Intencionadamente el título del capítulo es amplio y genérico, de ninguna manera impreciso. Como se advierte con su sola lectura, dos son los puntos de referencia, a saber: la Sabiduría antigua y el Orden en el mundo. Tarea nuestra será la de exponer sucesivamente lo que entendemos por una y por otro a la luz en gran parte de lo que ya sabemos.
1. Sabiduría antigua o internacional
En este momento por Sabiduría entendemos un sistema de valores, una comprensión total del mundo por parte del hombre. Abarca al hombre mismo y su mundo referencial, es decir, sus relaciones con el ámbito de lo divino, de lo humano y del mundo material que lo rodea.
La Sabiduría antigua es aquella que precede temporalmente a la Sabiduría en crisis (la de Job y Qohélet): la visión de la realidad que la constituye es simple e ingenua y no pone signos de interrogación o de duda allí donde no llega la comprensión de la razón humana. Por esto mismo, el hombre que vive según la Sabiduría antigua cree tener de la realidad que le rodea un conocimiento firme, seguro, sin fisuras, comparable a una piedra de granito.
Esta Sabiduría antigua es común a los pueblos del Oriente Próximo y Medio, que conocemos por los testimonios escritos, incluido Israel. Con toda justicia se llama Sabiduría internacional, pues para ella no existen fronteras de ninguna clase: ni locales, ni sociales, ni culturales, ni religiosas, etc. Las razones que fundamentan esta apreciación las presentamos en los párrafos que siguen.
2. El hombre, medida de todas las cosas
medida de todas las cosas, sin que por eso se convierta automáticamente en un sustituto de la divinidad?
2.1. Antropocentrismo religioso de los Sabios
En el mundo sapiencial generalmente el punto de partida y el de llegada es el mismo, a saber: el hombre. La experiencia humana -observación y reflexión— es fuente y origen de sabiduría. La Sabiduría misma y sus frutos enriquecen al hombre que, por esto mismo, es y se dice Sabio.
No se trata, sin embargo, de un círculo cerrado al modo de una concepción filosófica puramente inmanente del hombre, puesto que la Sabiduría antigua jamás niega la trascendencia divina. En este medio no se concibe al hombre desligado de Dios: el hombre esencialmente es religioso, religado y relacionado con Dios. Además prevalece una visión positiva de las posibilidades teóricas y prácticas del hombre. El mundo, según se cree, está hecho a la medida y al alcance del hombre; por esto se proclama el señorío del hombre sobre todas las cosas, sin que por ello mismo el hombre sea proclamado el ser absoluto y supremo en abierta competencia con Dios. En este sentido, y sólo en éste, aceptamos la sentencia de Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas», pues él siempre será el punto de referencia de todo, también de las relaciones con Dios: antropocentrismo religioso, en contraposición a la visión de los Profetas y de los Apocalípticos: teocentrismo. Dicho de otra manera: según la concepción de los Sabios, el hombre busca a Dios; según la de los Profetas, Dios busca al hombre. Por esta causa la racionalidad es la norma para los Sabios y la revelación para los Profetas.
2.2. El hombre, imagen de Dios y señor de todas las cosas
En el mundo antiguo -el mundo de la Sabiduría antigua— los Sabios creen en Dios (en los dioses), sin que apenas surjan verdaderos problemas o dudas serias acerca de su existencia. Más adelante, en plena crisis de la Sabiduría, sí se interrogará, y mucho, sobre la intervención de Dios en la vida e historia de los individuos y los pueblos.
A los Sabios, en general, les es familiar la fe en Dios, creador del mundo y también del hombre. Según la terminología del Génesis: «El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios». ¿Significa esto que el autor sagrado piensa en Dios como en un ser material, bípedo..., como el hombre? De ninguna manera. Eso sería convertir a Dios en un ídolo, cosa abominable para un israelita. La misma Escritura nos ayuda a que la comprendamos. Leemos en Sal 8:
«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que te ocupes de él?
Lo hiciste poco menos que un dios, lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8,57).
Subraya el salmista la grandeza del hombre, su gloria •y dignidad, por encima de todo lo creado. Jesús Ben Sira se hace eco de las palabras del Salmo y también de Gen 1,26-27:
El Señor «dio al hombre dominio sobre la tierra; lo revistió de un poder como el suyo
y lo hizo a su propia imagen» (Eclo 17,2s).
El autor del libro de la Sabiduría nos da, por último, la más avanzada interpretación de Gen 1,26s: «Dios creó al hombre para la incorrupción
y lo hizo imagen de su propio ser» (Sab 2,23).
