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La petición de Simónides

In document Ben Hur Lewis Wallace (página 158-165)

Al día siguiente, temprano, a fin de pasar desapercibido, Ben-Hur buscó la casa de Simónides. Penetrando por una entrada almenada, pasó a una sucesión de muelles, desde los cuales subió río arriba en medio de un tráfico febril hasta llegar al puente seleucio, bajo el cual se detuvo a contemplar la escena.

Allí, inmediatamente debajo del puente, estaba la casa del mercader, mole de piedra gris sin trabajar, a la que no era posible atribuir ningún estilo y que ofrecía el aspecto descrito por el viajero, es decir, el de un contrafuerte de la muralla contra la que se recostaba. En la fachada, dos inmensas puertas comunicaban con el muelle. Unos agujeros de la parte superior, provistos de gruesas rejas, hacían el oficio de ventanas. En las grietas de las paredes se mecía la hierba y, en algunos sitios, un musgo negro salpicaba las piedras, por todo lo demás desnudas.

Las puertas estaban abiertas. Por una entraban los géneros; por la otra salían. Y todo el mundo se movía con gran prisa, precipitadamente.

En el muelle había montones de géneros enfardados de todas las maneras posibles y grupos de esclavos, desnudos hasta la cintura, yendo y viniendo con la despreocupación del que no piensa sino en el trabajo.

Debajo del puente había una flota de galeras, unas cargando y otras descargando. Todos los mástiles ostentaban una banderola amarilla. Del muelle a la flota y de barco en barco, los servidores del tráfico iban y venían formando bulliciosas contracorrientes.

Encima del puente y al otro lado del río, de la orilla del agua se levantaba un muro sobre el cual se erguían las caprichosas cornisas y los torreones de un palacio imperial, cubriendo todo el espacio de la isla mencionada por el hebreo en su descripción. Pero, a pesar de todos sus atractivos, Ben-Hur apenas se fijó en ella. No se ocupaba sino de pensar que al fin sabría noticias de su familia, siempre que fuese verdad que Simónides había sido un esclavo de su padre. Sin embargo, ¿querría reconocer aquel hombre la relación que hubo entre él y el príncipe? Eso equivaldría a renunciar a sus riquezas y al emporio comercial del que tan regia muestra aparecía desplegada en el muelle y en el río. Y otra cosa de trascendencia todavía mayor para el mercader: significaría abandonar la carrera en medio de un éxito pasmoso, y declararse a sí mismo esclavo otra vez. Nada más pensarlo un momento, una petición tal parecía una monstruosidad. Desnudándola de ropajes diplomáticos, era lo mismo que decir: “Tú eres un esclavo mío. Dame todo lo que posees, y hasta tu misma persona”.

Sin embargo, la fe en sus derechos y la esperanza, que ocupaba mayor espacio en su corazón, daban ánimo a Ben-Hur para la entrevista. Si la historia a la que había prestado oídos era cierta, Simónides le pertenecía, con todo lo que poseyese. Haciendo honor a la justicia, sea dicho que a Ben-Hur le importaban poco las riquezas. Cuando se encaminó hacia la puerta, bien tomada su determinación, se hizo una promesa a sí mismo: “Que me dé noticias de mi madre y de Tirzah, y yo le daré la libertad sin pedirle cuentas”.

El interior de la casa era el de un vasto almacén dividido en ordenados departamentos en los que, cuidadosamente colocados, se amontonaban en pilas separadas géneros de todas clases. Aunque la luz era escasa y triste y el aire sofocante, los hombres iban de un lado para otro con paso vivo. En algunos sitios vio Ben-Hur a hombres armados de sierras y martillos embalando mercancías. Caminando despacio por la callejuela que formaban las pilas, se preguntaba si el hombre de cuyo genio se le ofrecían tan abundantes pruebas había podido ser un esclavo de su padre. Y en caso afirmativo, ¿a qué clase perteneció? Si era judío, ¿había nacido de algún sirviente? ¿O era un deudor, o el hijo de alguno? ¿O le habían condenado por ladrón? Esta sucesión de pensamientos no alteraba lo más mínimo el respeto creciente que le inspiraba el mercader. Un respeto del que él mismo se daba cuenta cada vez con mayor claridad. Una de las características de la admiración que sentimos por otra persona es la de que busca continuamente circunstancias que la justifiquen.

Al fin se le acercó un hombre y le dirigió la palabra. —¿Qué deseas?

—Quiero ver a Simónides, el mercader. —¿Quieres venir por aquí?

