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Qué es bueno para el bebé?

No existen fórmulas para la educación infantil

Hasta ahora he hablado de la importancia del medio ambiente para el niño, y de la influencia que ejerce ese medio de la primera infancia sobre la formación de su der futuro. En casi todas las familias, y ciertamente, así sucede en Japón, es la madre quien lleva sobre sus hombros la principal responsabilidad de educar a su hijo, pero lo que estoy a punto de decir aplica en el caso de cualquier persona involucrada en el cuidado de niños pequeños. En primer lugar, la madre debe de poner en práctica gran parte de su propia iniciativa e imaginación para educar a su hijo de acuerdo con la etapa de desarrollo del pequeño. Las sugerencias detalladas que estoy a punto de ofrecerles deberán tratarse como ideas a partir de las cuales la madre debe hacer su propio juicio, aceptando o

rechazando, de acuerdo con la naturaleza particular o la etapa de desarrollo del niño como individuo.

Siempre que recomiendo que durante sus primeros años un niño debería escuchar buena música y admirar pinturas verdaderas, me veo rodeado de madres ansiosas que quieren saber exactamente qué es lo que trato de decir al hablar de “buena música” y de “pintura verdadera”. ¿Es buena la música de Beethoven o la de Mozart? ¿Es bueno Van Gogh o Picaso? Por supuesto, sí recomendamos música y pintura específicas para los niños, después de consultar a los especialistas en esos terrenos. Sin embargo, todo lo que podemos hacer es ofrecer algunas sugerencias para que los padres las consideren en relación con sus hijos, no un programa rígido que garantice la conversión del niño en un ser perfecto. En todos los aspectos, los japoneses parecen buscar fórmulas fijas: no se sienten seguros a menos a menos de que hagan determinada cosa en su forma fija. Pero en la educación, sobre todo en la infantil, no existe fórmula alguna. La madre deberá darle al niño, sin ninguna vacilación, cualquier cosa que piense que será buena para él.

Pienso que esta tendencia a buscar fórmulas es una de los defectos de la educación japonesa; simplemente porque el niño tiene cuatro años, debe asistir al jardín de niños y a los seis años debe iniciar su educación primaria. Tal norma, basada únicamente en la edad, hace caso omiso del propio nivel de capacidad del niño. De igual manera, las escuelas japonesas enseñan pintura y números en el jardín de niños, hiragana (el alfabeto japonés) en el primer año de la escuela primaria y caracteres chinos en el segundo año, como si el pensamiento educativo estuviese esclavizado bajo la idea de un programa fijo. Encontramos la misma reacción ante la idea del desarrollo temprano: a menos de que ofrezca una fórmula estricta, nadie se atreve a ponerla en práctica. Yo preferiría la noción de que las ideas, fórmulas y normas fijas sólo están allí para desafiarlas.

Debería cultivarse más ampliamente el hábito de sostener al bebé en brazos

Un bebé está malhumorado, la madre lo toma en sus brazos y él deja de llorar y sonríe: todos los padres de todo el mundo han experimentado esa situación una y otra vez. Pero la sabiduría tradicional a menudo ha censurado a la madre que toma en brazos a su bebé para tranquilizarlo, advirtiéndola contra el “hábito” de tenerlo constantemente en brazos y prediciendo que si a un niño se le toma en brazos siempre que llora, más adelante jamás dejara de llorar, a menos de que lo tengan en brazos. ¿Es verdad todo esto? Si esas actitudes se aceptan sencillamente como una advertencia en contra de amar ciegamente a un pequeño, o de “echarlo a perder con mimos”, estoy dispuesto a aceptarlas, pero me

opongo firmemente a aceptar dichas advertencias en un sentido literal. Yo sí creo en tomar en brazos al bebé, tanto como sea posible.

Para el infante que aún no conoce otro medio de autoexpresión, el llanto es la única forma de atraer la atención hacia sus necesidades. Mientras este llorando, eso significa que trata de pedir algo y el hecho de dejar sin respuesta esa petición sería limitarle sus primeras exigencias de una comunicación vocal.

