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Sluys, 9 de junio-5 de agosto de

CAPÍTULO

XII

Entre los perjudicados por el ataque de Drake a la bahía de Cádiz figuraba un respetable comerciante en cereales, nacido en el norte de Alemania, pero naturalizado en Dixmude, Flandes Occidental. Jan (esta es la versión de su nombre en flamenco) Wychegerde era, al parecer, corredor de cereales del Báltico, pero como todos los comerciantes listos del momento sacaba dinero de donde podía. De vez en cuando, como en el desafortunado caso de su inversión en el cargamento del barco de Dunquerque apresado en Cádiz, Mynheer Wychegerde realizaba operaciones con el comercio español y mediterráneo. En muchas ocasiones actuaba él mismo de factor, pues hablaba español con igual facilidad que flamenco. Algunas veces llevaba un cargamento de tejidos ingleses sin acabar para las ciudades del Rin o un embarque de vinos de Borgoña para Amsterdam. A la vez, y reduciendo un poco las elevadas tarifas que regían en el mercado —alegando su admiración por el príncipe de Parma o su devoción hacia el rey de España— favorecía al famélico ejército español suministrándole no sólo trigo del Báltico para galletas sino mantequilla y queso y algún pescado en salazón procedente de Holanda y Zelanda, negocio en el que hallaba mucha competencia, porque los ciudadanos holandeses acostumbraban aprovisionar al enemigo con el propósito —según propia afirmación— de tener dinero para ganar la guerra. Aparte de relacionarse con la administración militar del duque de Parma, Jan Wychegerde tenía otra actividad: era uno de los más osados e inteligentes espías de sir Francis Walsingham.

Hacía falta valentía para seguir siendo comerciante en Flandes, tal como la guerra se iba presentando. En aquel mes de julio, mientras navegaba por exigencias —al menos aparentemente— de su comercio legal, Wychegerde tuvo la mala fortuna de caer en manos de un barco corsario (que actuaba por cuenta propia) procedente de La Rochelle. De haberle identificado como agente de Walsingham, los piratas hugonotes se habrían mostrado magnánimos pero, creyéndole amigo de los papistas, fue un placer para ellos despojarle hasta de su último céntimo, y de su equipaje también. Seguidamente, sin ninguna clase de ceremonia, fue desembarcado en la playa de Boulogne para que regresase al hogar como pudiese y en mangas de camisa. A llegar a Dixmude le aconsejaron que si pretendía personarse en el cuartel general del duque de Parma en Brujas esperase una caravana de carromatos con escolta armada. El frente estaba tan próximo que todos los caminos resultaban inseguros. Bandas de desertores de ambos ejércitos y campesinos que habían quedado sin hogar merodeaban por los caminos asaltando y asesinando a cuantos viajeros se aventurasen por ellos, solos o en pequeños grupos.

Los mismos convoyes ofrecían relativa seguridad. La guarnición inglesa establecida en Ostende exploraba los alrededores acechando su paso. Precisamente la primera expedición a la que Wychegerde había pensado unirse cayó en una emboscada al salir de Dixmude. Wychegerde refirió luego a Walsingham que había contado veinticinco muertos españoles por un solo inglés, indicando también que las tropas inglesas realizaron una buena «limpieza» en los carros españoles. La guarnición de Ostende era tan temida, añadió, que nadie se atrevía a viajar si no le acompañaba una escolta de dos o trescientos soldados. En aquella ocasión dos compañías de valones emprendieron la huida al sonar el primer disparo inglés. Wychegerde sólo encontró un fallo en la técnica de la emboscada: para la próxima ocasión aconsejó situar un destacamento que cortase el avance a la vanguardia del convoy. Por no haber cuidado este detalle, los ingleses dejaron escapar a los comerciantes en cereales que cabalgaban en primera línea y que, galopando rápidamente, consiguieron llegar a Dixmude con las diez mil o quince mil libras flamencas que llevaban en sus bolsas. Wychegerde esperó al convoy siguiente. Tenía prisa por llegar a Brujas primero y luego —a ser posible— al campamento del duque de Parma ante Sluys, pero si bien para remediar aquélla hubiese bastado una rápida galopada a campo traviesa, no era prudente que un comerciante de cereales de Dixmude mostrase más precipitación que la habitual en un honrado ciudadano que busca un buen negocio.

