La madre tomó de nuevo la cómoda actitud anterior en el cojín, mientras el hijo se sentaba en el diván, apoyando la cabeza en su regazo. Mirando por la abertura, ambos podían ver una buena extensión de azotea en la vecindad, un banco de azul oscuridad allá en el oeste, que sabían que eran montañas, y el cielo, con sus sombreadas profundidades, en el que brillaban las estrellas. La ciudad estaba silenciosa. Sólo se agitaba el viento.
—Amrah me dice que te ha pasado algo —empezó la madre, acariciándole la mejilla—. Cuando mi Judá era un niño, yo consentía que se atormentase por nimiedades, pero ahora es un hombre. No debe olvidar —y aquí su voz se hizo muy suave— que un día ha de ser mi héroe.
Hablaba en un lenguaje casi olvidado en el país, pero que unos cuantos (eran invariablemente gente notable, tanto por su sangre como por sus posesiones) cultivaban con cariño en toda su pureza, a fin de que se les distinguiera más claramente de los pueblos gentiles. El idioma en que las adoradas Rebeca y Raquel cantaban a Benjamín.
Aquellas palabras parecieron suscitar en el cerebro del muchacho una nueva sucesión de pensamientos. Sin embargo, al cabo de un rato cogió la mano con que su madre lo abanicaba, y dijo:
—Oh madre mía, hoy me han hecho pensar en muchas cosas que nunca habían tenido cabida en mi mente. Dime, primero: ¿qué he de ser yo?
—¿No te lo he dicho? Tú has de ser mi héroe.
Aunque no podía ver la cara de su madre, el muchacho comprendió que hablaba jocosamente. Él se puso más serio.
—Tú eres muy buena y muy cariñosa, oh madre mía. Nadie me amará como tú. Y le llenó la mano de besos. Después, prosiguió:
—Creo comprender por qué eludes mi pregunta. Hasta ahora mi vida te ha pertenecido. ¡Con qué amor, con qué dulzura me has gobernado! ¡Ojalá pudiera seguir siempre igual! Pero eso es imposible. Es voluntad del Señor que un día sea yo dueño de mí mismo. Un día de separación, y por lo mismo, penoso para ti. Seamos valientes y hablemos en serio. Yo quiero ser tu héroe, pero tú me has de poner en camino de serlo. Sabes lo que manda la ley: todo hijo de Israel ha de ocuparse en algo. Yo, que no soy una excepción, te pregunto: ¿cuidaré los rebaños? ¿O labraré la tierra? ¿O moveré la sierra? ¿O seré escribiente o abogado? ¿Qué seré yo? Madre amada y buena, ayúdame a encontrar la respuesta.
—Gamaliel ha dado hoy una conferencia —contestó ella, pensativamente. —Si la ha dado, yo no le he oído.
—Entonces has paseado con Simeón, quien, según me han dicho, hereda el genio de su familia.
—No, no le he visto. He estado en la plaza del mercado, aunque no en el templo. He visitado al joven Messala.
Un ligero cambio en la voz del muchacho atrajo la atención de la madre. Un presentimiento aceleró los latidos de su corazón. El abanico volvió a quedar inmóvil.
—¡Messala! —exclamó—. ¿Qué ha podido decirte para impresionarte de este modo? —Ha venido muy cambiado.
—Quieres decir que ha vuelto convertido en un romano. —Sí.
—¡Romano! —continuó la mujer, casi hablando consigo misma—. Para todo el mundo, esta palabra significa dueño. ¿Cuánto tiempo ha estado fuera?
—Cinco años.
La madre irguió la cabeza, mirando hacia lo lejos, a través de la noche.
— Los aires de la vía Sacra han invadido sin dificultad las calles de los egipcios y de Babilonia. Pero en Jerusalén, en nuestra Jerusalén, mora la alianza.
Y, embargada por este pensamiento, descansó la cabeza en su cómodo apoyo. El joven fue el primero en tomar la palabra.
— Lo que Messala me ha dicho, madre mía, era bastante duro en sí mismo. Pero, unido a la manera de decirlo, ha hecho que alguna de sus frases fuera intolerable.
— Creo comprenderte. Toda Roma (sus poetas, oradores, senadores, cortesanos) anda loca por eso que ellos llaman sátira.
— Supongo que todas las naciones grandes son orgullosas —prosiguió el adolescente, casi sin tomar nota de la interrupción—. Pero el orgullo de esa gente no se parece al de los demás. En estos últimos tiempos ha crecido tanto que ni los mismos dioses se libran de su mordacidad.
