El libro de Job
3. El Job rebelde
3.4. Job no encuentra sentido a su vida
Job ha perdido todo lo que llenaba y daba sentido a su vida: familia, bienes, salud, honor en la sociedad. El presente es horroroso:
«Por alimento tengo mis sollozos y mis gemidos desbordan como agua. Lo que más temía me sucede,
lo que más me aterraba me acontece: vivo sin paz, sin calma, sin descanso, en puro sobresalto» (3,24-26).
Hasta el mismo Dios, que hasta ahora había sido su amigo, le es hostil. Para Job el gusto por la vida es nulo: «Estoy hastiado de vivir» (10,1; cf. 7,1). El futuro es aún peor que el presente: Job «no encuentra camino... Dios le cerró la salida» (3,23); en el horizonte sólo se otean tinieblas y el sin sentido de la muerte. ¿Qué sentido puede tener en estas circunstancias seguir viviendo? Ninguno. Por
esto surgen en el alma de Job los sentimientos más destructivos. a. Maldiciones de Job
La vida es el bien más preciado que poseemos y la condición de posibilidad de todos los bienes del hombre.
A Job le es tan pesada la existencia que la aborrece, la odia; por eso maldice el día en que nació y la noche en que fue concebido, todo momento de su existencia:
«Entonces Job abrió la boca y maldijo su día diciendo: ¡Muera el día en que nací,
la noche que dijo: "Han concebido un varón"! Que ese día se vuelva tinieblas,
que Dios desde lo alto se desentienda de él, que sobre él no brille la luz,
que lo reclamen las tinieblas y las sombras, que la niebla se pose sobre él,
que un eclipse lo aterrorice;
que se apodere de esa noche la oscuridad, que no se sume a los días del año,
que no entre en la cuenta de los meses que esa noche quede estéril
y cerrada a los gritos de júbilo, que la maldigan los que maldicen el día, los que entienden de incitar al Leviatán; que se velen las estrellas de su aurora, que espere la luz y no llegue,
que no vea el parpadear del alba;
porque no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria» (3,1-10).
Para Job la vida es sufrimiento permanente (cf. 3,10. 20), que borra de la memoria los muchos o pocos momentos felices que, de seguro, ha experimentado en su vida anterior y por los que normalmente se cree que vale la pena vivir. Job, sin embargo, hasta desea no haber existido. Con una expresión muy atrevida lamenta no haber sido «un aborto» que ahora estaría enterrado, prefiriendo así las tinieblas a la luz:
«¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo
y unos pechos me dieron de mamar?... Ahora sería un aborto enterrado,
una criatura que no llegó a ver la luz» (3,lis.16). b. Job ansia la muerte
Según una concepción antigua y muy extendida, la muerte es como un sueño del que no se despierta nadie. Es una imagen del descanso, de la paz, ¡la paz de los muertos! (cf. 3,13-19). Job sufre lo indecible y desea librarse de este dolor que perfora su alma y su cuerpo (cf. 7,15). Nada mejor para ello que morir: «¿Ojalá me desvaneciera en las tinieblas y velara mi rostro la oscuridad!» (23,17; cf. 3,2 Is). Con todo, a Job ni siquiera le viene a las mientes la idea del suicidio; todo lo somete a la disposición del Señor:
«Ojalá se cumpla lo que pido y Dios me conceda lo que espero: que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón mi trama.
Sería un consuelo para mí» (6,8-10; cf. 10,20b).
Es tan fuerte esta fe y confianza en Dios -su adversario, su enemigo, su verdugo— que, sacando fuerzas de flaqueza, robustece el instinto casi extinguido de conservación, y le hace gritar desde el fondo de su alma:
«"Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo: después de que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios;
yo mismo lo veré, no como extraño, mis propios ojos lo verán".
¡El corazón se me deshace en el pecho!» (19,25-27).
Este ver a Dios con los ojos no se refiere a una visión directa de Dios más allá de la muerte, sino a una experiencia nueva de Dios, como aquella de la que se habla en 42,5.
3.5. Job y los amigos
Los amigos de Job, «al enterarse de la desgracia que había sufrido, salieron de su lugar y se reunieron para ir a compartir su pena y consolarlo» (2,11). Ellos representan el modo de pensar
tradicional sobre Dios y su gobierno del mundo, sobre el hombre y la causa de sus males: sobre la retribución. Puestos en su lugar, es normal que se escandalicen de la reacción que Job manifiesta ante la prueba, especialmente de su manera de hablar de Dios y con Dios. Por esto se sienten en la obligación de defender a Dios y de acusar a Job, proponiendo las enseñanzas de la tradición frente a las atrevidas novedades de Job.
a. Enseñanzas de los amigos de Job
Los amigos de Job creen erróneamente que él habla en contra de los atributos estrictamente divinos. Así oímos a Bildad que se interroga: «¿Puede Dios torcer el derecho o el Todopoderoso torcer la justicia?» (8,3). El mismo Bildad canta la grandeza de Dios, reflejada en la creación (cf. 25,1-6; 26,5-14), y su perfección inabarcable:
«¿Pretendes sondear a Dios
o abarcar la perfección del Todopoderoso? Es más alta que el cielo: ¿qué vas a hacer tú?; es más honda que el abismo: ¿qué sabes tú?; es más larga que la tierra
y más ancha que el mar» (11,7-9).
