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Bloque social dominante y dinámica de acumulación

disputa hegemónica y dinámica de acumulación en Argentina bajo la alianza Cambiemos

1. Bloque social dominante y dinámica de acumulación

Antes que una simple alternancia entre coaliciones políticas de distinto signo, el recambio presidencial derivado del triunfo electoral de la alianza Cam- biemos en noviembre de 2015, dio cuenta de la consolidación de un nuevo blo- que social de poder dominante, conformado por el capital financiero y el capi- tal extranjero (siendo la primera de estas fracciones la que devino en dirigente durante esta etapa), junto a la burguesía agropecuaria y los grupos económicos locales.6 Como intentaremos mostrar, su inserción estructural, así como sus ob-

jetivos e intereses comunes orientan la direccionalidad de la intervención estatal desplegada por la administración de Cambiemos, especialmente el conjunto de su política económica.

Al mismo tiempo, considerado en perspectiva histórica, entendemos que el objetivo estratégico de este bloque de fuerzas y las políticas desplegadas en estos años se inscriben, con modalidades y características propias, en el marco de un proyecto refundacional de mayor alcance: aquel que orientó a la última dictadu- ra cívico-militar en nuestro país, profundizado fundamentalmente mediante las reformas estructurales introducidas durante la década de 1990. Como entonces, hoy el bloque dominante procura instituir un conjunto de transformaciones y condicionamientos que profundicen nuestra condición dependiente, con el an- helo de volverla irreversible.

Creemos que esta clave posibilita comprender el alcance de las significa- tivas coincidencias entre la dinámica económico-política de la etapa actual y la que caracterizó al período 1976-2001; coincidencias que exceden las sugerentes similitudes de buena parte del conjunto de políticas aplicadas, los fundamentos conceptuales en los que abrevan y los argumentos bajo los cuales se presentan en el debate público. Desde nuestro punto de vista, por su mayor relevancia explicativa cabe resaltar centralmente la correspondencia que existe entre las frac-

6 Cabe resaltar que estas fracciones del capital integraron el bloque social dominante en nuestro

país entre los años 1976 y 2001 pero con una jerarquía interna y liderazgos diferentes. En efecto, en aquella etapa la burguesía agropecuaria y el capital financiero fueron socios en un bloque en que la dirección política fue ejercida por la oligarquía diversificada; función dirigente que se acompasó, durante la mayor parte de ese largo periodo, con la predominancia económica al interior de la dinámica de acumulación (Basualdo, 2001). En ese sentido, el carácter “novedoso” que señalamos pretende destacar tanto el cambio operado en relación a la etapa inmediata anterior, como el rol dirigente asumido actualmente por el capital financiero internacional.

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ciones del capital que integran el bloque de poder dominante, la imposición de la valorización financiera como patrón de acumulación y la primarización de la estructura productiva resultante, al igual que el endeudamiento externo como mecanismo privilegiado de (re)distribución del excedente y condicionamiento estructural.

Sin embargo, tal como señalábamos hace un momento, la alianza Cam- biemos se inscribe dentro de aquel proyecto refundacional con características específicas. Dos de ellas nos interesan puntualizar aquí. En primer término, y en evidente contraste con la última dictadura cívico-militar, el bloque de cla- ses expresado en Cambiemos accedió al control del Poder Ejecutivo Nacional mediante elecciones libres y competitivas. En otras palabras, aun considerando el significativo deterioro del Estado de derecho y la institucionalidad democrá- tica que han signado esta etapa, dicho bloque de clases devino políticamente dominante en la medida que logró construir y articular una serie de consensos sociales, vinculados –central, aunque no exclusivamente– al diagnóstico de los principales “problemas económicos” nacionales, validándolos electoralmente en dos oportunidades.

