UNA TEORÍA EMPÍRICA DE LA MENTE
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tras inferencias inductivas. La Madre Naturaleza (ese diseñador-constructor reflejado en los procesos de selección natural) adopta el mismo supuesto. Desde muchos puntos de vista, las cosas siempre son las mismas: la grave- dad sigue ejerciendo su fuerza, el agua sigue evaporándose, los organismos siguen necesitando reponer y proteger el agua de sus cuerpos, las cosas ame- nazadoras siguen subtendiendo porciones cada vez mayores de las retinas, etc. Allí donde todas estas generalidades son importantes, la Madre Natura- leza proporciona soluciones a largo plazo para los problemas: detectores pre- configurados basados en la gravedad para saber dónde es arriba y dónde es abajo, alarmas también preconfiguradas para la sed, y circuitos precon- figurados para esquivar-cuando-algo-nos-amenaza. Hay otras cosas que cam- bian, pero de forma previsible, en ciclos, y la Madre Naturaleza responde a ellas con otros mecanismos preconfigurados, tales como dispositivos para el desarrollo de pelajes de invierno desencadenados por los cambios de tem- peratura, y relojes interiores para regular el despertar y los ciclos de sueño de los animales nocturnos y diurnos. Pero, a veces, las oportunidades y las vicisitudes del entorno son relativamente imprevisibles, para la Madre Na- turaleza y para cualquier otro, pues son procesos caóticos o están influidos por procesos de este tipo (Dennett, 1984a, págs. 109 y sigs.). En estos casos, ningún diseño estereotipado podrá adaptarse a todas las eventualidades, de modo que los mejores organismos serán aquellos capaces de rediseñarse a
sí mismos en mayor o menor grado a fin de enfrentarse a las condiciones
que encuentren. En ciertas ocasiones este rediseño se denomina aprendiza-
je, en otras se denomina simplemente desarrollo. La frontera es difícil de
fijar. ¿Aprenden a volar los pájaros? ¿Aprenden a cantar sus canciones? (Not- tebohm, 1984; Marler y Sherman, 1983) ¿Aprenden a hacer crecer sus plu- mas? ¿Aprenden a andar o a hablar los bebés? Puesto que la frontera (si es que la hay) no es particularmente relevante para nuestros objetivos, nos re- feriremos a cualquiera de estos procesos, desde aprender-a-enfocar-los-ojos a aprender-mecánica-cuántica, con el término de fijación postnatal del dise-
ño. Cuando nacemos, queda un cierto espacio para la variación, que final-
mente se fija mediante un proceso u otro en un elemento de diseño relativa- mente permanente para el resto de su vida (una vez hemos aprendido a montar en bicicleta o a hablar ruso, ese conocimiento tiende a quedarse con nosotros). ¿De qué manera puede producirse un proceso de fijación postnatal del diseño? Sólo de una manera (no milagrosa): mediante un proceso muy pare- cido al proceso que fija el diseño prenatal o, en otras palabras, mediante un proceso de evolución por selección natural que se lleva a cabo en el indivi- duo (en el fenotipo). Algo previamente fijado en el individuo a través de la selección natural es lo que debe jugar el papel de selector mecánico, y otras cosas deben jugar el papel de candidatos a la selección. Se han propuesto muchas teorías diferentes de este proceso, pero todas ellas —con la excep- ción de las que son extravagantes o particularmente misteriosas— poseen esta estructura, y difieren únicamente en los detalles relacionados con los mecanismos propuestos. Durante gran parte del siglo XX, la teoría más in-
LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA 197 fluyente ha sido el conductismo de B. F. Skinner, de acuerdo con la cual los emparejamientos de estímulos con respuestas jugaban el papel de candida- tos para la selección, mientras que los estímulos «de refuerzo» eran el me- canismo de selección. No se puede negar que los estímulos placenteros y los estímulos dolorosos —el palo y la zanahoria— juegan un papel en la for- mación de la conducta, pero es también un hecho ampliamente aceptado que el «condicionamiento operante» del conductismo es un mecanismo dema- siado simple para explicar las complejidades de la fijación postnatal del di- seño en especies tan complejas como la humana (y, probablemente, también en las palomas, pero éste es otro problema). Hoy se suelen favorecer aque- llas teorías que sitúan el proceso evolutivo en el cerebro (Dennett, 1974). Desde hace décadas han circulado diferentes versiones de esta idea y, ahora, con la posibilidad de evaluar modelos rivales mediante simulaciones por orde- nador, el debate se ha enardecido, por lo que procuraremos mantenernos al margen del mismo.6
Para nuestros propósitos basta con decir que, de una manera u otra, el cerebro plástico es capaz de reorganizarse a sí mismo adaptativamente en respuesta a determinadas novedades que encuentra el organismo en su en- torno, y que el proceso mediante el cual el cerebro hace esto es, con toda certeza, un proceso mecánico muy parecido a la selección natural. Éste es el primer nuevo medio de evolución: la fijación postnatal del diseño en cere- bros individuales. Los candidatos para la selección son ciertas estructuras cerebrales que controlan o influyen en la conducta, y la selección se lleva a cabo a través de un proceso mecánico de eliminación que, a su vez, está genéticamente instalado en el sistema nervioso.
Sorprendentemente, esta capacidad, también producto de la evolución por selección natural, no sólo da una ventaja a los organismos que la po- seen sobre sus primos preconfigurados que no se pueden diseñar a sí mis- mos, sino que también realimenta el proceso de evolución genética y lo ace-
lera. Éste es un fenómeno que ha recibido varias denominaciones, aunque
la más conocida es la de efecto Baldwin (véase Richards, 1987; Schull, 1990). Así es como funciona.
