Al otro lado de la villa la campiña aparecía ondulada y cultivada; era en realidad la tierra de huertas de Antioquía, en la que no quedaba sin trabajar ni un palmo de terreno. Las empinadas vertientes de las montañas formaban bancales escalonados; hasta los ribazos se veían alegrados por las trepadoras parras que, además del encanto de la sombra, ofrecían a los transeúntes la dulce promesa del vino que producirían, y la morada madurez de los abundantes racimos de uvas. Sobre los melonares y por entre las espesuras de albaricoques, higueras, naranjos y limoneros se veían las blanqueadas casas de los campesinos; por todas partes la abundancia, hija sonriente de la paz, daba noticia con las mil señales que posee de que se hallaba en sus dominios, alegrando el corazón del generoso viajero, hasta hacerle sentirse dispuesto incluso a reconocer los aspectos positivos de la dominación romana. De vez en cuando se divisaban también las perspectivas del Tauro y del Líbano, entre los cuales el Orontes (cinta divisoria de plata), seguía plácidamente su camino.
En el curso de su viaje los dos amigos llegaron al río, cuyos meandros se ceñían fielmente al camino que seguían, ora trepando por escarpadas peñas, ora descendiendo hasta el fondo de los valles, todos igualmente aprovechados para aposentos campestres. Y si el campo lucía todas sus galas ostentando el follaje de encinas, sicómoros y mirtos, de bayos y madroños y el de los olorosos jazmines, el río brillaba bajo los rayos oblicuos de sol, que se habrían dormido sobre su superficie de no ser por la interminable procesión de barcos, deslizándose a favor de la corriente, o saltando al empuje de los remos, unos yendo, otros viniendo, trayendo todos el recuerdo del mar, de pueblos lejanos, de lugares famosos y de artículos codiciados a causa de su rareza. Nada hay tan subyugador para la fantasía como una vela hinchada en dirección al mar, si no es otra que nos lleve a la patria, terminada una travesía feliz.
Los dos amigos seguían continuamente la orilla del río hasta llegar a un lago alimentado por las aguas remansadas de aquél, claras, profundas y sin formar la menor corriente. Una vieja palmera dominaba el ángulo de la vía de acceso. Doblando hacia la izquierda, al pie del árbol, Malluch se puso a palmotear gritando:
—¡Mira, mira! ¡El vergel de las Palmeras!
Era una escena que no se ve en ninguna otra parte, salvo en los favorecidos oasis de Arabia, o en las haciendas de los Ptolomeos a lo largo del Nilo. Para dar mayor intensidad a una sensación tan nueva como deliciosa, Ben-Hur se internó por una extensión de terreno al parecer ilimitada, y llana como el suelo de una habitación. Por todas partes el pie se posaba sobre la hierba verde y fresca, que en Siria es el producto más raro y hermoso que da la tierra; si el joven levantaba la vista era para ver el pálido azul del cielo por entre las ramas entrecruzadas de los árboles productores de dátiles, verdaderos patriarcas de su especie, tan numerosos y viejos, de tan poderosos troncos, tan altos y apiñados, con tan largas ramas y cada una de éstas de frondes tan perfectos, rojizos,
cerúleos y brillantes, que parecían encantadores encantados. Aquí la hierba daba color a la misma atmósfera; allá, el lago, fresco y cristalino, cuyas aguas se rizaban sólo hasta pocos pies debajo de la superficie y ayudaban a los árboles a vivir hasta muy avanzada edad. ¿Acaso el bosque de Dafne aventajaba a éste? Y, como si adivinaran los pensamientos de Ben-Hur y quisieran conquistar su ánimo según un estilo propio, parecía que cuando pasaba debajo de sus arcos moviesen las ramas y le rociasen de húmeda frescura.
El camino seguía todas las ondulaciones del lago en riguroso paralelismo, y si alguna vez conducía a los caminantes hasta el borde del agua era siempre con algún paraje donde la superficie brillante estaba limitada a no excesiva distancia por la orilla opuesta, en la cual, lo mismo que en la de esta parte, no se consentía otro árbol que la palmera.
—Mira —dijo Malluch, señalando un gigante del lugar—. Cada anillo del tronco indica un año de vida. Cuéntalos desde las raíces hasta las ramas, y si el jeque te dice que el bosque fue plantado antes de que en Antioquía se hubiera oído mentar a los seléucidas, no dudes de sus palabras.
No es posible contemplar una palmera perfecta sin que ella, con una sutileza especial y exclusiva, adquiera una personalidad propia y convierta en poeta a su admirador. Esto explica a los primeros reyes, que no supieron hallar en toda la tierra ninguna forma que les sirviera tan bien para modelo de las columnas de sus palacios y templos. Y por la misma razón, Ben-Hur se sintió impulsado a exclamar:
—Buen Malluch, tal como lo he visto hoy en la tribuna, el jeque Ilderim me ha parecido un hombre vulgar y corriente. Me temo que los rabíes de Jerusalén le mirarían como a un hijo de un perro de Edom. ¿Cómo fue que entró en posesión del vergel de las Palmeras? ¿Y cómo ha contado con medios para defenderlo de la voracidad de los gobernantes romanos?