— ¡Los dioses sí se libran! —replicó prestamente la madre—. ¿Más de un romano ha aceptado que le rindiesen culto, como si tuviera derecho a recibirlo!
— Pues, bien. Messala siempre ha poseído una buena dosis de esa desagradable cualidad. Cuando él era niño, le vi burlarse de extranjeros a los cuales hasta el mismo Herodes se dignaba recibir con todos los honores. Sin embargo, sus mofas siempre habían respetado a Judea. Por primera vez, hablando hoy conmigo, se ha referido con sarcasmo a nuestras costumbres y a nuestro Dios. Como tú habrías querido que hiciese, yo he roto definitivamente con él. Y ahora, oh mi madre adorada, yo quisiera saber si hay base para que los romanos nos desprecien. ¿En qué le soy inferior? ¿Pertenece nuestro pueblo a una categoría inferior? ¿Por qué he de sentir yo, ni aún en presencia del César, el encogimiento de un esclavo? Dime, en especial, si este es mi ánimo y el camino que escojo. ¿No puedo perseguir los honores del mundo en todos los campos? ¿Por qué no puedo tomar la espada y gustar la pasión de la guerra? Como poeta, ¿por qué no puedo cantar todos los temas? Puedo trabajar los metales, puedo guardar los rebaños, puedo ser mercader... ¿Por qué no puedo ser un artista como los griegos? Dime, oh madre mía ( y en esto se condensa toda mi inquietud), ¿por qué un hijo de Israel no puede hacer todo lo que hace un romano?
El lector relacionará las preguntas anteriores con la conversación que había tenido el muchacho en la plaza del mercado. La madre, escuchando con todas las facultades despiertas por algo que una persona menos interesada en el adolescente no habría captado, no tardó más en establecer la misma relación, sugerida por las conexiones del tema, la dirección que tomaban las preguntas, y posiblemente por el tono y el acento en
que habían sido formuladas. Tomó asiento y, con voz tan pronta e incisiva como la de su hijo, respondió:
—¡Comprendo, comprendo! Debido al ambiente, durante su infancia, Messala era casi judío. Si se hubiese quedado aquí, habría podido convertirse en un prosélito, pues hasta tal punto acogemos las influencias que maduran nuestras vidas. Pero los años pasados en Roma han pesado excesivamente en él. Nome maravilla el cambio, pero —y aquí su voz se quebró— podía haber sido más tierno, por lo menos contigo. Duro y cruel es el temperamento del hombre que ya en la juventud sabe olvidar sus primeros afectos.
La mano de la mujer descendió suavemente sobre la frente del chico. Se introdujo entre sus cabellos y se entretuvo acariciándolos amorosamente, mientras sus ojos buscaban las estrellas más altas que descubría la mirada. Su orgullo respondía al del muchacho, no meramente como un eco, sino al unísono de una compenetración perfecta. Quería contestarle. Pero, al mismo tiempo, por nada del mundo habría querido darle una contestación poco satisfactoria: admitiendo que existiese una inferioridad podía debilitar el ánimo del hijo para toda la vida. La desconfianza en su propia capacidad le hacía tartamudear.
—El tema que me propones, oh mi Judá, no es para ser tratado por una mujer. Déjame que lo aplace hasta mañana, y yo haré que el sabio Simeón...
—No me remitas al rector—pidió él, bruscamente. —Haré que venga a vernos.
—No. Yo busco algo más que una información. Y si bien él podría dármela mejor que tú, oh, madre mía, tú puedes darme lo que por su parte sería imposible dar: la decisión, que es el alma del alma de un hombre.
La madre recorrió el firmamento con una rápida mirada, tratando de abarcar todo el significado de las preguntas del hijo.
— Cuando anhelamos justicia para nosotros mismos, jamás es prudente ser injustos con los demás. Al negar valor en el enemigo al cual hemos derrotado, rebajamos nuestra victoria. Si el enemigo ha sido lo bastante fuerte para mantenernos a distancia y mucho más si lo ha sido para vencernos... —la madre vacilaba—, nuestra propia estimación nos obliga a buscar otras explicaciones a nuestras desgracias que la de acusarle de poseer cualidades inferiores a las nuestras propias.
