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En el Umbral de la Tierra Prometida.

In document Y La Biblia Tenía Razón (página 96-101)

Del Nilo al Jordán.

4. En el Umbral de la Tierra Prometida.

Marcha de la joven generación. — Nuevo plan estratégico. — Solicitud de paso

por Edom. — Avance por la Jordania Oriental. — El "lecho de hierro" del rey Og. — Descubrimiento de dólmenes en Ammán. — Moab envía sus hijas. — El culto de Baal en Canaán.— Moisés contempla la Tierra Prometida. — Un campamento frente a Jericó.

...E HÍZOLES ANDAR ERRANTES POR EL DESIERTO

CUARENTA AÑOS HASTA EXTINGUIRSE TODA AQUELLA GENERACIÓN QUE HABÍA OBRADO EL MAL A LOS OJOS DE YAHVÉ (Num. 32:13).

Sólo cuando se acerca el término de los largos años de peregrinación por el desierto, la Biblia reemprende los hilos del relato sobre los hijos de Israel. Una nueva generación se ha formado dispuesta a cruzar el umbral de la Tierra Prometida. Ninguno de los hombres que dirigieron la huida de Egipto entrará, según la Biblia, en la tierra prometida... ni siquiera Moisés.

El nuevo plan estratégico prevé la penetración en Canaán por el Este, es decir, por los territorios situados al este del río Jordán. El camino de Qadés a la Jordania oriental está, sin embargo, obstruido por cinco reinos que ocupan la amplia faja de terreno que existe entre el cauce del Jordán y el desierto de Arabia. Empezando al Norte, hacia los promontorios del Hermón, está el reino de Basán, después el reino amorreo de Sijón, más allá el reino de Ammón y en la orilla oriental del Mar Muerto, el reino de Moab y, bastante más hacia el Sur, Edom.

Edom es el primer reino que tienen que atravesar en su camino hacia el este de Jordania. Los hijos de Israel solicitan permiso de paso. "Mandó Moisés embajadores desde Qadés

al rey de Edom, diciendo: Permítenos pasar, si te place, por tu tierra" (Num. 20:14-17).

Por los mejores caminos se llega más rápidamente al fin. A las grandes rutas y las autopistas del siglo XX correspondía entonces un camino que pasaba por el centro de Edom. Por él quieren pasar. Es el antiguo "camino real" que procede del tiempo de Abraham. "Permítenos pasar, si te place, por tu tierra — solicitan — ...Subiremos por

‘la calzada’ " (Num. 20:17-19).

La población sedentaria del Oriente desconfía siempre de los nómadas, tanto ahora como entonces. Bien declaran los mensajeros de Israel en forma expresa: "No

atravesaremos sembrados ni viñedos... no nos apartaremos ni a derecha ni a izquierda hasta que hayamos franqueado tus fronteras... y si yo y mis ganados bebemos de tus aguas, pagaré su precio" (Num. 20:17-19).

Cuan verídica es la descripción de Edom que hace la Biblia, pudo comprobarlo Nelson Glueck en su viaje de estudios de varios años.

En el país del antiguo Edom y Moab, al sur de Transjordania, tropezó con numerosos vestigios de una colonia de principios del siglo XIII antes de J.C. Los restos existentes de una cultura propia del país hacen pensar en la existencia de campos que habían sido objeto de cultivo. Así es comprensible que Edom, a pesar de todas las seguridades dadas por los hijos de Israel, negara el uso de la calzada y todo tránsito a través del país. La negativa obliga a Israel a dar un rodeo. Junto al borde occidental de Edom peregrinan en dirección Norte hacia el Mar Muerto. Punón, el actual Kirbet-Fenan, antigua mina de cobre, y Obot, con sus fuentes, son atravesados por Israel. Después, siguen los israelitas a través del torrente fronterizo Zered, que separa a Edom de Moab. En la Jordania oriental. Moab, en la orilla sudeste del Mar Muerto, lo evitan dando un gran rodeo. Después llegan junto al río Arnón y, con ello, a la frontera sur del reino de los amorreos (Num. 21:13).