El asedio acerca del cual Wychegerde deseaba noticas exactas hacía cuatro semanas que duraba cuando finalmente pudo informar. Desde el comienzo de la primavera circulaba el rumor de que el duque de Parma iba a descargar un golpe definitivo sobre el último baluarte rebelde de Flandes. Pero cuando en junio trasladó su cuartel general y casi la mitad de su ejército de campaña a Brujas, la concentración de fuerzas fue tan rápida que constituyó algo así como una sorpresa táctica. Casi todo el condado de Flandes, en otro tiempo alma de la rebelión, estaba en manos

del duque de Parma. Los delegados de Flandes ya no ocupaban un sitio en los Estados Generales. Tras la caída de Amberes los oligarcas del comercio en Holanda y Zelanda empezaron a considerar las grandes ciudades de Flandes no como a hermanas a quienes rescatar sino como a rivales que vencer. Pero hacia el extremo noroeste del condado había dos ciudades que resistían aún. Ostende y Sluys, ambas de importancia estratégica y lo bastante cercanas una a otra como para ayudarse entre sí. Ostende, firmemente asentada en sus dunas, tras el mar del Norte. Sluys, en otro tiempo uno de los más importantes puertos de Flandes y ahora cada día más inútil a causa de los lodos del Zwyn.

Tropas inglesas defendían Ostende. En cuanto a Sluys, tenía su propia milicia ciudadana, reforzada por calvinistas militantes —exiliados —, flamencos y valones que se resistían a alejarse un kilómetro más de lo necesario de su hogar. Ambas guarniciones se entretenían acosando las posiciones españolas de los alrededores de Brujas, pero ninguna tenía tropas suficientes para guarnecer el circuito de sus murallas, ni tampoco bastantes provisiones para aguantar un sitio. Cuando inesperadamente supieron que el duque de Parma rondaba por allí, con siete, catorce o dieciocho mil hombres, los comandantes de ambas fuerzas solicitaron ayudas, provisiones, municiones y refuerzos a los Estados Generales de Holanda, a lord Buckhurst de La Haya, al gobernador inglés de Flesinga, a Walsingham, a Leicester y, por supuesto, a la reina.

Los Estados parecían dispuestos a permitir que los flamencos se defendiesen solos, pero los ingleses sentían mayor responsabilidad. Lord Buckhurst, representante de Su majestad en La Haya en ausencia de Leicester, ordenó que inmediatamente fuesen enviados refuerzos a la guarnición inglesa de Ostende y solicitó permiso para hacer lo mismo con la de Sluys. Antes de que los recibiese, lord William Russell, gobernador de Flesinga, con la entusiasta colaboración de los comerciantes de la ciudad, envió a Sluys suficientes provisiones —en su opinión— para dos o tres meses; luego, por su cuenta y riesgo, al saber que la primera maniobra del duque de Parma sobre Ostende fue sólo un simulacro y que ahora amenazaba Sluys, ordenó al veterano sir Roger Williams que saliese de Ostende con cuatro compañías de infantería inglesa para intentar llegar a la amenazada ciudad y prestarle ayuda. Mientras tanto en Inglaterra, su majestad la Reina concedía a Leicester casi todo cuanto él solicitaba en materia de hombres y dinero. Isabel todavía esperaba algo de sus negociaciones con el duque de Parma, pero le sobraba experiencia para confiar demasiado en palabras. Cada milla de costa flamenca conquistada por los españoles era un peligro más para Inglaterra. En consecuencia, dijo a Leicester que era necesario romper el cerco de Sluys.

