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Greenwich y aguas inglesas, enero-marzo de

CAPÍTULO

XVI

Suprimir un tema desagradable y buscar la manera de refutarlo, tender una mano en prueba de amistad esgrimiendo en la otra una espada, seguir automáticamente dos trayectorias políticas al parecer irreconciliables y desempeñar dos papeles contradictorios con sentido teatral tan genuino que incluso sus más fieles amigos no pudieran discernir cuál era el falso y cuál el real... He aquí cómo —ya por gusto o porque así lo creyera necesario— iba Isabel desarrollando su actuación en el juego de la alta política. Incluso por aquel entonces —en el trigésimo aniversario de su reinado—, cuando la ambigua rectitud de la reina podía resultar en modo alguno inesperada, conseguía desconcertar con ella no ya a sus enemigos sino a sus amigos y consejeros. Muchos se sintieron intrigados entonces, y muchos se han sentido intrigados después, por su actitud en aquel difícil invierno en que Inglaterra esperaba enfrentarse con la Armada.

Los febriles preparativos que se llevaban a cabo en Lisboa y los refuerzos del ejército del duque de Parma indicaban bien a las claras que el rey de España buscaba la guerra. Pero Isabel retuvo en Plymouth a Drake, dándole poca libertad, y se negó a autorizar el plan de Hawkins respecto al bloqueo de la costa española. En su lugar, alegando que no estaba ni estaría nunca en guerra con el rey de España y que sólo deseaba que los súbditos de Felipe en los Países Bajos se dejasen de rebeldías, la reina consiguió mantener sus grandes navíos, anclados en los puertos todo el otoño —sin aprovisionamiento y sin jarcias—; sus cañones en la

Torre; sus tripulaciones reducidas al puñado de hombres necesario para montar la guardia. Si hacia el mes de octubre Santa Cruz hubiese aparecido en el Canal, el duque de Parma habría podido cruzarlo prácticamente sin hallar resistencia y dirigirse directamente hacia Londres. Por lo menos así lo dijo el duque algún tiempo después. Los marinos y estadistas ingleses, conscientes del peligro, no hacían más que comentar entre ellos la ingenuidad de su soberana, que dejaba el país expuesto a tan crítica situación.

Hacia el mes de diciembre, y basándose al parecer en un informe falso, aunque quizá conociendo las órdenes de Felipe a su almirante, Walsingham comunicó a la reina que Santa Cruz podía presentarse en el Canal, procedente de Lisboa, antes de Navidad. En menos de una quincena la flota fue movilizada y quedó lista para entrar en acción. La totalidad de los barcos de la reina y la mayoría de los mercantes auxiliares fueron armados, tripulados y casi del todo aprovisionados para una campaña. Si Santa Cruz hubiese obedecido las órdenes de su rey se habría encontrado con una calurosa recepción. Al fin y al cabo, Inglaterra no estaba tan indefensa frente al enemigo.

Cuando el comité de recepción quedó dispuesto, en Greenwich ya se tenía noticia de que la visita había sido aplazada, y, con el disgusto consiguiente de sus capitanes, que no hallaban sentido al hecho de disponer de una flota de combate sin aprovecharla, Isabel ordenó disolver en parte la concentración. Cuatro galeones, el mayor de los cuales —el

Antelope— desplazaba cuatrocientas toneladas, y cuatro pinazas fueron

enviadas en ayuda de los holandeses que patrullaban por las costas de Flandes y el resto de la flota recibió orden de anclar en el Medway o en el puerto de Plymouth con solo la mitad de sus pertrechos de guerra a bordo. Existe una relación manuscrita de estas disposiciones, redactada por Burghley, y el documento que la acompaña muestra que en concepto de sueldos y vituallas la reina iba a ahorrar mensualmente dos mil cuatrocientas treinta y tres libras, dieciocho chelines y cuatro peniques. Para el presupuesto económico de Isabel era una cantidad digna de ser tenida en cuenta, pero sus capitanes y consejeros, que se encogían de hombros ante tal insignificancia, comenzaron por vez primera a no atribuir la reducción ordenada por la reina a su sentido de la economía. Poseían casi la certeza de que Isabel se había dejado convencer por la engañosa lengua del duque de Parma y que reducía sus defensas alentadas únicamente por una falsa esperanza de paz.

