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BAUTIZOS SANGRIENTOS

In document Historias de mi pueblo (página 108-116)

5. LOS TESTIMONIOS

2.9 BAUTIZOS SANGRIENTOS

El 9 de enero del año 1999, a eso del mediodía, Santander Enrique de la Hoz y su mujer escucharon lo que creían era la pólvora de la celebración por los bautizos de los niños del corregimiento Playón de Orozco.

Santander y su esposa Josefa no pudieron haber estado más equivocados, ya que en ese preciso instante y a tan solo unos kilómetros de su casa, los casi 600 habitantes que tenía en ese momento el corregimiento, comenzaban a vivir la peor desgracia de la que se tiene recuerdo.

“Pasaron dos horas antes de que mi mujer y yo nos diéramos cuenta de que no era parranda lo que estaba pasando allá, sino una verdadera tragedia”, dice Santander mientras aprecia las paredes de su casa, hechas con palos amarrados con cabuyas.

“Estábamos sacando las yuquitas para cocinar, cuando un gentío comenzó a correr en esta dirección. Los hombres no tenían camisas y llevaban una cara de horror encima que no se las quitaba nadie. En especial, el cura Giovanni Sanjuanero, que del susto ese negro parecía más bien blanco”, afirma Santander, saludando al mismo tiempo a su hijo Joaquín, que acababa de llegar de recoger los cultivos de su patrón.

Padre e hijo no se parecen mucho, tal vez solo en la forma como hablan y sostienen los gestos. Joaquín hoy está casado y tiene dos niños pequeños, James y Joaquín José, quienes corren por el piso de barro de la casa de su abuelo. Pero cuando sucedió la masacre tenía tan solo quince años y, aun así, los 30 paramilitares que entraron armados al lugar decidieron que ya era un hombre y que debía estar, como el resto, en la fila de fusilamiento.

“Fueron las dos horas más horribles de mi vida”, cuenta Joaquín con ojos de angustia. “Nos hicieron poner de rodillas con las manos en el cuello y la cabeza mirando hacia el piso. Iban llamando a las personas de acuerdo a su físico. Por ejemplo, si la persona tenía el pelo mono le decían ‘mono, tú, párate’, y ahí mismo lo asesinaban. Era como un juego, pues no tenían los nombres exactos de las personas que iban a matar, sino que empezaron a masacrar al que les daba la gana”, recuerda con horror como si hubiese sucedido el día anterior.

La casa queda en la mitad de la finca del patrón de Santander y Joaquín. Está rodeada de terreno fértil para el cultivo, el cual les es permitido utilizar para sembrar y mantener un ternero, dos gallinas y un cerdo que guardan para épocas de escasez. El hogar está amoblado por una nevera, tres sillas de plástico entre rojas y blancas, un mecedor de madera, dos hamacas desteñidas, dos colchones de espuma y una cuna para bebés, y allí duermen y comen dos familias enteras. Pero los De la Hoz saben que en su vida la pobreza no ha sido su mayor dolor de cabeza, sino, más bien, el constante miedo en el que viven por tanta violencia que han tenido que ver.

“Pero no solo se contentaron con matar a esa pobre gente, sino que se llevaron lo poco que había y remataron quemando todas las casas”, reanudó Santander la conversación. “No hubo una sola familia que salió invicta, pues si no le mataban a alguien, acababan con su casita y sus cositas. Recuerdo que como a las tres horas de que sucediera todo, salí a buscar ayuda y me topé con los bandidos esos que se habían atollado aquí cerca por culpa del peso de las neveras que se habían llevado. Los vi y casi me voy en mierda del pánico. No me hicieron nada, ni siquiera me retuvieron y seguí caminando, pero cuando ya estaba por perdérmeles de vista, una de las dos muchachas que iban con ellos, una monita bien hijueputa, me dijo: ‘Oye, tú, si quieres carne fresca ve al Playón de Orozco’, esas palabras no se me borraron nunca de mi mente”, afirma Santander rascándose la entrepierna, acto que suele hacer con frecuencia.

Josefa, quien hasta el momento no había estado sino en la cocina, salió para brindar gaseosa sin hielo. Todos accedimos a tomar por cortesía, pero el sabor caliente de la bebida no pareció agradarle a nadie. De repente, Joaquín recuerda que su esposa lo está esperando en el pueblo para una consulta con el santero y se despide de todos con un sudoroso abrazo. Estaba a punto de irse cuando se voltea y comenta.

