1.4. Sobre la historia de la belleza
1.4.4 La belleza como claridad y esplendor
Respecto al color de las cosas, no es necesario discutir mucho, porque la propia vista demuestra cuánta belleza se añade a la naturaleza, cuando esta es adornada con tantos y tan diversos colores. ¿Hay algo más bello que la luz que, aun no teniendo color en sí misma, sin embargo hace aparecer los colores de todas las cosas iluminándolas? ¿Hay algo más agradable a la vista que el cielo cuando está sereno y brilla cual zafiro, y con la proporción tan agradable de su resplandor atrae la mirada y alegra la vista? El sol resplandece como el oro, la luna es pálida como el ámbar, algunas estrellas brillan como llamas, otras titilan con luz rosácea, y otras emiten de vez en cuando un fulgor ahora rosáceo, ahora verde, ahora blanco.
Hugo de San Victor. Eruditio didascalica162
161 Citado por ECO, Op.Cit., p. 97 162 Citado por ECO, Op.Cit., p. 125.
El desarrollo del arte y de las ideas sobre la belleza ha estado profundamente influenciado por las creencias religiosas. Durante los primeros siglos de la Edad Media, sostiene Eco163, estas ideas estaban caracterizadas por una tendencia a
exaltar la belleza moral en desmedro de la belleza mundana o terrenal, considerada efímera, según Boecio, “como las flores en primavera”.
En el siglo XIII, Tomás de Aquino expone tres elementos (dotes) necesarios para la belleza: integridad, proporción o armonía y claridad o esplendor. La integridad
está asociada a una belleza moral, y relaciona estrechamente ética y estética en términos de adecuación al fin y colaboración mutua, mientras que la claridad o
esplendor tienen que ver precisamente con el color y la luz. Y justamente la Edad Media, considerada por muchos como una época “oscura”, es en el arte tiempo de luz y colores. De hecho, sostiene Eco, el hombre es representado en términos luminosos tanto en poesía como en pintura, mientras que las miniaturas son muy luminosas y en ellas abundan colores puros como el rojo, azul, oro, plata, blanco y verde. Es la estética de la claritas:
Juan Damasceno dice: “Si quitas la luz, todas las cosas quedan ignoradas en las tinieblas, porque no pueden manifestar su propia belleza”. La luz, por tanto, es “la belleza y el orden de toda criatura visible”. Y, como dice Basilio: “Tal naturaleza es creada de tal modo que no puede haber nada más agradable para el pensamiento de los mortales que de ella disfrutan. La primera palabra de Dios creó la naturaleza de la luz y dispersó las tinieblas y disipó la tristeza e hizo alegre y gozosa a toda especie”. La luz es bella por sí, porque “su naturaleza es simple, y tiene en sí todas las cosas a la vez” (…) En efecto, como dice Ambrosio: “La naturaleza de la luz es tal que su gracia no consiste en el número, la medida o el peso, como ocurre con las otras cosas, sino que consiste en el aspecto. Ella hace que las otras partes del mundo sean dignas de alabanza”.164.
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163 ECO, Op.Cit.
La técnica vitral, aunque ya existía en las iglesias románicas, se desarrolla y aprovecha especialmente durante la Edad Media. En torno a la fe cristiana se unen el color y la luz. La estructura de las catedrales góticas, con amplias ventanas y rosetones, está diseñada en función de la luz y los juegos de colores, espectáculo fascinante para el hombre medieval.
Como explica Eco165, detrás de ese gusto por el esplendor y la luminosidad está la
idea de Dios como luz y, naturalmente, una fuerte asociación entre lo bueno y lo bello. Por su parte, la identificación de Dios y el bien con la luz, el sol y la claridad se observa en muchas otras civilizaciones, como el Baal semítico o el Ra egipcio166, y desde el mismo Platón con el sol como metáfora de sabiduría en el
mito de la caverna. Esto revela un rasgo distintivo del arte, a saber, su carácter simbólico, propicio para la religión y la vía mística, como lo expresa el siguiente pasaje de Hildegarda de Bingen:
Vi una brillantísima luz y en ella una forma de hombre del color del zafiro que todo lo inflamaba con un fuego rutilante muy suave, y aquella espléndida luz se difundió por todo el fuego rutilante, y este fuego rutilante por aquella luz resplandeciente y aquella luz brillantísima y aquel fuego rutilante por toda la forma del hombre, produciendo un solo resplandor de única virtud y potencia. Y oí que aquella luz viva me decía: “Este es el sentido de los misterios de Dios: que se vea con claridad y se comprenda cuál es la plenitud sin nacimiento y a la que nada puede faltar, que con virtud poderosísima trazó todos los cursos de los fuertes167.
Para Schelling, tanto la mitología griega como la moderna (con Cristo) se constituyen en poderosos símbolos cargados de energía estética. Según él, el hombre moderno encuentra las raíces de su fe en la muerte de Cristo en la cruz.
165 ECO, Op.Cit., p. 103. 166 IBID, p. 103.
Cristo, sostiene Schelling, es el héroe de la modernidad, el único dios que queda ahora que los antiguos dioses se han marchado y su muerte debe reconocerse como el mito moderno supremo.168
Figura 19. La Piedad. Miguel Ángel
Foto: Wikimedia Commons, contenido libre. [20 Mar., 2007]. (http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:LaPieta-MichelAnge_detalle.jpg)
1.4.5 Lo feo como contraparte de lo bello (o del
cielo y el infierno)
Me parecía que le faltaba alguna cosa a la divinidad, en tanto que no había nada que oponerle.
Luciano. Prometeo en el Cáucaso.
