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UN CUADRITO QUE REPRESENTA A UN TIPEJO

In document Diego Tatián - Baruch (página 55-65)

Alguien muere. Lo que deja alguien que muere está envuelto en un tabú. Cuando ya no son de nadie, las cosas cambian completamente de aura y se cargan de una espectralidad misteriosa, a veces insoportable, en particular la ropa y las telas, las almohadas, la cama, todo lo que tuvo un contacto asiduo con la piel y con las partes del cuerpo –sobre todo las que no son las manos. Otro tipo de objetos, en cambio, se recobran del despojo con mayor facilidad.

¿Qué deja un filósofo al morir? ¿Qué ha recogido a lo largo de sus días? ¿Qué decidió conservar de todas las cosas que interceptaron su existencia en algún punto y qué, en cambio, consideró preferible no procurar para sí? Las cosas que alguien deja al morir son las reliquias de un tipo de intimidad con el mundo; las que deja un filósofo en particular, también, los restos de una forma de vida y de una contemplación

…En primer lugar una cama, una almohada, dos almo- hadones y dos mantas, junto con un par de sábanas rojas, cortinas y un volante con una colcha de paño, y, además, siete camisas, buenas y malas, y dos pares de sábanas más –dice

el primer inventario de las cosas de Spinoza, firmado el mismo día de su muerte por el notario público W. van den Hove.

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Sigue lo que se halla en un cuartito de la fachada, cuya puerta ha sido sellada por mí, el notario: un molino de afilar, con distintos utensilios, para pulir cristales y un armario con diversos libros; un pantalón y una chaqueta turcos, un pantalón y una chaqueta de paño, y un abrigo turco de color y otro turco negro; ítem un manguito negro, una llave y un sello al lado; ítem dos sombreros negros y un manguito negro; dos pares de zapatos, unos negros y otros grises, con un par de hebillas de plata; un cuadrito que representa a un tipejo; una mesita de madera y otra mesita de tres patas; otras dos mesitas con utensilios encima y un cofrecito que está debajo.

Doce días más tarde, el 2 de marzo, un segundo inventario (¿por qué razón?) repite algunas cosas del primer conteo y agrega otras.

Lanas. En primer lugar, una cama, una almohada, dos almohadones, una colcha blanca y otra roja, dos sábanas, cor- tina, volante y colcha. [Además], un abrigo turco negro y otro de color; una chaqueta de tela de color con una almilla y un pantalón de tela de color, una chaqueta turca negra y un pan- talón turco y negro; una chaqueta vieja de sarga, un par de medias de punto negras; dos sombreros negros, un manguito con un par de guantes; un par de zapatos negros y otros gri- ses, un viejo bolso de viaje a rayas y un gorro viejo de guata.

Ropa blanca. Dos pares de sábanas, seis fundas de almoha- da, dos bolsas de ropa; siete camisas, diecinueve alzacuellos; diez pares de puños, buenos y malos; cuatro pañuelos de algo- dón, con otro pañuelito a cuadros; catorce pares de calcetines de hilo y otro más, entre buenos y malos; una bufanda, con dos corbatas de algodón, y dos pañuelos malos.

Según el anuncio del 2 de noviembre de 1677, la su- basta de los bienes dejados por Spinoza tendría lugar en La Haya, en casa del señor Hendryck van der Spyck, pintor, en el Paviljoensgracht, frente a Dubelestraat; según ese mismo documento se venderán el día jueves 4 de noviembre a las nueve horas, en pública subasta

al mejor postor: libros, manuscritos, catalejos, lentes de aumento, vidrios pulidos al efecto y distintos utensilios de pulir, tales como molinos y llaves de metal, grandes y pequeñas, apropiadas a ese fin.

El jueves indicado por el anuncio se vendieron, efectivamente, los bienes del difunto señor Spinoza en casa del mencionado señor H. van der Spyck, sobre el Burgwall, por 430,65 florines. La suma no hubiera sido mucho más abultada si se hubiera contado en el remate con el cuchillito de mango de plata que, según Colerus, al marcharse de la habitación donde acompañaba al mo- ribundo se llevó consigo el doctor Lodewijk Meyer, una vez constatada la muerte de su viejo amigo –algunos afirman que no se trató de Meyer sino de Schuller; otros que ni de Meyer ni de Schuller sino de Bouwmeester.

