ANECDOTICA DE HERNAN CORTÉS
IV. DE NUEVO LOS MAYAS
Yucatán, tierra de mayas y de jungla, en cuyas espesuras se esconde el ciervo, se encama el puerco salvaje y se guarece el jaguar. Por las ramas de sus caobas y jacarandas o del árbol del chicle (de donde se extrae esa elástica menudencia del mismo nombre), bandadas de monos hacen sus circenses equilibrios ante el ojo impasible del pájaro-tucán y el alboroto de unos papagayos que llevan toda la fantasía del arcoíris en su plumaje.
Tan feraz es la selva, y tan poco amiga de ser hollada, que ya está invadiendo la esplendida carretera que mira al Caribe y que se construyo hace apenas tres lustros para atraer al turismo y dar salida a la producción. El laurel salvaje de la India, con flores en vez de hojas (flores carnosas como tulipanes y escarlatas como solideos episcopales), ya intenta perforar el asfalto con sus raíces. Y, miríadas de campanillas malvas y azules se extienden sobre las zarzas, yucas y palmitos que invaden los bordes de la vía para así recuperar el espacio que la civilización les hurtó.
Si nos abrimos camino a hachazos o cortes de espada por esta maraña vegetal, como hicieron hace cinco siglos nuestros barbados antecesores, podremos vislumbrar el codiciado ocelote, con cuya piel aleopardada cubrían sus torsos los sacerdotes mayas y cubren hoy sus sedas las damas elegantes de Nueva York o Paris; podremos reconocer la iguana, reptil contemporáneo del diplodocus, o escuchar el silbo de la serpiente cascabel, confidente y tentadora que fue de Eva, nuestra madre. Pero también (y esto acaece con frecuencia desde que en México surgió venturosamente la fiebre arqueológica) podremos descubrir ciudades enteras, ahogadas por la maleza, y que un día incognito, por causas que se desconocen, los mayas abandonaron.
Los mayas. He aquí a los más misteriosos de los seres. Misteriosos por su origen, misteriosos por la rara civilización que supieron desarrollar, misteriosos por la refinada crueldad de sus dioses, misteriosos por la tradición de un hombre blanco, sabio, santo y barbudo que, en tiempos pretéritos, les vino a visitar —al que endiosaron con el nombre de Kukulcan o de Quetzal-coatl— y al que más tarde expulsaron de su tierra, misteriosos por sus monumentos, cuyo estuco estaba hecho con miel, cal, arena y clara de huevos, donde no hay piedra que no encierre una alegoría ni relieve que no esconda un símbolo; edificios que hablan a quienes entiendan su antiguo mensaje, como los jeroglíficos; misteriosos por el sistemático abandono de unas ciudades prodigiosas, ahora cubiertas por la lujuriante vegetación tropical, y en cuyos altares y habitáculos hoy solo anidan la tarántula, el ofidio y el escorpión.
En la primera escaramuza que tuvieron los españoles con los indios de Yucatán hicieron dos prisioneros, eran dos jóvenes mayas a los que bautizaron con los nombres de Julián y Melchor. Les sorprendió mucho que ambos, según palabras de Bernal Díaz del Castillo, tuviesen «trastabados los ojos», es decir, que miraban sesgado, de través: eran bizcos. Lo
que ignoraban los españoles es que su estrabismo no era casual, sino provocado. Eran bisojos no por un defecto físico, sino por voluntad de sus padres, quienes desde la más tierna infancia de las criaturas les ponían un pendulito junto a la nariz para que, de tanto mirar sus oscilaciones, se les extraviaran las miradas.
¿No deforman nuestras mujeres de hoy el color de sus unas y la forma de sus cejas? ¿No deformaban su rostro las cortesanas de María Antonieta, empolvándose para parecer tísicas y empelucándose de blanco para parecer viejas? ¿No han deformado los petimetres y lechuguinos de todos los tiempos la pilosidad natural de su rostro, bien rasurándose totalmente la barba o dibujando con anacrónicos recortes geométricos sus mostachos y su perilla? Los mayas también se deformaban por razones puramente estéticas. Y lo hacían en los ojos, provocando el estrabismo: en las orejas, colgando de ellas grandes aros de piedra para que los lóbulos crecieran desmesuradamente; en el cráneo, colocando armaduras de madera en la cabeza del recién nacido, para que aquel se desarrollara en forma de chimenea; y en los dientes, que perforaban para introducir en la parte traspasada unas joyitas de verde jade o negra obsidiana con forma de rombos o estrellitas diminutas. Un hombre bisojo, provisto de una descomunal caja craneana del tamaño y casi la forma de un sombrero de copa, inmensas orejas y dientes enjoyados, era para ellos el primor de la elegancia, el no hay más allá de la distinción. Salvados por los arqueólogos han quedado centenares de rostros, esculpidos por los artistas de la época, que han dejado a la posteridad el testimonio fehaciente de los gustos estéticos de los mayas y una riquísima iconografía de los barbilindos de su época.