6. Las ideas básicas ya pueden hallarse en los escritos del propio Darwin y de sus primeros discípulos (Richards, 1987). El neuroanatomista J. Z. Young (1965a, 1965b) fue el primero en pro- poner una teoría seleccionista de la memoria (véase también Young, 1979). Yo mismo me he ocu- pado de desarrollar una versión filosófica del mismo argumento, con un pequeño esbozo de los detalles relevantes, en mi tesis doctoral defendida en Oxford en 1965, una versión mejorada de la cual es «Evolution in the Brain», el capítulo 3 de Contení and Consciousness, 1969. John Ho- lland (1975) y otros dedicados a la inteligencia artificial han desarrollado «algoritmos genéti- cos» para sistemas de aprendizaje o de autorrediseño (véanse también Holland, Holyoak, Nis- bett y Thagard, 1986), y Jean-Pierre Changeux (Changeux y Danchin, 1976; Changeux y Dehaene, 1989), desarrollaron un modelo neuronal bastante detallada El neurobiólogo William Calvin (1987, 1989a) aporta una perspectiva diferente (y más fácilmente accesible) sobre el asunto en sus pro- pias teorías de la evolución en el cerebro. Véase también su clara y penetrante reseña (Calvin, 1989b) del libroNeural Darwinism de Gerald Edelman (1987). Recientemente, Edelman ha publi- cado The Remembered Present: A Biological Theory of Consciousness (1989).
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Considérese una población de una determinada especie en la que se ob- serva una variación considerable en cuanto a cómo están configurados los cerebros de los nuevos miembros que nacen. Supongamos que una de esas posibles configuraciones dota al que la posee con un buen truco, un talento comportamental que lo protege o que hace aumentar sus oportunidades de forma espectacular. Esto podemos representarlo en lo que se denomina pai- saje adaptativo; la altura representa idoneidad (a mayor altura, mayor gra- do de idoneidad) y la longitud y la latitud representan variables en la confi- guración (no es preciso que las especifiquemos para este experimento mental).
Figura 7.1
Como muestra la figura, sólo una de las configuraciones es la favoreci- da; las otras, no importa lo «cerca» que estén de la configuración buena, tie- nen un grado de idoneidad casi idéntico. Una aguja en el pajar como ésta puede ser prácticamente invisible para la selección natural. Incluso si algu- nos individuos afortunados poseen esta configuración, las probabilidades de que su suerte se extienda por la población de generaciones siguientes pue- den ser ínfimas a menos que haya plasticidad de diseño en los individuos.
LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA 199 Supóngase, pues, que todos los individuos empiezan siendo diferentes ge- néticamente, pero en el curso de su vida, gracias a su plasticidad, deambu- lan por el espacio de posibilidades de diseño que les son accesibles. Y, dadas las circunstancias particulares del entorno, todos tienden a girar alrededor de la configuración favorecida. Hay un buen truco que aprender en su en- torno, y todos tienden a aprenderlo. Supóngase que es un truco tan bueno que los que nunca lo aprenden se hallan en clara desventaja, y supóngase también que aquellos que nunca lo aprenden son los que empiezan su vida con diseños que están muy alejados, en el espacio de diseños posibles, de los que están cerca del buen truco (y, por tanto, necesitan mucho más dise- ño postnatal).
Una fantasía (adaptada de Hinton y Nowlan, 1987) nos ayudará a imagi- narlo. Supóngase que hay diez puntos en el cerebro de cada animal donde se puede conectar un «cable» de dos maneras distintas, A o B. Supóngase que el buen truco es el diseño cuya configuración es AAABBBAAAA, y que las demás configuraciones son, desde el punto de vista de la conducta, igual de poco interesantes. Dado que todas estas conexiones son plásticas, cada animal, en el curso de su vida, puede intentar cualquiera de las 210 combi-
naciones distintas en la configuración de A y B. Aquellos animales que han nacido en estados tales como BAABBBAAAA están a un paso del buen truco (aunque es evidente que pueden perderse en una serie de intentos erróneos). Otros, cuya configuración inicial es BBBAAABBBB necesitan un mínimo de diez pasos (en el supuesto de que nunca se equivoquen al reconfigurar) an- tes de dar con el buen truco. Aquellos animales cuyos cerebros empiezan más cerca del objetivo tendrán una ventaja en cuanto a su supervivencia fren- te a los que empezaron más lejos, incluso en el caso de que no exista ningu- na otra ventaja selectiva por haber nacido con una configuración «que falla por poco» frente a haber nacido con una configuración «que falla por mu- cho» (como se demuestra en la figura 7.1). Así, la población de la siguiente generación tenderá a contener un mayor número de individuos con configu- raciones próximas al objetivo (y, por tanto, más capaces de alcanzarlo en el tiempo de su vida), y el proceso seguirá hasta que toda la población haya fijado genéticamente el buen truco. Por lo tanto, un buen truco «descubier- to» así por los individuos de una población puede pasar con relativa rapi- dez a las generaciones futuras.
Si otorgamos a los individuos una posibilidad variable de acertar el buen truco (y, por tanto, «de reconocerlo» y «de aferrarse a él») en el curso de sus vidas, la casi invisible aguja en un pajar de la figura 7.1 se convierte en la cumbre de una colina que la selección natural puede escalar (figura 7.2). Este proceso, el efecto Baldwin, podría en un principio parecemos la tan denos- tada idea lamarckiana de la transmisión genética de las características ad- quiridas, pero no lo es. Nada de lo que el individuo aprende es transmitido a su prole. Se trata simplemente del hecho de que los individuos que son lo bastante afortunados como para nacer más cerca en el espacio de explo- ración de diseño a un buen truco aprendible, tenderán a tener mayor des-