La maniobra del duque de Parma sobre Ostende no había sido un simulacro sino más bien un tanteo, para saber con qué fuerzas contaba la ciudad. Su plan era caer sobre ella por sorpresa. Pero cuando llegó a sus puertas halló que los diques abiertos inundaban por completo todo acceso, que estaban llegando refuerzos a la costa y que una escuadra inglesa estacionada en alta mar era prueba palpable de que Ostende jamás

se rendiría por el hambre mientras los enemigos del rey de España fuesen dueños del mar. Las fortificaciones parecían demasiado importantes. Se reunió un consejo militar y votó la retirada.

Al día siguiente el duque de Parma envió tres columnas hacia el Norte y el Este: una para apoderarse de Blankenberghe, pequeño fuerte que protegía la línea de comunicaciones entre Ostende y Sluys; otra, para avanzar carretera adelante, partiendo de Brujas; y la tercera, bajo su mando, para marchar en zigzag hacia el este de la ciudad y tender un puente sobre el canal Yzendijke que iba a parar al Zwyn, en la parte norte de Sluys.

Una vez cumplidos estos primeros objetivos, el duque de Parma convocó otro consejo militar. Inclinados sobre los mapas y recordando lo que habían visto del terreno, sus capitanes movieron la cabeza de un lado para otro. Aquello era peor que Amberes. Sluys se alzaba en medio de una red de islas separadas unas de otras por una red de canales y acequias más anchos que los corrientes y que, en su mayor parte, se llenaban de agua dos veces al día, eran barridos luego por fuertes mareas y por fin, también dos veces al día, quedaban convertidos en lagunas estancadas o en pantanosas zanjas. A través de esta maraña, la principal vía acuática para la profunda ensenada de Sluys, donde en otro tiempo anclaron quinientas grandes naves, era el estuario del Zwyn, cruzado por un deficiente pero navegable canal. Un viejo castillo reforzado por recientes obras, que se unía a la ciudad por un arrecife y un puente de madera, guardaba la ensenada. Todos los accesos a la ciudad estaban separados entre sí por canales, y en medio de tal laberinto de vías acuáticas, todo ejército que intentase rodear la ciudad corría el riesgo de quedar separado en pequeños destacamentos aislados. Los oficiales del duque de Parma opinaron unánimemente que un sitio sería largo y más costoso que ventajoso, y que con él se corría el gran riesgo de perder todo el ejército. Nuevamente aconsejaron la retirada.

Pero esta vez el duque de Parma discrepó. No creía necesario decir a sus capitanes que pensaba compartir con ellos penalidades y peligros. No podía decirles que aunque le hubiese gustado conquistar Ostende —de haber podido hacerlo rápida y fácilmente— estaba obligado a tomar Sluys, no tanto por ser lo más próximo a un puerto con buen fondeadero que podía esperar, sino porque se alzaba en medio de la red de vías acuáticas tendida entre Brujas y Flandes del este, las cuales habían de resultar esencialísimas para la logística de la invasión de Inglaterra. No obstante, algunos de sus más antiguos compañeros de armas debían de saber que el laberinto de canales en tomo a Sluys ofrecía exactamente la clase de problema de geometría militar que deleitaba a su general. El duque de Parma sabía cómo valerse de las peculiares defensas holandesas en beneficio de su propia táctica de ataque, y ya había notado lo que también sabía el comandante flamenco de Sluys: que la posición clave era la inhospitalaria y arenosa isla de Cadzand.

En su parte occidental, Cadzand bordeaba el canal de Zwyn en el lado opuesto y más allá del viejo castillo de Sluys. Por su parte oriental

estaba separada de una isla que dominaba el duque de Parma gracias a algo que en la marea alta era hirviente estrecho pero en la bajamar apenas una ciénaga salpicada de estancadas charcas. En la mañana del 13 de junio, el duque con un seleccionado grupo de españoles avanzó por allí con paso vacilante, las armas alzadas sobre su cabeza todos ellos, para conservarlas secas, y el cuerpo hundido hasta la cintura en el barro y el agua; los que tenían la mala fortuna de resbalar, se quedaban salpicados de lodo de la cabeza a los pies, y el propio duque iba tan embadurnado como el que más.