Siguiendo un buen número de callejuelas del almacén llegaron por último a un tramo de escaleras, ascendiendo las cuales se encontró Ben-Hur en el techo del depósito de mercancías y delante de una construcción que podría describirse diciendo que se trataba de una casa menor, de piedra, edificada sobre otra, invisible desde el desembarcadero y sobresaliendo al oeste del puente bajo el cielo libre. La azotea, encerrada por un muro bajo, parecía una tenaza, cuya abundancia de brillantes flores asombraba al visitante. En medio de aquel precioso cinturón se hallaba la casa, simple bloque cuadrado, sin otra abertura que una entrada en la fachada. Un sendero limpio de polvo conducía hasta la puerta, por entre una doble hilera de rosales persas en plena floración. Respirando el dulce perfume de las rosas, Ben-Hur siguió al guía.

Al extremo de un oscuro pasillo interior, se detuvieron delante de una cortina entreabierta.

El sirviente dijo, con voz sonora:

—Hay un extranjero que quiere ver al dueño. Una voz clara respondió:

—Que entre, en nombre de Dios.

Al departamento en el que fue introducido el visitante romano le habría dado el nombre de atrio. Las paredes estaban artesonadas. Cada panel formaba un compartimiento semejante a un despacho moderno y todos los compartimientos estaban llenos de folios debidamente rotulados, teñidos por el tiempo y el uso. Entre los paneles y encima y debajo de éstos corrían bordillos de madera, en otro tiempo blanca y entonces teñida de un color crema, trabajada en una filigrana de maravilloso dibujo. Encima de una cornisa de bolas doradas, se levantaba el techo a modo de pabellón, interrumpido luego en una cúpula de poca altura formada de centenares de panes de mica violeta, que daban paso a un chorro de luz deliciosamente sedante. El suelo estaba cubierto con alfombras grises, de un grosor tal que el pie que las invadía quedaba medio enterrado y no producía el menor ruido.

Bajo la luz central del aposento había dos personas: un hombre descansaba en un sillón de elevado respaldo y anchos brazos, tapizado de doblados almohadones, y, a su izquierda, apoyándose en el respaldo del asiento, una joven que era como un capullo de rosa presto a abrirse en esplendorosa mujer. Al verla, Ben-Hur sintió que la sangre sonrojaba su frente, y habiéndose inclinado, tanto para recobrar la presencia de ánimo como en señal de respeto, no pudo ver el gesto de levantar las manos, ni el estremecimiento y el movimiento de sorpresa exteriorizados por el ocupante del sillón en el momento de fijar la mirada en el recién llegado. Una emoción que se fue con la misma rapidez con que se había presentado. Cuando Ben-Hur levantó los ojos, hombre y muchacha estaban en la misma posición, excepto que la mano de la muchacha había descendido y ahora descansaba sobre el hombro del inválido. Ambos le miraban fijamente.

—Si eres Simónides, el mercader, y eres judío... —Ben-Hur se interrumpió un instante— , que la paz del Dios de Abraham sea contigo y con los tuyos.

Las últimas palabras se dirigían a la joven.

—Yo soy el Simónides que dices, judío por derecho de nacimiento —respondió el hombre, con una voz singularmente clara—. Soy Simónides y soy judío, y correspondo a tu saludo, rogándote enseguida que me permitas saber quién ha venido a verme.

Mientras Ben-Hur escuchaba la respuesta, sus ojos advertían que la figura del hombre, en vez de tener la forma que corresponde a una persona sana, no era sino un montón informe hundido en las profundidades de los cojines, cubierta por una acolchada bata de seda oscura. Sobre aquella deformidad destacaba una cabeza de proporciones regias (el tipo ideal de cabeza de estadista y de conquistador), una testa de ancha base y abovedada por delante, tal como Miguel Ángel la habría modelado para su César. El blanco cabello descendía en despoblados mechones sobre las blancas cejas, acentuando la negrura de los ojos que brillaban entre ellos como luces melancólicas. La cara parecía huérfana de sangre, y la arrugaban múltiples pliegues, especialmente debajo de la barbilla. En otras palabras, aquella cabeza y aquella cara eran las de un hombre más capaz de mover al mundo que el mundo de moverle a él. Un hombre con temple suficiente para sufrir dos veces doce sesiones de tortura hasta terminar en el deforme inválido que era, sin un gemido, y mucho menos una confesión. Un hombre dispuesto a renunciar a la vida, pero jamás a un propósito, ni tampoco a una resolución. Un hombre nacido con armadura, vulnerable sólo a través de lo que amaba. Hacia él extendió Ben-Hur las manos, abiertas y con la palma hacia arriba, como ofreciéndole la paz al mismo tiempo que se la pedía.

— Yo soy Judá, hijo de Ithamar, el difunto jefe de la casa de Hur, y príncipe de Jerusalén.

La mano derecha del mercader (una mano larga y delgada, que se había adaptado a fuerza de sufrimientos a su deformidad), extendida fuera de la túnica, se cerró con fuerza. Por lo demás, su dueño no dio la menor prueba de emoción. No hizo nada que permitiese suponer en él sorpresa ni interés alguno. No exteriorizó nada sino esta sosegada respuesta: —Los príncipes de Jerusalén, de sangre pura, son siempre bienvenidos a mi casa. Bienvenido seas tú. Dale un asiento al joven, Esther.

