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El binomio justicia injusticia

El libro de la Sabiduría

5. Importancia doctrinal del libro de la Sabiduría

5.4. El binomio justicia injusticia

El binomio justicia - injusticia constituye un tema capital en Sab, que puede servirnos de clave de interpretación de todo el libro, sin que por esto lo convirtamos en un tratado o ensayo de teología política.

5.4.1. Afinidad de Sab con la tradición profética en Israel

«Amad la justicia, los que regís la tierra» ha puesto el autor como frontispicio de su libro. Por la lectura de la Escritura sabemos que Dios ha estado y está siempre al lado de la justicia, ejercida por

lo general en favor de los desamparados, y viceversa: que la justicia y todos sus equivalentes: la rectitud, la equidad, la bondad, etc. son el único camino que lleva a Dios. De aquí el enfrentamiento irreconciliable entre justicia e iniquidad, entre amar el bien y obrar el mal. El espíritu de los antiguos Profetas late fuertemente en la concepción que el autor de Sab tiene de lo justo y de lo recto.

5.4.2. La norma de la justicia según los hombres y según Dios

Un capítulo importante de la Primera parte de Sab lo hemos titulado: Malvados y justos frente a frente (Sap 1,16-2,24); en el corazón de él está claramente formulada la norma de vida de los cínicos y poderosos sin conciencia: «Sea nuestra fuerza la norma del derecho, pues lo débil -es claro- no sirve para nada» (Sab 2,11). Es la formulación de la ley del más fuerte. Frente al cinismo de esta ley, leemos en Sab 12,16 a propósito de Dios omnipotente: «Tu fuerza es el principio de la justicia y el ser dueño de todos te hace perdonarlos a todos». La antítesis es evidente: la norma de la justicia en los malvados es la fuerza que es violencia; en Dios el principio de la justicia es su fuerza que es omnipotencia misericordiosa. Dios es justo (Sab 12,15) y ama a sus criaturas porque son suyas (cf. Sab 11,24.26); su señorío universal le hace ser compasivo con todo y con todos (cf. Sab 11,23).

Conocer debidamente al Señor es una gracia, pues no puede ser más que fuente de bien. En cambio el desconocimiento de Dios, entre otras cosas, va a ser el origen de la idolatría (cf. Sab 13,lss), y la idolatría fuente de todas las injusticias. Por esto el autor puede decir: «Conocerte a ti es justicia perfecta, y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad» (Sab 15,3).

Dios, creador de todo, que se va manifestando en la historia, es el modelo del hombre en el ejercicio de su poder sobre la creación y en la historia. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, o, como dice nuestro autor: «Formaste al hombre sabiamente para que dominara todas tus criaturas, gobernara el mundo con santidad y justicia y administrara justicia rectamente» (Sab 9,2s). La potestad real del hombre se extiende a todos los seres irracionales sin excepción; pero en el ejercicio de tal potestad tanto el individuo como las colectividades concretas deben respetar, ante todo y sobre todo, los derechos implicados de todos los demás. La justicia en el gobierno del mundo equivale al recto ejercicio de su soberanía sobre todas las criaturas y al establecimiento de un orden coherente en las relaciones interhumanas. Como testimonio del empleo de justicia en el sentido de orden correcto en las relaciones humanas tenemos Sab 8,7: «Si alguien ama la justicia, las virtudes son fruto de sus afanes; es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza». El ejercicio de la justicia, como expresión compendio de la vida moral total, supone esfuerzo en el hombre, pero tiene su compensación en los frutos que son las virtudes.

5.4.3. La antítesis justo/justos - malvados

La antítesis justo/justos — malvados realmente es el gozne sobre el que gira la Primera parte de Sab y también, con algunas variaciones, la Tercera. Al mismo tiempo es el argumento o la prueba más convincente de que el binomio justicia - injusticia es tema importante en Sab.

La justicia personal en concreto son los justos, así como la injusticia son los malvados. El enfrentamiento ideológico y de hechos entre malvados y justos empieza realmente en 1,16, donde aparecen los malvados pactando con la muerte, a la que ya pertenecen en vida por elección propia. Frente a los malvados o impíos en plural (Sab 1,16-2,22; 3,10; 4,3.16) está el justo en singular (cf. 2,10.12.18), tipo de todo hombre recto y bueno, como se comprueba enseguida, al ver que alternan los justos (2,16; 3,1-9; 5,15s) y el justo (3,10; 4,7.16; 5,1) o equivalente (cf. 3,13s; 4,1s.17; 5,4s).

La antítesis justo - malvados reaparece a partir del cap. 10 y se prolonga hasta el final; pero ahora el punto de mira generalmente es distinto a todo lo anterior por su color nacional y particularista.

