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190 UNA TEORIA EMPIRICA DE LA MENTE 1 Hay razones que reconocer.

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UNA TEORÍA EMPÍRICA DE LA MENTE

190 UNA TEORIA EMPIRICA DE LA MENTE 1 Hay razones que reconocer.

2. Allí donde hay razones, hay puntos de vista desde los cuales recono- cerlas y evaluarlas.

3. Todo agente debe distinguir el «aquí dentro» del «mundo exterior». 4. Todo acto de reconocimiento debe, en última instancia, ser puesto en

práctica por una miríada de rutinas «ciegas y mecánicas». 5. Dentro de los límites defendidos, no tiene por qué haber un alto man-

do o un cuartel general.

6. En la naturaleza, tanto haces, tanto vales; los orígenes no cuentan. 7. En la naturaleza, los elementos cumplen a menudo funciones múlti-

ples dentro de la economía de un único organismo.

Ya hemos escuchado los ecos de estos hechos primordiales, en la bús- queda del último «punto de vista del observador consciente» y en todos aque- llos casos en que hemos sustituido homúnculos por (equipos de) mecanis- mos simples. Pero, como hemos visto, el punto de vista del observador consciente no es idéntico a los puntos de vista primordiales de los primeros replicadores que dividieron su mundo en lo bueno y lo malo, sino que es un descendiente evolucionado de esos puntos de vista. (Después de todo, inclu- so las plantas tienen puntos de vista en este sentido primordial.)

Escena segunda: nuevas y mejores maneras de producir el futuro

Y una de las funciones más profundas y más generales de los or- ganismos vivientes es la de mirar hacia adelante, la de producir fu- turo, como dijo Paul Valéry.

FRANÇOIS JACOB, The possible and the actual, 1982, pág. 66 Predecir el futuro de una curva comporta llevar a cabo una de- terminada operación en el pasado. La verdadera operación predic- tiva no puede ser llevada a cabo por ningún aparato que se pueda construir, pero existen ciertas operaciones que se le parecen y que, de hecho, pueden ser ejecutadas por aparatos que podemos construir. NORBERT WIENER, Cibernética, 1948, pág. 12 En el capítulo anterior hice mención, aunque de soslayo, del hecho de que el propósito fundamental de los cerebros es el de producir futuro. Esta afirmación merece que le dediquemos un poco más de atención. Para poder arreglárselas, un organismo o bien debe acorazarse (como los árboles o las almejas) y «esperar que no pase lo peor», o bien debe desarrollar métodos de alejarse del peligro hacia áreas más seguras del vecindario. Si usted eli- ge el segundo camino, entonces deberá enfrentarse con el problema primor- dial que todo agente tiene que estar resolviendo continuamente:

LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA 191 A fin de resolver este problema, usted necesita un sistema nervioso para

controlar sus actividades en el tiempo y en el espacio. La ascidia, cuando

es joven, vaga por el mar en busca de una buena roca o arrecife de coral al que agarrarse para convertirlo en su casa por el resto de su vida. Para llevar a cabo esta tarea, posee un sistema nervioso rudimentario. Cuando encuentra el sitio y hecha raíces, ya no necesita más a su cerebro, así que ¡se lo come! (Es como ganar unas oposiciones a cátedra.)4 La clave del con-

trol es la capacidad de rastrear e incluso anticipar los rasgos más importan- tes del entorno, de modo que todos los cerebros son, en esencia, máquinas

de anticipación. La concha de la almeja es un buen blindaje, pero no siem-

pre puede estar cerrada; el reflejo preconfigurado que cierra rápidamente la concha es un burdo pero efectivo mecanismo para anticipar/evitar peligros. Aún más primitivas son las respuestas de retirada y acercamiento de los organismos más simples, las cuales están ligadas de manera todavía más directa con las fuentes de lo que es bueno y lo que es malo: las tocan. Así, dependiendo de si la cosa tocada es buena o mala para ellos, estos organis- mos retroceden o engullen (en el último momento, si tienen suerte). Y ac- túan de este modo simplemente porque su «configuración» está instalada de tal manera que es el contacto real con un rasgo bueno o malo lo que de- sencadena el movimiento reflejo. Como veremos, este hecho es la base de las características más terribles y más deliciosas (literalmente) de la con- ciencia. Al principio, todas las «señales» causadas por entidades en el en- torno significaban o bien «¡lárgate!» o bien «¡ve a por ello!»(Humphrey, 1992).