Ya se ha aceptado ampliamente como algo de sentido común que la comunicación del niño con la madre, en particular mediante el tacto o “contacto de piel”, es muy importante en el desarrollo mental del pequeño. Recientemente, un diario japonés informó acerca de un interesante experimento sobre este punto, efectuado con monos. El doctor Harry Harlowe, director del centro de investigación de Primates en la Universidad de Wisconsin, retiró a un mono recién nacido del lado de su madre, ofreciéndole como sustituto varias madres fabricadas artificialmente y estudió la clase de madre que buscaba el bebé mono. Una de las madres sustitutas, en forma de cilindro, estaba hecha de alambres y la otra estaba hecha de tela. Cada una de ellas estaba equipada con alimentadores de leche y podía hacerse que se movieran con un movimiento de vaivén. El resultado reveló que el bebé mono escogió el calor y el tacto suave de la madre de tela, reaccionando al movimiento de balanceo y que el brazo suave y tierno de la madre al sostener a su hijo en brazos es tan importante para la salud emocional del pequeño como lo es la leche para su bienestar físico.

Desearía que los bebés tuviesen la suficiente comunicación de “tacto” con sus padres, ya que la considero como una parte esencial de los cimientos de un ser humano sensible. Se dice que el famoso niño salvaje de Aveyron experimentaba una gran seguridad cuando alguien le sostenía las manos.

Es bueno que los padres lleven consigo a sus bebés a su cama

Al igual que el hábito de “tener en brazos al bebé”, en Japón también se ha condenado la costumbre de “dormir con los hijos” como algo indeseable de los viejos tiempos. Por supuesto, es molesto si el niño únicamente conciliar el sueño cuando uno de sus padres se acuesta a su lado; pero jamás he sabido de un caso en el cual los padres no supiesen qué hacer ante una situación de esa naturaleza. Por el contrario, parece que es posible encontrar nuevos significados en ese hábito de dormir al lado del pequeño, en términos de un desarrollo sano de la capacidad y el carácter del niño.

Uno de esos significados es que la madre, cuyas manos están ocupadas durante todo el día y que difícilmente dispone del tiempo para comunicarse con el hijo, por lo menos cuenta con el tiempo para dedicarse a esa tarea cuando se acuesta a su lado hasta que se quede dormido. Otro punto es que durante ese breve lapso de tiempo transcurrido antes de que el niño concilie el sueño, su estado mental es muy apacible y fácilmente

receptivo, de manera que si, en vez de acostarse simplemente al lado del niño… o incluso de quedarse dormidos antes que el niño… el padre o la madre le cantan una canción, le cuentan una historia o le leen un libro, el impacto de esa actitud en el niño será sumamente creativo.

También podríamos sugerir que en vez de la madre, sea el padre quien, después de estar ausente todo el día, aproveche esta oportunidad de comunicarse con su hijo. EL doctor Seji Kaya, ex presidente de la Universidad de Tokio, acostumbraba leerle un libro a su hijo antes de dormir cuenta cómo, a veces él mismo dormido a medias, empezaba a leer y a cabecear, pero cuando interrumpía la lectura a menudo se encontraba con que el pequeño estaba despierto y escuchándolo. El doctor Kaya recuerda esa experiencia con un gran placer, pero sólo varios años después se tranquilizó al escuchar de labios de los educadores que ese hábito era bueno.

También se informa que en la Unión Soviética se ha investigado recientemente un método de aprendizaje durante el sueño. Aparentemente, cuando todavía se encuentra en una etapa de sueño ligero, antes de quedarse profundamente dormida, una persona escucha la información grabada, la cual se guarda en la propia memoria en un estado subconsciente, dispuesta a recordarse con facilidad, si se la refuerza en un estado de vigilia. Este estudio es un indicio de que podrían obtenerse resultados hasta ahora impredecibles ofreciéndole al niño experiencias de aprendizaje justo antes de que concilie el sueño.

Un niño educado por una madre que no posee oído musical, al crecer carecerá de oído musical

“Mi hijo no tiene oído musical; no sé qué hacer con él, ya que en la familia de su padre hay muchos familiares que carecen de oído para la música. Debe tratarse de un rasgo hereditario". Con mucha frecuencia he escuchado a varias madres expresar esta queja. Es verdad, hay niños sin oído musical cuyos padres también carecen de éste. Sin embargo, esto no significa que la falta de oído musical sea un rasgo genético. Por otra parte, la falta de éste sí puede trasmitirse de padres a hijos.

Supongamos que la madre no tiene oído musical y que el niño, desde la mañana hasta la noche se ve obligado a escuchar una canción de cuna cantada fuera de tono. La mente del niño quedará saturada con el tono incorrecto de la madre, y empleando ese tono ajustado, según el modelo de la madre, cantará canciones desentonadas, de acuerdo con ese patrón. Cuando la madre escucha cantar a su hijo, salta a la conclusión: “Mi hijo carece de oído musical; después de todo, el sentido musical es algo hereditario”. Entonces, si Beethoven y Mozart hubiesen sido educados por madres que no tenían oído musical, con toda seguridad habrían resultado desentonados.

