cuchillos. No había que pensar en disponer de carros de combate como los que poseían los cananeos en gran número. Israel está mal acostumbrado con las "ollas llenas de carne" de Egipto, cuya falta es siempre objeto de quejas y lamentaciones, sobre todo por parte de los viejos. A pesar de la nueva fe, de las experiencias del éxodo vividas en común, aún no está lo suficientemente unido para ser capaz de hacer frente a una potencia superior en el caso de una refriega.
En vista de tales circunstancias, Moisés toma la sabia determinación de no realizar la marcha hacia Canaán directamente desde el Sur, según estaba proyectado. Ni el tiempo ni los hombres están bastante madurados para la gran hora. La peregrinación ha de empezar de nuevo; el tiempo de las pruebas y de la preparación tiene que ser prolongado para hacer de esos fugitivos que van en busca de una tierra, un pueblo fuerte, decidido y acostumbrado a las privaciones. Aún tiene que formarse una nueva generación.
Sobre la obscura época que sigue, poco es lo que sabemos. Se trata de 38 años, casi una generación, tiempo suficiente para formar un pueblo de nuevo. Esto es lo que duró la permanencia en el "desierto." Estas indicaciones de tiempo y de lugar en la Biblia, con frecuencia mezcladas con el "milagro" de las codornices y del maná, parecen extraordinariamente inverosímiles. Y no sin razón, como se ha podido deducir de los sistemáticos trabajos de investigación muy distintos de los motivos generalmente alegados. ¡Una estancia permanente de Israel en el desierto, en el verdadero sentido de la palabra, jamás ha existido!
A pesar de que los datos que la Biblia nos facilita sobre este período de tiempo son muy lacónicos, de los pocos sitios que la investigación pudo localizar de manera indubitable, resulta una imagen suficientemente clara de los hechos. Según ellos, los hijos de Israel, con sus rebaños, permanecieron mucho tiempo en el Negueb, en el territorio de las dos
fuentes, junto a Qadés. Retrocedieron de nuevo al golfo de Akaba, al país de Madián y de la península de Sinaí. Comparado con las mortíferas zonas de las dunas de arena, en el africano Sahara, las tierras recorridas por los israelitas, no son verdaderos desiertos. Las exploraciones realizadas en el suelo han demostrado que ni las condiciones hidrológicas ni la cantidad de lluvia caída han cambiado en forma considerable, de manera que los "desiertos" deben haber tenido más bien el carácter de un paisaje estepario con posibilidades para el pastoreo y con suficientes aguadas.
Los trabajos arqueológicos del americano Nelson Glueck, realizados en estos últimos años, han profundizado en el conocimiento de las circunstancias generales de aquella época. Según ellos, dichos territorios estuvieron poblados en el siglo XIII antes de J.C. por tribus seminómadas que se hallan en activas relaciones con Egipto y Canaán, gracias a un activo comercio y a una industria floreciente. Entre ellas figuran los madianitas, entre los cuales vivió Moisés durante toda la duración de su exilio, habiéndose casado con Séfora, hija de dicha tribu (Ex. 2:21).
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1. Egipto Medio.