—Si el tiempo confiere excelencia a la sangre, oh hijo de Arrio, entonces el viejo Ilderim es todo un hombre, por más que sea un edomita incircunciso.
Malluch siguió expresándose con vehemencia.
—Todos sus antepasados fueron jeques. Uno de ellos (no diré en qué época ni cuándo llevó a cabo la honrosa hazaña) ayudó en cierta ocasión a un rey al cual unos enemigos perseguían con las espadas desenvainadas. Dice la historia que le facilitó un millar de jinetes que conocían los caminos y los escondites del desierto como los pastores conocen las escasas montañas que frecuentan con sus rebaños, y aquellos hombres le condujeron de un lugar a otro hasta que se presentó el momento propicio, llegado el cual dieron muerte al enemigo con sus lanzas y devolvieron el trono al perseguido. Y se cuenta que el rey se acordó de tan señalado favor y trajo al hijo del desierto a este paraje, suplicando que plantara aquí sus tiendas y condujera a su familia y a sus rebaños, porque el lago y los árboles y todo el terreno limitado entre el río y los montes más próximos serían suyos y de sus hijos para siempre. Nadie ha turbado nunca el tranquilo disfrute de esta propiedad. Los gobernantes que vinieron después consideraron que era una medida de buena política mantener excelentes relaciones con la tribu a la cual el señor ha favorecido multiplicando sus hombres y sus caballos, sus camellos y sus bienes, haciéndolos dueños de muchas vías principales entre las ciudades; de modo que en su mano está decirle al comercio en cualquier momento que les plazca: “Ve en paz”, o “Párate”, y se hará lo que ellos digan. Hasta el prefecto apostado en la ciudadela que domina Antioquía considera dichoso para
él el día que Ilderim, apodado el Magnánimo en atención a su generosidad con toda clase de hombres, se pone en marcha, lo mismo que hicieron nuestros padres Abraham y Jacob, con sus esposas y sus hijos, con el séquito de sus rebaños de camellos y caballos y con todas sus posesiones de jeque, y sube a trocar brevemente sus amargos manantiales por los encantos que ves aquí por todo nuestro alrededor.
—¿Cómo se explica entonces? —preguntó Ben-Hur, que había escuchado sin parar mientes en la lentitud del paso de los dromedarios—. Yo he visto al jeque mesándose la barba y maldiciéndose a sí mismo por haber confiado en un romano. Si César le hubiese oído habría dicho: “Amigos como éste no me gustan; echadle de aquí”.
—Habría juzgado bien —replicó Malluch sonriendo—. Ilderim no le tiene ningún afecto a Roma; guarda un resentimiento contra ella. Hace tres años, los partos invadieron el camino de Bozra a Damasco y cayeron sobre una caravana cargada, entre otras cosas, con el importe de los impuestos recaudados en un distrito de aquella parte, dando muerte a todo ser viviente que encontraron. Los censores de Roma habrían podido perdonar el atropello si los partos hubiesen respetado y entregado el tesoro imperial. Los campesinos que habían pagado los impuestos, obligados a reparar la pérdida, presentaron sus quejas al César, el cual reclamó el pago a Herodes, y éste, por su parte, se apoderó de algunos bienes de Ilderim, acusándole de haber descuidado traidoramente sus deberes. El jeque apeló al César, y el César le dio la respuesta que uno esperaría de la esfinge impasible. Desde entonces el anciano está con el corazón dolorido, alimentando su ira y complaciéndose en ver cómo crece cada día.
—No podrá hacer nada, Malluch.
—Bien —contestó el aludido—, eso exige otra explicación, que te daré si podemos acercarnos más. Pero, ¡mira!, la hospitalidad del jeque empieza pronto: sus hijos te están hablando.
Los dromedarios se pararon, y Ben-Hur bajó la vista para contemplar a unas niñas del estamento campesino sirio que le ofrecían unos cestos llenos de dátiles. La fruta estaba recién cogida, y no era posible rechazarla.. Ben-Hur se inclinó aceptando, y en ese momento un hombre que estaba sobre el árbol junto al que se habían parado gritó:
—¡La paz te acompañe, y bienvenido seas! Después de dar las gracias a las niñas, los dos amigos siguieron adelante, dejando que los animales llevaran el paso que se les antojara.
—Debes saber —prosiguió Malluch, interrumpiéndose de vez en cuando para saborear un dátil— que el mercader Simónides me honra con su confianza, y hasta a veces me halaga pidiéndome consejos. Frecuentando su casa he conocido a muchos amigos suyos, los cuales, enterados de las relaciones que nos unen, le hablan con toda libertad en mi presencia. De esta forma trabé cierta intimidad con el jeque Ilderim.
La atención de Ben-Hur se desvió un momento. Ante los ojos de su mente se levantaba la imagen pura, dulce y atractiva de Esther, la hija del comerciante. Los ojos de la joven, iluminados por el brillo peculiar de los judíos, se encontraban con los suyos en una púdica mirada: oía sus pisadas lo mismo que el día que se le acercó ofreciéndole vino, y también su voz como cuando le presentaba la copa; y rememoraba de nuevo toda la simpatía que le había manifestado, expresándola con tal claridad que las palabras eran innecesarias y con