De acuerdo con mi teoría, el hijo falto de oído musical de una madre con el mismo problema, posee una habilidad superior de escuchar, ¡ya que puede escuchar y captar el

tono incorrecto de la madre! Según eso, me imagino que tanto como Beethoven como Mozart habrían sido excepcionalmente faltos de oído musical.

Pues bien, como un ejemplo que les demuestre que la falta de oído musical no es cuestión de herencia, les contaré una historia verdadera, la de un niño carente de oído musical curado de su problema. El doctor Shinichi Suzuki se hizo cargo de un pequeño de seis años de edad, que vivía en Matsumoto y que era desentonado y lo curó completamente de su problema.

Como es común, la madre de ese niño era bastante desentonada. “Un niño desentonado lo es porque fue educado por un padre o una madre faltos de oído musical”, declara el doctor Suzuki, cuya técnica fue hacer que el pequeño escuchara repetidas veces la misma canción, entonada, que su madre le cantaba fuera de tono. El doctor Suzuki comentó que el número de veces que hizo que el niño escuchara esa canción quizá fue cuatro veces mayor que los varios de miles de veces que su madre se la cantó fuera de tono. Durante todo ese tiempo, el patrón del tono materno, arraigado en su mente, quedó totalmente erradicado, y se formó un patrón de tono absolutamente nuevo y correcto, curando así por completo al niño de su falta de oído musical. Ese niño siguió progresando hasta llegar a tocar con toda corrección los conciertos para violín de Brahms y Beethoven, e incluso ya ha dado conciertos como solista en Canadá.

De manera que el sentido musical, en particular, y el carácter y el desarrollo del cerebro en general, pueden estar condicionados por los hábitos cotidianos de la madre. Su comportamiento, en apariencia más insignificante y trivial, puede afectar inconmensurablemente al niño pequeño.

Jamás dejen de reaccionar cuando su bebé llore

Un reciente éxito de librería en Estados Unidos, titulado Revolution in Infant Learning, describe el siguiente experimento en la educación infantil.

Se envió a un grupo de personas especialmente entrenadas a algunos hogares privados y a instituciones infantiles en Washington, D. C. para instruir a los niños pequeños. Esas personas fueron enviadas a distritos empobrecidos, habitados principalmente por negros, a fin de visitar a alrededor de treinta bebés de quince meses de edad. Cada uno de esos tutores especiales pasaba una hora cada día, exceptuando los domingos, con uno de los treinta bebés, jugando y charlando con él. Un psicólogo, el doctor Earl Shaefer, informó que su objetivo era estimular el intelecto del infante, concentrándose en la expresión verbal. En otro experimento similar, el doctor Shaefer envió a nueve mujeres jóvenes a visitar algunos hogares a fin de instruir a bebés de catorce meses de edad.

Los resultados de las pruebas de inteligencia que se hicieron a esos bebés a los veintisiete meses de edad, demostraron que la evaluación de su coeficiente de

inteligencia era de diez a quince punto más elevada que la de los bebés del grupo de control, sobre todo en los que se refería a la habilidad verbal.

Los experimentos antes mencionados se llevaron a cabo con objeto de promover la educación de los niños nacidos en hogares pobres, en los que ambos padres se veían obligados a salir de trabajar. El éxito de esos experimentos en tales hogares debería garantizar un éxito todavía mayor en hogares más privilegiados, si los padres se tomaran la molestia de jugar con regularidad y con un fin intencional con sus hijos.

Cuando un bebé tiene dos o tres meses de edad, empieza a reír, a balbucear y a recordar todo lo que sucede a su alrededor. Antes de darnos cuenta, empieza a grabar en sus células cerebrales las palabras y acciones más triviales de su madre, el hecho de si la madre está o no disponible como compañera para él, afecta grandemente el desarrollo de la inteligencia del bebé.

Consideren la siguiente historia. Una joven pareja vivía en un departamento de una sola habitación y de dimensiones reducidas cuando nació su primer hijo. Puesto que el departamento era tan pequeño, el niño y su madre estaban siempre al alcance del oído uno del otro, sin importar lo que la madre estuviese haciendo... y como distracción, la madre acostumbraba acompañar a su bebé cuando empezaba a balbucear. Pero poco tiempo después, la familia se mudó a un departamento público, con tres recámaras y cocina. Al contar con habitaciones adicionales, los padres decidieron tener otro hijo, y en esta ocasión nació una niña; esa niña se crio en una habitación tranquila, alejada de la cocina en donde la madre siempre se encontraba ocupada. Mientras que el niño mayor empezó a hablar con coherencia entre los siete y los ocho meses de edad, su hermanita apenas balbuceaba a los diez meses. Lo que es más, en contraste con la vivacidad del hermano, siempre sonriente y rebosando de alegría, la hermana creció como una niña muy tranquila y taciturna. Podría llegarse a la conclusión de que fue el grado hasta cual la madre fue compañera de cada uno de sus hijos, lo que explica esta diferencia en sus caracteres.

