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Lisboa, 9 de febrero-25 de abril de

CAPÍTULO

XVII

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz y capitán general de los Océanos, héroe de Lepanto, vencedor de Terceira y muchas otras famosas batallas, nombrado Almirante de los Mares para la invasión de Inglaterra —desde que la empresa comenzó a germinar—, murió en Lisboa el 9 de febrero de 1588. Con él desapareció, según la gente dio en pensar años más tarde, una buena parte de la gloria de la marina española y la mayor esperanza en la victoria de España. Según opinión general, solamente si el viejo marqués hubiese vivido para dirigir las operaciones en el Canal el asunto habría marchado de distinta forma. Pero, agotado a los sesenta y dos años por el esfuerzo de preparar la flota, murió con el corazón destrozado por los duros reproches de su rey, o al menos así vienen asegurándolo desde entonces las crónicas españolas de la época y una creciente ola de leyenda y especulación.

Es difícil creer que en 1588 incluso Horacio Nelson hubiera podido llevar a la victoria la Armada española y, por otra parte, el testimonio de que Santa Cruz trabajase en Lisboa hasta quedar extenuado, como sólo depende de unas veinte cartas suyas dirigidas al rey explicando por qué la flota aún no podía zarpar y prometiendo que pronto zarparía, resulta también inadecuado. Las cartas del rey al marqués no eran severas, sino simplemente impacientes para corroborar la leyenda. Era como si durante su extraña correspondencia de aquel invierno el rey prudente y el temerario hombre de mar hubiesen cambiado los papeles. El monarca que había dicho en cierta ocasión: «En una empresa tan importante como la

de Inglaterra conviene moverse con pies de plomo», escribió luego: «El éxito depende en su mayor parte de la rapidez. ¡Dése prisa!» Y el marino que una vez defendió la conveniencia de un ataque temerario al grueso del ejército enemigo y que consideraba que la demora y la guerra a la defensiva eran un verdadero desatino, tuvo que ver cómo sus razonamientos se volvían contra él, mientras refunfuñaba por la imprudencia de dejar las costas de España sin defensa y la locura de emprender una campaña insuficientemente preparada.

Pero ninguna de sus consideraciones logró conmover al rey. Antes que Santa Cruz volviese de las Azores en el mes de septiembre, Felipe había enviado órdenes para que, tan pronto como se le incorporaran las galeazas de Nápoles y los abastecedores de Andalucía, zarpase con todas las fuerzas que pudiese reunir hacia el cabo Margate y la boca del Támesis. La rapidez y el secreto bien guardado suplirían la escasez de fuerzas, y aunque la estación no era propicia, cabía esperar que Dios — cuya causa defendían— les enviaría vientos favorables. Sólo la detallada lista de los desperfectos que sufrieron los galeones en el viaje a las Azores indujo al rey a conceder unas semanas de dilación. Santa Cruz obtuvo permiso para permanecer en el puerto e intentar reunir la flota en el plazo —concedido a regañadientes— de siete días. En el mes de diciembre, Felipe insistió en que una flota (aunque sólo constara de 35 barcos y tanto si era mandada por Santa Cruz como si no) zarpase inmediatamente para apoyar al ejército del duque de Parma en su intento de cruzar el Canal y desembarcar en Inglaterra, y Santa Cruz, aunque de mala gana, prometió tener dispuesta la flota en cuestión. Puede que la noticia de estos hechos motivase la repentina movilización inglesa de diciembre. Ciertamente, al enterarse del formidable poderío de la flota inglesa reunida en el Canal, Felipe convino que quizá no iban a bastar 35 barcos y que era mejor esperar a que Santa Cruz reuniese mayor número de embarcaciones. Pero por fin dejó la fecha de partida para el 15 de febrero a más tardar y conforme ese día se acercaba creyó conveniente enviar al conde de Fuentes a Lisboa para que Santa Cruz no le fallase.

