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LA BUSCA DE ABENTOFAIL

In document Diego Tatián - Baruch (página 45-49)

El Dr. Johannes Bouwmeester fue fundador de la sociedad literaria Nihil volentibus arduum y también director del Teatro de Ámsterdam. A pedido de sus amigos Spinoza y Meyer, realizó una traducción al ho- landés del clásico relato panteísta del filósofo granadi- no Ibn Tofail o Abentofail, llamado originalmente Risala

Hayy ibn Yaqzan fi asrar albikma al-mušrigiya (Epístola de Hayy ibn Yaqzan acerca de los secretos de la filosofía ilumi- nativa) aunque más conocido como El filósofo autodi- dacto (Philosophus autodidactus...), según el título de la

edición príncipe –que incluye el original árabe y una versión latina– publicada en Oxford por E. Pococke en 1671. La traducción de Bouwmeester fue tomada de allí, y publicada por Rieuwertsz un año después, en 1672. Misteriosamente, la segunda edición de 1701 lleva las iniciales S. d. B., que invertidas se leen B. d. S. Misteriosamente, un ejemplar de las Opera posthuma que consta en la Biblioteca Rosenthaliana de Ámsterdam se halla encuadernado junto a la versión holandesa de la

Epístola de Hayy... Misteriosamente, Spinoza no tenía en

su biblioteca el libro cuya traducción había impulsado.

El filósofo autodidacto relata la vida de Hayy ibn

Yaqzan, nacido en una isla desierta de la India bajo el Ecuador. El niño habría sido criado por una gacela y, como Robinson, se viste con pieles de las bestias, cons-

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truye una choza, cultiva alimentos y cría animales, pero antes, por espontánea inteligencia y curiosidad de las cosas del mundo, aprende la ciencia y descifra filosófi- camente el universo hasta lograr la visión intuitiva de Dios.

Un día llega a la isla un anacoreta llamado Asal con el propósito de apartarse de la sociedad humana, en busca del retiro y la soledad. Cuando Hayy ibn Yaqzan lo vio, “le pasó la mano por la cabeza y por los costa- dos, lo acarició y le mostró un rostro alegre y contento, hasta que Asal perdió el miedo y vio que no intentaba nada contra él”. Aquí, la curiosidad del solitario no es sólo intelectual sino física: vivo deseo de lo descono- cido, atracción por él. El peregrino enseña al nativo el lenguaje y, cuando lo logra, se maravilla de que Hayy hubiera llegado por medio de la razón natural más lejos en el camino de la verdad que él por medio de la reli- gión, y se impone la obligación de servirlo e imitarlo. A su vez, Asal le describe el culto externo y los preceptos de la religión, en los que Hayy no encuentra nada con- tradictorio con lo experimentado en el éxtasis sublime logrado por la sola inteligencia.

La incursión de ambos amigos por el mundo de los hombres –pues hacia el final del relato emprenden un viaje a la isla habitada de la que provenía Asal para comunicar a sus pobladores la verdad tal y como ha- bía sido hallada por el filósofo autodidacta, esto es, de manera no alegórica–, acaba en fracaso dado que “los hombres son como las bestias”, al menos en su mayoría, sólo capaces de obedecer, de aspirar a premios y temer castigos. Antes de volver a la soledad de su isla, Hayy comprende la necesidad política de las alegorías, de los profetas y del culto externo para la “salvación de los ignorantes” –según un tópico clásico que se extiende desde la historia de la caverna platónica hasta el Tratado

la vida de los muchos está definida por las pasiones y –aunque el texto no lo diga– es precisamente esa condi- ción la que abre la vida política, inexistente en las islas de un solo habitante.

¿Cuál, me pregunto, pudo ser el motivo que con- dujo a esta vieja historia hispanoárabe a quien escribió tantas veces contra el mito de la soledad, contra la pre- sunta dulzura de la vida agreste y contra la nostalgia? Arriesgo una conjetura: la nostalgia.

En la biblioteca de Spinoza no está el volumen de la

Risala… traducida por el doctor Bouwmeester que su

amigo Rieuwertsz debió sin duda haberle enviado a La Haya no bien estuvo lista la edición. Pero sí está en cam- bio la más importante narración del barroco español, en cuyas páginas iniciales Gracián relata el naufragio de Critilo y su llegada a una isla sólo habitada por el joven Andrenio, quien no obstante no haber visto nun- ca antes a un ser humano le salva la vida ayudándolo a llegar a tierra. Y aunque carecían de común idioma (pues el isleño sólo sabía imitar “los bramidos de las fieras y los cantos de los pájaros”), “crecía en ambos a la par el deseo de saberse las fortunas y las vidas”. De manera que Critilo emprendió la enseñanza del lengua- je al inculto Andrenio, quien lo aprendió con facilidad gracias al “deseo de sacar a luz tanto concepto por toda la vida represado, y la curiosidad de saber tanta verdad ignorada”. Las primeras palabras del isleño fueron para expresar una curiosidad de sí: “Yo, dijo, ni sé quién soy, ni quién me ha dado el ser, ni para qué me lo dio: qué de veces, y sin voces, me lo pregunté a mí mismo, tan necio como curioso, pues si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera yo responderme”. Los estudiosos de la literatura española han mostrado que, por haber sido publicado en su versión latina veinte años más tarde que la primera parte de El criticón, el relato de Abentofail no pudo ser una fuente de Gracián sino que

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ambos habrían tenido por fuente común un viejo cuen- to tradicional árabe llamado Cuento del ídolo y del rey y

su hija, muy popular en España desde el siglo dieciséis.

Una noche de invierno Benedictus recordó el rostro de un niño gentil que lo llamaba Bento; recordó la tarde en la que Menasseh le explicó el significado del nombre Baruch mientras encendía las candelas de la Sinagoga; recordó los relatos tradicionales que Hanna Deborah le contaba en dulcísimo español, y sintió nostalgia. No era nostalgia de su infancia, no de su madre, no del viejo maestro, sino de un lugar que no conoció y al que sin embargo hubiera querido volver.

In document Diego Tatián - Baruch (página 45-49)

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