CAPÍTULO
V
El mismo día que escribió a Felipe, Bernardino de Mendoza comunicó igualmente la muerte de María al gobernador general de su majestad en los Países Bajos, Alejandro Farnesio, duque de Parma. Pero la noticia había llegado ya hasta él y el duque de Parma, en su residencia invernal de Bruselas, estaba considerando la situación europea que afectaba al complejo problema militar de la rebelión holandesa. Entre los diversos factores integrantes había uno, exasperante, que resultaba inevitable. María Estuardo había cruzado la frontera y caído en manos de la reina inglesa precisamente el mismo año en que los descontentos habitantes de los Países Bajos se alzaron en armas contra el rey de España. Desde entonces, el esfuerzo realizado por el rey Felipe para reducir a la obediencia a sus rebeldes súbditos (incluyendo por supuesto la obediencia a la Iglesia romana) costó a España mucha sangre y dinero, destrozando la vida y la reputación de buena serie de capitanes y burócratas del rey. Periódicamente el problema se había ido complicando debido a la existencia de María Estuardo. Se ejercía presión sobre los capitanes del rey para que se emplease el ejército de los Países Bajos para liberar a la reina de Escocia y el temor de una intervención española empeoraba las relaciones con Inglaterra.
Cuando Alejandro Farnesio se reunió con su tío don Juan de Austria en los Países Bajos, en diciembre de 1577, el paladín aventurero vivía obsesionado por la idea de cruzar el estrecho, rescatar a la reina de Escocia y emprender seguidamente una marcha triunfal sobre Londres
para destruir a Isabel y restaurar la antigua fe. Para esta hazaña sólo podía existir una recompensa, y después de lo de Darnley y Bothwell, no parecía posible que María Estuardo se negase a contraer matrimonio con el héroe de Lepanto. La misión de don Juan era pacificar a los rebeldes habitantes de los Países Bajos y en los últimos meses de su vida, su éxito en tal sentido parecía tan lejano como de costumbre; no obstante, aunque España conservaba sólo unas pocas plazas diseminadas por el territorio, aunque su mal pagado ejército parecía listo para capitular y su jefe estaba casi moribundo, las ruedas de la conspiración que unía a Escocia, a los católicos ingleses, al Papa, a los Guisa y al rey de España para ayudar a la reina María y el rey Juan seguían funcionando. «Todos tienen el convencimiento», escribió don Juan a Felipe antes de tomar el mando, «de que el único remedio a los desórdenes de los Países Bajos es que alguien muy fiel a vuestra majestad gobierne Inglaterra. De lo contrario se producirá la ruina de estos países y la Corona acabará por perderlos.» Según parece, éste fue su punto de vista hasta el fin.
En marzo de 1587 su argumento parecía aún más sólido que una década antes. Las tropas inglesas pagadas por la reina se encontraban ya en los Países Bajos y la ayuda inglesa era, en opinión de la mayoría de políticos europeos y según el frecuente (aunque variante) manifiesto de los propios rebeldes, puntal principalísimo de la independencia holandesa. Porque con Alejandro de Parma la causa española en los Países Bajos comenzaba por fin a prosperar.
Tanto en diplomacia como en política, el duque de Parma demostró estar a la altura de su adversario más importante, el príncipe de Orange. En la guerra era, decididamente, primerísimo capitán entre todos los de su edad. Entre sus dotes militares, sus contemporáneos subrayaban, principalmente, el valor, el arrojo, la fuerza física, la prontitud para enfrentarse con el peligro y la disciplina a que sometía a sus hombres. Mas raramente hablaban de su rapidez y buen sentido para calcular el tiempo con que desarmaba a sus enemigos y a la paciencia y tenacidad con que se aferraba a un propósito una vez considerado que merecía la pena. Y casi nunca alababan sus enormes dotes para el análisis intelectual y la organización con las que elevaba el arte de la guerra a un nivel pocas veces alcanzado en el siglo XVI. El duque de Parma poseía un poco común sentido topográfico y si bien sus soldados se quejaban a menudo de trabajar más con la pala que con las picas, el de Parma sabía que desviando un río, rompiendo un dique o abriendo un nuevo canal podía conseguir los fines deseados mucho mejor que ganando una sangrienta batalla. Llevaba grabado en la mente un mapa estratégico de los Países Bajos y toda su intrincada red de comunicaciones por tierra y por agua de forma que, mientras los jefes anteriores —incluyendo al gran Alba y a Guillermo el Taciturno— vagaban por el terreno como colegiales beligerantes por un extraño bosque, el de Parma calculaba uno a uno todos sus movimientos y los controlaba mediante un elaborado, trabajado y ordenadísimo plan.
