PROBLEMAS Y MÉTODOS
EXPLICAR LA CONCIENCIA
X. BIENVENIDOS AL FENOME
Imaginemos que un loco se presentara ante nosotros y tratara de con- vencernos de que los animales no existen. Podríamos intentar sacarlo de su error llevándolo al zoo y diciéndole «¡Mira! ¿Qué son esas cosas que ves si no animales?». Con ello no podríamos esperar llegar a curarlo, pero como mínimo tendríamos la satisfacción de establecer ante nuestros ojos la mag- nitud de su locura. Supongamos, sin embargo, que su reacción fuese respon- dernos «Ya, yo ya sé que estas cosas existen —los leones, los avestruces, las boas constríctor—, pero ¿qué os hace pensar que lo que vosotros llamáis ani- males son animales? La verdad es que no son más que robots cubiertos de piel —bueno, algunos también están cubiertos de plumas y otros de esca- mas». Puede que esto siga siendo una locura, pero es un tipo de locura dis- tinto y más defendible. Resulta que nuestro loco tiene una idea revoluciona- ria acerca de la naturaleza última de los animales.1
Los zoólogos son expertos en la naturaleza última de los animales, y los jardines zoológicos —zoos para abreviar— sirven al propósito educativo de poner al alcance de la gente los objetos de su conocimiento. Si los zoólogos llegaran a descubrir que nuestro loco estaba en lo cierto (en cierto sentido), un zoo les sería muy útil en sus intentos de explicar su descubrimiento. Di- rían, «Resulta que los animales —ya saben, esas cosas que vemos en los zoos— no son lo que creíamos que eran. De hecho, son tan diferentes que no debe- ríamos llamarlos animales. Así que, resumiendo, los animales, en el sentido tradicional del término, no existen».
Los filósofos y los psicólogos utilizan con frecuencia el término fenome-
nología como genérico que engloba todos aquellos elementos —la fauna y
1. El propio Descartes tenía una concepción parecida sobre los animales. Sostenía que éstos no eran más que complejas máquinas. También los cuerpos humanos, e incluso los cerebros hu- manos, no eran más que máquinas. Es sólo gracias a nuestras mentes no mecánicas y no físicas que los seres humanos (y sólo los seres humanos) son inteligentes y conscientes. Era ésta una idea bastante sutil, la mayor parte de la cual sería adoptada sin problemas por muchos zoólogos hoy en día, pero era demasiado revolucionaria para los contemporáneos de Descartes, quienes, como pueden ustedes imaginarse, se dedicaron a caricaturizarla y después se mofaron de la ca- ricatura. Siglos después, estas calumnias contra Descartes siguen siendo propagadas alegremente por los que encuentran inconcebible —o al menos intolerable— la idea de una explicación meca- nicista de la conciencia. Para un análisis bastante esclarecedor, véase Leiber (1988).
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la flora, podríamos decir— que habitan el mundo de nuestra experiencia cons- ciente: pensamientos, olores, picores, dolores, vacas imaginarias de color vio- leta, intuiciones y todo lo demás. Este uso del término tiene orígenes ligera- mente distintos que merece la pena recordar. En el siglo XVIII, Kant distinguía entre «fenómenos», las cosas tal como nos aparecen, y «noúme-
nos», las cosas como son en sí mismas. Con el desarrollo de las ciencias na-
turales o físicas en el siglo XIX, el término fenomenología pasó a designar simplemente todo estudio descriptivo de cualquier materia, de forma neu- tral o preteórica. La fenomenología del magnetismo, por ejemplo, ya había sido iniciada por William Gilbert en el siglo XVI, pero su explicación tuvo que esperar a los descubrimientos sobre la relación entre el magnetismo y la electricidad llevados a cabo en el siglo XIX, y al trabajo teórico de Fara- day, Maxwell y otros. En alusión a esta dicotomía entre observación precisa y explicación teórica, la escuela o movimiento filosófico conocido como Fe- nomenología (con F mayúscula) nació a principios del siglo XX en torno a la figura de Edmund Husserl. Su objetivo era establecer unas nuevas bases para la filosofía (y, de hecho, para todo el conocimiento) a partir de una téc- nica especial de introspección. De acuerdo con esta técnica, el mundo exte- rior y todas sus implicaciones y presuposiciones deben ser puestas «entre paréntesis» en un acto particular de nuestra mente al que se denominó epo-
jé. El resultado de este proceso era un estado investigativo de la mente gra-
cias al cual se suponía que el fenomenólogo podía acceder a los objetos puros de la experiencia consciente, denominados noemas, sin verse influi- do por las distorsiones y prejuicios fruto de la teoría y la práctica. Igual que ha ocurrido con otros intentos de eliminar la interpretación y someter así los hechos básicos de la conciencia a una observación rigurosa, como por ejemplo el movimiento impresionista en las artes y las psicologías in- trospeccionistas de Wundt, Titchener y otros, la Fenomenología ha sido incapaz de hallar un único método con el que todo el mundo estuviera de acuerdo.