Nuevamente los israelitas solicitan permiso de tránsito para pasar el "camino real" (Num. 21:22). De nuevo les es denegado, esta vez por el rey de los amorreos, Sijón. Tiene lugar un combate: con él da comienzo la conquista armada.

Con la derrota de los amorreos los israelitas alcanzan su primer triunfo. Conscientes de su fuerza, pasan por el río Yabboq hacia el Norte y conquistan también el reino de Basán.

Así, y gracias a ese decidido ataque, se hacen dueños de la tierra situada al este del Jordán, desde el río Arnón hasta las mismas orillas del mar de Genesaret.

Entre la descripción objetiva del avance y de las luchas en la Jordania oriental, se incluye una observación relativa al "lecho de hierro" de un gigante, el rey Og de Basán (Dt. 3:11), cosa que ha ocasionado muchos quebraderos de cabeza. Este pasaje de la Biblia, tan misterioso e inverosímil, ha tenido una aclaración lógica y, al mismo tiempo, original. La Biblia no hace más que conservar fielmente un recuerdo que se remonta a la prehistoria de Canaán.

Cuando los eruditos atravesaron el país del Jordán en busca de testimonios sobre la historia bíblica, encontraron objetos muy notables, como los hallados por los arqueólogos en otros países. Trátase de altas piedras dispuestas en forma ovalada y en muchos casos cubiertas por un gran bloque también de piedra, junto a las célebres sepulturas designadas también con el nombre de "tumbas megalíticas o dólmenes." Son sepulturas en las cuales antes se enterraba a los muertos. En Europa — en el norte de Alemania, en Dinamarca, en Inglaterra, en España, en Francia y en la isla de Cerdeña se conservan algunos—, el pueblo las designa con el nombre de "lechos de gigantes." Como estos grandiosos monumentos se han encontrado también en la India, en el Asia oriental y hasta en las islas del Mar del Sur, son atribuidos a grandes migraciones de pueblos que seguramente tuvieron lugar en edades primitivas.

En 1918 el investigador alemán Gustavo Dalman descubrió en las cercanías de Ammán, la actual capital de Jordania, un dolmen que es objeto de especial atención porque parece ilustrar, en forma verdaderamente desconcertante, un dato concreto contenido en la Biblia. Ammán está situado exactamente en el antiguo emplazamiento de Rabbat- Ammón. Sobre el gigantesco rey Og nos informa el Deuteronomio (3:11): "Su lecho, un

lecho de hierro, consérvase en Rabal de los Ammonitas; es de nueve codos de largo y cuatro de ancho, con arreglo al codo corriente."

El tamaño del dolmen mencionado por Dalman corresponde aproximadamente a estas dimensiones. El "lecho" es de basalto, piedra gris negruzca y dura como el hierro. En la visión de semejante tumba puede basarse la descripción bíblica del "lecho de hierro" del gigantesco rey. Según han dado a conocer ulteriores exploraciones, los dólmenes son frecuentes en Palestina, sobre todo en la parte oriental de Jordania, en la parte alta del río Yabboq. Esto corresponde al actual Aglun. Más de mil de estos antiquísimos monumentos se levantan allí entre la hierba de las tierras altas. La tierra situada sobre el Yabboq, así afirma la Biblia, es el reino en que el rey Og de Basán ejerció su dominio,

que había quedado solo del remanente de los refaítas (Dt. 3:11). El Basán, conquistado

por Israel, se designa también con el nombre de "tierra de los refaítas" (Deut.3:13). Al oeste del Jordán sólo se encuentran dólmenes en los alrededores de Hebrón. Los exploradores que Moisés envió desde Qadés "remontaron el Negueb y llegaron a

Hebrón... descendientes de Haanaq" (Num. 13:22-23).

Han debido ser las tumbas de piedra que ahora han sido descubiertas en Hebrón en las proximidades del Valle de las Uvas.

Quiénes eran en realidad los "gigantes" es cosa aún completamente desconocida para nosotros. Es de suponer que eran hombres que sobrepujaban, en estatura, a la población del Jordán. El recuerdo de hombres de mayor tamaño perduró como cosa sensacional, y así pasó a la Biblia.