De todas las cosas registradas por el notario sólo hay una carente de uso en sentido estricto. No imagino subastado el cuadrito con el tipejo que –adorno soli- tario, regalo sentido de alguien amado o adquisición en la tienda de un chamarilero simpático a orillas del Amstel– habrá ocupado una de las paredes en la habi- tación en alto del filósofo durante los días tranquilos de trabajo con el vidrio y las noches frías del cuerpo paciente inclinado sobre el manuscrito de la Ética. Ese pequeño cuadro –que presumo sin ningún valor, como el que conservaría una abuela o una tía vieja en una sala a oscuras– me conmueve sin que yo sepa muy bien por qué. Si pudiéramos transformar todo lo que menciona la enumeración del notario en una imagen fotográfica, el cuadrito del tipejo sería el punctum del que hablaba Barthes.

Seguramente, al menos durante un tiempo, habrá quedado arrumbado en la habitación de trastos de Van der Spyck.

HERENCIA

Kortholt y Colerus transmiten que la única heren- cia obtenida por Spinoza tras el saqueo familiar de sus hermanos, fue una cama. Tal vez hubo algo más. Entre los objetos encontrados en su habitación el día de su muerte –además de una mesita de roble, otra mesita de roble de tres patas, dos mesitas de abeto cuadradas con un cajón, una caja de color, una librería de roble con cinco anaqueles y un cofre viejo, según consta en el acta notarial–, hay uno inadvertido y precioso: “un juego de ajedrez en una bolsa” (Freudenthal 164/69). Ni en sus cartas, ni en los testimonios de sus amigos, ni en las biografías antiguas hay menciones que proporcionen alguna información de Spinoza como ajedrecista. Si lo había sido, quizá el tablero se hallaba siempre abierto con algún problema en curso con el que se distraía de la redacción filosófica y de la lectura; o quizá sólo lo abría para una partida cuando algún visitante llegaba a la Paviljoensgracht. Pero podemos presumir otra cosa. Podemos imaginar ese juego como una remota heren- cia sefaradita que pasó por muchas generaciones, por muchos países y por muchos peligros hasta llegar a esa precisa casa de La Haya. En caso de que así fuera, al entregárselo a Baruch antes de morir, su padre Michael pudo haberle confiado que su abuelo Abraham lo trajo consigo de Nantes para luego obsequiárselo a él una

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tarde cualquiera en Vidigueira, y que antes, hacía mu- chos años, Abraham lo recibió de Fernão, su padre. A su vez, el padre de Fernão, cuyo nombre se ha perdido, lo había puesto entre las pocas cosas que pudo llevarse cuando, de un día para el otro, debió huir con su pueblo de España y de la muerte. El ajedrez era muy popular entre los árabes y los judíos de la Península (en tiempos de Al-andalus, la reina carecía de poder y movía de un casillero solo, como los peones). Probablemente el juego de Spinoza tenía aún elefantes (en árabe al-fil) en lugar de obispos, figura introducida más tarde por los cristianos en detrimento del noble paquidermo, que los hindúes usaban en la guerra.

El ajedrez que Spinoza conservaba dentro de “una bolsa” es el más misterioso de sus objetos –acaso algu- nas veces sacaba las piezas, las dejaba caer sin orden sobre la “mesita de roble” para tocarlas o sólo mirarlas con tristeza, como vestigios de una memoria que no ha- bía sabido honrar. Como todo lo demás, fue subastado el 4 de noviembre de 1677.

PESCADOR

El cuaderno de dibujos de Spinoza que Van der Spyck le enseñó al pastor Colerus (“Tengo entre mis manos todo un librito con sus dibujos”, escribió este en su relato sobre la vida del filósofo, como si quisiera convencer al lector de su veracidad) al parecer contenía retratos de “personajes relevantes” que Colerus dice silenciar “por razones obvias”, para sólo detenerse en el retrato de Masaniello que consta en la “página cua- tro” –seguramente una réplica del conocido grabado de Pieter de Jode, circa 1660. Según la descripción del reli- gioso alemán, el dibujo de Spinoza representa al pes- cador napolitano “en mangas de camisa y con una red de barco sobre el hombro derecho”. El hospedero –de quien tenemos así de manera indirecta la única infor- mación de ese cuaderno de dibujos que Colerus afirma haber tenido en la mano–, le habría dicho también que el rostro del mítico revolucionario de Nápoles era un autorretrato de Spinoza, pues “se parecía a él punto por punto”.

Los diez días que conmovieron a Nápoles en la revuelta antiespañola de julio de 1647 tuvieron una intensa circulación e interés en los grupos radicales de Holanda y de toda Europa, y una extensa iconografía no obstante la damnatio memoriae del joven pescador, y la orden de la realeza española, tras su asesinato, de

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quemar sus imágenes y abstenerse de realizar otras –con excepción de escritos, dibujos y pinturas que lo mostrasen como un “loco”. Son conocidos los retra- tos de Aniello Falcone (1647), el de Micco Spadano en el que Masaniello está vestido de capitán general, o el Masaniello precozmente envejecido de Onofrio Palumbo (ca. 1647). Lo es menos el de Andrea de Lione, del mismo año, salvado por milagro de la destrucción española (todos ellos y muchos otros pintores forma- ban parte de la Compagnia della Morte, grupo clandesti- no que en las noches tendía emboscadas a los españoles por las calles de Nápoles). También ha sobrevivido una importante cantidad de estampas populares anónimas, que inundaron Europa tras el asesinato y decapitación de Masaniello el 16 de julio de 1647, último día del bre- ve “reinado” que instituyó en la ciudad con el apoyo de las clases populares y los artistas.