Hablando luego más consigo misma que para su hijo, la madre empezó a decir:
— Fortalece tu corazón, hijo mío. Messala desciende de noble linaje. Su familia ha sido ilustre durante muchas generaciones. En los días de la Roma republicana (hasta qué tiempo remoto, es cosa que no puedo decirte), sus antepasados fueron famosos, algunos como soldados, otros en funciones civiles. No recuerdo sino a un cónsul de este nombre. Tenían el rango de senadores, y la gente buscó siempre su patronazgo porque siempre fueron ricos. No obstante, si tu amigo se vanagloriaba hoy de su ascendencia, podías tú dejarle corrido enumerándole la tuya. Si él se refería a las edades a través de las cuales puede seguirse el árbol familiar o las hazañas, jerarquías o riquezas (y tales alusiones, excepto cuando las grandes ocasiones las exigen, son prenda de mentes mezquinas), si las mencionaba en prueba de superioridad, tú sin miedo y tomándolas una por una, podías haberle desafiado a comparar nuestros respectivos historiales.
— Una de las ideas que se impone prontamente en esta época es la de que el tiempo tiene mucho que ver con la nobleza de las razas y las familias. El romano que se jacte sobre este particular comparándose con un hijo de Israel, quedará confundido en cuanto se someta a una prueba. La fundación de Roma marca su punto de arranque, y pocos de ellos pueden seguir su ascendencia hasta dicho período. Pocos de ellos lo pretenden, y de los pocos que lo intentan te digo yo que ninguno podría sostener su alegato sin recurrir al testimonio de la tradición. Ciertamente, Messala no podría. Volvamos la vista ahora a nosotros. ¿Le aventajamos?
Un poco más de luz habría permitido al hijo observar la expresión de orgullo que se difundía por la faz de su madre.
—Imaginemos que el romano nos plantea semejante trato. Yo le respondería sin vacilación y sin jactancia.
Su voz titubeó. Un pensamiento más tierno le hizo cambiar la índole del argumento. —Tu padre, oh mi Judá, descansa con los suyos. Sin embargo yo recuerdo, como si fuese esta misma noche, el día que él y yo en compañía de muchos amigos alborozados, subimos al templo a presentarte al Señor. Sacrificamos las palomas, y yo le di al sacerdote tu nombre, que él escribió en mi presencia: “Judá, hijo de Ithamar, de la Casa de Hur”. Entonces se llevaron el nombre al registro y lo escribieron en un libro de la sección de historiales de la santa familia. No puedo decirte cuándo empezó la costumbre de inscribir a las personas de este modo. Sabemos que estaba en boga antes de la huida de Egipto. He oído decir a Hillel que Abraham hizo abrir el registro con su propio nombre y los de sus hijos, movidos por las promesas del Señor que lo separaban a él y a los suyos de todas las demás razas concediéndoles la alcurnia más alta y selecta, haciéndolos los escogidos de la tierra. El pacto con Jacob tuvo un efecto semejante. “En tu simiente serán bendecidas las naciones de la tierra.” Así dijo el ángel a Abraham en el lugar de Jehovajireh. “Y el terreno en donde descansas, a ti te lo daré, y a tu simiente”, dijo el Señor a Jacob, dormido en Bethel, camino de Harán. Más tarde, los sabios pensaron en la conveniencia de una justa distribución de la tierra prometida. Y para que el día de la partición se supiera quiénes tenían derecho a recibir parcelas, se abrió el Libro de las Generaciones. Pero no fue solamente por eso. La promesa de bendecir a toda la tierra a través del patriarca apuntaba a un futuro lejano. Un solo nombre se mencionaba relacionado con aquella bendición. El benefactor podía ser el más humilde de la familia elegida, porque el Señor nuestro Dios no sabe de distinciones de rango ni de fortuna. Así, para que la generación que debía presenciarlo viera el hecho más claro, y a fin de que sus componentes pudieran dar la gloria a quien perteneciese, era preciso que se llevara el registro con una meticulosidad absoluta. ¿Ha sido llevado así?
El abanico se movió en vaivén, hasta que, agitado por la impaciencia, el adolescente repitió la pregunta.
— ¿Es absolutamente fiel a ese registro?