“Yo no sé cómo me salvé y creo que si Dios evitó que alguno de los asesinos se fijara en mí fue por una razón. Pero yo no sé cuál es esa razón y la verdad es que todavía le tengo miedo a todo: a ver a un camuflado, al día de los bautizos, a que mis hijos crezcan en este país tan violento donde ya nadie sabe ni quién es malo ni quién es bueno”, dice con su tono de voz grueso que lo caracteriza.

“A veces me levanto a media noche con la imagen de una de las paracas proponiendo que le pusieran una granada a la iglesia. De no haber sido por otro paraco que dijo que no, se hubieran muerto un poco de pelaitos y la mujer de mi vida que estaba ahí adentro. Pero más que todo, me levanto pensando en mi amigo y cuñado Jorge Calvo, a quien mataron al lado mío y me tocó quedarme callado pa’ que yo no fuera el siguiente”, afirma Joaquín mientras emprende su camino.

De todas las trágicas historias de esa vil tarde, sin duda la peor fue la que le sucedió a la señora Fide. Filadelfia Pabón, una mujer de unos sesenta años, de ojos tristes, tez morena, pelo y dentadura blanca, fue quizás la más desafortunada de todas las madres ese día. Tres de sus cinco hijos fueron asesinados por los 28 hombres y dos mujeres de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia) en aquel 9 de enero. Sin embargo, lo más triste fue que lo escuchó todo.

“Como era día de bautizos, todas las mujeres estábamos ayudando a preparar tanto a los niños como la plaza”, dice Filadelfia, quien está sentada en un mecedor de madera, tomando el tinto que acostumbra a saborear cada mediodía. “En esas entraron dando tiros los paramilitares, aunque en ese momento no sabíamos de qué bando eran, pues estaban disfrazados de policías y de militares. Sacaron a todas las personas de sus casas, no podía quedar ni un alma en ellas, y a todas las mujeres nos metieron en la iglesia, mientras a nuestros muchachos los colocaron en fila en el centro del pueblo”, cuenta tocándose sus arrugadas manos.

El hogar de la famosa señora Fide, como le gusta que la llamen, es parecido al de todos sus vecinos. Luego del incidente, los habitantes del corregimiento se fueron por un tiempo a otras partes, pues no solo se había convertido en un lugar muy doloroso para quedarse, sino que todas las casas habían sido incendiadas.

Cuando Filadelfia decidió regresar junto con las dos hijas que sobrevivieron a la masacre, gastó casi todo su dinero en reconstruir la casa a base de cemento y cinc. Hoy día, la acompañan dos mecedores de plástico, un par de colchones, una nevera y una fotografía, donde aparecen sus cinco hijos cuando estaban pequeños, que se salvó del incendio.

Viuda desde hace más de una década, Filadelfia sabe que su vida ha estado marcada por las desgracias y, cuando empieza a contar la historia de la muerte de sus hijos, es evidente que el dolor no ha cesado de invadirla un solo día. La sonrisa que con tanta fuerza saludó la mañana, en este momento comienza a desvanecerse.

“Cuando escuché que llamaban a un orejón, mi corazón se paró en seco. Ese presentimiento de madre cuando sabes que es el tuyo el que está afuera. Efectivamente, me mataron a mi hijo Juan Esteban y yo escuché sus últimos llantos. Pero mi martirio no acabó ahí, pues en el momento en el que a Juan Esteban lo matan, Martín, mi segundo hijo, gritó desconsoladamente y lo cogieron a él casi que enseguida. Mi corazón se encogió de tristeza. Las mujeres que estaban encerradas ahí conmigo intentaron consolarme, pero era inútil. Y lo más horrible es que todavía me faltaba un golpe duro por soportar, pues mi tercer hijo, Daniel, ya casi cuando iban a acabar con la masacre, ya casi cuando estaba todo por terminar, fue

escogido. Así como así, me lo mataron también. Él tan sólo tenía 17 años”, relata Fide mientras comienza a llorar lentamente.

Han pasado doce años desde el incidente, pero la herida aún no cicatriza. Ese día no solo perdió a tres de los cinco amores de su vida, sino que, además, perdió la esperanza en la humanidad. No quiso ser fotografiada, ya que para ella la violencia en este país no ha acabado y aún hoy le teme a hablar sobre lo sucedido. Toma la fotografía de sus hijos, que está ya desgastada de tanto ser manoseada, y se la aferra al corazón. Se despide secándose las lágrimas y entra a su alcoba sin puerta para llorar el resto de la tarde.

