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2.1 El capitalismo global como proyecto político

El capitalismo es un sistema económico surgido en la Europa del siglo XVI. Adam Smith, uno de los máximos exponentes de la economía clásica, fue su fundador intelectual. En las definiciones más relevantes que sobre el capitalismo encontramos existe una referencia a su origen etimológico en la idea de capital: quienes crean o adquieren capital permanecen como sus propietarios durante el proceso de producción. La acumulación de capital es el eje central de la vida económica, y tanto el interés como la renta del capital se sitúan por encima del valor del trabajo. Tres características nos ayudan a definir con claridad el capitalismo: (1) está basado en la propiedad privada; (2) los medios de producción se dirigen al beneficio, a la inversión y a la competencia por los mercados de consumo; (3) predomina el capital sobre el trabajo como elemento de producción y creación de riqueza.

Los análisis de Marx, Durkheim y Weber sobre el capitalismo plantean cuestiones que son todavía objeto de debate. Cada uno de ellos basa las raíces de la sociedad moderna en concepciones diferentes sobre la estructura básica que la conforma. Sus posiciones, actuales en muchos aspectos, se revisan a continuación.

En El Capital, Marx13 (1959) define en términos económicos el capitalismo, considerándolo

un sistema de producción de mercancías cuyo objetivo es la búsqueda de un alto valor de cambio también aplicable al trabajo humano. Ello sitúa a la clase obrera en una constante privación económica, dado que no puede vender su fuerza de trabajo a un precio superior a su valor de cambio. Marx vincula la expansión de la división del trabajo, y por tanto la ramificación de las formas de alienación, con la aparición de una estructura polarizada de clases. Considera que la principal contradicción del capitalismo es que necesita aumentar al máximo el valor de cambio, no siendo su objetivo producir para necesidades conocidas, desencadenando con ello crisis periódicas. Para el padre del materialismo histórico, el capitalismo se destruirá a si mismo, transformándose hacia un nuevo orden social que trasciende el sistema de clases de la sociedad burguesa y la actual división del trabajo alienante.

En cambio en Weber (1991) el principal elemento de la cultura moderna occidental y de la empresa capitalista es la racionalización a la que se llega desde la religión: “…el puritanismo se valía del ethos, de la industria racional burguesa y de la disposición racional del trabajo, y únicamente aquello que se ajustaba a estas hormas fue lo que extrajo de la ética del judaísmo.” Para Weber la burocracia de las instituciones se convierte en instrumento de dominio social en respuesta a la creciente complejidad de la sociedad, pero acaba por esclavizar al ser humano porque lo imposibilita a actuar con criterio propio, con libertad. Enfrentado ideológicamente a Marx, Weber estaba convencido de que no era el materialismo, la búsqueda del dinero, el mecanismo social más importante, sino que era la ideología, sobre todo religiosa, el principio fundamental que regía la vida de las personas y los pueblos. La relación de clases para este autor no es el eje el capitalismo, como enmarcaba Marx, sino un elemento más dentro de la racionalización.

Durkheim (1987) nos aporta una nueva perspectiva. Para este autor el principio organizativo más relevante de la sociedad moderna tampoco se halla en el capitalismo como sistema de clases, sino en la especialización “orgánica” de las divisiones profesionales que cooperan entre sí. Se refiere a una solidaridad social que en sociedades avanzadas individualistas busca el equilibrio desde las normas morales y jurídicas. En un mundo racionalizado ya no es la religión, sino el Estado y las asociaciones profesionales, quienes deben preservar la norma. Su ausencia, la anomia, se debería al desequilibrio económico y/o al debilitamiento de las instituciones, e implicaría un bajo grado de integración social.

Las perspectivas sociológicas de Marx, Durkheim y Weber definen el capitalismo desde postulados bien diferenciados, dando prueba de la complejidad del sistema capitalista. En la actualidad se añade a este sistema un nuevo concepto que lo modifica sustancialmente ampliando, si cabe, su complejidad. El nuevo siglo comienza en un momento en el que todo parece ser cuestionado. El cambio político, económico y cultural se resume en el término “globalización”. Los extraordinarios avances tecnológicos y el propio capitalismo, sirven de motor al proceso de trasformación.