No hay necesidad alguna de emplear un vocabulario infantil con su hijo

El otro día, cuando cenaba en un restaurante, de pronto escuché una voz que surgía de la mesa de al lado: “ez hora de decirte adióz, mami”. Sorprendido ante esa extraordinaria declaración, miré a mí alrededor y me encontré con un niño de unos dos años de edad; frente a él había un plato de estofado. Intrigado, le pedí a su madre que me explicara las palabras del pequeño. “El niño memorizó las frases de un comercial de televisión para un estofado de cierta compañía y debió recordarlas cuando le sirvieron el estofado”, me explico.

Nosotros los adultos nos olvidamos muy pronto de las frases de los comerciales de televisión, casi después de haberlos visto y oído; pero un bebé las recuerda exactamente,

aun una frase tan larga como esa, incluyendo el tono de voz y la entonación exactos con las cuales se pronuncian esas frases.

En casi todas las culturas, las personas a menudo emplean el llamado vocabulario infantil para dirigirse a los bebés y a los niños pequeños. Por ejemplo, en japonés decimos chenchei en vez de sensei (maestro) y miju en vez de mizu (agua). Sin embargo, en los programas de radio y televisión no se usa el lenguaje infantil para el beneficio de los niños y, sin embargo, para el momento en que el niño tiene dos años de edad, puede comprender muy bien el lenguaje de un programa promedio.

Por supuesto, un bebé apenas balbucea cuando empieza a hablar. Es muy probable que esto se deba a la lentitud en el desarrollo de sus órganos vocales más que al de su cerebro, de manera que sus labios no se mueven en coordinación con su deseo de hablar. Por consiguiente, si los adultos que lo rodean siempre le hablan en un lenguaje infantil, sobre la base de algún prejuicio de que el bebé únicamente comprende la charla infantil, los hábitos de un lenguaje correcto jamás se conectarán en su cerebro. Para expresarlo en su forma más extrema, quizá el niño, para lograr el circuito de un inglés o un japonés correctos, tenga que depender no de sus propias conversaciones con los adultos, sino escuchando los intercambios entre los padres mismos y entre otros adultos a su alrededor.

Por lo tanto, de ninguna manera es necesario hablarle al niño en un lenguaje infantil. De cualquier modo, se espera que el niño crezca comprendiendo el japonés correcto en cuestión de varios meses, pues una vez que asiste al jardín de niños, los padres, de pronto, tratan de curar a su hijo del hábito de emplear un lenguaje infantil, diciendo: “Ya no eres un bebé, así que debes de hablar un lenguaje correcto”. Esto significa imponerle al niño una doble carga innecesaria.

En una ocasión escuché a una madre francesa, que con motivo del matrimonio de su hija le comento al futuro esposo: “Mi hija no lleva ninguna dote al matrimonio, pero habla muy bien francés”. Tal orgullo por un buen dominio del propio idioma me parece algo admirable y me agradaría mucho ver que a cada niño se le ofrecieran las mejores oportunidades de hablar francés o un inglés correctos. Y la mejor oportunidad depende de la experiencia obtenida en la infancia al sostener conversaciones en un inglés o un francés correctos. Si no les ofrecemos a los niños tales oportunidades, muy pronto todos andarán por allí gritando: “Ezta vez, digamos adiós al lenguaje infantil”.

El descuido de su hijo es peor que el hecho de mimarlo demasiado

En los últimos años en Estados Unidos, ha surgido una creciente conciencia en cuanto a que el problema de la gente pobre de raza negra, para algunos la preocupación más

importante a la cual debe enfrentarse la nación, yace no sólo en los prejuicios raciales, sino en la educación que reciben los niños negros antes de asistir a la escuela. Muchos psicólogos han efectuado investigaciones en el distrito de Harlem, en Nueva York, y en varios distritos negros, llegando a la conclusión de las diferencias en los índices de coeficiente de inteligencia y en el carácter se deben en primer lugar a las diferencias en el

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