BAJO EL MAR
IX. HUNDIMIENTO DE LA ARMADA DE BOBADILLA
Si como los reyes, tras el segundo viaje colombino, perdonaron al almirante y le repusieron en sus cargos de visorrey y gobernador —a pesar de las graves acusaciones que pesaban sobre él—, no aconteció lo mismo al regresar del tercer viaje. Le liberaron de las cadenas con las que, tan injustamente, le cargó el comendador Bobadilla; se indignaron de los excesos de éste con el descubridor y sus hermanos; le colmaron de honores, le regalaron los oídos con palabras de amor y amistad..., pero no le repusieron en sus cargos. Colón era un gran marino y un pésimo gobernante. En consecuencia, le facilitarían en el futuro cuatro navíos para que prosiguiese descubriendo tierras (en el que sería su cuarto y último viaje), pero sin autoridad para regir sobre la creciente población española trasplantada.
En aquel tiempo realizaron los soberanos católicos el más grande esfuerzo colonizador desde 1492.
Nadie podrá hurtar a Colón la gloria del descubrimiento. Pero quienes hicieron el milagro de crear decenas de Españas del otro lado del mar fueron los reyes. Los reyes solos. Este continente —todo él— debería llamarse como esta pequeña, mínima ciudad de la República Dominicana desde la que escribo: Isabela.
Durante la ausencia de Colon adquirieron gran auge las minas de oro que él mismo descubrió. Y en los ríos, las búsquedas de pepitas auríferas. Y los hallazgos. ¡Y qué hallazgos! La amante india de un tal Miguel García encontró una roca de oro que, según Oviedo, pesaba «tres mil seiscientos pesos», «y era tan grande como una hogaza de Utrera». El español comentó: «Mucho tiempo ha que he tenido esperanza de comer en platos de oro, e pues de este grano se pueden hacer muchos platos, quiero cortar este lechón sobre el.» «E así lo hizo —concluye Oviedo—; e sobre aquel rico plato lo comieron, e cabía el lechón entero en él, porque era tan grande como he dicho.»
No cuento esta anécdota, del mayor grano de oro de que se tiene noticia, a la topatolondra. Eran tan desproporcionados su peso y su tamaño que, por órdenes de Bobadilla, se lo compraron a Miguel García, para que formara parte del quinto que correspondía a los reyes. Y Bobadilla, que acababa de ser sustituido por Ovando, lo cargó a bordo de una de las treinta naves en que llegó el nuevo gobernador y se aprestó a partir rumbo a España. Y ya estaba para hacerlo, cuando en ese punto justo llegó a Santo Domingo... Cristóbal Colón. Quiero decir llegó... no a la ciudad, sino a la bocana del puerto. Pues no le dejaron entrar. Ovando tenía instrucciones secretas y severísimas de los Reyes Católicos. Colón podría navegar libremente, mas no entrar en la capital de La Española, donde estaba el Gobierno.
Momentos de terrible amargura para Colón. Diez años, menos de cuatro meses, se habían cumplido desde que Rodrigo de Triana atronó la noche con su grito de «¡Tierra, tierra!» ¡Y ahora no le dejaban entrar en la isla por él descubierta! Al intenso dolor tenía que sumarse la humillación. Llevaba consigo a su hijo Hernando, de trece años. Que el muchacho comprobase la gloria de su padre le enardecía tanto como le abatía verse ante él, vejado, proscrito, despreciado, hundido. Estaba ya Colón muy viejo y, para mí, algo —y aún más que algo— desequilibrado. Las insensateces de su cuarto viaje solo son comparables a las del tercero, cuando escribió a los reyes informándoles que había descubierto el paraíso terrenal. (Bien que en este insigne dislate hay un rasgo de genialidad del que me ocupare en otra ocasión que me permita dedicarle el espacio que este episodio merece, y del que ahora carezco.) Porque Colón era genial. Loco, pero genial. No olvidemos nunca esto.
Y una de sus mayores genialidades ocurrió ese día aciago. A la negativa de permitirle la entrada en Santo Domingo respondió:
«Veo que la Armada de Bobadilla está preparada para viajar. Me dicen que va cargada de oro para Sus Altezas. Impídanle la salida. Una terrible tormenta se está cuajando. Ya que no me dejan entrar, me refugiare del huracán en Puerto Escondido.»
No le hicieron caso. Ovando creyó que hablaba por despecho, ya que fue Bobadilla quien en otra ocasión le mandó a España cargado de cadenas. El caso es que Colón se salvo del pavoroso tifón al refugiarse donde dijo... mientras que Bobadilla se hundió con todas sus naves cargadas con cien mil pesos de oro, y con aquella inmensa pepita en la que Miguel García comióse un lechón. A pesar de su evidente decadencia física y mental, tampoco el almirante se equivocó esta vez.
Las naves de Bobadilla siguen aquí. Están en estas aguas. Mas no son ellas las que se están buscando, a pesar de ser las «históricamente hundidas» en la mayor catástrofe naval conocida desde el descubrimiento, sino las de ese Juan de Aguado que, según la opinión expresada en mis anteriores capítulos, no existen, salvo en la imaginación de ese otro gran perturbado que fue fray Bartolomé de las Casas, a quien los americanos del norte y del sur admiran cual si hubiese sido un oráculo de Dios. España no hizo nada entonces para rescatar las naves de Bobadilla. ¿No podría hacerlo ahora?