Lo que Job manifiesta una y otra vez es su incapacidad de comprender cómo la bondad, la
justicia, la imparcialidad de Dios se pueden compaginar con las enseñanzas de los sabios acerca de la retribución de Dios a justos y malvados. En este punto son irreconciliables las actitudes de Job, y de sus amigos. Frente al grito rebelde de Job, las enseñanzas domesticadas y tradicionales de los amigos.
Como principio general pueden valer las palabras de Elifaz: «¿Recuerdas un inocente que haya perecido?
¿Dónde se ha visto un justo exterminado? Yo sólo he visto a los que aran maldad y siembran miseria, cosecharlas» (4,7s). «¿No sabes que es así desde siempre,
desde que pusieron al hombre en la tierra?» (20,4). «Todo esto lo hemos indagado y es cierto:
escúchalo y aplícatelo» (5,27).
«Pregunta a las generaciones pasadas, atiende a lo que averiguaron tus padres; nosotros somos de ayer, no sabemos nada; nuestros días son una sombra sobre el suelo. Pero ellos te instruirán,
te hablarán con palabras salidas del corazón» (8,8-10).
De aquí se deduce que si Job sufre, será porque es culpable. De hecho los amigos acusan a Job en general:
«¿Acaso te reprocha el que seas religioso o te lleva a juicio por ello?
¿No es más bien por tu mucha maldad y por tus innumerables culpas ?» (22,4s). Acusaciones más concretas también las hacen:
«Tú destruyes aun el temor de Dios y eliminas la oración;
y adoptas el lenguaje de la astucia. Te condena tu boca, no yo;
tus labios atestiguan contra ti» (15,4-6; cf. v.13).
Hasta cierto punto se comprende que acusen a Job de pecados verbales, pero no es comprensible que los amigos hablen tan crudamente de las supuestas injusticias de Job con los pobres y desvalidos:
«Exigías sin razón prendas a tu hermano, arrancabas el vestido al desnudo,
no dabas agua al sediento y negabas el pan al hambriento.
Como hombre poderoso, dueño del país, privilegiado habitante de él,
despedías a las viudas con las manos vacías,
hacías polvo los brazos de los huérfanos» (22,6-9).
Estas acusaciones son manifiestamente falsas, ya que la conducta de Job nunca fue ésa. Job recuerda nostálgicamente los tiempos pasados, antes de la prueba:
«Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda; de justicia me vestía y revestía, el derecho era mi manto y mi turbante. Yo era ojos para el ciego,
era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido» (29,12-16).
Con juramento solemne Job mismo confiesa todo lo contrario de las acusaciones: «Si negué al pobre lo que deseaba
o dejé consumirse en llanto a la viuda, si comí el pan yo solo
sin repartirlo con el huérfano... si vi al vagabundo sin vestido
y al pobre sin nada con que cubrirse, y no me dieron las gracias sus carnes, calientes con el vellón de mis ovejas; si alcé la mano contra el inocente cuando yo contaba con el apoyo del tribunal,
¡que se me desprenda del hombro la paletilla y se me descoyunte el brazo!» (31,16-22).
Consecuentes con su doctrina, los amigos de Job ven con claridad cuál es la solución al problema de Job. En primer lugar, acudir a Dios y ponerse en sus manos: «Yo que tú acudiría a Dios para poner mi causa en sus manos» (5,8). Después la conversión sincera: «Reconcíliate y ten paz con él» (22,21a; cf. 11,13s). La restauración por parte de Dios se ve como una consecuencia lógica de lo anterior:
«Pero si tú madrugas por buscar a Dios y suplicas al Todopoderoso,
si te conservas puro y recto,
él velará por ti y restaurará tu legítima morada; tu pasado será una pequeñez
comparado con tu magnífico futuro» (8,5-7; cf. 11,15-19; 22,21b-30). b. Respuesta de Job a los amigos
La firme personalidad de Job se manifiesta en los momentos de la dura prueba ante Dios, como ya hemos visto, y frente a las torcidas acusaciones de los amigos. Job no cede ante la presión verbal de los interlocutores importunos, aunque está dispuesto a escuchar:
«Instruidme, que guardaré silencio; hacedme ver en qué me he equivocado. ¡Qué persuasivas son las razones verdaderas! Pero ¿qué prueban vuestras pruebas?» (6,24s).
Pero ellos no le ofrecen soluciones válidas; su actitud es la de sabios engreídos (cf. 12,2), que sólo repiten palabras vanas y falsas:
«Lo que sabéis vosotros yo también lo sé, y no soy menos que vosotros.
