La historia sumergida
I. LA CUNA DE AMERICA
Escribo desde Santo Domingo. Mis cuartillas descansan entre las almenas de la más antigua fortaleza de América. La mandó construir el gobernador Ovando, al amanecer del siglo XVI, en los albores mismos del Nuevo Mundo, cuando aún no había transcurrido una década de su descubrimiento, y Colón andaba mendigando justicia en la corte de España y la reina católica se acercaba ya a su fin irremediable.
Frente a mí y a mi derecha, lejano y entre brumas, velado por la calina del intenso ardor tropical, se ve el mar. También se columbra, más próxima, la desembocadura del rio Ozama, por donde ahora un gran buque mercante pide la ayuda del practico para entrar, y otrora navegaban, hinchadas de viento y esperanza, las carabelas. A mis pies, el gran rio, que es navegable muchos kilómetros tierra adentro, y a mi izquierda, esa joya plateresca que es el palacio de los Colón, asomada sobre el agua y reflejada en ella, como queriendo certificar a través de los siglos la indeclinable vocación marinera de los que fueron sus moradores.
Ni Cartagena de Indias, en Colombia, ni el recinto amurallado de San Juan, en la vecina isla de Puerto Rico —y los ejemplos que pongo son excelsos—, pueden compararse a esta ciudad antigua de Santo Domingo, que me resisto a llamar «colonial» porque lo que hoy es Republica Dominicana jamás fue colonia de España, sino una provincia más de la Corona: al igual que Galicia, León o la misma Castilla.
Tan perfecta, respetuosa y exacta ha sido la reconstrucción de estos nobles edificios que, al transcurrir entre ellos, se diría que uno va a toparse en una esquina con el comendador mayor de Calatrava, fray Nicolás de Ovando, o con una de las damas de la corte que trajo consigo la virreina María de Toledo, biencasada con don Luis, el nieto mayor del primer almirante. Tal vez sea el ambiente de estos bellísimos rincones, que acabo de cruzar antes de llegar a la fortaleza, los que me producen la evocación. Y es que de esta isla en la que estoy, partieron (o recalaron en ella) las primeras flotas, empeñadas en revolucionar el mapa del mundo, en cambiarle el rostro a la Historia, primero, desde la Isabela, en las costas septentrionales; más tarde, desde este rio Ozama —el Guadalquivir de América— que tengo ante mí. Colón, en sus cuatro viajes; Alonso de Ojeda, cuando bojeó el Darien (Panamá), en busca de un paso para el otro mar apenas presentido; los Pinzones, que cruzaron la línea del Ecuador y perdieron de vista la estrella Polar; Diego Bastidas (que tuvo su casa a un centenar de metros de esta fortaleza), que llegó hacia el sur, 150 leguas más lejos que ningún otro antes de él, para dibujar con la estela de sus naves las costas de lo que hoy es Brasil; Juan Díaz de Solís, que penetró en el río de La Plata, creyendo que era el paso soñado entre los dos mares, y que fue muerto y devorado por los indios ribereños a la vista de sus impotentes compañeros. Aquí, en fin, recaló Juan Ponce de León, tras el feliz suceso del descubrimiento de Florida. De aquí, digo, salieron estas
flotas, o recalaron aquí, donde ya estaban fundados los primeros asentamientos europeos, antes de regresar a España. La Republica de Santo Domingo fue realmente la cuna de América. Como un sol que dispara sus rayos en todas direcciones, Castilla fue creando, desde La Española, hacia el norte, hacia el oeste, hacia el sur —como dijera en sus esplendidos versos Agustín de Foxá:
Anchas Castillas por ultramar...
Aparte haber sido el arco de donde fueron disparadas las flechas de la expansión geográfica —como acabamos de ver—, en estas tierras de La Española se fundaron las dos primeras ciudades de América: la Isabela, por Cristóbal Colón, y Santo Domingo, por su hermano Bartolomé. Aquí estuvieron los primeros gobiernos españoles del Nuevo Mundo; el muy desacertado del propio Colón, el de Francisco de Bobadilla, de los tristes destinos, y el de Nicolás de Ovando; aquí se conserva esa primicia del plateresco que es el palacio de los Colón; aquí, en su catedral, descansan sus restos. ¿Puede alguien superar estos títulos?
Mas para pretender lo que digo, sus meritos no son meramente los históricos. También están los hechos. Del mismo modo que los sucesivos gobiernos aspiraron, con tanto afán como fortuna, a reconstruir el casco de la esplendida ciudad antigua de Santo Domingo, los últimos están empeñados en la ardua y colosal tarea de sacar a flote la historia sumergida. No sumergida en el olvido —como diría el tópico—, sino en el mero fondo de los mares. Esta labor puede medirse tanto por sus ambiciosos proyectos para el futuro cuanto por los formidables hallazgos ya realizados de antiquísimos tesoros españoles —joyas, vajillas, armas, cuberterías, multitud de monedas, lingotes de plata y oro y objetos singularísimos de arte o de use personal— extraídos de los fondos marinos, donde se conservaron milagrosamente a través de los siglos, bien bajo capas de arena o lajas que sirvieron de prodigiosos escudos protectores contra la fuerza corrosiva del mar, bien entre los corales que crecieron sobre ellos y que les sirvieron de mágico estuche. Con esfuerzos considerables y escasísimos recursos (y hábiles y eficaces alianzas), la Republica Dominicana, a través de la Comisión de Rescates Submarinos, ha emprendido esta labor de sacar a flote nuestra historia común: labor que merece no solo aplauso y gratitud por lo ya hecho, sino empuje, aliento y ayuda para proseguir lo emprendido. El tema es tan apasionante, las novísimas técnicas de los rescates arqueológicos submarinos tan singulares, los éxitos hasta ahora habidos tan llamativos que me he propuesto escribir in situ una serie de capítulos sobre un tema apenas rozado por otros cronistas. En los relatos de los hundimientos de un navío (o de toda una flota de treinta naos, que de todo hay), y el de su recuperación, tres, cuatro o casi cinco siglos más tarde, se entremezclan y confunden el punzante sabor de una doble aventura y el profundo interés científico de una investigación arqueológica distinta de todas.
La Comisión de Rescates Submarinos, dependiente de la Presidencia de la Republica Dominicana, está luchando arduamente en una empresa digna y difícil. Necesita y merece ayuda. Yo, al menos, aportaré la mía, aunque modesta, divulgando sus hechos —que son muchos— y sus propósitos, que aún son más.