Giddens (2001) valora que son varias las coordenadas que hacen posible la globalización. En primer lugar, la revolución mundial de las comunicaciones, cuyo origen se remonta a finales de los sesenta y que incorpora como ejemplo más claro Internet. El segundo gran cambio

está representado por la “economía intangible14” de los mercados financieros

internacionales que modifican profundamente el mundo laboral. El tercer cambio viene propiciado por la caída del comunismo soviético en 1989, incapaz de competir en la nueva economía electrónica de escala mundial. Por último, las transformaciones que se producen en la vida cotidiana de la mayor parte de las sociedades: la igualdad entre hombres y mujeres, los cambios en la familia y en la vida emocional en general.

14La dimensión que alcanza esta economía invisible tiene inevitablemente efectos sobre el mercado de trabajo. De hecho, la

inversión ha encontrado su paraíso en este mercado basado en los beneficios económicos que olvida cualquier rentabilidad social. Estos intercambios financieros son muy elevados, equivalen a dos veces el Producto Interior Bruto mundial (Santos, 2004). En este modelo económico se aumentan las diferencias entre quienes son más ricos, con más oportunidades para ver multiplicadas sus fortunas desde la inversión en ámbitos diferentes a los de la actividad productiva, y quienes son más pobres, con menos posibilidades de salir de su situación porque el crecimiento del mercado financiero no responde a la creación de puestos de trabajo (Montalbá, 2005).

Junto a todo ello, se incorpora una dirección política enmarcada en un capitalismo en el que los Estados difícilmente pueden recuperar el control por sí solos y no ven más alternativa que permitir que el proceso siga adelante (Hutton, 2001).

Caen todas las fronteras: económicas, políticas, sociales. Los cambios tienen tal dimensión que suponen un desafío para el nuevo capitalismo. Giddens (2001) nos recuerda que hace sólo una generación en los países occidentales más de la mitad de la fuerza laboral trabajaba en la producción o en la agricultura, eran la clase obrera. Hoy no representan más allá del 20% en la mayoría de estos países. Este descenso viene provocado por los avances tecnológicos y en menor medida por la globalización del comercio15. En la actualidad,

menos del 2% de la fuerza laboral en los países industrializados está en el sector agrario y producen mucho más de lo que pueden vender16. A cambio, crecen los sectores de las

comunicaciones, de la tecnología de la información, del entretenimiento. Las transformaciones de mayor alcance que mueven el capitalismo son el aprovechamiento de la ciencia y la tecnología en la producción y el nuevo papel de los mercados europeos de dinero.

En el capitalismo global, otra de las cuestiones que preocupa es que países como Estados Unidos podrían poner sus propios intereses por encima de una gestión internacional del sistema. Si bien, Hutton (2001) interpreta que la tendencia es inversa, todos los países buscan alianzas.

También deben ser considerados determinados riesgos con los que convive este sistema capitalista y que en muchos casos los ha propiciado. Giddens (2001) cita riesgos como un medio ambiente gravemente dañado, o el incremento de la desigualdad de rentas y riqueza tanto dentro de los países, como entre el mundo desarrollado y el menos desarrollado. Giddens y Hutton (2001) consideran que se trata de un periodo sin ideologías rivales, sin inflación, en el que crece el comercio, la esperanza de vida aumenta, la mortalidad infantil desciende, las mujeres acceden al mundo laboral, etc. Un periodo en el que la economía

15 Junto a estos factores señalados por Giddens se encontraría también en las sociedades occidentales la deslocalización de la

producción, que será tratada en este Capítulo en el epígrafe “Situación socioeconómica actual”.

16 La revolución verde apareció en los años 60 en el entorno de la agricultura, y cereales como el trigo, el arroz y el maíz

ampliaron su producción. Se buscaba una solución para atenuar el hambre en el mundo y consistió en la obtención de variedades agrícolas muy productivas, pero el uso de tecnologías altamente dependientes y costosas, entre las cuales aparecen

global ofrece oportunidades, creatividad y riqueza. Sin embargo también valoran que se trata de un sistema “precario y potencialmente peligroso; está en el límite.” Los mercados financieros son inestables, y esto convierte el momento actual en un momento impredecible. A pesar de ello valoran que la durabilidad del sistema internacional está garantizada porque no existen alternativas, es muy resistente y tiene gran capacidad de recuperación frente a las crisis.

En este contexto, el Estado de Bienestar que caracteriza Europa está también sometido a transformaciones que se tratan bajo el siguiente epígrafe.