Felipe había cambiado. El que siempre había sido tan paciente, tranquilo y prudente, el que solía decir: «El tiempo y yo somos dos» y cuyas frases favoritas eran: «Disfrutar los beneficios del tiempo» y «Esperar hasta que el momento esté maduro», llevaba casi un año aprisionado en las garras de una terrible prisa como hombre a quien se le escapa el tiempo. Sin saber si el duque de Parma estaba dispuesto, ordenó a Santa Cruz que zarpase e igualmente ordenó al duque que cruzara rápidamente el Canal hacia Inglaterra, sin esperar a Santa Cruz. Y se enojaba y encolerizaba ante cada obstáculo, como si él fuese responsable del retraso ante el único superior que reconocía. Felipe había sido siempre hombre piadoso, pero nunca antes confió tanto las dificultades y los peligros a la voluntad de Dios, como si el hecho de cumplir su voluntad le relevase de todo cuidado humano. Nunca había sido egoísta, despiadado, ni había mostrado ansias de ilimitado poder. Nunca había pretendido tener un singular destino; sólo una singular responsabilidad. Pero

últimamente avanzaba por el sendero que, en su opinión, le había sido asignado, con tanta confianza y rectitud, tan ciegamente, como un santo o un conquistador del mundo en la historia.

En cuanto a Santa Cruz, aunque constantemente estaba prometiendo tener la flota «lista para zarpar en unas semanas», hay tanto pesimismo y desaliento reflejado en sus cartas que se comprende que el rey llegara a creer que estaba «fabricando» retrasos. El marqués no tenía necesidad de que le recordasen que luchaba por la causa de Dios, pero había visto demasiadas campañas contra el turco para sentir ilimitada confianza. Para estar seguro de vencer a los ingleses había exigido al menos 50 galeones. Disponía de 13 nada más y uno era tan viejo, estaba tan podrido, que dudaba pudiese zarpar. Había pedido además un centenar de barcos grandes y bien dotados de armamento, y cuarenta carracas para el avituallamiento y almacenaje, más seis galeazas, cuarenta galeras y unas siete u ocho docenas de embarcaciones pequeñas. En lugar de todo ello, hacia finales de enero, sólo disponía de sus trece galeones, más cuatro galeazas y una abigarrada colección de setenta barcos alquilados o reclutados a través de los mares desde el Báltico al Adriático, algunos destartalados y con grietas, otros lentos y difíciles de manejar y los mejores (guipuzcoanos de Oquendo y vizcaínos de Recalde) con pocos hombres y escasos cañones. Para toda esta flota ni siquiera tenía la mitad de embarcaciones pequeñas que necesitaba.

A pesar de ello, Santa Cruz comprendió que esta vez tenía, necesariamente, que zarpar. En consecuencia, se entregó él también a una desconcertante urgencia, mientras las provisiones y el armamento eran arrojados a bordo de cualquier forma y se recorrían las prisiones, los hospitales, los barcos mercantes del puerto y las cercanías de Lisboa en busca de hombres con que completar la agotada tripulación. Luego, cuando sólo faltaba una semana para zarpar, el viejo marqués cayó enfermo y dejó de existir.

Felipe II ya tenía elegido su sucesor. El día en que Madrid conoció la noticia de la muerte de Santa Cruz, el rey envió una comisión con instrucciones (preparadas hacía tres días) para el nombramiento del nuevo capitán general de los Océanos. Se había elegido a don Alonso de Guzmán el Bueno, duque de Medina Sidonia y capitán general de Andalucía.