La muchacha cogió una otomana que había allí cerca y la llevó a donde estaba Ben-Hur. Al levantarse, después de haber colocado el asiento, los ojos de ambos se encontraron.

—La paz del Señor sea contigo —le dijo pudorosamente—. Siéntate y descansa.

La muchacha volvió a su puesto junto al sillón sin haber adivinado el objetivo del visitante. Las facultades de la mujer no llegan hasta ese punto. Si se trata de sentimientos más delicados, tales como la compasión, la misericordia, la simpatía, ésos sí los perciben. Y en ello radica la diferencia entre ella y el hombre. Una diferencia que perdurará mientras la mujer continúe siendo, por naturaleza, más sensible a los sentimientos mencionados. Con espontánea simplicidad, la joven daba por seguro que aquel joven venía a curarse una herida que su vida había sufrido.

Sin ocupar el asiento que le ofrecían, Ben-Hur dijo con profunda deferencia:

—Ruego al buen amo Simónides que no me tome por un intruso. Subiendo ayer por el río, me enteré de que conocías a mi padre.

—Conocí al príncipe Hur. Estuvimos asociados para ciertas empresas permitidas a los mercaderes que buscan ganancias en países situados al otro lado del mar y del desierto. Pero, siéntate, te lo ruego... Esther, tráele vino al joven. Nohemías habla de un hijo de Hur que en otro tiempo gobernó la mitad de Jerusalén. ¡Vieja casa la de Hur! ¡Vieja de verdad, por nuestra fe! En los días de Moisés y de Josué, incluso hubo algunos de sus vástagos que hallaron gracia a los ojos de Dios y participaron de los honores tributados a los príncipes de los hombres. Apenas cabe suponer que su descendiente, venido de línea directa hasta nosotros, rechace un vaso de vino generoso, del auténtico vino de Sorek, criado en las faldas meridionales del Hebrón.

Cuando el discurso del mercader hubo terminado, Esther se encontraba ya delante de Ben-Hur con una taza de plata llenada de un jarrón que había encima de una mesa algo apartada del sillón. Ofrecía la bebida con la faz inclinada hacia el suelo. Ben-Hur le tocó la mano ligeramente para apartar la taza. Sus ojos se encontraron de nuevo, y en ese instante el joven advirtió que era bajita, no le llegaba ni a la altura del hombro, pero muy graciosa y de cara hermosa y dulce, con unos ojos negros e indeciblemente suaves. “Es cariñosa y bonita —pensó—, y tiene el mismo aire que tendría Tirzah si viviera. ¡Pobre Tirzah!”.

Luego, dijo en voz alta: —No, tu padre, si lo es...

—Yo soy Esther, la hija de Simónides — respondió ella, con dignidad.

—Entonces, hermosa Esther, cuando tu padre haya escuchado lo que voy a decirle no formará mala opinión de mí, aunque no me apresure a probar su vino, de famosa cosecha, como tampoco espero perder gracia ante ti. ¡Quédate aquí conmigo un momento!

Ambos jóvenes se volvieron hacia el mercader, como haciendo causa común.

—¡Simónides! —dijo entonces Ben-Hur, con tristeza—. ¡Mi padre, al morir, tenía un sirviente de tu nombre y me han dicho que aquel sirviente eres tú!

Las piernas del mercader se movieron bruscamente debajo de la túnica, y la delgada mano se crispó.

— ¡Esther, Esther! —llamó, con voz severa—. ¡Aquí, no ahí, pues tú eres hija de tu madre y mía! ¡Aquí, no ahí, te digo!

La joven miró al padre y luego al visitante. Después, dejó la taza sobre la mesa y se fue, obediente, al lado de aquél. En su cara se pintaban visiblemente la admiración y el temor.

Simónides levantó la mano izquierda, abandonándola en la de la muchacha, que se había apoyado amorosa en su hombro y dijo, desapasionadamente:

—He envejecido tratando con los hombres. Si el que te dijo lo que has referido era un amigo enterado de mi historia y no pasó demasiado someramente sobre ella, hubo de persuadirte de que soy un hombre que no puede por menos de desconfiar de los de su estirpe. El Dios de Israel ayude al que, al final de su vida, se ve precisado a hacer tal confesión. Son pocos los amores que tengo, pero los tengo. Uno de ellos es un alma —y aquí se llevó la mano que sostenía la suya a los labios, en un gesto inconfundible—, un alma que hasta este momento se ha entregado a mí despojada de todo egoísmo, sirviéndome de un consuelo tan grande que si me lo arrebataran me moriría.