En la casi totalidad de las veinticuatro horas que siguieron, los españoles formaron grupos por las desoladas dunas de Cadzand sin más comida que unas galletas humedecidas, sin cobijo, sin combustible para secar las ropas y calentarse, e incluso sin agua para beber. Las barcazas que esperaba el duque se retrasaron inexplicablemente. En Cadzand no había un solo árbol; tampoco una cabaña. Estaba lloviendo. La mecha para las armas de fuego se había mojado y lo mismo ocurría con la pólvora. El estrecho que antes cruzaron los separaba de sus camaradas. De ser atacados (y podían atacarles en cualquier momento desde el mar) aquellos hombres fatigados, hambrientos, temblando de frío, hubiesen tenido que defenderse con armas blancas. Tanto se quejaban, que quien no les conociera a fondo hubiera predicho algún motín, y sin embargo en medio de sus quejas no sólo plantaron sus tiendas sino que cavaron zanjas para resguardar los mosquetes y ante el espectáculo de la firme hilera de picas y cañones de armas de fuego que protegía al grupo de expedicionarios, las barcazas de reconocimiento holandesas se alejaron remando con rapidez.

Luego empezaron a llegar las barcazas del duque, que sufrieron retraso debido a unas escaramuzas sostenidas a lo largo del canal Yzendijke, pero al día siguiente Cadzand no estaba aún bastante fortificado para impedir que los ingleses que mandaba sir Roger Williams entrasen en Sluys. Los dos pequeños navíos de guerra de Zelanda que dieron escolta a sir Williams batieron a los mosquetes españoles en sus propias trincheras mediante cañoneo, y la expedición penetró en la dársena hundiendo o capturando de paso unos cuantos botes del duque. Pero al otro día se invirtieron los papeles. Durante la noche fue instalada una batería de los precisos cañones de asedio españoles para dominar el canal. Con la marea baja del amanecer los barcos de la expedición de socorro iniciaron su regreso a Flesinga, fueron inesperadamente cañoneados y sus respectivos capitanes, procurando eludir el bombardeo, acabaron por encallar sus navíos. La marea bajaba aún, la batería podía todavía alcanzarles, así que capitanes y tripulaciones nadaron o vadearon hacia unas pequeñas cárabas destacadas en el bajío que, por estar fuera del alcance de los disparos, podían llevarles hasta Flesinga. El duque añadió los dos barcos de guerra de Zelanda a la pequeña flotilla que preparaba, anclándolos luego en la parte más honda del canal, más allá de la batería de Cadzand. La parte del canal en que el agua alcanzaba menos profundidad aparecía a lo lejos bloqueada por una especie de empalizada

de estacas, plantadas verticalmente; las boyas y marcas habían sido cambiadas de lugar para arrastrar a los barcos, engañándolos, hacia los bancos de arenas. El gobernador inglés de Flesinga se vio obligado a informar que el paso hacia Sluys estaba cerrado por completo.

Todo esto ocurrió tres semanas antes de que Jan Wychegerde se trasladase desde Brujas al campamento del duque de Parma. Durante este tiempo los Estados Generales no habían hecho nada, los ingleses en Flesinga tampoco y el duque de Parma había ido estrechando gradualmente el cerco de la ciudad. Pero el conde de Leicester estaba a punto de llegar y volvía por fin con dinero y hombres. Su primer cuidado había de ser arrancar a Sluys de las garras del ejército español.

La misión de Wychegerde era descubrir la potencialidad de aquél. Lo hizo metódicamente, como si realizase un informe de comisario.