Las grandes piedras sepulcrales y los relatos de gigantes son testimonios de la historia, tan accidentada y variable, de aquella estrecha faja de terreno situada junto a la costa del Mediterráneo en la cual, ya desde tiempos inmemoriales, penetraron continuas oleadas de pueblos extranjeros dejando en ella sus huellas: la tierra de Canaán.

La noticia de que Israel ha conquistado toda la Jordania causa un profundo terror al rey Balaq, de Moab. Teme que su propio pueblo no pueda competir con esos rudos

nómadas ni desde el punto de vista físico ni del militar. Se dirige a los "ancianos de Madián" y les incita contra los hijos de Israel (Núm, 22:4). Acuerdan la adopción de toda clase de medidas excepto las de carácter militar. Tratan de detener el avance de los israelitas haciendo uso de artes mágicas. Palabras de hechicería y maldiciones, en cuya eficacia creen firmemente los antiguos pueblos orientales, quebrantarán de seguro el poder de Israel. Balaam es llamado con urgencia para que acuda desde Petor de Babilonia 1, donde florecen estas obscuras artes. Pero Balaam, el gran mago y hechicero, fracasa. La maldición que pretende pronunciar conrta Israel se convierte en una bendición (Num. 23). Entonces el rey de Moab pone en la balanza la más peligrosa de las cartas que existe; una mala jugada, ya que actuará en forma permanente sobre la vida de los hijos de Israel.

El pasaje bíblico que da cuenta de la detestable astucia guerrera del rey Balaq es considerado por los teólogos como enojoso y, por eso, suele ser pasado por alto. Nos asalta la pregunta de cómo es posible que algo tan escandaloso pueda hallarse en el contenido de la Biblia. La contestación es sencilla: el suceso es para el pueblo de Israel de una importancia enorme y trascendental. Éste habrá sido el motivo por el cual el cronista no se calle por decoro, sino que explique, de acuerdo con la realidad y con una franqueza libre de escrúpulos, lo que ha sucedido.

Sólo desde que las herramientas de los excavadores franceses, alrededor del año 1930, pusieron a la luz vestigios de culto que se profesaba en Canaán, en el puerto mediterráneo de Ras Shamra — el "Puerto Blanco" de la costa fenicia —, bajo la dirección del profesor Claude Schaeffer, de Estrasburgo, podemos apreciar y comprender lo que hay de malo en el relato contenido en el capítulo "5 del libro de los

Números.

MIENTRAS ISRAEL ESTUVO DE ASIENTO EN SITTIM EL PUEBLO COMENZÓ A PROSTITUIRSE CON LAS HIJAS DE MOAB. ÉSTAS INVITARON AL PUEBLO A LOS SACRIFICIOS DE SUS DIOSES (Num. 25:1-2).

No es tan sólo con la seducción del vicio con lo que se enfrentaron los hijos de Israel, con el vicio que ha existido y existe en todo el mundo y en todos los pueblos; no son prostitutas profesionales las que los seducen. Son las propias hijas de los moabitas y de los madianitas; sus propias esposas y sus hijas conquistan y seducen a los hijos de Israel para realizar los cultos propios del dios Baal, los ritos lascivos y licenciosos de Canaán. Lo que repugna a Israel, situado aún más allá del Jordán, son las ceremonias del culto de Fenicia, impías y perturbadoras de los sentidos, con sus dioses sin moral y frente a los cuales Israel, en los siglos venideros, tendrá que probar y acreditar la fuerza de su sentido ético.

Es inútil que los moabitas y los madianitas intenten cautivar al joven e inexperto pueblo de nómadas con las seducciones del placer, quebrantando así la fortaleza de los hijos de Israel. Ya en este primer encuentro resulta patente que entre Yahvé y Baal jamás podrá ni tendrá que haber acuerdo alguno. Los jefes de Israel lo rechazan con dureza. Ni siquiera perdonan a sus propios hombres. El que ha faltado es degollado y ahorcado. Pinchas, el sobrino-nieto de Moisés, que sorprende en la tienda a un israelita con una muchacha madianita, toma una lanza "y traspasó a los dos, al israelita y a la mujer, por

El pueblo de Moab, con el cual Israel se halla unido con lazos de parentesco — Lot, el sobrino de Abraham, es considerado como su progenitor (Gen. 19:37)—, es respetado. Pero contra los madianitas se desata una guerra de exterminio, el clásico anatema según se estipula es la Ley (Dt. 7:2 y sigs.; 20:13 y sigs.): "Así, matad a todo varón y, de los

niños, a todo varón, y, de las mujeres, a cuantas han conocido lecho de varón"; tal es el

mandato de Moisés. Sólo son respetadas las niñas. Todos los demás fueron muertos (Num. 31:7, 17-18).