En Sab 11-19 (exc. 13-15) Israel idealizado es el pueblo de los justos (11,14; 12,9.19; 16,17.23; 18,7.20) frente a Egipto, pueblo de los impíos (11,9; 16,16.18.24; 17,2; 19,1.13). Dios protegerá al pueblo oprimido y castigará al opresor, y así restablecerá la justicia en la historia.

también en él descubrimos el binomio justicia - injusticia. Desde una nueva perspectiva, que empalma con el contexto anterior inmediato, se expone la doctrina sobre la idolatría. En Sab 12,24-27 se insiste notablemente en el error en el que incurrieron los egipcios al tener por dioses animales despreciables y se habla de reconocer y de no querer conocer al verdadero Dios. El problema que presenta la idolatría no es el de la negación de la existencia de Dios, sino el del desconocimiento de Dios. El idólatra identifica neciamente a Dios con lo que no es Dios, por lo que degrada a Dios mismo y, consiguientemente, a la naturaleza y al hombre, cuya gloria está en reconocer a Dios en las criaturas y en ser él mismo su imagen.

El inmenso error de los idólatras, al confundir a Dios con lo que no es Dios, va a tener consecuencias funestas en todos los órdenes, especialmente en el moral.

En Sab 14,22ss saca el autor a la luz del día lo más odioso de una sociedad corrompida, que se fundamenta en el error y en la ignorancia acerca de lo divino y de lo más noble del hombre: la injusticia está a la orden del día. El autor, sin embargo, no ha perdido la esperanza: la justicia será restablecida aunque sea por medio de la dike o justicia vindicativa en la historia (cf. Sab 14,31). El pasaje nos remite a la Primera parte del libro y, al mismo tiempo, prepara el final esperanzador del tratado sobre la idolatría, pues «conocerte a ti (Dios nuestro) es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad» (Sab 15,3).

El pequeño tratado sobre la idolatría confirma, por tanto, la importancia del binomio justicia - injusticia. A todo género de idólatras alcanza el juicio condenatorio de Dios y de toda mente sana, pues la idolatría es la manifestación más notoria de la necedad (no sabiduría) y una fuente perenne de injusticias, al eliminar de la vida personal y social el fundamento razonable para actuar con rectitud y justicia: Dios, garante del respeto y de la dignidad del hombre, y al sustituirlo por un ser u objeto, fruto del capricho humano.

Conclusión. Ante la estructura esquemática de todo el libro se observa con claridad que las tres partes de que consta se relacionan estrechamente. Del enfrentamiento particular entre el justo y los injustos de la Primera parte (Sab 1,1-6,21) se pasa a la epopeya nacional o lucha del pueblo de Dios (los justos) con sus enemigos (los malvados): Tercera parte (Sab 10-19). A favor de los primeros y en contra de los segundos está abiertamente Dios, que es justo, y la creación entera. La Sabiduría tema de la Segunda parte (Sab 6,22-9,18), es el único medio que tienen los gobernantes para aprender qué es lo justo y conveniente en el gobierno de los pueblos, cómo se ejerce la justicia y cómo se garantiza su defensa. De esta manera podrán ellos responder con gallardía a sus gravísimas obligaciones y salir absueltos del tribunal insobornable de Dios, ante el cual han de comparecer.

5.5. Recapitulación

El libro de la Sabiduría es una relectura del Antiguo Testamento hecha por un judío de la diáspora en los albores de la era cristiana. Lo que en verdad le interesa al autor no es recordar la historia pasada de su pueblo, porque es muy bella y porque es historia, sino porque en esa historia descubre la manera de ser y de actuar de Dios, en el que creía su pueblo y él también cree. Vista de este modo la historia: en sentido restringido, de historia del pueblo de Israel, y en sentido amplio, de historia universal de todos los pueblos, la historia se convierte en maestra de vida para el que la sabe interpretar. El creyente descubre la presencia de Dios en todos sus recovecos, y aprende que Dios le habla a través de todos los acontecimientos palabras de aliento y de esperanza. Porque él es Señor de ella, como lo es de la creación.

Dios promete la victoria final, escatológica, a los individuos (Primera parte) y a los pueblos (Tercera parte), aunque unos y otros tengan que padecer y sufrir derrotas parciales que, a los ojos profanos, parecen definitivas. Dios es educador y maestro de los que confían en él, individuos y pueblos, lo mismo cuando castiga que cuando premia. Los que se afanan por descubrir su voluntad y por seguirla, obedeciendo sus leyes, participan de la Sabiduría. Ella los convierte en justos, amigos de Dios, profetas y reyes (Segunda parte). Los que se olvidan de Dios y siguen sus propios criterios se hacen a sí mismos norma suprema de justicia. De esta manera pervierten el orden de los valores

humanos y divinos, se convierten en malvados, impíos, idólatras y, por lo tanto, en reos de lesa divinidad y humanidad. No importa el nombre que se le dé a las doctrinas impías o a los ídolos que el hombre se forje, pues cada tiempo tiene los suyos, también el nuestro. Dios es el único salvador del hombre (cf. Sab 16,7); pero lo hace a su manera, no anulando al hombre, sino devolviéndole su dignidad y haciendo que el hombre se salve a sí mismo y a los demás (Sab 6,24).

Como resumen final valga una palabra de Isaías y otra de Pedro, el apóstol: «Yo, yo soy el Señor, fuera de mí no hay salvador» (Is 43,11); «La salvación no está en ningún otro (que en Jesús), pues bajo el cielo no tenemos los hombres otro diferente de él al que debamos invocar para salvarnos» (Hech 4,12).

XI