Pero yo quiero dirigirme al Todopoderoso, deseo discutir con Dios,
mientras vosotros enjabelgáis con mentiras y sois unos médicos matasanos.
¡Ojalá os callarais del todo, eso sí que sería saber!
Por favor, escuchad mi defensa, atended a las razones de mis labios; ¿o es que intentáis defender a Dios con mentiras e injusticias?
¿Queréis ser parciales a su favor
o haceros abogados de Dios?» (13,2-8; cf. 16,2).
Aunque Job pecara, los amigos deberían ayudarle; sin embargo, lo que hacen con sus reprimendas es, además de ultrajarle, afligirle más:
«¿Hasta cuándo seguiréis afligiéndome y aplastándome con palabras?
Ya van diez veces que me sonrojáis
y me ultrajáis sin reparo» (19,2s; cf. 21,34).
Pero Job es inocente. Aquí la palabra de Job es firme como una roca: «Escuchad atentamente mis palabras,
prestad oído a mi discurso: he preparado mi defensa
y sé que soy inocente» (13,17s; cf. 6,28-30). Su figura es gigantesca como una montaña:
«¡Lejos de mí daros la razón!
Hasta el último aliento mantendré mi honradez, me aferraré a mi inocencia sin ceder:
la conciencia no me reprocha ni uno de mis días» (27,5s).
El autor tiene el máximo interés en que Job aparezca como el hombre justo que no sabe por qué Dios le hace sufrir. Este hombre justo es además un incomprendido por los que se consideran portavoces de la tradición y guardianes de la ortodoxia. Se ha creado así una gran tensión dramática. Si Job es inocente de verdad, Dios parece injusto. ¿Dónde está la solución de este nudo gordiano?
¿Cuáles van a ser las respuestas a las preguntas de Job, que son las mismas de la humanidad histórica doliente? Tendremos que esperar a que Dios hable desde la tormenta. Mientras tanto, ¿qué podemos decir de Elihú?
c. El personaje Elihú
Elihú es un nuevo personaje que ni ha sido presentado anteriormente ni se le recuerda después de su actuación. No dialoga con Job, con cuya actitud y modo de pensar no está de acuerdo; ni tampoco aprueba plenamente el proceder de los tres amigos.
El autor de Job 32-37 parece que ha querido poner las cosas en su sitio, pues está plenamente convencido de que ni los amigos de Job ni Job han hablado correctamente de Dios: los tres amigos, «al no hallar respuesta, habían dejado a Dios por culpable» (32,3) y Job, «que bebe sarcasmos como agua» (34,7), «al pecado añade la rebelión... y multiplica sus palabras contra Dios» (34, 37). Elihú tiene que salir «en defensa de Dios» (36,2), que es justo: «¡Lejos de Dios la iniquidad, del Todopoderoso la injusticia!» (34,10; cf. 36,23; 37,23).
Las soluciones que propone Elihú van en la línea del pensamiento tradicional sobre la retribución: «Dios paga al hombre sus obras, lo retribuye según su conducta; ciertamente Dios no obra el mal, el Todopoderoso no tuerce el derecho» (34,1 Is; cf. 34,19-30; 36,5-14). Elihú insiste en la trascendencia divina; Dios está muy por encima de nuestras luces y posibilidades, su trascendencia es absoluta: «Dios es sublime, no lo entendemos» (36,26), «Dios es más grande que el hombre» (33,12).
Por todo esto Job es digno de reproche, no ha guardado la justa medida, el equilibrio. Su conducta es más bien la de un malvado (cf. 34,7s.35-37; 35,16; 36,17); su pecado es de soberbia, ya que la actitud correcta ante Dios es la de humildad y de respeto: «No podemos alcanzar al Todopoderoso: sublime en poder, rico en justicia, no viola el derecho. Por eso lo temen todos los hombres y él no teme a los sabios» (37,23s; cf. 34,3 Is).
Job 32-37 se parece muy poco al poema. En Job 32-37 no habla el hombre atribulado, sino el sabio piadoso de escuela, un tanto escandalizado por la actitud y las palabras atrevidas de Job. Lo que para Elihú es pecado de rebelión, para Job no es más que el desahogo del corazón destrozado ante Dios que sabe que le escucha y del que espera una respuesta que despeje o, al menos, ilumine sus tinieblas. El autor que está detrás de Elihú no ha captado la fe profunda del hombre que sufre y se lamenta libremente ante Dios misterioso, que esconde su rostro y calla y deja que sus fieles sean devorados por el dolor y la injusticia. Y porque cree que Dios es Señor de la historia, por eso le atribuye las injusticias de esa misma historia. En Job no habla el teólogo, sino el hombre roto y deshecho, pero creyente. Por todo esto, los discursos de Elihú restan fuerza dramática a las preguntas de Job y a la respuesta del Señor.
Job no responde a Elihú, porque no conoce sus razonamientos; con todo, no hay motivos para pensar que Job hubiera cambiado la posición que ha mantenido ante los tres amigos, si hubiera conocido los discursos de Elihú.