Que Isabel deseaba la paz, incluso en fecha tan tardía como el principio de la primavera de 1588, es algo de lo que podemos estar casi absolutamente ciertos. A pesar de la creciente fiebre guerrera que azotaba a los puritanos, gran parte del pueblo inglés participaba de los deseos de su reina, principalmente a causa de la industria textil. Un parlamento de la casa de Lancaster declaró en cierta ocasión que «la fabricación de tejidos en diversos lugares del reino era la ocupación más importante y el mejor medio de vida del pueblo». En el período de algo más de un siglo transcurrido desde que se pronunciaron estas palabras, su importancia

había aumentado considerablemente. En condiciones de normalidad, las lanas constituían las cuatro quintas partes del comercio de exportación de Inglaterra y al ser reducidas éstas los fabricantes se apresuraron a despedir a tejedores e hiladores y la lana de los rebaños de los hacendados apenas si valía la pena de ser vendida. Un mal mercado de lanas era más perjudicial para la economía que cualquier otra clase de catástrofe y últimamente el mercado de lanas había sido muy deficiente. Primero se cerró el de Amberes y luego el de Sevilla. Gracias a los capitanes del duque de Parma y a Martin Schenck, el Rin, por cuyo curso eran transportados los tejidos ingleses hacia las ciudades del sur de Alemania, estaba convirtiéndose en insegura vía de navegación y, por otro lado, la diplomacia española y los celos de los Hansa habían reducido a una cifra insignificante la venta de tejidos ingleses en Hamburgo. Ni siquiera saqueando alguna de las flotas españolas dedicadas al transporte de plata se podrían compensar las pérdidas de otro año tan desastroso como el de 1587. Desde los mercaderes de tejidos de Londres hasta las amas de casa de los Cotswolds, eran muchos los súbditos británicos que hubiesen visto con buenos ojos un arreglo de la guerra en los Países Bajos a cualquier precio, para que la industria textil volviese a ser lo que fue en el pasado; pero no hay que olvidar que otros, también pertenecientes al comercio de tejidos, atribuían sus males a los españoles y clamaban con mayor fuerza por la continuación de la contienda.

Isabel era más sensible a las preocupaciones económicas de sus súbditos que ningún otro monarca de la época y más consciente de la relación existente entre la prosperidad nacional y los ingresos de la corona. Por otra parte, le sobraban razones inmediatas para sentir preocupación por el dinero. Aunque los holandeses se quejaban de su tacañería —tanto como sus propios capitanes—, la reina llevaba enterradas decenas de miles de libras esterlinas en las guerras de los Países Bajos, dinero que desapareció rápidamente como tragado por arenas movedizas. Irlanda, de momento, estaba tranquila, pero su calma nunca duraba mucho y la guerra con España a buen seguro haría surgir allí nuevas dificultades. En la última reunión del Parlamento se había hablado mucho en contra de los españoles, pero Isabel conocía lo bastante a sus súbditos para comprender que, pese a su antagonismo hacia España y el Papado, una guerra en los Países Bajos, otra en Irlanda y otra en el océano y a lo largo de las costas españolas significaba un precio demasiado alto del que estaban dispuestos a pagar.

Incluso con la certeza de que podía permitirse el lujo de tres guerras simultáneas, Isabel no habría visto con agrado el conflicto y no precisamente por temor (como sir John Perrot parecía creer). Algunas veces le gustaba alardear de que era más valiente que su padre, lo cual realmente resultaba cierto. Se exponía sin vacilar a más de un riesgo, que atañía tanto a su persona como a su política, ante el cual habría retrocedido Enrique VIII. Pero prefería calcular el peligro y la guerra era un riesgo irremediablemente incierto. Embarcarse en la aventura de una contienda bélica era como lanzarse a una corriente irresistible que todo lo

arrastraba hacia la oscuridad. Si de nuevo podía ampararse en la paz, una vez más se encontraría dueña de su propio destino y del de su país.

Para el sentido común de Isabel, volver a la paz resultaba cosa sencilla. Sólo era necesario que Felipe aceptase las condiciones que su lugarteniente don Juan de Austria había aceptado hacía once años, o sea el respeto de las antiguas libertades de las diecisiete provincias y la retirada de las tropas españolas acuarteladas en los Países Bajos. A cambio de ello, los Estados Generales jurarían nuevamente lealtad a su señor hereditario y prometerían defender la fe católica. En realidad, Felipe II tendría que hacer dos importantes concesiones, a saber: abandonar la idea de un gobierno centralista en los Países Bajos con poderes para establecer impuestos arbitrarios (a lo cual él mismo había dicho que estaba dispuesto a acceder) y obligarse, aunque no precisamente, a tolerar la existencia de sectas heréticas, a aceptar por lo menos tácitamente que las mismas fuesen toleradas en algunas provincias, ya que, una vez restauradas las viejas libertades y retiradas las tropas españolas, no habría medio de practicar una política de persecución si las autoridades locales se negaban a ello. De este modo las apariencias quedarían a salvo. Oficialmente en los Países Bajos existiría una sola fe: la católica, del mismo modo que, oficialmente, sólo existía una fe en Inglaterra. Isabel así lo creía oportuno: Cujus regio, ejus religio. Y aunque una cláusula en el tratado acerca de la libertad de conciencia podría servir de cebo para los testarudos holandeses que hasta entonces no parecían dispuestos a tomar parte en las negociaciones, tampoco resultaba imprescindible incluirla. Un poco de reflexión bastaría para convencerles de que, con las condiciones propuestas, podrían disfrutar de tanta libertad de conciencia, y en consecuencia de culto, como permitiesen las autoridades locales.