Aún así, en cierto sentido, ello no entraña estrictamente una novedad, en la medida en que la valorización financiera impuesta por dicho bloque de poder mediante la última dictadura cívico-militar, aún con su carácter inherentemente regresivo y socialmente excluyente, se mantuvo como patrón de acumulación do- minante entre 1983 y 2001 bajo diferentes gobiernos electos democráticamente. En ese marco, la segunda característica específica que nos interesa destacar aquí es que, mientras durante dicho período la dominación de este bloque social requi- rió de la mediación del conjunto del sistema político y especialmente su estruc- tura de partidos tradicionales, actualmente aquella es ejercida de modo directo por las diferentes fracciones del capital que conforman el bloque dominante. Esta novedosa estrategia de representación directa a la que aludimos no refiere única ni principalmente a la pertenencia o la trayectoria previa que comparten, mayoritariamente, el nuevo elenco de funcionarios de primera línea al interior del gabinete nacional. Su alcance es más vasto y profundo ya que incluye la cons- trucción de una estructura partidaria orgánica y propia,7 en el marco de las pro-

fundas transformaciones que introdujo en el sistema político argentino la crisis de representación que inauguró el siglo XXI. Diseñada a partir de sus intereses, orientada por sus objetivos de conjunto y cimentada en torno a la programática neoliberal, dicha estructura permitió a las fracciones del capital hoy dominantes acceder –por vía electoral– a la conducción del gobierno central y a la coloniza- ción de posiciones estratégicas al interior del Estado, desde las cuales apropiarse

7 Inscripta en los registros electorales en 2005 e inicialmente nominada Compromiso para el

65 de rentas de privilegio y desplegar una embestida frontal contra la totalidad de la clase trabajadora.

Este elemento no solo debe ser destacado atendiendo a la ratificación elec- toral que Cambiemos obtuvo en las pasadas elecciones de medio término, cuan- do las principales políticas que expresaban su orientación estratégica habían sido ya instrumentadas; las contradicciones con su plataforma electoral inicial y sus compromisos durante la campaña presidencial eran ya evidentes; e incluso, sus consecuencias económicas y sociales comenzaban a ser palpables para las gran- des mayorías. Lo resaltamos aquí porque consideramos que la forma específica que asumió esta estrategia de representación directa es un elemento sustancial al intentar comprender tanto la vertiginosidad con la que se introdujeron, como la profundidad que alcanzaron el conjunto de transformaciones que alteraron radicalmente la dinámica de acumulación. Asimismo, dicha estrategia configuró el modo en que las contradicciones –secundarias– entre las distintas fracciones que conforman el bloque dominante, han sido y son procesadas a su interior; modalidad específica que, creemos, permite dilucidar tanto ciertas decisiones aparentemente erráticas en materia de política económica, como así también la configuración de la actual crisis y su desarrollo.

Dedicaremos entonces los próximos apartados de esta sección a presentar la unidad de intereses que articula al bloque social actualmente dominante, al- gunos rasgos centrales del proyecto hegemónico de mayor alcance en el que se inscribe, así como ciertas particularidades que instituye esta nueva modalidad de mediación política. Confiamos en que estos elementos permitirán enriquecer el análisis posterior de la política económica de la alianza Cambiemos, así como delimitar las razones principales que explican –según creemos– la inestabilidad creciente de la dinámica de acumulación imperante.

1. 1. El consenso de los intereses

Consideradas desde su inserción estructural, el capital financiero, el capital extranjero, la burguesía agropecuaria y la oligarquía diversificada comparten un conjunto de intereses comunes: un marco objetivo de coincidencias que surge de sus propias lógicas de reproducción ampliada en tanto fracciones del capital. Ello habilita la posibilidad de que se unifiquen con el propósito de imponer una de- terminada modalidad de acumulación: aquella que mejor se adecúe a la realiza- ción de dichos intereses; dinámica de acumulación que requiere, necesariamente, de formas específicas de intervención estatal.

