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LA «BIBLIA MAYA» Y EL POPOL

ANECDOTICA DE HERNAN CORTÉS

V. LA «BIBLIA MAYA» Y EL POPOL

VUH CRISTIANO

Maravillado y estremecido, acabo de leer en México el Popol Vuh, el libro sagrado por excelencia de los mayas, que un individuo de esta raza singularísima, manuscribió en Guatemala, durante los primeros años de la conquista española, en el que recogía antiquísimas tradiciones de los hombres de su estirpe. La transcripción está escrita en lengua quiché, pero con caracteres latinos; motivo por el cual el sabio dominico español del siglo XVII fray Francisco Ximénez, cura párroco a la sazón de Santo Tomas Chuila (hoy Chichicastenango), pudo traducirlo al castellano, porque, en aquel tiempo —al igual que hoy— los jeroglíficos mayas permanecían en el arcano de lo indescifrado. Pero no indescifrable. ¡Gran vergüenza esta para los investigadores!

El primer capítulo de esta obra prodigiosa equivale a un Génesis y guarda tal similitud con el que abre el Antiguo Testamento de la Biblia —libro, a su vez, sagrado de judíos y cristianos, y posteriormente profético para los islámicos—, que no puede leerse sin sentirse uno arrebatado por el pasmo que producen los misterios insondables enraizados con los orígenes mismos del hombre y de sus primitivas culturas.

Se habla en esta «Biblia maya» de tres personas celestes que, siendo cada una de ellas un dios, entre todas juntas son un solo dios. «El primero se llama Caculá-Huracán; el segundo, Chipi-Caculhá. El tercero es Raxa-Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.» Es decir, la Trinidad de los cristianos que (en la versión maya) se ponen de acuerdo para provocar la creación. «Esta es la relación —dice el Popol Vuh— de como todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado y vacía la extensión del cielo.» «No había nada que estuviese en pie; solo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. Únicamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad de la noche. Existía solo el cielo y el Corazón del Cielo, que este es el nombre de Dios, y así es como se llama. Llegó aquí entonces la Palabra...»

Prefiero ser o parecer insolente a ser oscuro. De aquí que requiera la atención de mis lectores a que reflexionen sobre lo Ultimo citado: «¡...Llego entonces la Palabra!» Comparemos ahora lo citado en el Popol Vuh con el comienzo del Evangelio de san Juan: «En el principio existía la Palabra. Y la palabra estaba con Dios. Y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.» O bien, con las primeras del Génesis: «La Tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.»

La voz «aguas» es metáfora que resulta tan difícil de entender en el Génesis bíblico como en el texto maya. En el Popol Vuh, los tres dioses (que eran solo uno) exclaman de

súbito: «¡Que se llene el vacio! ¡Que surja la tierra y se afirme!»

Y en el Génesis dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas que las aparte unas de otras. E hizo Dios el firmamento y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento».

En el Popol Vuh, los dioses comienzan por discutir «como se hará para que aclare y amanezca y, al fin, exclaman: ¡que aclare y amanezca en el cielo y en la tierra!» Y en el Génesis: «Fiat Lux!» Y la luz fue hecha y Dios la aparto de la oscuridad, «noche».

Dice el Popol Vuh: «No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado. «¡Tierra!» —dijeron—. «Y al instante la Tierra fue hecha.» El orden creacional es idéntico en el Génesis y en el Popol Vuh: la separación de las aguas, la creación de la luz, las hierbas y vegetación, los animales y, por último, el hombre. Las coincidencias con la Biblia son aún más asombrosas: Dice el Popol Vuh: «De tierra, de lodo, hicieron [los dioses] la carne del hombre.» Y, más adelante: «Estos fueron los primeros hombres que, en gran número, existieron sobre la faz de la Tierra.» Pero «en seguida fueron aniquilados, destruidos...» «y recibieron la muerte». «Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo (es decir, Dios).» «Y un gran diluvio se forma.» «Y esto fue por castigarlos, porque no habían pensado...» «en el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y, por este motivo, se oscureció la faz de la Tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche». Aquí tenemos el diluvio. Nada menos que el diluvio bíblico, del que hay constancia igualmente en otros antiquísimos textos no precisamente cristianos.