Por lo que respecta a la preferencia de Felipe II en el sentido de gobernar un desierto antes que una tierra llena de herejes, cuando el rey de España hablaba así no había probado la otra alternativa. Flandes y Brabante no eran mucho mejor que un desierto y Holanda y Zelanda —de conquistarlas guerreando— serían todavía mucho peor. Isabel no podía creer casi que Felipe insistiese en obtener victoria tan estéril. Hasta entonces el rey de España había demostrado ser hombre sensato, dispuesto a la componenda, reacio a llevar las cosas demasiado lejos. Así pues, con un poco de flexibilidad podían terminar de una vez la inacabable y ruinosa guerra de Holanda, restaurando la antigua alianza angloborgoñesa y asegurando, a bajo precio, que los Países Bajos no fuesen invadidos por Francia. De este modo sus respectivos reinos —el de Felipe y el de Isabel—, en lugar de estar siempre zahiriéndose, volverían a ser excelentes clientes el uno del otro. Si los holandeses se retiraban, Inglaterra se apartaría. Pero Isabel y Burghley no eran los únicos en creer que cuando la posición quedase clara, Holanda y Zelanda no rehusarían la favorable oferta por comprender que, en caso de negarse, tendrían que seguir luchando solitariamente.

Los ingleses encargados de negociar la paz, debidamente instruidos y en camino hacia Ostende, tenían otras peticiones que hacer y otros temas que excluir. Iban a solicitar la admisión de barcos ingleses en los puertos del Nuevo Mundo y también que los marinos ingleses, tanto allí como en los puertos españoles, no fuesen importunados por la Inquisición. Se les recomendó mucha cautela para tratar de la inclusión de los dominios de la corona de Portugal, en las mutuas garantías propuestas. Pero todo esto eran sólo temas de conversación. Isabel únicamente se mostraba inflexible en un pequeño detalle. Los ingleses conservaban determinadas ciudades de las provincias sublevadas, en concepto de garantía por el dinero adelantado a los rebeldes. Antes de evacuarlas se había de exigir que alguien abonase las sumas en cuestión. Si no pagaban los estados de Holanda y Zelanda, tendría que pagar el rey de España.

Se ignora hasta qué punto engañó el duque de Parma a la reina, haciéndole creer que en 1588 aún existían posibilidades de paz. Durante mucho tiempo el duque había aparentado desear la paz y, en cierto modo, hasta la primavera de 1587 la había deseado sinceramente. Sin contar con los barcos holandeses ni con los puertos importantes de los Países Bajos, veía pocas posibilidades para la invasión de Inglaterra y prefería enfrentarse primero con un enemigo y luego con otro. En otoño de 1587 el rey ordenó que la invasión de Inglaterra se llevase a cabo sin más dilación y que, en ningún caso, se llegase a una paz con Inglaterra. Pero añadió que Isabel había de seguir siendo entretenida con pretendidas negociaciones que deberían prolongarse indefinidamente para confundir a los ingleses y hacerles perder el equilibrio.

El duque de Parma actuó en consecuencia. Cuando los cinco emisarios ingleses cruzaron el Canal desde Dover a Ostende, logró prolongar unas semanas las conversaciones preliminares para decidir el lugar donde había de celebrarse la conferencia, y una vez elegido, provisionalmente, Bourbourg, pasaron unas semanas más discutiendo lo que en ella se iba a tratar, así como el poder que tendrían los delegados para redactar y concluir acuerdos sobre lo que se discutiese. Con suave eficiencia, los veteranos diplomáticos al servicio del duque, fueron llevando a cabo su labor de dilación, engañando al viejo sir James Croft, sorprendiendo al experimentado doctor Dale e incluso provocando momentáneas esperanzas de éxito en el escéptico conde de Derby. Resueltos a seguir adelante, creyendo a los delegados españoles a punto de ceder, prosiguieron con la conferencia que, una vez iniciada, se mantuvo en un terreno de vanas conversaciones —pese al creciente desánimo de los holandeses y el partido inglés inclinado a la guerra— hasta que los cañones de ambas flotas empezaron a sonar en el Canal. Consecuentemente, entonces y luego, Isabel pudo afirmar que nunca había cerrado la puerta a la paz y que sinceramente había intentado conseguirla con enorme paciencia hasta el último día. Y aunque políticos como Walsingham y hombres de lucha como Hawkins gritaban que Inglaterra estaba al borde de la destrucción a causa de la ceguera de la reina y que el camino más apropiado era atacar para llevar la guerra a una

rápida conclusión, nunca ha quedado claro si, con las largas negociaciones de Bourbourg, Inglaterra salió perdiendo o España ganando.