Esther dejó caer la cabeza, hasta que su mejilla estuvo en contacto con la de su padre. —El otro amor no es sino un recuerdo. Acerca del cual añadiré que, como una bendición del Señor, abarcaba a toda una familia. ¡Y ojalá —la voz de Simónides bajó de tono y se puso temblorosa—, ojalá supiera dónde están los que la formaban!

La cara de Ben-Hur se coloreó, y dando un paso adelante, gritó impulsivamente:

—¡Mi madre y mi hermana! ¡Ah, es a ella a quien te refieres! Esther levantó la cabeza como si el joven le hubiese dirigido aquellas palabras a ella.

Pero Simónides, recobrando la calma, respondió fríamente:

—Escúchame hasta que termine. Por ser yo lo que soy, y por los amores de que te he hablado, antes de contestar a tu pregunta acerca de mis relaciones con el príncipe Hur, y como eres tú: ¿tienes algún testimonio escrito? ¿O ha venido en persona?

La pregunta era clarísima, y el derecho a hacerla, indiscutible. Ben-Hur se sonrojó, juntó las manos, balbuceó y se volvió sin saber qué hacer.

Simónides le insistió:

—¡Las pruebas, las pruebas, digo yo! ¡Preséntamelas! ¡Deposítalas en mis manos!

Ben-Hur no contestó nada. No había previsto la demanda, y ahora que se producía, se dio cuenta, como nunca se había dado, de que los tres años de galeote habían borrado y destruido todas las pruebas de su identidad. Su madre y su hermana habían desaparecido, y ningún ser humano tenía noticia de que él siguiera existiendo. Eran muchas las personas con las que estaba en relación, pero todo terminaba ahí. Si Quinto Arrio hubiese estado presente, ¿qué podría haber dicho más sino dónde lo encontró y que le creía firmemente cuando afirmaba que era hijo de Hur? Pero, como se verá luego con todo detalle, el bravo marino romano había muerto. Judá había sentido la soledad anteriormente. Ahora esa sensación penetró hasta lo más profundo e íntimo de su vida. Se quedó de pie, con las manos enlazadas, anonadado. Simónides respetó su sufrimiento y aguardó en silencio.

—Maestro Simónides —dijo al final—, lo único que puedo hacer es contarte mi historia. Y no lo haré si tú no aplazas, entretanto, el juicio y te dignas escucharme con la mejor voluntad.

—Habla —respondió Simónides, ahora verdadero dueño de la situación—, habla y te escucharé, tanto mejor dispuesto cuanto que no he negado que seas la persona que afirmas ser.

Ben-Hur tomó la palabra y narró su vida apresuradamente, aunque con ese sentimiento que es la fuente de la elocuencia. Pero, como nosotros ya la conocemos hasta el momento en que desembarcó en Misenum, en compañía de Arrio, regresando victorioso del Egeo, en este punto recogeremos sus palabras.

—Mi benefactor se ganó el aprecio y la confianza del emperador, que le colmó de honrosas recompensas. Los comerciantes de Oriente contribuyeron también con magníficos regalos. De modo que vino a ser doblemente rico entre los más opulentos de Roma. ¿Es posible que un judío olvide su religión, o el país donde nació, siendo éste la Tierra Santa de nuestros padres? El buen hombre me adoptó por hijo, según todas las formalidades legales, y yo me esforcé en corresponderle justamente. Ningún hijo cumplió más fielmente sus deberes con un padre verdadero que yo con él. Quiso hacerme estudiar arte, filosofía, retórica, oratoria. Me habría proporcionado al maestro más famoso. Decliné sus insistentes ofrecimientos porque yo era judío y no podía olvidar al Señor mi Dios, ni la gloria de los profetas, ni la ciudad edificada en los montes por David y Salomón. Ah, pregúntame por qué acepté los favores del romano. En primer lugar, le amaba. Pensé, además, que con su ayuda podría reunir influencias que me permitiesen un día desvelar el misterio que rodeaba por completo a la suerte corrida por mi madre y mi hermana. Y a todos estos motivos todavía se añadía otro del cual no quiero hablar. Diré solamente que me dominaba de tal modo, que me entregué al manejo de las armas y la adquisición de los conocimientos que se consideran esenciales para dominar a fondo el arte de la guerra. En la palestra y en los circos de la ciudad, me esforcé sin descanso, y no menos en los campamentos, y en todos ellos soy conocido, pero no con el nombre de mis padres. Las coronas que gané (y las paredes de una villa de las afueras de Misenum sostiene muchas), todas fueron concedidas al hijo de Arrio, el duunviro. Únicamente en calidad de tal soy conocido entre los romanos. Siempre persiguiendo tenazmente mi secreto objetivo, dejé Roma y me vine a Antioquía, con la intención de acompañar al cónsul Majencio en la

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