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Un hogar judío

In document Ben Hur Lewis Wallace (página 90-94)

Desde la entrada a la Ciudad Santa correspondiente a la que ahora se llama puerta de San Esteban, se extendía una calle hacia el oeste, paralela a la cara norte de la Torre Antonia, cruzando un patio de aquel famoso castillo. Siguiendo el curso hasta el valle de Tyropoeon, que continuaba un trecho hacia el sur, doblaba y volvía a correr hacia el oeste hasta una corta distancia del punto donde la tradición nos dice que estaba la puerta del Juicio y desde allí se dirigía bruscamente hacia el sur. El viajero o el estudioso familiarizado con aquella localidad reconocerá la avenida descrita como una parte de la Vía Dolorosa, que tiene para los cristianos más interés, si bien un interés muy penoso, que cualquier otra calle del mundo. Como el objetivo que ahora perseguimos no requiere que nos ocupemos de la calle entera, será suficiente señalar una casa que se levanta en el ángulo antes mencionado como marcando el cambio de dirección hacia el sur, la cual, ya que constituye un punto importante y reclama mucho interés, necesita ser descrita con cierta particularidad.

El edificio daba frente al norte y al oeste, unos cuatrocientos pies probablemente en cada dirección, y, como las construcciones más pretenciosas de Oriente, tenía dos pisos de altura y era perfectamente cuadrangular. La calle de la parte oeste tenía unos doce pies de anchura; la del norte, no más de diez. De modo que el que caminase junto a los muros y mirase hacia arriba debía de sentirse profundamente impresionado por el aspecto tosco, inacabado, mas bien repelente, pero fuerte e imponente, que presentaban, porque eran de grandes sillares de piedra sin desbastar. Por la cara exterior, estaban, en realidad, tal como habían salido de la cantera. Un crítico de aquel tiempo habría decidido que la casa tenía carácter de fortaleza, excepto por las ventanas, de las cuales estaba inusitadamente provista y por el afiligranado acabado de arcos y puertas. Las ventanas que daban al oeste eran cuatro en número; las que daban al norte, solamente dos, todas abiertas a la altura del segundo piso, de tal manera que formaban un mirador saliente sobre la avenida de abajo. Las puertas eran las únicas aberturas visibles que cortaban la pared en el primer piso, y, además de estar copiosamente reforzadas con cerrojos de hierro, como sugiriendo el afán de que resistieran bien el empuje y los golpes de las perchas de ataque, aparecían protegidas por cornisas de mármol, bellamente trabajado, y de tan atrevida proyección como para asegurar a los visitantes bien informados de las peculiaridades de aquel pueblo que el rico señor que residía allí era saduceo, lo mismo en política que en credo religioso.

No mucho después de haberse separado del romano en el palacio de la parte alta de la plaza del mercado, el muchacho judío se detuvo delante de la puerta oriental de la casa descrita y llamó. El portillo (una puerta practicada en una de las dos grandes hojas de la entrada) se abrió para dejarle pasar. El chico entró precipitadamente, sin pararse a corresponder a la profunda zalema del portero.

Para hacernos una idea de la distribución interior de la fábrica, así como para ver qué más le ocurrió al muchacho, le seguiremos.

El pasaje al que había entrado no se diferenciaba mucho de un estrecho túnel de paredes artesonadas y abovedado techo. A uno y otro lado, el largo uso había manchado y bruñido unos bancos de piedra. Doce o quince pasos le llevaron a un patio oblongo, orientado en dirección norte-sur y limitado en sus cuatro arcos, excepto en el oriental, por una construcción que parecía la fachada de una casa de dos pisos, de los cuales el inferior estaba dividido en cuadras, mientras el superior estaba almenado y defendido por una robusta balaustrada. Los criados que iban y venían por las terrazas; el ruido de los molinos, trabajando; las prendas colgadas de unas cuerdas tendidas desde un poste a otro; los pollos y palomas que se divertían corriendo por allí; las cabras, vacas, pollinos y caballos encerrados en las cuadras; una maciza pila de agua, destinada, al parecer, al servicio de todos ellos: todo denotaba que el propietario reservaba aquel patio para los servicios interiores de la casa. Hacia el este se levantaba un muro de separación perforado por otro pasaje semejante en todos sus aspectos al primero.