Un año antes, la oportuna llegada del duque de Medina Sidonia al frente de las milicias locales le había acreditado como el salvador de Cádiz, pues gracias a él se libró la población del pirata Drake. Era el servicio más importante prestado a su majestad hasta la fecha, aunque por supuesto había mantenido la paz en Andalucía con dignidad y buen tacto, ayudado a la defensa contra corsarios ingleses, franceses y berberiscos, expedido reclutas, suministros y barcos a Lisboa y, en general, cumplido cuidadosa y eficientemente todas las tareas de administración y justicia que de su cargo y rango se desprendían. Puede que todo esto influyese ligeramente en Felipe al hacer su elección. O quizás contara aún más el hecho de que al duque se le tuviera por

caballero apacible y afable, nada quisquilloso ni ambicioso (capaz por tanto de llevarse bien con el duque de Parma) y tampoco orgulloso, terco o arrogante. Existían, pues, grandes posibilidades de que sortease los espinosos caracteres de quienes iban a ser sus subordinados más inmediatos. Probablemente para Felipe contó más aún que Medina Sidonia fuese hombre de vida prácticamente intachable (teniendo en cuenta que era duque) y devoto hijo de la Iglesia. Pero lo que definitivamente le decidiera fue su condición de jefe de la casa de Guzmán el Bueno, una de las más antiguas e ilustres de Castilla, procer de tan deslumbrante altura que ningún oficial de la flota podía ofenderse por su encumbramiento ni sentir vejada su dignidad al obedecerle.

Por cartas y retratos se sabe algo acerca de su aspecto. Era hombre de mediana estatura, con poco hueso, buena figura, boca y frente de pensativa expresión, ojos más dulces que inquisitivos. En resumen, el suyo era un rostro de hombre sensible —tal vez no de héroe, pero sí de persona inteligente y notable—, marcado aún en un retrato pintado tres años antes de la gran catástrofe de su vida por una inconfundible melancolía. Ciertamente no parecía un hombre feliz.

De una carta escrita a Idiáquez, secretario del rey, al recibir el nombramiento, obtenemos un conocimiento más profundo de su personalidad. Afirma en ella que a duras penas puede creer que el rey le quiera para tal cargo, rogando le releven del mismo.

«Mi salud no podrá resistir semejante viaje. Por lo poco que he navegado me consta que siempre acabo resfriado o mareado.

Tenemos, en mi familia, una deuda de novecientos mil ducados, por lo que no puedo gastar ni un real en servicio del rey. Como quiera que carezco de experiencia de la guerra en el mar, no puedo creer que sea yo el que deba dirigir una empresa tan importante. Nada sé de los planes que podía tener el marqués de Santa Cruz ni de lo que, acerca de Inglaterra, conocía. Sé, en cambio, que, mandando así, a ciegas, obraría mal viéndome obligado a confiar en el consejo de otros sin discernir si son malos o buenos, sin saber quién de mis consejeros intenta engañarme o quitarme el puesto. El adelantado mayor de Castilla está mucho mejor preparado que yo para desempeñar el cargo. Es hombre de gran experiencia militar y naval y también un buen cristiano.»

Ciertamente no es éste el espíritu que conquistó Méjico y Perú y que hizo de los tercios españoles la admiración y el terror de Europa, pero tampoco merece el desprecio que en varias ocasiones se le ha otorgado. En su autojuicio hay honradez intelectual y también valor para exponerlo. No hay razón para creer exista algún motivo poco sincero o convencional en la protesta del duque de Medina Sidonia. La nobleza española no tenía costumbre de admitirse incapacitada para los altos cargos, especialmente cuando se trataba de mandos militares. Tampoco hay razón para suponer que la completa aquiescencia con que el duque aceptó el cargo cuando el rey insistió en ello corresponda a algo más que a un sentimiento de lealtad

hacia la corona y al valor para soportar cualquier carga que el deber impusiese. Rezando porque el rey acertase al suponer que Dios apoyaría su flaqueza y remediaría sus defectos, el duque dijo adiós a sus familiares en Sanlúcar y cruzó a caballo el país en dirección a Lisboa.