El escueto pasaje en el que Colerus habla de este dibujo donde Spinoza se habría autorretratado vestido como pescador, transmitió a la posteridad la leyenda de un Spinoza revolucionario: finalmente, en esa ima- gen perdida estaría cifrada la idea que el filósofo ha- bría tenido de sí y el secreto de su obra. Sin embargo, otra interpretación es posible. Baruch (por entonces ya Benedictus) no quiso retratarse como revolucionario sino sólo como un pescador, como un hombre de mar contiguo a ese inocente mundo sumergido en el que los peces grandes se alimentan de los más pequeños sin perturbar la naturaleza, al igual que tampoco lo hacen las arañas que riñen.

El día que Spinoza tomó un carbón y se dibujó con una red de pesca al hombro, tal vez sintió la muerte cerca y recordó, o anheló, el olor del mar.

CURAÇAO

Tuvo la súbita revelación de que se iría lejos la fría tarde en la que caminó hacia la sepultura de su herma- no junto a un grupo de personas que desconocía, como lo desconocía todo de Baruch. Ahora enferma, Rebeca observó el mar desde la playa de esa isla remota que no hacía honor a su nombre y pensó con nostalgia en su in- fancia, en el negocio de especias de su padre donde sus hermanos y ella jugaban a esconderse, en la Sinagoga vacía donde sintió el miedo por primera vez. No sabía por qué, en esos días de debilidad el rostro lánguido de Baruch la golpeaba como una ola de pasado que percu- tía con emoción; se reprochaba no haberlo acompañado después del herem que destrozó a su familia.

Iba todas las tardes a la costa para olvidarse de los rostros afiebrados que acariciaba sin esperanza, y para simplemente mirar el mar como si trajera cosas olvida- das de su vida. Aquella vez, al enterarse de la muerte de Baruch, había viajado a La Haya de inmediato y no pudo evitar ser capturada por una pena aguda mientras observaba con discreción a las personas del cortejo que acompañaron los restos de su hermano hasta la Iglesia Nueva, tratando de comprender en algún signo fortuito el significado de una vida de filósofo. Salvo ella, ningún judío se había acercado ese día a la Paviljoensgracht, ni a la Iglesia. Le pareció en cambio que Baruch era muy

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querido entre los artistas y los comerciantes gentiles y que había cultivado amistad con mucha gente sencilla. Ella había ido por remordimiento. Todos pensaron que fue por interés en las pertenencias de su hermano; en realidad, la única que le interesaba era una vieja cama familiar que se hallaba aún entre sus cosas y que ella recordaba bien, pues allí dormían juntos cuando eran niños en algunas noches de invierno. Aquella tarde, ca- minado hacia la Iglesia entre gente desconocida sintió por primera vez que quería irse lejos, lo más lejos que fuera posible, y también un intenso deseo de hacer algo por otros, de ayudar a seres ignotos en cuyo fondo se agitan otras lenguas, otras memorias, otras mañanas, otras historias.

Ahora, sentada al borde de una isla perdida en un continente nuevo, pensaba en su vida y pensaba que pronto moriría, como había visto morir a tantos hom- bres y mujeres en Curaçao sin poder otra cosa que es- cuchar incomprensibles palabras de dolor en creol y de- jarse tomar la mano en el momento en que se iban. Los moribundos necesitan que alguien los acompañe para tomarles la mano con angustia, como si se sintieran a punto de caer desde muy alto. Ahora, frente al mar, se preguntaba si Baruch había tenido junto a él una mano amiga de la que aferrarse cuando sintió que la vida lo dejaba. Ya casi no quedaba luz, se paró con dificultad, sacudió la arena de su cuerpo y caminó despacio de re- greso a la aldea. Se había hecho demasiado tarde.

Rebeca murió ese año de 1695, al igual que su hijo Miguel, de fiebre amarilla. Tal vez pensó aún una úl- tima vez en Baruch, como quien busca una mano en el momento antes de caer a lo desconocido. En la más antigua tumba del más antiguo cementerio judío de América está inscripto desde entonces el nombre de Spinoza, que Rebeca trajo desde Holanda, con el pro- pósito de ayudar a otros.

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