— Hillel dijo que lo era, y de todos los hombres que han existido, ninguno mejor informado de esta cuestión. En determinadas épocas, nuestro pueblo ha prestado poca atención a ciertos aspectos de la ley, pero jamás olvidó éste. El excelente rector ha seguido los Libros de las Generaciones a lo largo de tres períodos: desde las promesas hasta la apertura del templo, de ahí hasta la cautividad, y de ahí hasta el presente. Sólo en una
ocasión sufrieron contratiempos los registros, y fue al final del segundo período. Pero en cuanto la nación regresó de su largo exilio, como atención debida a Dios, Zorobabel restauró los Libros, permitiéndonos, una vez más, seguir ininterrumpidamente los linajes de la descendencia judía por espacio de dos mil años. Y ahora...
La madre hizo una pausa como para dar ocasión al oyente de medir el tiempo que había mencionado.
— Y ahora —prosiguió—, ¿cómo queda el gesto romano de vanagloriarse de una sangre enriquecida por las edades? Según esa prueba, los hijos de Israel que guardan los rebaños allá en el viejo Rephaim, son más nobles que el más noble de los Marcios.
— Pero, madre... Según los libros, ¿quién soy yo?
— Lo que he dicho hasta aquí, hijo mío, estaba relacionado con tu pregunta. Te contestaré. Si Messala estuviera presente, tal vez objetara como otros han hecho, que el rastro exacto de tu linaje se interrumpió cuando los asirios tomaron Jerusalén y desviaron el templo, con todas sus preciosas reliquias. Pero tú podrías alegar la piadosa acción de Zorobabel, y replicar que toda certeza con respecto a las genealogías romanas terminó cuando los bárbaros de Occidente tomaron Roma y acamparon durante seis meses en su asolado emplazamiento. ¿El gobierno recogía la historia de las familias? No, no. Nuestros Libros de las Generaciones dicen la verdad, y siguiéndolos en sentido retrospectivo hasta llegar a la cautividad, hasta la fundación del primer templo y hasta la salida de Egipto, tenemos la certeza absoluta de que desciendes en línea directa de Hur, el asociado de Josué. Si el tiempo santifica el linaje, ¿cabe un honor más grande y perfecto? ¿Deseas llevar la investigación más atrás? De ser así, coge la Torá, busca el Libro de los Números y, entre las setenta y dos generaciones que sucedieron a Adán, puedes encontrar al mismo progenitor de tu estirpe.
Hubo un rato de silencio en la cámara de la azotea.
—Te doy las gracias, madre mía —exclamó después Judá, estrechando en la suya las dos manos de su madre—. Te doy las gracias de todo corazón. Hice bien al no querer que llamases al buen rector. No habría podido dejarme más satisfecho de lo que me has dejado tú. Sin embargo, para que una familia sea verdaderamente noble, ¿es suficiente el tiempo nada más?
— Ah, lo olvidas, lo olvidas. Nuestro alegato no se funda meramente en el tiempo. La preferencia de Dios constituye nuestro timbre especial de gloria.
—Tú hablas de la raza, madre. Yo hablo de la familia, de nuestra familia. En los años que se han sucedido desde nuestro padre Abraham, ¿qué hazañas ha realizado? ¿Qué ha hecho? ¿Qué grandes cosas ha llevado a cabo que la eleven por encima del nivel de las otras?
La madre titubeó, temiendo que hubiera estado todo el rato interpretando mal el propósito de su hijo. Las noticias que éste buscaba podían significar mucho más una simple satisfacción de la voluntad herida. La juventud no es sino la pintada concha dentro de la cual, en continuo crecimiento, vive ese ente maravilloso que es el espíritu del hombre, solicitando el momento de hacer aparición, que en unos se da antes que en otros. La madre se estremecía al percibir que en aquel instante quizá sonase para su hijo el momento supremo; que, cual los niños al nacer extienden las inexpertas manos tentando las sombras mientras el llanto abre sus labios, así quizá su espíritu luchase, en medio de
una ceguera temporal, por asirse a su impalpable futuro. Aquellos a los cuales acude un muchacho preguntando: “¿Quién soy yo y qué he de ser?”, deben andar con muchísimo cuidado. Cada palabra de la respuesta puede resultar para su vida futura lo que el toque de cada dedo del artista en la arcilla que está modelando.
— Tengo la sensación, oh Judá mío —dijo la mujer, dándole unas palmaditas en la mejilla con la misma mano que él había estado acariciando—, tengo la sensación de que todo lo que he dicho ha sido una escaramuza con un antagonista más real que imaginario. Si Messala es el enemigo, no me dejes combatiendo con él a oscuras. Cuéntame todo lo que te ha dicho.