Emergiendo de este segundo pasillo, el muchacho penetró en otro patio espacioso, cuadrado, poblado de arbustos y parras y embellecido y refrescado por el agua de una pila levantada cerca de un porche de la parte septentrional. Aquí los compartimientos eran altos, ventilados y sombreados por unas cortinas a rayas blancas y rojas. Los arcos de aquéllos descansaban sobre apiñados grupos de columnas. En el sur, un tramo de escaleras ascendía a las terrazas del piso superior, defendidas del sol por medio de grandes toldos. Otra escalera subía de las terrazas al tejado, el borde del cual quedaba señalado en todo su cuadrado perímetro por una cornisa esculpida y un pasamanos de ladrillos de barro cocido, hexagonales de forma y de un rojo vivo en color. En esta parte, por lo demás, se notaba una limpieza esmerada que, no consintiendo el polvo en los rincones y ni siquiera una hoja amarilla en los arbustos, contribuía tanto como todo lo demás a darle un aspecto de conjunto delicioso y acogedor, de tal modo que, al respirar aquel aire agradable, el visitante adivinaba, aun antes de haber sido presentado, que iba a entrar en relación con una familia singularmente distinguida y refinada.

Habiendo caminado unos pasos por este segundo patio, el zagal dobló hacia la derecha y, escogiendo un sendero entre los arbustos, parte de los cuales estaba en flor, llegó a la escalera y subió a la terraza, ancho pavimento de losas blancas y pardas, perfectamente unidas, pero muy desgastadas. Pasando por debajo del toldo hasta una puerta de la parte norte, entró en un aposento que, al caer detrás de él el cortinaje, quedó de nuevo en la oscuridad. Sin embargo, el muchacho siguió avanzando por el embaldosado suelo hasta un diván, sobre el cual se arrojó cara a tierra, tendiéndose en posición de reposo, con la frente apoyada sobre los brazos cruzados.

Al caer la noche, una mujer se acercó a la puerta y llamó. El joven respondió y la mujer entró en el aposento.

—La cena está lista, y es de noche. ¿No tienes hambre, hijo mío? —le preguntó. —No —respondió él.

—¿Estás enfermo? —Tengo sueño.

—Tu madre ha preguntado por ti. —¿Dónde está?

El muchacho se revolvió un poco y se sentó. —Muy bien. Tráeme algo que comer.

—¿Qué quieres?

—Lo que te plazca, Amrah. No estoy enfermo, sino apático. La vida no parece tan agradable como esta mañana. Es una dolencia nueva, oh Amrah mía, y tú, que me conoces tan bien y nunca me has defraudado, puedes imaginar ahora algo que me sirva de alimento y de medicina. Tráeme lo que se te antoje.

Las preguntas de Amrah y el tono de voz con que las formuló —bajo, compasivo, solícito— revelaban el afectuoso lazo que los unía. La mujer puso la mano sobre la frente del chico. Luego, como tranquilizada, salió diciendo: Voy a ver.

Al cabo de un rato regresó trayendo en una bandeja de madera un tazón de leche, unas rebanadas de pan, un exquisito pastel de trigo triturado, un pájaro asado, miel y sal. En una punta de la bandeja había una copa de plata llena de vino. En la otra, un candelabro de latón, encendido.

Entonces, el aposento apareció claramente a la vista. Sus paredes finamente estucadas, el techo cruzado de grandes vigas de roble, oscurecidas por las manchas de la lluvia y del tiempo; el suelo, de baldosas pequeñas, blancas y azules y de forma hexagonal, muy firme y sufrido; unos cuantos taburetes con las patas esculpidas imitando las de los leones; un diván levantado un poco del suelo, tapizado de paño azul y cubierto parcialmente por una inmensa manta o bufanda de lana listada... En resumen, un dormitorio hebreo.