Figura 20. El Jardín de las Delicias. Figura 21. El Jardín de las Delicias. Panel Derecho. Panel Izquierdo: El Jardín del Edén. El Infierno (también conocido como
El Bosco. El Infierno Musical). El Bosco.
Museo del Prado, Madrid.
Foto: Wikimedia Commons. Dominio Público. [2 Abr., 2007].
(http://es.wikipedia.org/wiki/El_Jard%C3%ADn_de_las_D
Museo del Prado, Madrid.
Foto: Wikimedia Commons. Dominio Público. [2 Abr., 2007].
Figura 22. Saturno devorando a su hijo. Figura 23. Fresco del Infierno. Francisco de Goya. Giovanni da Modena.
Wikipedia, dominio público. [2 Abr., 2007]. (http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Saturno_
devorando_a_sus_hijos.jpg)
Imagen de dominio público, escaneada por el autor de Eco (2004), p. 134
Aunque habría que esperar casi hasta el siglo XX para que, con las vanguardias, se cuestionara directamente la asociación entre arte y belleza, ya desde Grecia se hablaba de lo feo, lo horrible y lo monstruoso en contraposición a lo bello. Para los pitagóricos, por ejemplo, la armonía surge de la oposición de los contrarios, entre los cuales solo uno de ellos representaba la perfección (la recta, el cuadrado, el orden). Sin embargo, para Heráclito y otros, la armonía suponía no la anulación sino la inclusión y tensión entre los contrarios (amor/odio, unidad/multiplicidad, paz/guerra, quietud/movimiento). Así, la armonía no era entendida como la ausencia de contrastes, sino como el equilibrio entre ellos.
En efecto, lo que es considerado deforme por sí mismo en una parte del todo, en la totalidad no solo se vuelve bello, porque está bien ordenado, sino que es también causa de la belleza general; así la sabiduría se ilumina por su relación con la insipiencia, la ciencia por su comparación con la ignorancia, que es solo defecto y privación, la vida por la muerte, la luz por la oposición de las tinieblas, por la ausencia de alabanzas las cosas dignas; en resumen, todas las virtudes no solo obtienen alabanzas de los vicios opuestos, sino que sin esta confrontación no merecerían alabanzas.169
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La presencia de la fealdad nos invita a concebir la belleza de una manera más amplia y menos “decorosa”, a diferencia del arte preciosista y del embellecimiento. En la siguiente carta de Fernando González, escrita en marzo 19 de 1935, se puede apreciar su visión de “la belleza de la vida”, una belleza amplia, nutrida de
“todos los instintos y todos los jugos”, en contraposición a la simple “bonitura”. Se
trata de la respuesta a su hermano Alfonso, en la que este último anuncia la supresión de escenas y cambios de vocabulario en las dos primeras partes de ‘El Remordimiento’:
Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. Es como si hubieras cogido un árbol arrancándole las flores, para adornar una sala, ¡porque las señoras y los señores no pueden ver las raíces y las ramas! Eso se llama enjolivement; es el arte preciosista, cosa triste, muerta y que repugna al gran estilo (…) ¿Es
posible coger un niño sano, vital, y quitarle las nalgas, el vientre, los pies, los órganos genitales, y decir que los ojos, solo los ojos, son presentables, son bellos? Para quien ame lo bonito, sí. Pero tal no es la belleza de la vida, animal profundo, devenir de un pasado remoto y oscuro hacia remoto y oscuro mañana, animal que se nutre de todos los instintos, de todos los jugos. El arte proviene de embriaguez causada por los instintos vitales en su cúspide. El verdadero arte
huele a semilla, a semen, a humus. Es ceiba retorcida que extiende sus raíces a los ríos, pantanos y descomposiciones. La bonitura es arreglo, es artificio, es planta sin raíces y mútila170.
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En el siglo XX la fealdad, el horror, el crimen y la injusticia se vuelven referentes importantes para el arte. Se dice, por ejemplo, que las imágenes devastadoras de los cuerpos muertos de los judíos, encontrados por las tropas rusas a su llegada a los campos de concentración nazis, son uno de los grandes referentes estéticos del siglo XX, que se pudieron ver por primera vez en “Noche y Niebla”, documental
de Alain Resnais realizado en 1955. Por su parte “Guernica” de Picasso retrata el
horror y la destrucción de la Guerra Civil Española, como una suerte de presagio de lo que sería la Segunda Guerra Mundial.
En el caso latinoamericano, los artistas no han tenido que ir muy lejos para encontrarse con sus propias formas de horror. Como lo dice el Nobel Guatemalteco Miguel Angel Asturias, incluso sin una intención política inmediata, el artista latinoamericano no puede sustraerse de su realidad:
El latinoamericano es un autor invadido por los hechos de la vida circundante. Si quisiera quedarse en su torre de marfil lo arrancarían de ella nuestra tremenda realidad, nuestros problemas vitales: seres humanos descalzos, hambrientos, careciendo de todo. Esto no se puede callar y la denuncia asume por ello un significado político171.
170 GONZALEZ, Fernando. (1972). El Remordimiento. Medellín: Editorial Bedout. p. 11-12.
171 Citado por Giussepe Bellini en ASTURIAS, Miguel Angel. (1986). Leyendas de Guatemala – El
Figura 24. Madre de la India (La Edad de la Ira). Oswaldo Guayasamín.
Col. F. Guayasamín, Quito, 1988. (Imagen escaneada a partir de una postal)
Figura 25. Lágrimas de Sangre (La Edad de la Ira). Oswaldo Guayasamín.
Col. F. Guayasamín, Quito, 1973. (Imagen escaneada a partir de una postal)