Entretanto, la heterogénea colección de mercenarios que recibía el nombre de «ejército español» se iba transformando en sus manos hasta alcanzar una potencia, una coherencia nuevas. Los pioneros, las fuerzas de asedio, se convertían en unidades profesionales conscientes y no despreciables auxiliares civiles. Formaciones dotadas de equipo distinto con diferente organización, diferente táctica, diferente idioma y diferente tradición militar —españoles, italianos, alemanes, valones— se convirtieron en un instrumento único que era casi utensilio de precisión. La infantería española había sido famosa —y temida— ya antes de nacer el de Parma y antes también de que su abuelo, Carlos V, oliese por primera vez la pólvora. Pero el irresistible ejército español —irresistible por ser profesional— debe gran parte de su leyenda y su subsiguiente fama al príncipe de Parma.
Con aquel ejército Alejandro Farnesio emprendió la sistemática conquista de una base adecuada en el Sur. Una tras otra, las importantes ciudades de Flandes y Brabante cayeron en su poder y cerca estaba ya de conquistar el gran puerto de Amberes, metrópoli comercial del Norte de Europa. Tras un sitio célebre por la lucha desesperada, la resistencia heroica y las hazañas de dirección —todo por ambas partes—, Amberes se rindió en agosto de 1585. Un año antes, en julio de 1584, un criminal fanático asesinó al príncipe de Orange en la escalera de su mansión de Delft. La muerte de Guillermo el Taciturno fue, para la causa holandesa, un golpe más grave que la pérdida de Amberes. El duque de Parma se dispuso a emprender la reconquista de Holanda y Zelandia. En España, el mejor informado ministro del rey aseguró a un subordinado que la última fase de la contienda no tardaría en ser iniciada.
Pero el asesinato del príncipe de Orange y la caída de Amberes consiguieron por fin arrastrar a Inglaterra para que interviniese en la guerra de Holanda. Inglaterra había ayudado a los holandeses —en materia económica y en voluntarios— lo suficiente como para ganarse el resentimiento español y los consejeros de Isabel consiguieron finalmente persuadirla de que un ejército español completamente triunfante al otro lado del mar del Norte podía representar un peligro demasiado importante. Isabel firmó un ambiguo tratado con Holanda mediante el cual se aseguraba el derecho de situar guarniciones inglesas en Brill y Flesinga, puertos desde donde, seguramente, lanzaría Felipe su ejército sobre Inglaterra en caso de proponerse la invasión. Antes de empezar la campaña de 1586 envió a los Países Bajos cinco mil soldados y mil caballos al mando del más conspicuo caballero de su corte, Roberto Dudley, conde de Leicester.
Acerca del ejército inglés (los soldados de Leicester, no los veteranos mercenarios que mandaba John Norris el Negro) existían opiniones diversas. Sus compatriotas decían que eran «un miserable grupo de vagabundos y pillos sin instrucción, sin armas y sin ropa adecuada». (Es cierto que algunos iban sólo armados de arcos y flechas y que hablando de su compañía un capitán había dicho «que sólo tres hombres tenían la camisa entera».) Los holandeses subrayaban que para el pillaje y el
alboroto no tenían rival. Pero el de Parma, cuando hubo medido su fuerza con ellos por vez primera, dejó de despreciarlos. El primer pelotón de infantería inglesa que fue diezmado permaneció durante dos horas en el resbaladizo y fangoso terreno de orillas del Mosa luchando contra las picas de los veteranos españoles sin que los rudos soldados ingleses se entregasen. La batalla de Wamsfeld, célebre en Inglaterra porque durante ella murió Philip Sidney, fue muy recordada por los soldados de los Países Bajos como demostración patente de que unos hombres con armadura, montados en pesados caballos y con las lanzas en alto, podían romper —y muchas veces derrotar— sus filas de caballería ligera y aun de soldados armados de pistola. El de Parma acabó por temer a la caballería pesada inglesa y el hecho de que en sus cálculos sobre las posibilidades de las plazas fuertes registrase la presencia de muchos ingleses en su guarnición demuestra que tampoco despreciaba sus armas.
En parte por los refuerzos ingleses, en parte por el dinero también inglés y en parte por el estímulo de todo ello en la moral de Holanda, la campaña del duque de Parma fue en 1586 menos triunfal de lo que se imaginara. Cierto que consiguió mantener libres sus líneas de avituallamiento y conservar Zutphen, pero el balance en las provincias del Norte no cambió con la llegada del invierno y sólo por sus dotes de rapidez y arrojo y por sus insuperables dotes intelectuales pudo el de Parma mantener la iniciativa ante unas fuerzas capaces —si las hubiesen conducido bien— de condenarle al hambre, sitiándole en Brabante. La intervención inglesa había trasladado el asalto a los territorios más extensos de Holanda y Zelandia, bastante alejados del cuadro de marcha del de Parma, de modo que éste, lógicamente, habría tenido que coincidir con la opinión de don Juan, quien decía que la plaza que era necesario conquistar para ganar la batalla de los Países Bajos era Inglaterra.