El ser imagen de Dios manifiesta el ser personal del hombre, ser libre y responsable, capaz de establecer un diálogo con Dios; cualidades todas que distinguen al hombre de todos los demás seres de la creación. Sólo del hombre se dice que ha sido creado a imagen y semejanza de su Creador; por
esto, sólo él puede ser lugarteniente suyo en la tierra, mostrando su señorío sobre todo cuanto existe, pues así lo dispuso el mismo Señor del hombre y de todo lo demás.
Pero ¿cómo debe ejercer el hombre este señorío y dominio sobre el mundo? ¿Hay algo en el mundo que el hombre deba respetar y a lo que él deba someterse? A estas o similares preguntas respondemos en el apartado siguiente.
3. El Orden en el mundo
En las reflexiones que siguen procuramos mantenernos en el mismo punto de observación que los antiguos. Observamos el mundo exterior que nos rodea, mundo imponente, majestuoso, insondable en la profundidad del cielo lejano, firme y estable en las montañas más cercanas. Todo lo observamos con nuestros propios ojos, sin ayuda de los ingenios inventados por el hombre moderno y contemporáneo.
3.1. Descubrimiento del orden en la creación: el cosmos
Sabemos ya que los Sabios antiguos formulan el conocimiento adquirido, arrancado golpe a golpe de la realidad, en frases y sentencias que llamamos proverbios. Muchos de ellos expresan el orden, el ritmo de la naturaleza y del tiempo (cf. Prov 25,13s.23.25; 26,1; ...). La misma expresión artística de la sentencia es una forma de ordenar y dominar la realidad. El observador Qohélet lo ha expresado como ninguno:
«Una generación se va, otra generación viene; mientras que la tierra permanece para siempre. Sale el sol, se pone el sol,
jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. Camina al sur, gira al norte,
gira y gira y camina el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos caminan al mar y el mar no se llena;
adonde los ríos caminan
hacia allí vuelven ellos a caminar...» (Qoh 1,4-11).
El paso de las generaciones, el movimiento de las estrellas, el fluir monótono de las aguas y de la historia nos manifiestan un mundo ordenado, un auténtico cosmos.
Alguno propone como categoría básica de todo el pensamiento del Próximo Oriente antiguo «el orden del mundo». Ciertamente la concepción de un mundo bien ordenado pertenece al patrimonio de la Sabiduría antigua y no es original de Israel. En Egipto se identifica con la Maat, principio divino, cuyo influjo en el medio ambiente sapiencial es reconocido y directamente relacionado con la creación del mundo. En Israel la Maat es sustituida por la presencia y acción directa de Dios, que es el Señor de la creación, o simplemente por la Sabiduría que todo lo invade y penetra (cf. Eclo 1,9; Sab 1,7). El hombre puede descubrir con su actividad sapiencial esta presencia activa de Dios en el mundo (cf. Sab 13,1-9), aun reconociendo el misterio que oculta esta presencia y las fronteras o límites de la sabiduría humana.
3.2. Del orden cósmico al orden moral en la vida humana
La concepción de la vida en los antiguos es unitaria. El principio originario del orden en el mundo y en la sociedad es el mismo. Fuera de Israel, a este supremo principio de orden -llámese Necesidad, Fatum, Némesis, Moira, etc.- están sometidos los hombres y los dioses. En este punto, Israel se distingue de todas las corrientes ideológicas dominantes en el Oriente Próximo antiguo, incluido el mundo helenístico. La personalidad de su Dios Yahvé no permite confusión alguna con principios impersonales; su soberanidad es absoluta, está libre de cualquier ligamen o necesidad extraña: él es el Señor.
Al pesimismo de los antiguos, inherente a la concepción fatalista del mundo y de la existencia humana, se opone el moderado optimismo de la Sabiduría, que concede al hombre un espacio de libertad. Este espacio, más o menos amplio, es el que se supone en los pasajes donde se aplica a la vida individual y colectiva el principio vigente del orden en el mundo. El hombre debe ordenar moralmente su vida según el modelo establecido por Dios en su creación y percibido por el hombre en su corazón. El sabio es, precisamente, aquel que consigue realizar en sí mismo la armonía preexistente en la creación.
El orden en la sociedad, reflejo del originario en el mundo, se ha de respetar también, porque se cree que es expresión de la misma voluntad divina. Por esto el rey, representante de Dios entre los hombres y garante de la observancia de la ley, es persona sagrada.