La misma luz puso también al descubierto la figura de la mujer, la cual, acercando un taburete al diván, colocó la bandeja sobre él y luego se arrodilló disponiéndose a servir al mancebo. Tenía la cara de una mujer de cincuenta años, de cutis moreno y ojos negros, dulcificados en aquel instante por la ternura de una mirada casi maternal. Un blanco turbante cubría su cabeza, dejando al descubierto los lóbulos de las orejas, y en ellos, el signo que revelaba su condición: un orificio practicado con una lezna gruesa. Era una esclava, egipcia de origen, a la que ni la redención del año quincuagésimo, el año sagrado, había podido traer una libertad que ella, por su parte, no habría aceptado, porque el muchacho al que estaba sirviendo era su vida. Le había cuidado desde que iba en pañales, le había atendido durante su infancia, y no habría sabido resignarse a dejar su servicio. Para sus amorosos ojos, aquel muchacho jamás sería un hombre.

El sólo habló una vez durante la comida.

— Recuerdas, oh Amrah mía, al Messala que solía venir a verme muchos días. — Sí, le recuerdo.

— Se fue a Roma hace unos años, y ahora ha regresado. Hoy he ido a visitarle. Un estremecimiento de disgusto recorrió el cuerpo del muchacho.

— Sabía que te había pasado algo —respondió la mujer, profundamente interesada—. Los Messala jamás me gustaron. Cuéntamelo todo.

Pero el chico se sumió en la meditación y, ante la insistencia de las preguntas, dijo únicamente:

—Ha venido muy cambiado y no quiero más tratos con él.

Cuando Amrah se llevó la bandeja, salió también el muchacho, subiendo de la terraza a la azotea.

Se supone al lector más o menos enterado del aprovechamiento de las cimas de las casas, común en Oriente. En materia de costumbre, el clima es, en todas partes, quien dicta las leyes. El verano de Siria encierra al que busca comodidad en el oscuro compartimiento. Pero por la noche le invita temprano a salir. Las sombras que descienden sobre las cimas de los montes parecen velos que cubren vagamente a unas Circes cantoras, pero están muy lejos, mientras que la azotea está ahí mismo y suficientemente elevada por encima de las copas de los árboles para atraer a las estrellas, invitándolas a descender, por lo menos a bajar lo bastante para que brillen esplendorosas. Así, la azotea se convertía en un punto de reunión: era campo de juego, dormitorio, tocador, lugar de cita de la familia, sala de música, de danza, de conversación, de fantasiosas meditaciones y de oración.

Los mismos motivos que impulsan, en climas más fríos, a decorar a cualquier precio los interiores, inducen al oriental a embellecer la cima de su casa. El parapeto ordenado por Moisés se convirtió en el triunfo del ceramista. Encima de él se levantaron, más tarde, torres, sencillas o caprichosas. Y, todavía más tarde, reyes y príncipes coronaron sus azoteas con pabellones de verano de mármol y oro. Cuando los babilonios colgaron jardines en el aire, el capricho no pudo ya llevar aquella tendencia a extremos mayores.

El muchacho al que vamos siguiendo andaba despacio por la azotea en dirección a una torre construida en el ángulo noroeste del palacio. Si hubiese sido un extraño, acaso hubiera dedicado una mirada a la estructura a la cual se estaba acercando, viendo de ella todo lo que la confusa luz le permitiese: una masa oscura, baja, con celosías, pilares y cúpulas. Pasando por debajo de una cortina levantada a medias, entró en el pabellón. En el interior reinaba una oscuridad total, excepto en los cuatro costados, donde había unas aberturas arqueadas, semejantes a portales, por las cuales era visible el cielo, encendido de estrellas. En una de tales aberturas y recostadas sobre el cojín de un diván, vio la figura de una mujer, poco discernible, a pesar de estar ataviada con una blanca y holgada prenda. Al sonido de los pies del muchacho hiriendo el suelo, el abanico que aquella figura tenía en la mano detuvo su movimiento, lanzando destellos allí donde la luz de las estrellas hería las joyas que lo esmaltaban. La mujer se sentó y pronunció el nombre del joven.

—¡Judá, hijo mío!

—Soy yo, madre —respondió él, acercándosele más deprisa. Al llegar junto a ella, se arrodilló. La madre le rodeó con los brazos y lo llenó de besos, al mismo tiempo que lo estrechaba contra su seno.

Capítulo IV

In document Ben Hur Lewis Wallace (página 90-94)