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2.2 El Estado de Bienestar en Europa

En la historia reciente de las economías europeas occidentales se conformó el Estado de Bienestar, diseñado tras la Segunda Guerra Mundial. Este estado social combinaba en aquel periodo una gran acumulación de capital, producto de un intenso desarrollo industrial y de la expansión de mercados, junto a un nivel de pleno empleo. En este modelo social la ciudadanía tenía garantizado el derecho al empleo, a una vivienda, a la protección por desempleo o a la jubilación. Los mecanismos de redistribución que correlacionaban con este crecimiento económico se accionaban a través de la intervención del Estado, con un eficaz sistema fiscal que permitía un elevado gasto público en ámbitos sociales. Los sectores más dinámicos, con rentas mayores, gracias a estas medidas de redistribución, permitían generar puestos de trabajo en otros sectores, evitando condiciones laborales significativamente diferentes.

El sistema fordista desarrollado entre finales de los años treinta y principios de los setenta supuso una combinación de cadenas de montaje, maquinaria especializada, altos salarios y un número elevado de personas trabajadoras en plantilla. Este modo de producción resultaba rentable siempre que el producto pudiera venderse a un precio reducido en una economía desarrollada. Bajo este modelo la concertación social permitió al Estado cumplir un rol mediador, generándose mejoras en el nivel de vida, garantía de derechos laborales y políticas cuyo objetivo era reivindicar la justicia social. Tradicionalmente al sistema fordista se le ha valorado que supo equilibrar lo económico y lo social, si bien la realidad es más compleja. Giddens (2007) señala como para algunos países europeos como España,

Portugal, Grecia y la mayoría de los que se han incorporado recientemente a la Unión Europea no hubo tal equilibrio, ya que sus instituciones de bienestar social eran débiles e inadecuadas. Incluso en los países más desarrollados se evidenciaba un Estado de Bienestar con importantes carencias: la producción en masa y las jerarquías burocráticas, el trabajo en las líneas de montaje, los estilos de gestión habitualmente autocráticos, las escasas mujeres que accedían al mercado de trabajo, la poca formación, los insuficientes servicios sanitarios, etc.

El sistema fordista fue cuestionado con la crisis de 1973. Hutton (2001) señala como la crisis del petróleo aumentó los precios de la energía en un momento en el que el movimiento obrero tenía gran fuerza y los gobiernos occidentales querían frenar el desempleo. Se protegieron los salarios reales, se controlaron los precios y las empresas tuvieron menores beneficios, cayendo las acciones.

La solución que plantea el liberalismo a esta crisis parte de la libertad de mercado y el ajuste a la nueva situación de precios.

En el avance de las políticas neoliberales, se está produciendo una reordenación de la relación entre el Estado, los servicios públicos y las personas usuarias. Europa está revisando los postulados del Estado del Bienestar que asegura la protección social, entendida ésta como los derechos a la sanidad, vivienda, educación, seguro de desempleo, servicios sociales, o las pensiones de jubilación. A partir de este posicionamiento ideológico se inicia una apuesta de cada vez más sectores por reivindicar un modelo de Estado mínimo, donde la iniciativa privada cobre protagonismo y sea ésta la que determine las reglas del juego en el mercado. Durante los últimos años, países como Alemania, Francia, Reino Unido e Italia han emprendido el camino de la reforma laboral y de los recortes en los sistemas de pensiones, prestaciones sanitarias o por desempleo con medidas como la fuerte reducción de los subsidios, el estricto control de las ayudas o la promoción de los trabajos a turnos, lo que ha provocado protestas ciudadanas (Santos, 2004).

Si bien no sería justo afirmar que el Estado del Bienestar está fracasando en toda Europa. El economista austriaco Aiginger17 (2005) analiza los resultados económicos de Dinamarca,

como crecimiento del PIB, inflación y sostenibilidad económica, resultados económicos que resultaron compatibles con un Estado de Bienestar.

Esping-Andersen (1993) distingue tres tipos principales de “capitalismo del bienestar” en Europa: el tipo nórdico, el conservador o corporativista y el liberal o anglosajón. La lógica que subyace a esta diferenciación parte de considerar que en la economía actual es imposible disfrutar simultáneamente de unos presupuestos equilibrados, unos niveles reducidos de desigualdad económica y unas tasas elevadas de empleo. Por ello, los diferentes tipos de sistema optan por el cumplimiento de objetivos dispares. El tipo nórdico, modelo social representado por Suecia, está basado en un Estado fuerte, con elevada recaudación fiscal y grandes oportunidades de empleo en la Administración pública del Estado del Bienestar. El conservador o corporativista, de Alemania, Francia o Italia, vendría caracterizado por las deducciones salariales. Y el liberal o anglosajón, representado por Reino Unido e Irlanda, reduce a lo residual el sistema de Bienestar y recurre a políticas dirigidas a colectivos muy específicos. Ferrera (1998) incorpora un cuarto modelo en el que se situaría España, Portugal y Grecia, de tipo mediterráneo, que se caracteriza por una base fiscal baja y por depender en gran medida de la provisión familiar. Si bien Giddens (2007) sostiene que los límites entre uno y otro son cada vez más difusos y son los modelos híbridos los que mejor se han adaptado a los cambios.

En palabras de Giddens (2007), en estos últimos veinte años la UE ha ido por detrás de EEUU en los indicadores de éxito económico comúnmente aceptados. El PIB per cápita no ha superado nunca el 70% del nivel estadounidense a lo largo de todo este período. La consolidación del mercado único y la introducción del euro no ha sido suficiente para la regeneración económica. Este autor considera que la mayor tasa de desempleo, el menor número de horas trabajadas o la incorporación de países en la UE con un PIB inferior, amplían las distancias, aumentando los problemas de desigualdad y cohesión.

El proyecto de la UE desarrolla el Modelo Social Europeo que no es un concepto unitario, sino una mezcla de valores, logros, expectativas, que varían de un Estado a otro en cuanto a su forma y grado de realización. Para Giddens (2007) este concepto contendría:

Un Estado desarrollado e intervencionista, financiado a partir de unos niveles de impuestos relativamente elevados; un sistema de bienestar sólido que proporciona una protección social eficaz hasta niveles considerables para todos los ciudadanos, pero, especialmente, para aquéllos más necesitados; una limitación, o contención, de la desigualdad económica y de otros tipos. (Giddens, 2007)

En la garantía de estas instituciones el autor considera que tienen un papel fundamental los agentes sociales, sindicatos y organizaciones que promueven los derechos de las personas trabajadoras. Este Modelo Social Europeo está todavía en proceso de consolidación e incluso de revisión tras el “no” de Francia y Países Bajos a la Constitución Europea en 2005. Dos años después, los Jefes de Estado y de Gobierno de los 27 Estados miembros de la Unión Europea firmaron el Tratado de Lisboa el 13 de diciembre de 2007 que, a grandes rasgos, pretendía agilizar el proceso de toma de decisiones.El rechazo a dicho tratado en Irlanda, el único país europeo que lo sometía a referéndum —la ratificación en los demás países debe tener o ha tenido lugar en el Parlamento—, sume a la UE en otra nueva crisis. Los posicionamientos que sobre el Estado de Bienestar emergen en Europa se dirigen a afrontar las situaciones socioeconómicas que se producen en un panorama cada vez más globalizado. En el siguiente apartado se describen.