Quizás el ejemplo más sorprendente de un momento de intercesión kairos en mi vida sucedió en uno de mis viajes a Guatemala. Fui uno de los cuarenta o cuarenta y cinco indi- viduos que viajamos a un remoto lugar por el río Pasión en la jungla de Peten. Nuestra misión era edificar una combinación de clínica y estación de alcance en la rivera. Teníamos que construir dos edificios al igual que ir predicando un poco a las aldeas cercanas.
Fue un viaje asombroso. Comimos carne de mono y de boa constrictora. Matamos tarántulas gigantes, un escorpión de casi veinticinco centímetros y un coralillo en nuestro campa- mento. Fui atacado por hormigas, las cuales sin saberlo noso- tros, se habían refugiado en la madera que transportábamos y sobre la que dormíamos conforme viajábamos por el río durante la noche. Volábamos en antiguos aviones y aterrizá- bamos en campos donde tenían que ahuyentar las cabras antes de nuestra llegada. (Ninguna de estas cosas tiene que ver con la oración, pero te estás enterando del increíble valor que tengo y cuánto he sufrido por la causa de Cristo).
Nuestro líder, Hap Brooks me hizo dirigir canciones desde la proa de nuestra larga canoa conforme viajábamos río arriba o abajo. Su canción favorita era: "Es una buena vida el vivir para el Señor". También me hacía hacer mi famoso grito de Tarzán, el cual era increíblemente bueno y resonaba al otro lado del río y entre la jungla. Los nativos de las aldeas se ponían de pie al lado del río y escuchaban. Por supuesto que como jamás habían visto ni escuchado a Tarzán no se impre- sionaban demasiado —de hecho tenían esa mirada en sus caras que decía: "¿Quién es ese idiota?" Es decir, ¡hasta que los animales de la jungla empezaron a venir! Aunque ellos también tenían la misma expresión. (Esto tampoco tiene nada que ver con la oración, pero te permite ver el talento que tengo).
Volviendo al propósito de la historia, antes de salir hacia la selva, pasamos nuestra primera noche (viernes) en la Ciudad
106 - LA ORACIÓN INTERCESORA
de Guatemala, la capital. Meses antes habíamos hecho arre- glos para que una línea aérea de Guatemala nos llevara a la selva al día siguiente. Al llegar al aeropuerto el sábado por la tarde, nos informaron que habían cambiado sus planes y que nos llevarían a nuestro destino, no ese día sino el próximo. Teniendo la urgencia de ir como estaba programado, debido a lo limitado que estábamos de tiempo para cumplir nuestra misión, nuestros dirigentes presionaron a las aerolíneas du- rante tres horas para que cumplieran su palabra.
—No —dijo el gerente con su mal inglés—, los llevaremos mañana.
—Pero hace meses estuvieron de acuerdo en llevarnos hoy —alegamos.
—No tenemos ningún piloto disponible —nos contestaron. —Busquen a uno —le rogamos.
—¿Cuál es su apuro? Disfruten de la ciudad —nos anima- ban.
Y así estuvimos durante tres horas, entrando y saliendo de las oficinas, entrevistándonos con un oficial, luego con otro. Finalmente, desesperado, uno de ellos levantando las manos dijo: "Está bien, ¡los llevaremos ahora! Súbanse al avión. ¡Rápido!".
Todos corrimos hacia el avión, colocando nuestras bolsas y herramientas en el área de equipaje. Queríamos marcharnos antes de que cambiaran de opinión. Esa noche, mientras nos encontrábamos a cuatrocientos kilómetros de distancia ¡un terremoto sacudió la Ciudad de Guatemala y mató a treinta mil personas en 34 segundos! Si nos hubiésemos quedado en la ciudad una noche más —como querían los de la aerolí- nea— algunos de nuestro equipo hubieran muerto y otros hubieran resultado heridos. Estamos seguros de esto, porque al regresar a la ciudad vimos el edificio en donde nos hubié- semos quedado la noche del terremoto —y nos hubiéramos vuelto a quedar allí de no haber salido el sábado— con l grandes rieles sobre las camas.
La conexión entre esto y nuestro tema es que una interce- sora de nuestra iglesia en Ohio había recibido una fuerte carga
No pasar- 107 para orar por nosotros durante el segundo día de nuestro viaje. Durante tres horas estuvo intercediendo fuertemente por no- sotros. ¿Pueden imaginarse cuáles fueron esas tres horas? Sí. Las tres horas que nuestros líderes estuvieron negociando con los oficiales de la aerolínea.
No sabíamos que nuestras vidas estaban en juego, si nos hubiésemos quedado una noche más en la Ciudad de Guate- mala, pero Dios sí lo sabía. La intercesora tampoco lo sabía. Sólo sabía que por alguna razón tenía una carga muy fuerte de orar por nosotros. Estaba alerta, como nos lo instruye Efesios 6:18, y percibió el momento kairos. No existe duda en mi mente que ella ayudó a crear la protección y la inter- \ vención que experimentamos.
Existe una vida al abrigo del Altísimo, pero no es algo automático en los creyentes. Aunque se nos ha prometido !l protección de nuestro enemigo, tenemos una parte definitiva que jugar en asegurarla tanto para nosotros como para otras personas. El intercesor lo sabe y no deja nada a la probabilidad, colocando señales a todas las fuerzas del infierno, para que las vean: "Bajo la sombra del Altísimo. ¡Alejaos!
Preguntas para reflexionar
1. ¿Cuál es la conexión entre paga y protección?
2. ¿Es automática la protección de los cristianos? ¿Todo lo que nos sucede es permitido por Dios o nuestras oracio- nes y acciones tienen que ver algo con ello? Explícalo.
3. Comenta sobre la consistencia en la oración en lo que se relaciona a la protección.
108 - LA ORACIÓN INTERCESORA
4. Explica las diferencias entre chronos y kairos y cómo se relaciona esto con la intercesión.
5. ¿Has colocado últimamente señales que digan: "No pa- sar .
Notas:
1. The Spirit-Filled Bible (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1991), p. 1097.
2. Primero escuché la frase: "la oración que coloca límites" en un mensaje en vivo por Jack Hayford en Dallas, Texas, en 1976. Desde entonces él ha escrito sobre este tema en sus libros.
3. James Strong, The New Stwng's Exhaustive Concordance of the Bible (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1990), ref. núm. 3427.
4. Francis Brown, S.R. Driver, y Charles A. Briggs, The New Brown-Driver,
Briggs-Gesenius Hebrew and English Lexicón (Peabody, Mass.: Hendrick-
son Publishers, 1979), p. 533.
5. Ethelbert W. Bullinger, A Critical Lexicón and Concordance to the English
and Greek New Testament (Grand Rapids: Zondervan Publishing House,
1975), p. 804. 6. ídem.
Capítulo siete