Lo que allí encontró fue algo como un congelado caos. En la absurda semana que precedió a la muerte del marqués, las municiones y los víveres se habían ido arrojando atropelladamente sobre la cubierta de los barcos y las tripulaciones permanecían hacinadas a bordo con la orden de estar preparadas para zarpar en cualquier momento y la prohibición de bajar a tierra bajo ningún pretexto. En todas las tripulaciones había marineros y soldados sin dinero, armas ni ropaje apropiado. Algunas tripulaciones, debido a patrones poco hábiles o decididamente incompetentes, incluso carecían, puede decirse, de víveres. Determinadas naves aparecían con demasiada carga para poder considerarse seguras y otras, en cambio, estaban casi vacías. En la confusa situación final cada capitán había, al parecer, agarrado cuanto estuvo en su mano, sobre todo en cuanto se refiere a artillería adicional. Unos barcos tenían más cañones que espacio disponible para su colocación. Otros carecían prácticamente de armamento. En un galeón, unas piezas nuevas de bronce aparecían amontonadas en cubierta por entre la terrible maraña de barriles y cubetas allí reunida. Un barco vizcaíno de las proporciones de una pinaza poseía un enorme semicañón que ocupaba casi todo su combés. Unos tenían cañones, pero no disponían de balas. Otros tenían balas, pero carecían de cañones con que dispararlas. Desde que murió el capitán general, la flota estaba aparentemente también muerta. Muchos oficiales veteranos sabían por qué todo marchaba mal, pero ninguno tenía autoridad suficiente para remediarlo.

Esta fue la primera etapa del trabajo del duque de Medina Sidonia, Mediante una desesperada súplica a su majestad, consiguió que el secretario particular de Santa Cruz no se ausentase llevándose los papeles del antiguo capitán general (planes de batalla, informes de acuerdos, archivos administrativos de la flota) antes de que el nuevo capitán general pudiese verlos. No es que la conducta del secretario fuese irregular. Todos los documentos pertenecían al viejo marqués, como si de correspondencia privada se tratase, y el duque de Medina Sidonia no exigió su entrega — tampoco el rey se hubiese atrevido a ordenarla—, pero, al menos, el nuevo jefe pudo echar una ojeada a los planes preparados por su antecesor.

Seguidamente el duque tuvo que procurarse algo así como un pequeño estado mayor. Don Diego Flores de Valdés, el brillante y ambicioso oficial en quien el duque confió demasiado más adelante, estaba aún con los galeones de la guardia de las Indias en Cádiz, pero el duque recurrió a don Diego Maldonado y al capitán Marolín de Juan, ambos marineros de experiencia y bien recomendados. A don Alonso de Céspedes, que dirigía la artillería pesada, le pidió un italiano experto en artillería naval, y sus tres más competentes jefes de escuadra, Pedro de Valdés, Miguel de Oquendo y Juan Martínez de Recalde, formaron el núcleo de un utilísimo consejo militar. No importa lo que más adelante

pensaran de él sus tres jefes subordinados, al principio miraron con agrado y respeto al nuevo comandante, quien a su vez atendía sus consejos, no hacía nada sin consultárselo y les trataba con humana cortesía, sin refunfuñar, sin lamentarse, sin gruñir como solía hacer el viejo marqués. De momento, entre los marinos de la flota reinaba más armonía de la que nunca existió cuando ostentaba el mando de la misma el marqués de Santa Cruz.