La masacre de Playón de Orozco ocurrió como represalia de Carlos Castaño, exjefe de las AUC, pues supuestamente en ese corregimiento se escondían guerrilleros. Asesinaron a quemarropa a 26 humildes campesinos y a una sola mujer, la promotora de salud, Carmen Ruda. Cada año, para esa misma fecha, los habitantes hacen un homenaje a los muertos y siembran árboles en su honor. La verdad sea dicha, ellos son los únicos que se acuerdan de este fatídico 9 de enero y de este territorio olvidado por todos.

2.10 EL SANTERO

Sentado en la puerta de su casa rosada, Robinson Arturo Rodo espera que sean las cinco de la tarde. Lleva puesta una camiseta azul con una bermuda beige, algo desgastada por el tiempo, y unas chancletas tres puntadas grises que dejan ver sus pies callosos y uñas largas. Es un gordito sabrosón, como le dicen las mujeres del pueblo a los hombres con algo de sobrepeso. Su piel es morena, no tiene casi cabello y su nariz es ancha como su sonrisa.

Un piso de cemento da la bienvenida a la casa, las paredes están completamente vacías y los muebles que adornan la sala se encuentran deteriorados por el uso y el paso del tiempo. En el espacio sobresalen un televisor, en el que ve la novela del momento, y dos marcos sin puertas que dan paso al dormitorio de Robinson y su esposa Miriam, y al de uno de suscinco hijos.

Robinson tiene cincuenta años bien llevados, pues, a pesar de tener un poco de sobrepeso, luce joven y en su rostro no hay señal de muchas arrugas. Sin embargo, en sus relatos es evidente que ha vivido mucho y que, por ende, es respetado hasta por los más ancianos. En cinco décadas ha salvado más vidas que cualquier doctor conocido en la zona, razón suficiente para ser catalogado como una eminencia en El Piñón, Magdalena.

“Convertirse en un santero no es nada fácil y solo puede ser pasado de generación en generación. Mi padre fue santero y el padre de mi padre también lo fue. Cuando el mío murió, aquí en esta misma casa, hace

unos veinte años, me entregó el rezo para convertirme en santero”, recuerda Robinson sobándose la barriga.

“Mi papá murió un 6 de marzo, pero solo hasta el 25 de diciembre de ese mismo año, exactamente después de los 12 campanazos que indican que nació el Niño Jesús, fue que dije mis rezos y quemé el papel donde estaban escritos. Desde entonces fui concedido con el don de sanar a la gente de muchas cosas, pero sobre todo del mal de ojo”, dijo el santero con ademanes de hombre respetado.

Afuera de su casa siempre hay filas de gente que viene a buscar sus servicios. Inclusive, hay quienes llegan de diversas localidades de la región, porque están convencidos de que los poderes que tiene curarán a sus hijos.

“Robinson es de los mejores santeros que hay”, comenta Regina Padilla, una madre consultante que ha venido del corregimiento Las Pavitas. “Yo le traje hace un par de meses a mi niña Dayana, de tres años, y me la salvó del mal de ojo que se le había pegado. Mira, la niña no me comía nada y vomitaba o ensuciaba todo lo que se le daba, estaba tan flaca que yo vivía muerta del susto. Entonces, se la traje a Robinson y me le hizo nueve baños hechos con distintas plantas y rezos. Además, me le puso a tomar manzanilla, y vea, la niña se me mejoró después de eso”, cuenta emocionada Regina.

El mal de ojo es una enfermedad muy conocida en la Costa Caribey envuelve tanto la superstición como la medicina occidental. Según los habitantes, los niños contraen este mal a través de la mirada de otra persona quien, con intención o sin ella, le pega una especie de bacteria cuyo propósito es deshidratar al pequeño. La diarrea y el vómito constante son algunos de los síntomas y su cura recae únicamente en las manos de los santeros especializados en el tema.

El poder de la palabra

“¿Por qué no digo cómo hacer los baños y cómo son los rezos? Porque de nada serviría. Como dije antes, esto es un don, no es una práctica. El Señor es el que me dio este don. Lo que hago no es arte negro ni nada de esas porquerías, pues lo mío va de la mano del favor de Dios”, explica Robinson.

“Es decir, si una criatura no se salva, es porque esa es la voluntad de Dios y no hay rezo o baño que la detenga. Sí, hay gente en esta misma zona que se dedica a la brujería y a leer cartas, y aunque funciona, va de la mano del diablo y no de Dios. La gente también viene a mí para sanar casas y arreglar matrimonios. Yo les doy las plantas y los rezos necesarios, pero, vale la aclaración, si una persona sigue poniendo

brujerías, la casa o el matrimonio no se sanará”, cuenta Robinson con absoluta convicción mientras su esposa le sirve un tinto sin azúcar.