En ese sentido un punto central a destacar es que los niveles de empleo y de salarios les son prácticamente indiferentes para su dinámica de reproducción, ya sea porque operan con prescindencia del volumen del mercado interno (como en el caso del conjunto del sector financiero y del sector transable, tanto agro-ex- portador como industrial); ya porque captan cuasi-rentas de privilegio (Notcheff,

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1994), bien por su control de mercados cautivos, en condiciones oligopólicas y bajo (des)regulaciones estatales que les favorecen (como en el caso del sector energético) o bien por su participación en lo que Schvarzer (1979) denomina como el complejo económico estatal-privado (tal es el caso de las constructoras contratistas del Estado). A diferencia de otras fracciones del capital cuya repro- ducción depende enteramente del consumo interno privado, la reducción de los salarios reales medidos en dólares –incluso por debajo de los niveles de subsisten- cia– configura un objetivo sustancial para estos sectores. No solo porque compri- me su estructura de costos e incrementa su tasa de plusvalor, sino –centralmen- te– porque la disminución de la participación del conjunto de asalariados/as en el ingreso nacional opera como condición de posibilidad de la apropiación de excedente que es consolidado como ahorro externo en dinero mundial (divisas), a través de la fuga de capitales.

Desde nuestro punto de vista, el núcleo de coincidencias objetivas que aca- bamos de presentar sucintamente ayuda a comprender, como adelantáramos, la direccionalidad global de la intervención estatal desplegada por Cambiemos, espe- cialmente el conjunto de su política económica. De allí que la devaluación, la libe- ralización financiera y del mercado de cambios, junto al endeudamiento externo, por ejemplo, hayan sido objetivos centrales y complementarios de política a partir de 2015. Igualmente debemos señalar que las fracciones del capital que integran el bloque dominante mantienen entre sí diferencias estructurales: contradicciones secundarias que, ante la debilidad relativa del conjunto de la clase trabajadora y las fracciones del capital subordinadas durante esta etapa, han cobrado especial relevancia. El principal ejemplo de ello son las tensiones en torno al nivel del tipo de cambio, recrudecidas a partir de mayo de 2018 cuando se desató la corrida cambiaria aun latente, manifestación más inmediata y evidente de la crisis actual.

Antes de avanzar en torno a estos puntos, quisiéramos presentar aquí otra dimensión del consenso de intereses que aglutina al bloque social dominante: aquella que excede sus coincidencias económico-corporativas, se proyecta como vocación hegemónica e inscribe a la alianza Cambiemos dentro del proyecto refundacional de mayor alcance al que referíamos. En este sentido considera- mos que, como en 1976, dicho bloque de fuerzas se encuentra unificado por un objetivo estratégico (destruir las bases sociales de cualquier alternativa de corte nacional-popular),8 que estructura –hoy como ayer– su programática ético-po-

lítica (neoliberal).9

8 Por cierto, por su carácter estratégico, este objetivo comprende múltiples dimensiones, que

se extienden desde el campo geopolítico hasta el epistemológico. Por razones de espacio y pertinencia no podremos precisarlas aquí.

9 Delimitamos aquí al neoliberalismo como una programática ético-política; es decir, un tipo

de proyecto con vocación hegemónica que, mediante la articulación de dispositivos discursivos y extra-discursivos, se orienta a instituir una forma particular de relación entre los sujetos y del

67 Interpelado en esta clave, el cambio, como noción que funcionó de nú- cleo central de articulación de sentidos al interior de la discursividad macrista desde sus inicios, adquiere nuevos alcances. No solo logró configurarse como un significante vacío –en los términos de Laclau y Mouffe (1987)– de creciente potencia electoral gracias, precisamente, a su indeterminación deliberada en tor- no a su orientación, su magnitud y sus implicancias.10 Aun cuando creemos que

estas eran previsibles, en su materialización a partir de 2015 aquella noción se especifica y adquiere así, desde nuestro punto de vista, una particular densidad y profundidad históricas: sintetiza un viejo proyecto bajo nuevas formas. Tal como sostienen Laval y Dardot (2013) en su análisis de la racionalidad neoliberal,

