• No se han encontrado resultados

HÉROE POR ACCIDENTE

In document Historias de mi pueblo (página 95-99)

5. LOS TESTIMONIOS

2.5 HÉROE POR ACCIDENTE

“Si los palmeros se enteran de esto me quedo sin mi fanaticada”, dice Plutarco Mejía cuando se le pregunta por su gran hazaña de hace más de cinco décadas: lograr sacar al espíritu del corregimiento bolivarense Las Palmas. Este hombre de 89 años, oriundo de San Jacinto, Bolívar, y padre de diez hijos varones, suelta la carcajada que lo delata en seguida.

“La gente es capaz de creer cualquier cosa”,afirma irónicamente Plutarco. “Inclusive que un flaco como yo sea capaz de espantar a un espíritu. No soy mentiroso, pero creo que sí fui oportunista con los palmeros”, narra mientras se soba el roto de su pantalón gris.

San Jacinto es un municipio caliente, pero en esta mañana septembrina las nubes grises decoran el cielo. Las calles están llenas de gente vendiendo de todo, desde chancletas de plástico hasta chepacorinas, las famosas galletas locales. Mientras tanto, Plutarco continúa relatando las anécdotas de un pasado glorioso.

“Sucedió cuando tenía 35 años. Estaba ya casado con mi mujer y tenía ya mis hijos paridos. Como ves, había mucha boca que alimentar. Desesperado me subí a Las Palmas a hacer un trabajo de tierra con un

patrón que ya se me olvidó el nombre. En la noche, me tocaba dormir en una posada, que decían que estaba embrujada. Mira, la madre que yo nunca oí nada, pero esa gente no hacía sino hacer bochinche todas las mañanas dizque con el supuesto espíritu. Como esa comunidad tiene muchos ritos africanos que yo no conozco, yo no les paré bolas nunca a las conversaciones para acabar con el espíritu y me dormía plácidamente esperando el siguiente día”, explica Plutarco.

Las paredes de la casa de este sanjacintero, ubicada a tan solo cincuenta metros de la plaza principal, son de tapia, una mezcla de barro, excremento de burro y palos de guadua, que de una manera económica terminan por darle forma y estabilidad a su hogar. La decoración es bastante precaria, de no ser por una hamaca y un mecedor de plástico, no habría dónde sentarse. Sin embargo, se nota que este hombre de casi 90 años es feliz, todavía se ríe de lo mismo, y disfruta los placeres simples de la vida.

“Una noche salí de mi pieza a tomar agua y casi me mata un susto. Había un ataúd con unas velas encima. Te lo juro que si no fuese porque estaba mansito en edad, a mí me da un infarto. Pero el infarto casi me da cuando me di cuenta de que del susto había tumbado una de las velas y se había prendido una cortina. Empecé a gritar y toda la gente de la casa se levantó. Logré apagar el pequeño incendio que había formado, pero lo que me sorprendió fue el hecho de que en vez de emputarse, la gente se abrazaba de alegría. Aparentemente, ese fuego significaba que el espíritu se había ido”, echa el cuento Plutarco con ojos de sorpresa, como si genuinamente no entendiera la reacción de los propietarios de la posada.

Interrumpe el relato para intentar recordar cómo se llamaba la familia dueña de la posada, pero los años habían marchitado ese dato. Sin embargo, de lo que sí tiene memoria es de que era una pareja con dos hijos pequeños, que un par de años después se mudaron a otro pueblo y, desde entonces, les perdió la pista.

“El cuento se puso bueno en ese momento porque me comenzaron a tratar como a un Dios y yo, ni cojo ni perezoso, accedí feliz. Fue tanto lo que me atendieron y tanta comida que me dieron que me engordaron en dos semanas. Cuando por fin volví a la casa, mi mujer me tenía una maleta en la puerta porque decía que yo le estaba metiendo cachos. La verdad es que no le estaba metiendo cachos a ella, sino a su comida, y eso le emputaba más. Lastimosamente, ella murió hace un par de años de un cáncer en el seno, pero seguramente hubiera disfrutado de este cuento que le fascinaba. Las mujeres son como estos palmeros: creen lo que quieren creer,definitivamente”, concluye este héroe por accidente.

2.6 RÍO DE HISTORIAS

“Fue como si la ciudad entera se paralizara para ver un espectáculo”, cuenta Raúl Meola, con su imponente voz capaz de acaparar la atención de cualquiera, sobre aquella triste tarde en la que vio al David Arango, el último gran barco de vapor que navegó sobre el Río Grande de la Magdalena, arder en llamas.

A primera vista, Magangué, Bolívar, con su calor asfixiante que derrite el asfalto, su penetrante olor a pescado de las ventas callejeras, su caos vial y una enorme contaminación visual, parece que lleva a la boca del infierno, pero una vez sobrepasas esa terrible fachada, encuentras una ciudad con un mundo de historias y lleno de magia.

Raúl Meola está sentado en la sala de conferencias esperando a que sus amigos del alma, Alfredo Amín y Ramón Viñas, lleguen para iniciar su habitual tarde de tertulia. Meola tiene 66 años, ha vivido toda su vida en el puerto de Magangué y es extremadamente simpático. Su cabello canoso, al igual que su bigote con estilo ochentero, su piel trigueña y ojos marrones, cubiertos por unos lentes para ver, combinan perfectamente con esa voz de locutor de radio y esa risa que en ocasiones parece sacada de una película de terror.

“Me embarqué muchas veces en distintos barcos de vapor que pasaban constantemente por el río Magdalena, y debo decir que es una verdadera lástima que tantas generaciones posteriores al incendio del David Arango no lograron vivir esa experiencia”, afirma Meola tocándose su bigote y subiéndose la montura de los lentes.