Y SUBIÓ MOISÉS DE LA LLANURA DE MOAB A LA MONTAÑA DE NEBO, EN LA CUMBRE DEL PISCA, SITUADO FRENTE A JERICÓ; Y YAHVÉ LE MOSTRÓ TODA LA TIERRA... (Dt. 34:1). Moisés ha cumplido ya la difícil misión. Desde los lugares de la servidumbre de Egipto, a través de los años de privaciones en las estepas hasta este momento, había seguido un camino largo y amargo. Ahora ha nombrado sucesor suyo al experimentado y fiel Josué, hombre de posibilidades estratégicas extraordinarias, tal como al presente lo requiere Israel. La vida de Moisés ha quedado cumplida; puede despedirse del mundo. No le será dado pisar con sus pies la Tierra Prometida. Pero puede contemplarla de lejos, desde el monte Nebó.

Si se desea visitar este monte desde Ammán, residencia y punto central del joven reino de Jordania, hay que recorrer 27 kilómetros, algo más de media hora de viaje en "jeep," pasando por las tierras altas, al borde del desierto arábigo, a través de valles y, a veces, a través de campos de cultivo, exactamente en dirección Sudeste, hacia el Mar Muerto. Después de una pequeña ascensión por peñas desnudas se llega a una especie de planicie desprovista de vegetación situada a unos 800 metros sobre el nivel del mar. En su parte occidental la vertiente cae abrupta sobre la cuenca del Jordán. Una fresca brisa sopla en esta altura. Bajo el cielo azul, sin nubes, se extiende ante los ojos maravillados del observador un panorama único. Como un lago de plata líquida, brilla hacia el Sur la extensa superficie del lago salado. En la orilla más próxima se levanta un sector árido, formado por peñascales y pequeñas protuberancias pétreas. Detrás, se extiende la larga cadena de las montañas calcáreas de color blanco parduzco de la tierra de Judá. Allí está situada Hebrón, donde empieza y asciende la cadena abrupta, desde el Négueb. Al Oeste, hacia el Mediterráneo, se elevan, perfectamente visibles a simple vista, por encima del perfil de las montañas que se destacan netamente del horizonte, dos objetos diminutos: las torres de Belén y de Jerusalén. Hacia el Norte, la mirada se extiende en la lejanía sobre la meseta de Samaria y de Galilea hasta las cumbres, cubiertas de nieve, del Hermón.

Al pie del Nebó se ven estrechas cañadas, de las cuales sobresale el verdor de los granados con sus frutos rojos. Después, la vista desciende hacia la árida estepa de la depresión del Jordán. Sólo ante las escarpadas montañas de la parte occidental del Jordán, la vista descansa sobre una pequeña mancha de verdor: es el oasis de Jericó. Con esta visión de Palestina desde las alturas del monte Nebó acabó Moisés su vida. Sin embargo, abajo, en la amplia estepa de Moab, se elevan actualmente hacia el cielo delgadas columnas de humo. Día y noche están encendidos los hogares del campamento entre las innumerables tiendas de tela de pelo de cabra negra. Con el gran vocerío de las

mujeres, de los hombres y de los niños, el viento nos trae el balar de los rebaños que pacen en el valle del Jordán. Resulta un cuadro lleno de paz. Pero es sólo el instante de tomar aliento antes del suspirado día; la quietud que precede a la tempestad que ha de cambiar en forma decisiva la suerte de Israel y la tierra de Canaán.

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1. En los documentos asirios "Pitru," en la orilla derecha del Éufrates.

Parte Cuarta.

A

la

Conquista

de

la

Tierra

Prometida.

De Josué a Saúl.

In document Y La Biblia Tenía Razón (página 96-101)