Descubrió que existían cuatro posiciones fortificadas independientemente con vistas a la autodefensa, ya que sólo con grandes dificultades podrían ayudarse entre sí. Una, en la parte exterior de la puerta de Brujas donde, hasta entonces, se había desarrollado la contienda. Otra, en el cuartel general del propio duque de Parma en la isla de Cadzand a salvo de la artillería de la ciudad. La tercera al otro lado del río, desde Cadzand, en la isla de Santa Ana, hacia el viejo castillo. Y la cuarta a ambos lados de un canal, precisamente frente a la puerta de Gante. Cada posición contaba —en opinión de Wychegerde— entre españoles, italianos, alemanes y valones, con un grueso de ejército de cinco o seis mil hombres (probablemente de cinco, más que de seis mil). Los informes recibidos hasta entonces por Walsingham y Leicester doblaban e incluso triplicaban estas cifras, y si Walsingham pasó a Leicester el reciente informe de Wychegerde, el conde seguramente no le prestó crédito. No obstante, los mensajes del duque de Parma a Felipe II confirman su sorprendente exactitud.

Wychegerde se apresuró a indicar a Walsingham que aunque las tropas eran, en número, inferiores a los que previamente creyeron, estaban, en cambio, formadas por soldados de primera categoría; los mejores soldados del duque, atentos, astutos, experimentados, incapaces de dejarse sorprender ni asustar, trabajando de firme en trincheras casi inundadas y con el enemigo asomado a las murallas sobre sus cabezas; arrostrando la lluvia de balas de mosquete con los mismos hoscos juramentos que dejaban escapar cuando tenían el estómago vacío o un fuerte chaparrón caía sobre su espalda. Soldados que jamás despreciaron una ventaja ni se arriesgaron innecesariamente. «Mantienen gran disciplina, su mayor fuerza consiste en la meticulosidad de su vigilancia y en la prudencia de sus métodos, tanto de noche como de día.»

Tenían que enfrentarse con hombres tan excelentes como ellos mismos. El duque de Parma escribió a Felipe II que nunca en su larga experiencia había tropezado con enemigo más gallardo y astuto. Y los soldados de la infantería española al regresar de algún trabajo de atrincheramiento realizado bajo el fuego enemigo, en un terreno fangoso que salpicaba agua a cada golpe de pala, o al tener que abandonar, a causa

de una salida nocturna de los sitiados, una trinchera recién conquistada en difícil combate, o al cesar una lucha cuerpo a cuerpo —a ciegas y con arma blanca— en las minas y contraminas junto a la puerta de Brujas, afirmaban lo mismo ante Wychegerde con blasfema admiración. Las bajas del duque de Parma eran ya harto numerosas. Un crecido número de oficiales, entre ellos el veterano La Motte —quizá su más hábil teniente— habían sido heridos de gravedad y parecía como si las mil quinientas camas que el duque había ordenado preparar en el hospital de Brujas fueran a quedar llenas antes de que realizase su gran avance el ejército español.

De todos modos, Wychegerde estaba convencido de que si Sluys no recibía pronto ayuda, se vería obligada a capitular. El duque de Parma exigía de sus tropas un implacable ímpetu y sus recursos en municiones y hombres eran superiores a los de Sluys. Con su habitual sagacidad y juzgando por la intensidad de los disparos, Wychegerde ya había deducido que por aquel entonces los defensores de la plaza estaban algo faltos de pólvora. Pero Sluys —Wychegerde así lo creía— podía liberarse más fácilmente si se la ayudaba por mar. La pequeña flotilla del duque no podía interceptar el canal caso de realizarse un ataque a fondo y la batería de Cadzand no estaría en condiciones de hundir tantas pequeñas embarcaciones (entre las muchas que intentasen llegar con rapidez a la ciudad sitiada) como para hacer una diferencia notable. No obstante, el intento habría de ser inmediato. Corrían rumores acerca de la construcción de un gran puente de madera dividido en treinta secciones que se estaba llevando a cabo en Brujas. Los ingenieros afirmaban que era