“En los dos viajes que hice a Puerto Berrio, por ejemplo, me encontré con un mundo tropical como ningún otro; pájaros de distintas clases, manatíes nadando a nuestro alrededor, micos que desordenaban a la gente con sus sonidos, entre otros. Pero lo más sorprendente era la vida que se encontraba en cada pueblo. El río le daba vida a ese lugar y el lugar le daba vida a los tripulantes”, dice poéticamente mientras en ese momento entran Alfredo y Ramón por la puerta de su oficina.

Viendo a Alfredo se hace evidente que tiene más años que los otros dos. Mide más de 1,80 cm, pero está tan encorvado que se ha encogido un poco. Su piel blanca es arrugada y llena de pecas, y sus lentes tienen casi el mismo aumento que una pequeña lupa. Cuando habla se delata su vejez, pues su voz tiembla y el tono ya casi no se escucha.

Ramón Viñas, por otro lado, es moreno y tiene los ojos tan caídos que pareciera que siempre estuviese triste, pero en su hablar no se refleja un ápice de abatimiento, sino, por el contrario, una fortaleza digna de un hombre que ha vivido muchos años.

Los tres amigos están dispuestos en la oficina de Amín, que está ubicada dentro de un negocio de llantas del cual es dueño. Las paredes blancas, un escritorio grande, una pequeña sala de conferencias compuesta por una mesa redonda y cinco sillas de madera, y un aire acondicionado que combate perfectamente la demoledora temperatura de afuera acompañan a los contertulios tres veces por semana en el arte de recordar.

Ese día, la cita era para hablar de un tema que los obsesiona a todos, el río Magdalena y las travesías que vivieron navegándolo. En sus tiempos de gloria, es decir, cuando aún era navegable, esta importante vía fluvial les daba vida e importancia a las ciudades ribereñas, y sus aguas traían historias y noticias de otros pueblos.

“El David Arango era una verdadera muestra de lujo. En esa época el aire acondicionado casi no se veía, pero en él había un bar que lo tenía”, cuenta Alfredo mirando con picardía a sus amigos. “Lo que pasa es que ahí llevábamos a las señoritas. Cuando estaba el David Arango en Magangué, nos tomábamos esa vaina por nuestra cuenta y como el capitán, Celmo Jiménez, era amigo de la familia, él nos patrocinaba todo”, interrumpe entre risas Raúl.

Efectivamente, el David Arango era un barco de vapor como ningún otro, tanto así que se conocía también con el nombre de Palacio Flotante. Los pomposos camarotes de la primera clase no tenían nada que envidiarles a los famosos barcos de la época, la platería del comedor evocaba la elegancia digna de los más adinerados, el bar era un escenario perfecto para organizar fiestas y el aire acondicionado, una verdadera muestra de ostentación. Nadie quería perder la oportunidad para embarcarse.

“Vivir en ese barco era vivir algo mágico. Uno hacía amigos, se enamoraba, pero, sobre todo, iba viendo el cambio de la gente a medida que el vapor bajaba o subía por el río”, anota Raúl con su desparpajo habitual. “Pero, eso sí, ¿sabes qué era lo más particular de un viaje en río? Ser testigos de la conferencia nacional de mosquitos que se llevaba a cabo”. Todos soltaron la risa con las palabras de Meola, ya que sabían por experiencia propia lo que significaba eso.

“Como el vapor iba lento, el mosquito que se montaba contigo, se desembarcaba contigo. Y lo peor es que iba recogiendo de pueblo en pueblo a sus amigos y parientes. Entonces, en el día hacían conferencia y no

te jodían, pero en la noche se iban de rumba y nadie podía dormir con la mosquitera”, termina de contar Alfredo.

El día que el David Arango se incendió con él naufragaron los miles de historias que allí se vivieron. “Los tripulantes y los pasajeros se bajaron en la mañana de ese fúnebre día para comprar en Magangué. Era usual que las personas desembarcaran para conseguir comida, encontrarse con amigos o buscaran compañía para la noche”, cuenta Ramón. “Siempre revisaban que todo quedara intacto, pero ese día, uno de los tripulantes dejó la plancha prendida. Ese error determinó el final en llamas del barco insignia del río Magdalena”, concluye Viñas con un poco de nostalgia en su mirada.

“La gente se quedó inmóvil mientras veían cómo se convertía en cenizas el vapor”, afirma Meola con completa seriedad. “Nos quedamos como presenciando el fin de una era y nadie hacía nada. La verdad es que no había mucho que hacer. Solo cuando las llamas del barco comenzaron a quemar el puerto, el capitán Jiménez ordenó desprender las amarras para que la embarcación se quemara lejos de él y el daño no fuese peor”, dice al tiempo que se quita las gafas y les limpia el vidrio.

Cincuenta y tres años han pasado desde que se incineró el último barco de vapor y con él los días de grandeza del río Magdalena se desvanecieron. Atrás quedaron las noches en lasque el río hacía posible que un hombre y una mujer se enamoraran con una sola luna, que un extraño se convirtiera en un amigo, que una fiesta regalara sonrisas, que una parada en un pueblo lograra cambiarle la vida a una persona y que un vistazo hacia el cielo hiciera que las estrellas se transformaran en protagonistas.

Los tres viejos, alrededor de la mesa, tienen esperanzas de que las nuevas medidas del gobierno de turno para recuperar la navegabilidad del río le devuelvan la grandeza y el esplendor a las aguas del Magdalena, para que por su caudal se vuelvan a vivir las historias de épocas pasadas.

In document Historias de mi pueblo (página 95-99)