el conservadurismo ha cambiado de rostro y ha querido mostrarse como una «revolución» o una «ruptura» con el pasado en nombre de los va- lores de la modernidad. La nueva derecha ha querido presentarse como una fuerza anticonservadora y «antisistema», que tiene en sus manos el monopolio de la reforma y el cambio, aprovechando de este modo a su favor el descontento de las fracciones populares y recurriendo para ello a un populismo anti-élite y anti-Estado, a menudo teñido de xe- nofobia. Una de las constantes de la retórica de la nueva derecha ha consistido en movilizar la opinión contra los «derroches», los «abusos» y los «privilegios» de todos los parásitos que supuestamente pueblan la burocracia y viven a expensas de la sana población honrada y laboriosa. (2013, p.293)

sujeto consigo mismo. En este marco, la especificidad de la programática neoliberal importa para nosotros una concepción agregacionista de lo social, fundada en la interpelación al individuo como marco excluyente de referencia; un ethos fetichizado, que instituye la obligación de elegir bajo la forma de la libertad de elegir; una forma particular de racionalidad, estructurada en torno a la competencia; así como una modalidad singular de subjetivación, sintetizada en la figura del emprendedor –como voluntad artífice de sí– y orientada por la valorización indefinida; elementos que, asimismo, se encuentran «encastrados» –en el sentido propuesto por Polanyi– con la dinámica de valorización financiera del capital. Cabe señalar que esta propuesta de conceptualización recupera los significativos aportes de Laval y Dardot (2013), quienes definen al neoliberalismo como «razón global» –en sus dos sentidos: mundial y totalizadora–, aunque implica al mismo tiempo un conjunto de desplazamientos en relación al espacio categorial foucaultiano –y sus efectos teórico-políticos– en el que se sitúan estos autores, como hemos intentado precisar en otro trabajo (Saiz Bonzano, 2018).

10 “Somos argentinos convencidos de que el cambio que queremos para nuestro país es posible

y que podemos hacerlo realidad mirando hacia adelante juntos”; así inicia su presentación institucional Propuesta Republicana (PRO) en su página web, más que ilustrativa en este sentido (recuperado de: http://pro.com.ar). Igualmente, las consignas electorales de Cambiemos fueron formuladas apelando a múltiples generalizaciones (“unir a los argentinos”, “pobreza cero”, “revolución de la alegría”, etcétera), especial e intencionadamente imprecisas en relación a los instrumentos y las decisiones a adoptar para “alcanzar” esas metas.

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El cambio consiste así en una transformación abrupta y radical del Estado, la estructura productiva y la sociedad en su conjunto. Su objetivo estratégico no es otro que el que orienta al bloque social de poder que lo sustenta: “reorganizar la nación”, refundarla sobre nuevos cimientos; este es, según entendemos, el pro- pósito –oculto– de la “revolución de la alegría”. Se trata, en suma, de suprimir toda posibilidad de desarrollo nacional autónomo y subordinar de este modo, definitivamente, a sus principales protagonistas: el conjunto de los sectores po- pulares y, especialmente, el movimiento obrero organizado.

En la tarea de construir consensos mayoritarios en torno a este objetivo, destaca la insistente y recurrente coincidencia entre intelectuales y expertos orgá- nicos a las clases dominantes quienes, desde hace décadas, apuntan en una misma dirección al momento de encontrar las razones –económicas, sociológicas, polí- ticas, históricas– de “los males que aquejan a la Argentina desde hace 70 años”. Si tuviéramos que sintetizar sus conclusiones en una frase, bien podría ser la siguiente: “El problema de la Argentina tiene un nombre: se llama peronismo”.11

Coincidiendo con este diagnóstico, Federico Sturzenegger, primer presi- dente del Banco Central durante la gestión de Cambiemos y Secretario de Polí- tica Económica de la primera Alianza durante el fatídico año 2001, vincula los problemas del crecimiento económico con la inestabilidad política y afirma:

en el caso de Argentina esa inestabilidad está dada justamente por su configuración política con un partido relativamente importante que es el Partido Peronista, que hace que cuando están en el gobierno, en cier- to sentido, no tiene muchos controles justamente por esa preeminencia política [sic]. (Sturzenegger, 2017, p.54)