En realidad quizá no fue Inglaterra quien más perdiese. En septiembre de 1587, con la llegada de grandes refuerzos procedentes de Italia, el ejército del duque de Parma alcanzó su momento cumbre. Por una vez estaban repletos sus almacenes y su erario. Nunca mandó en el pasado, no volvería a mandar jamás, un ejército tan formidable ni tan magnífico. No sabemos si una atrevida ofensiva hubiera resultado provechosa para la flota inglesa, pero sí sabemos que hubiera beneficiado al duque de Parma. Con menor fuerza de la que entonces poseía, en otra ocasión habíase apoderado de Amberes. Ostende iba a resultar conquista más fácil; toda Flandes podía quedar limpia de enemigos e incluso Walcheren caería quizá en su poder. Pero había recibido órdenes de entretener a los ingleses con negociaciones mientras llegaba la Armada, evitando cualquier movimiento que pudiese alarmarles. Así pues, su excelente ejército fue perdiendo ánimos y moral, acantonado, durante el invierno, en fríos y húmedos cuarteles. Las provisiones disminuyeron, las enfermedades comenzaron a hacer estragos y en el siguiente mes de julio contaba con diecisiete mil hombres en lugar de los treinta mil de que disponía en septiembre. El potencial combativo de un grande y poderoso ejército se había malgastado bien inútilmente en el transcurso de un año. No es de extrañar, pues, que el duque de Parma considerase la empresa de Inglaterra con creciente inquietud.

Inglaterra por su parte tampoco dormía tranquila. Por todo el país se había establecido a lo largo de las costas un sistema de fogatas para avisar con su resplandor, al interior del país, que la Armada española se aproximaba. De seguirse las indicaciones del Consejo Privado —y al parecer, por lo menos en este punto eran seguidas— el sistema se iría ampliando y perfeccionando, siendo conservado siempre dispuesto para inmediato uso. A la primera señal de humo o fuego y al subsiguiente resonar de campanas, los miembros de las milicias ciudadanas se presentarían en el lugar acostumbrado para ser agrupados en compañías y, bajo la dirección de sus respectivos capitanes, converger en los puntos de reunión fijados, desde donde serían conducidos por los gobernadores militares o sus funcionarios a presencia del enemigo.

Para las milicias civiles quizá fue una suerte no tener que enfrentarse con los veteranos del duque de Parma. Pero, según parece, había en el grupo valientes caballeros y ricos hacendados, en general no tan armados como ha sido dicho ni tan poco experimentados en el uso de las armas ni tampoco totalmente inexpertos en cuestiones guerreras. De todos modos, fueran como fuesen, eran lo único con que Inglaterra podía contar para hacer frente a una invasión, y durante aquel invierno de angustiosa espera —hasta donde podía llegarse dentro del límite de las órdenes del Consejo Privado y las disposiciones de las autoridades locales y de los militares repatriados a tal efecto del frente holandés— fueron mejorando gradualmente en armamento y en entrenamiento. .. Entretanto y especialmente por las costas del Sur y los condados del Este, en las

ciudades se iban abandonando y limpiando zanjas, se reparaban rápidamente las grietas invadidas de hierba de las murallas de las poblaciones (completamente descuidadas desde los tiempos de Bosworth), aquí y allá, muros de piedra iban siendo recubiertos de arena para defensa de la artillería y los núcleos ciudadanos que tenían puerto competían entre sí en la búsqueda de piezas artilleras con que reforzar sus baterías de costa. Por tierra, al menos, Inglaterra estaba mejor preparada para la eventualidad de una invasión en abril de 1588 que en el otoño del año anterior.

No obstante, los ingleses que conocían a fondo el asunto nunca creyeron que llegara la posibilidad de luchar en su propio territorio. Poco a poco, en el transcurso de los años, Inglaterra comprendió que el mar era su defensa y que tenía que defender el mar. El desarrollo de la guerra de los Cien Años, su mismo final, ahondó este convencimiento. Al gastar más dinero en barcos de guerra que cualquier otro monarca europeo, Enrique VIII incrementó una tradición establecida ya con anterioridad. La pérdida de Calais y la creciente enemistad con España agudizaron la convicción de que Inglaterra dependía del mar; en 1588 Isabel I poseía la flota más potente de Europa. Su columna vertebral la formaban dieciocho poderosos galeones, el más pequeño de los cuales desplazaba trescientas toneladas, construidos y armados según los cánones más modernos, capaces de superar en velocidad y capacidad la lucha a cualquier barco enemigo. Disponía, además, de siete galeones más pequeños, de unas cien