Si la idea no le entusiasmaba era, en parte, por no estar tan seguro de poder conquistarla como su tío lo estuvo en otro tiempo y en parte porque le interesaba más conquistar Holanda. En los documentos de Alejandro Farnesio abundan los detallados análisis de situaciones militares y políticas, no sólo referentes a concretos factores de geografía y economía, finanzas, logística y suministros, números, disciplina y armamento sino acerca de factores psicológicos, ambiciones y celos, temores y odios, lealtad individual y de grupos, en los suyos y en los del enemigo. Los únicos asuntos que jamás analizó sobre el papel, ni siquiera en las cartas a su madre, fueron los suyos personales. Pero cabe perfectamente pensar que sintiese una especie de instintiva lealtad hacia Holanda entera. Su madre había gobernado el país al igual que su ilustrísimo abuelo. Y él llevaba en aquella tierra más tiempo que en parte alguna. Por espacio de diez años los holandeses absorbieron su tiempo por completo.
Era arquitecto principal (así iba a reconocerlo el futuro) de la moderna Bélgica. La reconquista de las diez provincias del Sur de entre las diecisiete fue obra de su mano y de su cerebro. Pero era un trabajo todavía incompleto. En la nación que había sido en otro tiempo la más rica de Europa se pasaba ahora hambre. Los campos, que hollaban
demasiados ejércitos, sólo producían cizaña y zarzas. Las ciudades industriales aparecían descuidadas y casi vacías. En la Bolsa de Amberes, bajo la inscripción que todavía orgullosamente proclamaba estar abierta «a todo comerciante fuese cual fuese su tierra y su idioma» y en donde casi todos los países y los idiomas del mundo tuvieron un día su representación, algún joven empleado hablaba aún de la necesidad de socorrer a los desarrapados capitanes. En el gran puerto de la metrópoli las últimas carracas de carga seguían estacionadas, inmóviles en los muelles, y allí habían de seguir mientras que una escuadra holandesa bloquease la entrada del Escalda. No sólo la renovada riqueza y grandeza de las provincias recobradas sino, al parecer, su subsistencia dependían de que pudieran abrirse de nuevo las vías marítimas, terminando de esta forma con el alzamiento de Holanda y éste era —según lo que en sus manuscritos se entrevé— el gran objetivo del de Parma.
Cuando Felipe le pidió por primera vez su opinión con respecto a la empresa de Inglaterra, el duque de Parma dijo que para ganar algo incierto quizás incurrirían en una pérdida realmente grave, y le recomendó esperar. Existía el peligro, si el ejército que combatía en Holanda era trasladado a Inglaterra, de que los franceses invadiesen las indefensas provincias del Sur como en otras ocasiones intentaron hacer. Para un profesional como el de Parma, la idea de que sus reservas fuesen saqueadas y su base arrasada mientras él guerreaba en difícil campaña al otro lado del mar del Norte constituía una verdadera pesadilla. Aun confiando en el duque de Guisa y la Santa Alianza para cubrir su flanco y su retaguardia, había que considerar el problema de coordinar operaciones con la flota que llegase de España.
En otro tiempo el de Parma había acariciado la idea de una súbita incursión a través del canal realizada exclusivamente por sus tropas —en barcazas y protegidas por las sombras de la noche—. Antes de que nadie descubriese que habían abandonado Flandes ellos podían desembarcar en Inglaterra. Pero la posibilidad de tal sorpresa había pasado ya. Sólo con la protección de la escuadra podrían ahora sus tropas trasladarse a Inglaterra. Los holandeses eran dueños de las aguas azules, es decir de las vías marítimas demasiado anchas para ser obstaculizadas con cadenas o controladas por las baterías de tierra. La flota protectora sólo podía llegar de España. Y si se presentaba, ¿dónde albergarla? Hasta tomar Brill y Flesinga, el de Parma carecía de un puerto de aguas suficientemente hondas como para que embarcaciones grandes navegasen seguras en ellas; no tenía puertos que ofrecer a la flota que había de escoltarles para antes de cruzar el canal; ningún sitio donde los españoles pudieran refugiarse en caso de las tormentas del canal o si los cañones ingleses resultasen insoportables. Mientras que un creciente número de personas apremiaba a Felipe con la idea de dominar definitivamente a los rebeldes holandeses mediante la conquista de Inglaterra, el duque de Parma reafirmaba su opinión de que para invadir con éxito la isla había que contar con unos Países Bajos unidos.