Ningún sistema nervioso, en esos tiempos tan tempranos, tenía la posi- bilidad de utilizar un «mensaje» más desapasionado u objetivo que se limi- tara a informarlo, de manera neutral, de alguna condición. Sin embargo, di- chos sistemas nerviosos no pueden sacar mucho partido del mundo. Sólo son capaces de lo que podríamos denominar anticipación proximal: aquella conducta que es apropiada para lo que se va a producir en un futuro inme-

diato. Los mejores cerebros son aquellos que pueden extraer más informa-

ción, más rápidamente, y utilizarla para evitar todo contacto nocivo desde el principio, o para buscar alimento (y las oportunidades de aparearse, una vez el sexo ha aparecido).

Enfrentados a la tarea de extraer futuro útil a partir de nuestros propios pasados, nosotros los organismos intentamos conseguir algo gratis (o, cuan- do menos, rebajado): descubrir las leyes del mundo —y si no existen, descu- brir algo que se aproxime a las leyes del mundo—cualquier cosa que nos proporcione un límite. Desde ciertas perspectivas parece realmente sorpren- dente que nosotros los organismos obtengamos algo de la naturaleza. ¿Hay algún motivo por el cual la naturaleza deba mostrarse tal como es, revelar sus regularidades cuando alguien la observa? Todo productor de futuro útil suele ser algo así como una estratagema, un sistema improvisado que resul-

4. Esta analogía entre la ascidia y el catedrático fue observada por primera vez, creo, por el investigador del cerebro Rodolfo Llinás.

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ta funcionar con más frecuencia de lo que sería de esperar, una diana en una regularidad del mundo que se puede rastrear. Todos estos afortunados anticipadores con los que se tropieza la Madre Naturaleza están, evidente- mente, destinados a recibir su recompensa, si consiguen mejorar los límites del organismo.

En el extremo más bajo de la escala, pues, tenemos criaturas que repre- sentan lo mínimo posible: lo suficiente como para permitir al mundo adver-

tirles cuando empiezan a hacer algo malo. Las criaturas que adoptan esta

política no suelen seguir ningún plan. Se tiran de cabeza, y si algo duele «sa- ben lo suficiente» como para retirarse, pero eso es lo mejor que pueden hacer.

El siguiente paso comporta la anticipación de corto alcance como, por ejemplo, la capacidad de esquivar obstáculos. Este talento anticipatorio a menudo está «preconfigurado»; forma parte de la maquinaria innata dise- ñada a lo largo de eones para detectar el tipo de regularidad (con excepcio- nes) que podemos observar entre cosas que aparecen repentinamente y co-

sas que nos golpean. La respuesta de esquivar amenazas está preconfigurada

en los seres humanos, por ejemplo, y puede observarse en los recién naci- dos (Yonas, 1981), un regalo de nuestros remotos antepasados cuyos primos, que no sobrevivieron, no sabían esquivar lo bastante bien. ¿Podemos de- cir que la señal «¡una amenaza!» signifique «¡esquiva!»? Digamos que lo pro- tosignifica; está directamente instalado en el mecanismo de esquivar.

Tenemos otros regalos parecidos. Nuestros sistemas visuales, como los de muchos otros animales, los peces incluidos, son extremadamente sensi- bles a patrones con un eje de simetría vertical. Braitenberg sugiere que ello se debe probablemente al hecho de que en el mundo natural de nuestros re- motos antepasados (mucho antes de que hubiera fachadas de iglesias y puen- tes colgantes), las únicas cosas que había en el mundo que mostraran ejes de simetría verticales eran otros animales, y sólo cuando estaban de frente, de cara a uno. Así que nuestros antepasados se equiparon con uno de los más valiosos sistemas de alarma, que se disparaba (principalmente) cada vez que otro animal los miraba (Braitenberg, 1984).5 Identificar a un depre-

dador a una cierta distancia (en el espacio), en vez de tener que esperar a sentir sus dientes clavándose en el cuerpo, es también un modo de anticipa- ción distal en el tiempo: concede una cabeza de ventaja para evitar el obs- táculo.

Un aspecto importante de estos mecanismos es lo burdo de su capaci- dad de discriminación; cambian lo que podríamos denominar veracidad y

precisión en el testimonio por la velocidad y la economía. Algunas de las co-

sas que disparan el detector de simetrías verticales no tienen una particu- lar significación para el organismo: los raros casos de árboles o arbustos

5. Esta configuración recuerda vagamente a la manera, no totalmente infalible, que tenía Sha- key de distinguir cajas de pirámides. Así que Shakey no es totalmente antibiológico después de todo; la biosfera posee muchos artilugios como éstos. También es verdad, sin embargo, que el sistema «visual» de Shakey no es un modelo particularmente bueno de la visión de ninguna es- pecie viviente. No era éste su objetivo.

LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA 193 casi simétricos o (en tiempos más modernos) muchos artefactos humanos. Así pues, la clase de cosas que el mecanismo distingue es, oficialmente, una pandilla multicolor, dominada por animales mirando-en-mi-dirección, pero dejando abierta la posibilidad de disparar un buen número de falsas alar- mas (relativas a ese mensaje). Y ni siquiera todos o sólo los patrones con si- metría vertical pondrán el dispositivo en funcionamiento; algunos patrones verticalmente simétricos no conseguirán, por un motivo u otro, disparar la alarma e, incluso en este caso, también habrá falsas alarmas; es el precio que hay que pagar por un mecanismo rápido, barato y transportable, un pre- cio que los organismos, con su narcisismo (Akins, 1989), pagan a gusto. Todo esto es fácil de ver, pero algunas de sus implicaciones con respecto a la con- ciencia no son tan obvias a primera vista. (En el capítulo 12 cobrará impor- tancia cuando planteemos preguntas tales como ¿qué propiedades detecta- mos con nuestra visión en color?, ¿qué tienen en común las cosas rojas? E, incluso, ¿por qué el mundo se nos aparece como se nos aparece?)

Llegar a estar informado (faliblemente) de que un animal le está miran- do es casi siempre un acontecimiento con cierta significación en el mundo natural. Si el animal no lo quiere devorar, puede que sea un compañero po- tencial, o un rival para competir por un compañero, o una presa que ha de- tectado su presencia. Acto seguido, la alarma debe poner en funcionamien- to los analizadores «¿amigo, enemigo o comida?» a fin de que el organismo pueda distinguir entre mensajes tales como: «¡un miembro de tu especie te está mirando!», «¡un depredador te tiene en su línea de mira!» y «¡tu cena es- tá a punto de escaparse!». En algunas especies (ciertos peces, por ejemplo) el detector de simetrías verticales se ha configurado de tal manera que pro- voca una inmediata interrupción de toda actividad en curso conocida como

respuesta de orientación.

El psicólogo Odmar Neumann (1990) sugiere que las respuestas de orien- tación son el equivalente biológico de la alarma de barco «¡Todo el mundo al puente!». La mayoría de animales, como nosotros, desarrolla actividades que éstos controlan de forma rutinaria, «con piloto automático», haciendo uso de mucho menos del total de sus capacidades bajo el control, de hecho, de subsistemas especializados en sus cerebros. Cuando se dispara una alar- ma especializada (como nuestra alarma para amenazas o la de simetrías ver- ticales), o se dispara una alarma general ante la presencia de algo repentino y sorprendente (o solamente inesperado), el sistema nervioso del animal se moviliza a fin de enfrentarse a la posibilidad de una emergencia. El animal deja de hacer lo que estaba haciendo y lleva a cabo una rápida exploración o puesta al día que concede a cada uno de los órganos de los sentidos la opor- tunidad de contribuir al conjunto de información disponible y relevante. Se establece un centro de control temporal a través de un aumento de la activi- dad neuronal; por un breve espacio de tiempo, todas las líneas permanecen abiertas. Si el resultado de esta puesta al día es que se dispara una «segun- da alarma», entonces se moviliza todo el cuerpo del animal con una descar- ga de adrenalina. Si no es así, la actividad disminuye, la tripulación sin obli-

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gaciones se va a dormir, y los especialistas reanudan sus funciones de control. Estos breves episodios de interrupción e intensa vigilancia no son en sí mis- mos episodios que se correspondan al estilo humano de «atención conscien- te» (como apuntan insistentemente algunas personas) o, cuando menos, no son necesariamente ejemplos de este estado, pero probablemente son los ne- cesarios precursores, en la evolución, de nuestros estados conscientes.

Neumann especula sobre la idea de que estas respuestas de orientación se iniciaron como reacciones a señales de alarma, pero que se mostraron tan útiles al provocar una puesta al día generalizada, que los animales em- pezaron a entrar en el modo de orientación cada vez con más frecuencia. Sus sistemas nerviosos necesitaban un a modo de «¡todos al puente!», pero, una vez lo obtuvieron, el coste de ponerlo en funcionamiento con mayor fre- cuencia era muy pequeño, si no nulo, y en cambio resultaba beneficioso al mejorar la información sobre el estado del entorno o sobre el estado del pro- pio animal. Podríamos decir que se convirtió en un hábito, ya no bajo el con- trol de estímulos externos, sino desencadenado internamente (un poco como los ensayos de alarma de incendio).