Otros datos especialmente estremecedores, por no entenderse como la tradición judeocristiana y la maya han podido conjuntarse en este asunto, es la del Ángel Caído. El Popol Vuh aclara muy bien que este episodio aconteció antes de la creación del hombre, pero muy próximo a ello. Esto está claro cuando dice: «Había entonces muy poca claridad sobre la faz de la Tierra. Aun no había Sol. Sin embargo, había un ser orgulloso de si mismo que se llamaba Vucub-Caquix, a quien el primer traductor de este texto, el dominico fray Francisco Ximénez, identifica con Lucifer y, cualquier persona medianamente letrada en las Sagradas Escrituras, descubre la historia del ser glorioso anterior al hombre que, por creerse igual al propio Dios, es separado de la corte celestial y precipitado a los abismos.

¿Cómo, dónde, cuándo y por qué se apartaron las tradiciones culturales de estas dos ramas —la judeocristiana y la maya— procedentes de un tronco común que es de todo punto de vista evidente?

Dicen los historiadores de las muy diversas culturas que actualmente se agrupan bajo la denominación común de mexicanas —pero que antiguamente no tenían nada de común entre sí— que los mayas desconocían y no practicaban los sacrificios humanos hasta que fueron invadidos militar y culturalmente por los toltecas que fueron quienes introdujeron en una civilización muy anterior a la propia esta cruelísima práctica religiosa cuyo primer antecedente escrito conocido es el del fallido sacrificio humano de Isaac por su padre Abraham. Sea como fuere, en la totalidad de los templos ceremoniales mal llamados pirámides (pues al tener cuatro lados no corresponden a dicha figura geométrica como en los egipcios), el caso es que todos estos monumentos tienen en la parte superior un templete

denominado teocalli que significa «casa de Dios». Los propios toltecas erigieron (con mucha anterioridad a la llegada de los aztecas al valle de México) una magna ciudad religiosa denominada Teotihuacán, que significa, «posesión de Dios». En lengua náhuatl la palabra Dios se dice Teolt, casi igual que en griego del que deriva el Deus de los latinos y el Dios de los hispanohablantes, palabra probablemente derivada del sanscrito, madre de las lenguas indoeuropeas, nacida en la India de los vedas con derivaciones por caminos inescrutables a las razas pobladoras de la América precolombina. Observemos el prefijo teo, que en griego significa Dios. Teófilo, a quien dirige san Pablo una de sus epístolas, se ha discutido desde la más antigua tradición cristiana si era un nombre propio o significaba que el destinatario de la misiva era metafóricamente Teo-filo, el amigo o los amigos de Dios, es decir, la comunidad de las iglesias cristianas. Teología, teodicea, teosofía. Teodoro, Teodosio, y el citado Teófilo, son palabras derivadas de Teo, Dios, y he aquí que el mismo prefijo Teocalli y Teotihuacán significa en las lenguas mesoamericanas casa de Dios y posesión de Dios. ¿No es ello tan asombroso como la semejanza del Popol Vuh y el Génesis?

En numerosos ensayos y escritos he rechazado la hipótesis «tradicional» que supone que América fue poblada exclusivamente a través del estrecho de Behring por tribus cazadoras que pasaron de la península de Kamchatca, en Asia, a la de Alaska, en América, tribus que, a lo largo de los siglos, se expandieron por el continente y desarrollaron in situ culturas autóctonas.

Discrepo de esto. Hubo, evidentemente, migraciones espaciadas y muy diversificadas entre sí que llegaron al continente americano a lo largo del Neolítico superior y a través del Pacifico, trayendo consigo esbozos de técnicas, conocimientos y creencias que más tarde se desarrollaron en tierras americanas con originalidad propia. Pero son ya muchos los datos que se van acumulando para confirmar la no espontaneidad de las civilizaciones americanas (olmecas, mayas, incas...), sino una filiación directa con otras culturas primitivas: asirias, egipcias, hebraicas, tibetanas.

De todos los misterios que envuelven a estas migraciones, el de los mayas es, acaso, el más fascinante. Y el Popol Vuh o su libro sagrado, el hilo más interesante, como el de Ariadna, para llegar al final del oscuro laberinto.

VI. LAS CANARIAS, CASI