Así, mientras podemos decir que hay zoólogos, no podemos decir real- mente que haya fenomenólogos: expertos en la naturaleza de las cosas, por todos reconocidos, que nadan en la corriente de la conciencia. Podemos, no obstante, seguir la práctica habitual reciente de adoptar el término (con f minúscula) como genérico para designar todos aquellos elementos de la ex- periencia consciente que deben ser explicados.
Hace algún tiempo, publiqué un artículo titulado «Sobre la ausencia de fenomenología» (1979a) en el que intentaba argumentar en favor del segun- do tipo de locura: los elementos de los que está compuesta la conciencia son tan diferentes de lo que se había creído hasta ahora, que ya no deberíamos utilizar los términos tradicionales para referirnos a ellos. Pero resultó ser una sugerencia tan escandalosa para muchas personas («¡Cómo es posible que estemos equivocados sobre la naturaleza de nuestra vida interior!»), que intentaron rechazarla como un caso del primer tipo de locura («¡Dennett cree que los dolores, los aromas y los ensueños no existen!»). Es evidente que esto
UNA VISITA AL JARDlN FENOMENOLÒGICO 57
no es más que una caricatura de mi concepción, pero es también una acti- tud que resulta tentador adoptar. Mi problema fue el de no tener a mano ningún jardín fenomenológico —un fenome, para abreviar— para utilizar- lo en mis explicaciones. Lo que yo quise decir es, «Resulta que las cosas que nadan en la corriente de la conciencia —ya saben: los dolores, los aro- mas, los ensueños, las imágenes mentales y los arrebatos de ira y luju- ria, los típicos moradores de un fenome— no son lo que creíamos que eran. La verdad es que son tan diferentes, que les deberíamos buscar nuevos nombres».
Hagamos, pues, una breve visita al jardín fenomenológico, sólo para es- tar seguros de que sabemos de qué estamos hablando (aunque no sepamos aún cuál es la naturaleza última de las cosas). Por fuerza, no podrá ser más que una visita superficial e introductoria; nos limitaremos a identificar los diversos moradores del jardín, a decir algunas palabras sobre ellos y a plan- tear algunas preguntas, antes de encomendarnos a tareas teóricas más se- rias que abordaremos en el resto del libro. Dado que pronto voy a presentar desafíos radicales en contra del pensamiento tradicional, no quisiera que nadie pensara que desconozco por completo las cosas maravillosas que ha- bitan en la mente de los demás.
Nuestro fenome se divide en tres partes: (1) experiencias del mundo «ex-
terior», tales como imágenes, sonidos, olores, sensaciones resbaladizas y ras-
posas, sensaciones de frío y calor, y sensaciones sobre la posición de los miembros de nuestro cuerpo; (2) experiencias del mundo puramente «inter-
no», tales como imágenes fantasiosas, las visiones y sonidos interiores fru-
to de nuestros sueños y nuestras conversaciones con nosotros mismos, re- cuerdos, buenas ideas y corazonadas repentinas; (3) experiencias emotivas
o «de afecto» (por utilizar un término un tanto torpe del que gustan mucho
los psicólogos), entre las que encontramos, por un lado, los dolores corpora- les, las cosquillas, las «sensaciones» de hambre y sed, pero también arreba- tos emocionales de rabia, felicidad, odio, vergüenza, lujuria, asombro, un am- plio abanico que va desde las visitaciones menos corpóreas del orgullo, la ansiedad, el remordimiento, el distanciamiento irónico, el arrepentimiento, el pánico o la frialdad, pasando por una zona intermedia de rabia, felicidad, odio, vergüenza, lujuria o asombro.
No voy a comprometerme con la validez de esta clasificación tripartita entre lo externo, lo interno y lo afectivo. Como una vieja casa de fieras que pone los murciélagos con los pájaros y los delfines con los peces, esta taxo- nomía se basa más en la semejanza superficial y en una tradición dudosa que en una supuesta íntima relación entre los distintos fenómenos. Por al- gún sitio tenemos que empezar, no obstante, y cualquier taxonomía que nos proporcione una cierta orientación es útil para evitar que pasemos por alto alguna especie.
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