Los hijos del santero no seguirán con la tradición, pues como el mismo dice “es una vocación muy desgastante y la gente reclama demasiado cuando no se ven los resultados”. Además de ello, eso no es un trabajo, pues él no cobra por sus servicios y vive de la caridad y las donaciones de sus pacientes.

“Yo solo recibo el dinero de los ingredientes que hay que comprar para hacer los baños. Pero la gente, cuando ve que salvo a su criatura, da lo que le nace. Debido a que es la vida de su hijo, hija, nieta o sobrino la que está en mis manos, a veces me alcanza para vivir bien todo el mes. Pero, como te repito, si la persona no puede darme nada, no importa, pues la satisfacción más grande que yo tengo es ser testigo de la sanación que Dios le ha dado a través de mis manos y rezos”, dice al tiempo que se quita una mosca de la camisa.

Para Robinson, el poder de la mente es más fuerte que el de la ciencia. Afirma que son muchos los que se han sanado simplemente creyendo en que la cura está haciendo efecto, y cuenta que hay casos que son un desafío para la razón y la lógica médica.

“Una vez, un médico de la zona le recomendó a una mujer que viniera donde mí, pues todo lo que le daban en el hospital no le funcionaba. Aquí la curé. El remedio no solo está en lo natural de las pócimas, sino en el poder de la palabra de los rezos. Vivimos en un mundo donde creemos en las mentiras de las pastillas, cuando realmente en la mente y la naturaleza tenemos las respuestas. Sí, también existe el poder de la palabra para destruir al otro, el poder de los embrujos y las maldiciones, ya que, por ejemplo, el mal de ojo da justamente porque alguien miró a tu criatura con desprecio y le transmitió el mal. Pero, gracias a Dios, hay maneras de combatirlo. La gente que no cree es gente perdida”, enfatiza el santero.

El sol se esconde y Robinson se despide con ternura. Da la vuelta y va a lavarse la cabeza con el fin de eliminar las toxinas del día. Entra a su cuarto sin puerta y se acuesta en la hamaca, no sin antes echarse la bendición y comenzar a hablar con Dios, creyendo a ciegas, como siempre le ha enseñado la fe cristiana, que el poder está en la palabra.

IV CONCLUSIONES

Escribo estas conclusiones en primera persona, puesto que para mí este trabajo de grado fue un producto de una serie de vivencias personales que no pueden ser sino descritas desde mi punto de vista. La idea para hacer esta tesis nació hace unos ocho años, cuando por primera vez leí la obra Cien años de soledad y lo primero que pensé fue en mi familia.

Soy barranquillera, pero mi familia materna proviene del municipio El Piñón, un lugar a las orillas del río Magdalena, cuyo departamento lleva su nombre. Mientras leía Cien años de soledad, pensé que quizás García Márquez habría podido inspirarse en mi familia, pues en ella y alrededor de ella había una Úrsula, un Aureliano, un José Arcadio, una Santa Sofía de la Piedad, una Renata Remedios, pero, sobre todo, había un descendiente que había nacido con una cola de puerco.

Sin embargo, quise expandirme y no solo quedarme con las anécdotas de mi casa. Recorrí distintos pueblos y descubrí que Macondo estaba en cada uno de ellos. Que ese mundo imaginario, que distintos académicos y críticos literarios sustentan que existe, está vivo en la cultura del Caribe colombiano.

Este trabajo me ayudó a comprender que las historias que valen la pena ser contadas están en los lugares que uno menos espera y que detrás de cualquier rostro hay un relato que puede dividir tu vida en dos. Esta tesis reafirmó la vocación que tengo como periodista, pero, sobre todo, como ser humano, puesto que mi deber y mi pasión están en revelar lo que está oculto.

Agradecimientos

Agradezco, antes que nada, a Dios por haber hecho posible que esta travesía llegara a un puerto seguro.

A mi familia, en especial a mi madre, por creer en mí y apoyarme emocionalmente e intelectualmente en todo este proceso.

A mi asesor de tesis, Germán Ortegón, por ayudarme a escoger el rumbo indicado e impulsarme a seguir mi instinto.

A mi diseñador, David Veloza, por estampar mis ideas en un resultado extraordinario.

A la empresa estatal, CORMAGDALENA, por su colaboración en la entrega de fotografías del Río Grande de la Magdalena y del buque de vapor David Arango para la crónica “Río de historias”.

A todas esas personas que se quitaron sus tapujos y me contaron su historia. Sin ustedes, nada de esto hubiera sido posible.

V. BIBLIOGRAFÍA

In document Historias de mi pueblo (página 108-116)