Así, con uno u otro de los jefes de su escuadra siempre cerca, el nuevo capitán general dio comienzo a su tarea de inspeccionar la abigarrada flota. Desde luego el espectáculo de lo que iba viendo le hizo sentir asombro, pero sus cartas al monarca, aunque francas cuando era necesario hablar claro, son, por regla general, de tono prudente. Ni una palabra de reproche, en ellas, para su predecesor de quien en realidad había heredado todos los problemas. Probablemente el duque creía que hasta quedar vencido por la enfermedad y las preocupaciones Santa Cruz hizo cuando pudo por remediar la imposible situación. El mayor culpable de la confusión reinante en el puerto de Lisboa era, sin duda alguna, Felipe II. Bajo aquellas condiciones atmosféricas, mantener a todas las posibles unidades de una flota en constante disposición de zarpar, a lo largo de todo un invierno, mientras se iban añadiendo nuevas unidades, era una manera de garantizar el deterioro de aquéllas y la deficiencia de sus tripulaciones. La semidesmovilización de la flota inglesa resultaba un sistema mucho mejor. Pero Medina Sidonia, al igual que antes Santa Cruz, no logró convencer a su impaciente monarca, aunque finalmente consiguiera desembarcar a algunos de sus hombres.

Lo primero que le tocó hacer fue el reparto de cañones y cargamentos. La labor, necesariamente conjunta, hacía surgir de continuo sorpresas desagradables en ambos sectores, pero con todo eran los cañones la primordial preocupación general, como lo fue siempre desde que Santa Cruz y sus capitanes comenzaron a sopesar seriamente sus planes. Según la leyenda, los españoles menospreciaban la artillería y afirmaban necesitar sólo el frío acero para ganar una batalla en los mares. Puede que realmente algunos afectados petimetres de la corte de Madrid lamentasen que la pólvora vil fuese extraída de las entrañas de la inofensiva tierra e hicieran protestas de que, a no ser por los despreciables cañones, también ellos estarían en alta mar. Pero los profesionales nunca hablaron así. Ciertamente que en las operaciones aisladas del Atlántico, la lucha casi siempre terminaba en abordaje y en cuerpo a cuerpo, de igual modo que en las batallas de galeras del Mediterráneo, por lo cual ambos tipos de combate solían resolverse, al menos en apariencia, en un mano a mano. Pero nadie que hubiese ostentado el mando de un navío de guerra en alta mar podía despreciar los cañones de pesado calibre. Desde el principio, los subordinados de Santa Cruz se habían quejado de no disponer de suficientes cañones y el propio marqués transmitió la petición a Madrid, adhiriéndose a ella e indicando que, naturalmente, los galeones deberían seleccionar su artillería pesada. El Consejo Militar se hizo cargo

de la situación, solicitando dinero al rey para remediarla. Felipe se hizo igualmente cargo de ella y, no importa cómo, se halló el dinero.

Con tal estímulo, el arsenal de Madrid se comprometió a entregar para el 15 de diciembre 36 piezas nuevas de bronce, cañones y semicañones, culebrinas y semiculebrinas, y las fábricas de Lisboa prometieron 30 piezas más. Se compraron 60 ó 70 cañones a barcos extranjeros anclados en puertos españoles aunque, según se cree, todos eran pequeños, del calibre seis, cuatro o dos, y en su mayoría de hierro. Por supuesto se esperaban más cañones pesados de bronce, procedentes de Italia y, vía los puertos de Hansa, también de Alemania. La fundición de cañones era un arte difícil. Fundir un cañón grande de bronce no era operación tan complicada como fundir la estatua del Perseo, de Cellini, pero había pocos maestros capaces de hacerlo bien y la mayor parte de ellos vivían en Inglaterra. Además los buenos cañones resultaban terriblemente caros, sobre todo los de largo alcance, los de la familia de la culebrina, para los que hacía falta mucho metal en proporción al peso de la bala que disparaban. Por consiguiente nunca se podía contar con todas las culebrinas y semiculebrinas necesitadas, ni siquiera mediante pago al contado, ya que las posibilidades para fundir más eran limitadísimas. No se sabe qué grado de retraso se sufría en las entregas de material de artillería en el momento de morir Santa Cruz, pero sí que el retraso existía y que fue y seguía siendo descorazonador. Ya antes de terminar la conveniente redistribución de los cañones suplementarios que, a fuerza de astucia, había conseguido Santa Cruz, el duque comenzó a preocuparse