El de Parma no estaba seguro de que la intervención inglesa acrecentase sus dificultades en el futuro mucho más de lo que en 1586 había conseguido. Aunque el conde de Leicester no resultase demasiado brillante en el campo de batalla, en la mesa del Consejo había demostrado ser genial para dividir, antagonizar y enfurecer a sus amigos. Consideraba que su rango servía perfectamente de contrapeso a su inexperiencia militar. Sin John Norris, el inflexible veterano inglés que se distinguió en la campaña de Guillermo de Orange y que debería haber sido la mano derecha del conde, tuvo que ser relevado de su cargo y volvió a Inglaterra refunfuñando que nunca más serviría bajo las órdenes de Leicester. El otro jefe militar importante del ejército holandés, el conde Hohenlo, un brutal y bravucón mercenario tan formidable en la lucha desesperada como excelente bebedor de turno, fue el más entusiasta campeón del conde cuando Leicester llegó a Holanda. Ahora, al cabo de unos meses, sus amigos temían que su relación con Leicester terminasen en sangre; de momento Hohenlo se contentaba con destituir a los oficiales del conde inglés, desalojar sus guarniciones y perseguir a todo holandés partidario suyo. Porque Leicester había vuelto a su patria. Sus asuntos personales en Inglaterra atravesaban una situación tan crítica como la de los Países Bajos y si bien era poco probable que conferenciando con su soberana hallase Leicester remedio para la situación de su fortuna personal y para las esperanzas que con respecto al extranjero concibió su país, podía al menos calmar la cólera de la única persona del mundo a quien temía de verdad. Tras él, marchó a Inglaterra una embajada de los Estados holandeses para quejarse de que en sus esfuerzos por intimidar a los ciudadanos holandeses a fin de que la guerra se llevase a cabo a su gusto, Leicester había promovido entre ellos diferencias faccionarias hasta el punto de que se temía una guerra civil.
El de Parma no ignoraba los hechos. Tenía informadores en todas las ciudades holandesas, en Londres e incluso en la propia corte de la soberana. Debía buena parte de su éxito a su precisa inteligencia y tenía buenas razonas para esperar que la intervención inglesa fracasara. Pero tenía una razón más poderosa aún para desestimar a los ingleses. Antes de marchar a Inglaterra, en noviembre, Leicester dejó a dos de sus capitanes, ambos católicos, al mando de dos importantísimas plazas en la línea de defensa holandesa, la recientemente conquistada ciudad de Deventer y el fortín de Zutphen, fortaleza construida para observar y bloquear a la guarnición española del propio Zutphen. Los holandeses protestaron enérgicamente. Estaban dispuestos a tolerar que los católicos romanos practicasen su religión —con lo cual lograban sorprender al puritanismo político del conde—, pero en manera alguna confiaban en los católicos para dejarles ejercer mando militar independiente en lugares de importancia vital. A todo ello, Leicester, altanero, respondió diciendo que de la lealtad de sus oficiales respondía, si era necesario, con su vida. Afortunadamente para él no hubo de responder así. El 28 de enero de 1587, sir William Stanley abrió las puertas de Deventer al ejército español
pasándose con sus 1.200 fieros soldados irlandeses a las filas de España. Aquel mismo día, Rowland York traicionó y entregó el fortín de Zutphen.
Por lo que se sabe de York, tuvo que pesar en su decisión tanto la ambición del dinero como la religión, pero sir William Stanley no era un traidor capaz de venderse. Procedía de una familia ilustre cuyo destino estuvo, desde antes de Bosworth, ligado a los Tudor. Había servido bien a la reina. Contaba con el afecto y la confianza de Leicester y se daba por cierto que sería sucesor del conde en los Países Bajos y Lord Comisario de la reina de Irlanda. Nada que le ofreciesen los españoles podía superar lo que sacrificaba con su traición, y según el de Parma aseguró a Felipe, en sus negociaciones nunca se habló de pago alguno. Stanley actuó según su conciencia. Como otros hombres en aquel siglo inquieto en que el choque de unas religiones rivales sobrepasaba la línea política, sir William Stanley tuvo que desgarrarse entre la lealtad a su patria y la fidelidad a su fe. Antes de la rendición de Deventer sabía que finalmente habría de decidirse y no ignoraba cuál sería su elección. Pocas semanas después de la rendición de Deventer ofreció a un capitán inglés una lucrativa situación al servicio de España, y como quiera que el capitán, indignado, replicase que prefería ser un mendigo al servicio de la reina que un rico