Pasmados debieron de quedar los españoles Diego de Landa y Francisco de Montejo cuando descubrieron en la espesura la ciudad abandonada de Chichen Itzá, con sus más de cuatrocientos edificios sagrados, su inmensa pirámide cuadrangular, a la que denominaron «el castillo. —nombre que aun prevalece—, su estadio para el juego de pelota, en el que el capitán del equipo triunfante recibía el dulce honor de ser decapitado; su observatorio astronómico, en el que no se miraba al cielo, sino al suelo, ya que los cuerpos celestes se reflejaban en el negrísimo espejo de un piso de obsidiana pulida; su cenote sagrado, un pozo natural de setenta y cuatro metros de diámetro y veinticuatro de altura, donde las jóvenes más bellas de la nobleza, revestidas de joyas, embriagadas con un licor alucinógeno hecho de corteza de árbol destilada, y pintadas de azul, eran despeñadas para saciar la lujuria de sus dioses. Muchas de las diademas, dijes, aretes y medallones mayas que hoy se conservan en los museos han sido extraídas de este cenote sagrado que durante siglos se ha conservado como una gran joyería sumergida.
Lo que no alcanzaron a descubrir Landa y Montejo es que la gran pirámide cuadrangular era un prodigioso, gigantesco, exactísimo calendario. Hoy sabemos que el año maya constaba de dieciocho meses regulares de veinte días cada uno, más un pequeño mes de cinco días: es decir, los trescientos sesenta y cinco —idéntico al gregoriano— que tarda la Tierra en girar en torno al Sol. Su siglo era de cincuenta y dos años: una generación, cumplida la cual se destruían los monumentos para volverlos a erigir o los abandonaban y emigraban para construirlos en otros lugares. La pirámide quebrada tiene cuatro lados, nueve plataformas superpuestas cortadas por cuatro escalinatas de noventa y un peldaños
cada una, cinco dólmenes y un templete en la más alta de las mesetas, al que se accede por un escalón suplementario. Sumados los peldaños nos dan el número de días del año: trescientos sesenta y cinco. Como las nueve plataformas o mesetas están separadas en cada cara por las susodichas escaleras, hay dieciocho por lado, lo que equivale al número de meses, que multiplicados por las cuatro caras de la pirámide nos da el número de años del siglo maya: cincuenta y dos. A su vez, los cinco dólmenes multiplicados por los cuatro lados dan los veinte días de cada mes; y estos veinte días, multiplicados por las dieciocho plataformas, los trescientos sesenta y cinco días de los años regulares, a los que hay que sumar los cinco dólmenes (que representan el pequeño mes) para que resulten de nuevo los trescientos sesenta y cinco días de cada Orbita en torno al Sol.
No acaban aquí los prodigios. El 21 de marzo y el 21 de septiembre —y solo en estos días del año y no en otros—, cuando el Sol corta el Ecuador celeste y pasa del hemisferio Austral al Boreal, marcando, respectivamente, el inicio de la primavera y del otoño, un juego de luces y sombras comienza a proyectar sobre la pirámide una inmensa serpiente de más de treinta y cuatro metros: símbolo de la fertilidad. Esto no ocurre más, repito, que en los días equinocciales en que la duración del día y de la noche es idéntica —cualquiera que sea su latitud— en todos los puntos de la Tierra. Parece un juego de magia. Y lo es, ya que magos eran tan insólitos astrónomos y arquitectos.
Estos mayas que inventaron el «antinúmero», es decir, el signo «cero», ese grafismo que multiplica automáticamente como un contador electrónico; que conocían la órbita de Venus, que edificaban como los babilonios de Asurbanipal y esculpían como los griegos..., ¿de dónde vinieron? Su prodigiosa civilización y su religión perversa, ¿fueron autóctonas o importadas? ¿Pudiera darse el caso de una cultura foránea aplicada sobre una raza aborigen? En este caso, ¿quién era aquel hombre blanco y barbudo —anterior, en muchos siglos, a los españoles— cuya historia aparece esculpida sobre piedra en una de las paredes de Chichen Itzá?