Una lectura apresurada de este diagnóstico parecería sugerir que “el Partido Peronista” es el principal obstáculo al que se enfrenta aquel proyecto refundacio- nal para alcanzar su objetivo estratégico. Sin embargo, dicha lectura no permite dimensionar los verdaderos desafíos que este afronta, ya que no se trata de lograr subordinar –solo– a un partido político.12 Antes bien, el problema se sitúa, según

11 La desembozada prosa de Ricardo Zinn en La segunda fundación de la República (1976),

resume esta tesis de modo paradigmático: “De 1943 a 1946 comienza la era demagógica a la que pronto se habrá de sumar el populismo y de esa fórmula lóbrega, populismo más demagogia, habrá de nacer la Argentina inválida que hemos heredado. La interminable fiesta permisiva, en la que los gobiernos peronistas declinaron su deber de conductores y elevaron a la categoría de conquista nacional el sometimiento de la responsabilidad del poder político por el capricho de la puerilidad populista, encerraba una trampa. Cuando un gobierno proclama que solo hará lo que el pueblo quiera, es porque ha encontrado las formas ocultas de domesticarlo para que quiera lo mismo que desea el gobierno” (Zinn, 1976, p.43).

12 De hecho, puesto en esos términos, debe señalarse que el bloque social dominante ha logrado

–en diferentes coyunturas, por diversos mecanismos y con distintos grados de profundidad– no solo subordinar parte de la estructura partidaria del justicialismo, sino incluso –actualmente– a un partido centenario con presencia territorial nacional como la Unión Cívica Radical.

69 la perspectiva de los sectores dominantes, en la propia configuración del sistema político y, más precisamente, en los “desbalances” y las “distorsiones” que –siem- pre desde su mirada– introdujo a su interior el peronismo: una lógica clientelar y prebendaria; un Estado sobredimensionado, tutelar y dirigista; etcétera. Es más: en términos de la construcción de hegemonía, el problema alcanza a las comple- jas y profundas solidaridades colectivas que la propia identidad peronista articula y expresa.

Es en torno al sentido profundo de este diagnóstico central y con la in- tención de convertirlo en una verdad extendida que, desde 1976 al presente, los intelectuales y expertos orgánicos a las clases dominantes han delineado discursi- vamente aquel proyecto refundacional. Así, “agotado el populismo”,

llegaba la hora de construir de modo definitivo una verdadera economía de mercado libre, en la cual los procesos de producción, distribución y consumo sean regidos por el mercado, espacio donde naturalmente y sin arbitrariedades políticas se define la asignación de recursos.

La construcción de la economía libre, sin embargo, no se agotaba para los intelectuales y expertos en sustituir el intervencionismo estatal por un Estado constructor de situaciones de mercado, sino que, al mismo tiempo, la contrainteligencia por ellos impulsada contra las concepcio- nes “colectivistas” tenía como finalidad iniciar una profunda recons- trucción ética y moral de la sociedad. (...) la construcción de una eco- nomía libre sobre la base de hábitos y pensamientos “colectivizados” y “colectivizantes” estaba destinada al fracaso, por ello, la transformación económica debía articularse con lo que el Ministerio de Economía di- rigido por Martínez de Hoz llamó, entre 1976 y 1981, “un cambio de mentalidad”. (...) Este suponía la construcción de un nuevo individuo, cuya subjetividad y racionalidad se estructurara sobre bases completa- mente diferentes a las anteriores. La ruptura con la cultura constituída por la industrialización y el peronismo significaba (...) la construcción de una subjetividad constituída por el cálculo individual, maximizador y eficiente, la competencia permanente y la persecución de una auto- superación (auto-valorización) indefinida. (Gerchunoff, 2018, pp.149-