De la vigilancia regular se pasó gradualmente a la exploración regular y así empezó a evolucionar una nueva estrategia comportamental: la estra- tegia de adquirir información «por sí misma», por si podía ser útil en algún momento. La mayoría de los mamíferos fueron conducidos hasta esta estra- tegia, especialmente los primates, que desarrollaron ojos con una gran mo- vilidad, los cuales, con sus movimientos sacádicos, llevaban a cabo una exploración casi ininterrumpida del mundo. Esto marcó un cambio funda- mental en la economía de los organismos que dieron este salto: el nacimien- to de la curiosidad o apetito epistémico. En vez de recoger información sólo según el principio del pague-ahora-y-consuma-ahora, empezaron a conver- tirse en lo que el psicólogo George Miller ha dado en llamar informívoros: organismos hambrientos de información sobre el mundo que habitan (y so- bre sí mismos). Sin embargo, ni inventaron ni desplegaron sistemas total- mente nuevos de recogida de la información. Como suele ocurrir en la evo- lución, ensamblaron estos nuevos mecanismos a partir de los mecanismos que les había proporcionado su herencia. Esta historia ha dejado sus hue- llas, particularmente en los matices emocionales o afectivos de la concien- cia, pues, aunque las criaturas superiores se habían convertido en recolec- tores «desinteresados» de información, sus «reporteros» no eran más que los viejos chivatos y animadores de sus antepasados, que nunca enviaban un mensaje «directo», sino añadiendo siempre un «giro» positivo o negativo a toda la información que proporcionaban. Eliminando las comillas y las metáforas: los lazos innatos entre estados informativos y actos de retirada o engullimiento, evitación y refuerzo no se rompieron, sólo se atenuaron y se redirigieron. (Volveremos sobre este punto en el capítulo 12.)

En los mamíferos, este desarrollo evolutivo se vio potenciado por la divi- sión del trabajo en el cerebro, que dio lugar a dos áreas especializadas: (apro- ximadamente) la dorsal y la ventral. (Lo que sigue es una hipótesis del neu-

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ropsicólogo Marcel Kinsbourne.) El cerebro dorsal recibió responsabilida- des de pilotaje «directo» a fin de mantener la nave (el cuerpo del organismo) alejada de los peligros; al igual que los controles de «detección de colisio- nes» de los videojuegos, tenía que estar casi continuamente explorando, en busca de cosas que se acercaban o alejaban, y, en general, era el responsa- ble de evitar que el organismo chocara con cosas o se despeñara por un ba- rranco. Esto dejaba al cerebro ventral con un poco de tiempo libre para con- centrarse en la identificación de los distintos objetos del mundo; podía focalizar sobre casos particulares y analizarlos de manera serial y con una relativa lentitud, ya que podía confiar en el sistema dorsal para mantener la nave alejada de los escollos. De acuerdo con las especulaciones de Kins- bourne, en los primates dicha especialización dorsal-ventral se vio alterada hasta dar lugar a la tan celebrada especialización hemisferio-derecho/hemis- ferio-izquierdo: el hemisferio derecho, global y espaciotemporal, y el hemisfe- rio izquierdo, más concentrado, analítico y serial.

Sólo hemos examinado una de las ramas en la historia evolutiva de los sistemas nerviosos, y hemos utilizado uno de los más básicos mecanismos evolutivos: la selección de genotipos (combinaciones de genes) determina- dos que probadamente han dado lugar a individuos mejor adaptados (feno-

tipos) que los genotipos alternativos. Los organismos que tienen la suerte

de tener una buena configuración en el momento de su nacimiento tienden a tener proles con más altos índices de supervivencia, de modo que las bue- nas configuraciones se extienden entre las poblaciones. También hemos es- bozado una progresión en cuanto al diseño, desde los más simples detecto- res imaginables de lo bueno y lo malo hasta conjuntos de tales mecanismos organizados en una arquitectura con una capacidad considerable de produ- cir anticipación útil en entornos relativamente estables y predictibles.

Para la siguiente fase de nuestra historia, debemos introducir una inno- vación mayor: la emergencia de fenotipos individuales cuyo interior no se halla completamente configurado, sino que es variable o plástico, y que, por lo tanto, pueden aprender a lo largo de su vida. La emergencia de la plastici- dad en los sistemas nerviosos se produjo al mismo tiempo (aproximadamente) que los desarrollos que acabamos de esbozar, y estableció dos nuevos me- dios en los cuales se podía producir la evolución con mucha más rapidez que la evolución genética que procede, sin ayuda alguna, a través de la mu- tación de los genes y la selección natural. Habida cuenta de que algunas de las complejidades de la conciencia humana son el resultado de desarrollos que se produjeron, y que continúan produciéndose, en estos nuevos medios, necesitamos una caracterización clara, aunque elemental, de las relaciones entre el uno y el otro y con el proceso subyacente de la evolución genética.

3. EVOLUCIÓN EN LOS CEREBROS Y EL EFECTO BALDWIN

Todos asumimos que el futuro será igual que el pasado. Como señaló Hume, ésta es la premisa esencial, aunque imposible de probar, de todas núes-

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