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LA PRIMERA PERSONA DEL PLURAL

PROBLEMAS Y MÉTODOS

EXPLICAR LA CONCIENCIA

I. LA PRIMERA PERSONA DEL PLURAL

No se puede hacer zoología en serio con sólo pasearse por un zoo, fiján- dose en esto o en aquello y maravillándose ante las curiosidades con que uno se encuentra. Para hacer zoología en serio se necesita precisión, lo cual depende de disponer de unos métodos de descripción y de análisis compar- tidos a fin de que los demás miembros de la comunidad de zoólogos puedan comprender lo que uno dice. Para hacer fenomenología en serio, el disponer de un método de descripción claro y neutral es aún más necesario, porque, según parece, no hay dos personas que utilicen las mismas palabras de la misma manera y todo el mundo parece un experto. Es bastante sorprendente el ver con qué frecuencia las discusiones «académicas» en las que se deba- ten controversias fenomenológicas degeneran en ruidosas cacofonías de pu- ñetazos sobre la mesa, donde nadie escucha a nadie. Y es sorprendente por- que, de hecho, según la más firmemente establecida tradición filosófica, todos

estamos de acuerdo sobre qué es lo que encontramos cuando «miramos den-

tro» de nuestra propia fenomenología.

Hacer fenomenología siempre se ha presentado como una tarea fiable, consistente en poner en común unas observaciones compartidas por todo el mundo. Cuando Descartes escribió sus Meditaciones como un soliloquio en primera persona del singular, claramente esperaba que sus lectores coin- cidieran con él en cada una de sus observaciones, llevando a cabo los mismos experimentos mentales que él describía y obteniendo los mismos resulta- dos. Asimismo, los empiristas ingleses, Locke, Berkeley y Hume, escribie- ron con la presunción de que lo que estaban haciendo era, en gran medida,

introspección, y que sus introspecciones podrían ser fácilmente replicadas

por sus lectores. Locke encarnó esta presunción en su Ensayo sobre el en-

tendimiento humano (1690) al denominar su método como «método históri-

co simple». Para Locke éste no debe contener ni deducciones abstrusas ni teorización a priori; basta con establecer los hechos observados, recordan- do a los lectores lo que es manifiesto para todos los que miren allí donde tienen que mirar. De hecho, prácticamente todo autor que ha escrito sobre la conciencia ha caído en lo que podríamos denominar la presunción de la

primera persona del plural: sean cuales sean los misterios que esconde la

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quilamente sobre conocidos mutuos, aquellos con los que nos encontramos en nuestras respectivas corrientes de la conciencia. Con la excepción de al- gunas voces rebeldes, los lectores siempre han sido cómplices de esta cons- piración.

Todo esto estaría muy bien si no fuera por el hecho tan embarazoso de que la controversia y las contradicciones complican cualquier afirmación que pueda hacerse bajo estas condiciones de acuerdo mutuo y cordial. Hay algo sobre lo que nos estamos engañando. Quizá nos engañamos al pensar que básicamente somos todos iguales. Quizá cuando las personas tienen conoci- miento de las diversas escuelas de pensamiento sobre la fenomenología, se afilian a aquella que les parece mejor, de modo que la descripción que hace cada escuela fenomenológica es esencialmente correcta en lo que respecta al tipo de vida interior de sus miembros. Luego, ingenuamente, se sobrege- neraliza, haciendo afirmaciones sobre cómo son los demás que carecen de fundamento.

O quizá nos engañamos al conceder tanto predicamento a la introspec- ción, a nuestra capacidad de observar nuestras propias mentes conscientes. Ya desde Descartes y su cogito ergo sum, esta capacidad nuestra ha sido con- siderada como algo totalmente libre de error; tenemos un acceso privilegia- do a nuestros propios pensamientos y sentimientos, un acceso que se nos garantiza que es mejor que el que pueda tener cualquier observador exter- no. («¡Imagine que alguien intenta convencerle de que usted está equivoca- do sobre la naturaleza de lo que usted piensa y siente!») Somos «infalibles» —tenemos la seguridad de tener siempre la razón— o como mínimo «inco- rregibles» —tengamos razón o no, nadie puede corregirnos (Rorty, 1970). Pero, quizás enmendarnos esta doctrina de la infalibilidad, por muy arrai- gada que esté, es un error. Quizás, incluso si todos somos esencialmente igua- les por lo que a nuestra fenomenología respecta, algunos observadores se equivocan cuando intentan describirla, pero al estar tan seguros de tener razón, se muestran relativamente invulnerables a la enmienda. (Son incorre- gibles en el sentido derogatorio del término.) Sea como sea, se suscitan con- troversias. Pero existe aún otra posibilidad que, a mi modo de ver, se ajusta más a la verdad: nos estamos engañando al creer que la actividad de la «in- trospección» siempre se reduce a un mero acto de «mirar y ver». Sospecho que cuando afirmamos estar utilizando nuestros poderes de observación in- terna, no estamos haciendo otra cosa que llevar a cabo un acto improvisado de teorización; y como teóricos somos bastante simples, precisamente por- que hay muy poco que «observar» y mucho sobre lo que pontificar sin mie- do a caer en contradicciones. Cuando llevamos a cabo un acto de introspec- ción colectivo, nuestra situación se parece mucho a la de los ciegos de la fábula que examinaban las diferentes partes de un elefante. A primera vista puede parecer una idea descabellada, pero veamos hasta dónde nos lleva.

¿Hay algo de lo que encontró en nuestra visita al fenome en el capítulo anterior que le sorprendiera? ¿Acaso le sorprendió, por ejemplo, el no po- der identificar el palo del naipe hasta el momento en que éste estaba justo