SOCIAL QUE SE LES COBRA POR ELLO
María Florez-Estrada Pimentel Al dar su Informe Semianual sobre la Política Monetaria, al Comi- té de Asuntos Bancarios del Senado estadounidense, en febrero de 2007, Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de ese país, advirtió que la capacidad productiva estadounidense, principalmente su fuerza de tra- bajo disponible, estaba prácticamente utilizada en su totalidad (pleno empleo), pero -atípicamente para las crisis cíclicas del capitalismo-, la demanda continuaba en alza gracias a que era artificialmente estimulada con el ofrecimiento irresponsable de crédito barato.
Un año después, estalló la burbuja especulativa del mercado hipo- tecario y se manifestó la más reciente crisis económica mundial.
Quiero examinar, aquí, las explicaciones que Bernanke dio en esa oportunidad sobre las causas estructurales de largo plazo, de la crisis dijo: que el principal problema de la economía de EE.UU era que su capacidad productiva había llegado al límite, debido a dos factores: primero, a que el incremento en la participación laboral de las mujeres habría alcanzado ya su tope y, segundo, a que la generación del llamado baby boom comen- zaba a jubilarse sin que se esperara un aumento en las tasas de reposición demográfica, debido a decisiones culturales (Bernanke, 2007).
Y por eso, hoy, el Presidente Barack Obama se encuentra promo- viendo cambios en el plano de la formación para el empleo a partir del uso y desarrollo de las nuevas tecnologías, en la esperanza de que el pro- blema de la capacidad productiva y de la productividad de la economía estadounidense se resuelvan mediante un salto cualitativo que solvente el hecho de que la ruptura del viejo pacto sexual y social de la segunda post- guerra mundial probablemente sea irreversible.
Analicemos, entonces, los dos factores estructurales influyentes en la crisis reciente del sistema productivo estadounidense, según Bernanke. El primero es que el incremento en la participación laboral de las mujeres estadounidenses habría alcanzado ya su tope. Y el segundo, es- trictamente ligado al primero, que la generación del llamado baby boom
comienza a jubilarse, sin que se espere un incremento en las tasas de re- posición demográfica, debido a decisiones culturales. Es decir, que ambos factores estructurales de la reciente crisis en la economía real estadou- nidense, tienen como protagonistas a las mujeres y presionan al sistema tradicional de los géneros.
En el primer caso, porque al incrementarse de manera creciente la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, pero también al ser ellas cada vez más educadas y capacitadas, no solo en EE.UU, sino como tendencia en el mundo capitalista, se ha producido un cambio subjetivo, y por tanto, cultural: cada vez más mujeres postergan la maternidad y la subordinan a otras metas existenciales, como educarse, trabajar y ganar dinero, comprar una casa, viajar, divertirse y “vivir bien”, o la rechazan del todo, no quieren ser “amas de casa” como lo fueron sus propias ma- dres, ni producir y reproducir a la fuerza de trabajo.
Y esto, a su vez, está causando una transformación demográfica: en algunos países, la tasa neta de fecundidad está al nivel o incluso por debajo de la tasa de reposición, como ya ocurre en Costa Rica.
Por lo tanto, mientras las infantes y los infantes que nacieron en la generación del llamado baby boom han envejecido y salen de la fuerza laboral –se jubilan-, las decisiones culturales que están tomando prin- cipalmente las mujeres, no garantizan que esa fuerza laboral pueda ser repuesta con nuevas generaciones.
Pero, igualmente importante, el jefe de la FED (Sistema de Re- serva Federal de los Estados Unidos) también está reconociendo que el capitalismo estadounidense actual necesitaría de más mujeres trabajando remuneradamente o, en todo caso, de una fuerza de trabajo más numero- sa (y ya sabemos de sus restricciones migratorias), para atender la deman- da global en tiempos de actividad económica de pleno empleo.
Esto significa que el “pacto” sexual implícito en el modelo típico de “burgués y proletario” y de “proletario-proveedor-con esposa traba- jadora-doméstica gratuita-productora de prole para intercambiar en el mercado”, del capitalismo industrial, ya no da para más.
Y no da para más por “decisiones culturales”, porque creciente- mente las mujeres no quieren ser “amas de casa” y tener prole y reprodu- cirla como su sentido fundamental en la vida, sino que quieren ser au- tónomas económicamente para poder decidir más libremente qué hacer de sus vidas.
INSTITUTO DE ESTUDIOS DE LA MUJER, UNIVERSIDAD NACIONAL
GÉNEROS, FEMINISMOS Y DIVERSIDADES
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Y los avances feministas logrados por las mujeres en sus diferentes luchas han producido una transformación cultural que a su vez transfor- ma a la economía.
¿Quién se encargará, entonces, de la producción y reproducción gratuita de la fuerza de trabajo necesaria para el mercado y, con ello, de abaratar el costo de los salarios? ¿Podrá la revolución científica y tecno- lógica proveer el incremento en la productividad que se requiere para compensar la limitada oferta laboral?
He aquí el problema que enfrentan, en mayor o menor medida, es decir, como tendencia, las economías reales del capitalismo contemporáneo.
Lo cierto es que no se puede analizar la economía únicamente como “modo de producción” en sentido clásico, cuya caracterización de- pende del lugar que ocupen los actores en cuanto a la propiedad o no de los medios de producción, sino que, para comprenderla, es necesario conocer, principalmente, quiénes, cómo y a qué precio económico, pero también subjetivo, se hacen socialmente cargo de producir y reproducir a la fuerza de trabajo, lo cual implica analizar la economía según el lugar que en ella ocupan principalmente las mujeres.
La interpretación que quiero plantear, entonces, es que el para- digma de desarrollo capitalista adoptado a raíz de la crisis económica mundial de la segunda mitad de los años 70 del siglo XX, pero con mayor claridad con el modelo económico iniciado en la década de los años 90 del mismo siglo, implicó la ruptura del “pacto” sexual y social sobre el que se construyó el capitalismo de la segunda posguerra.
Mientras que después de la Segunda Guerra Mundial -de la Guerra Civil de 1948 y de la fundación de la Segunda República, en el caso de Costa Rica- se reorganizó el capitalismo sobre la base de un pacto social que a su vez llevaba un pacto sexual implícito-, un pacto entre hombres, por el cual el Estado, patronos y trabajadores garantizaban tripartitamente la provisión de garantías sociales o de ese “salario familiar” suficiente para la reproducción del trabajador (literalmente) y de su familia, a lo largo de sus vidas (la promesa del Estado del Bienestar), con la puesta en efecto del nuevo modelo privatizador, el viejo pacto comenzó a fracturarse.
La decisión política de realizar cambios estructurales, en el sentido de retirar al Estado de la economía –desmontar el “Estado empresario” y reducir el Estado Social, en el caso costarricense–, y ampliar el espa- cio para el sector privado, unido al abaratamiento del costo de la fuerza
de trabajo, mediante el ataque a los salarios mínimos, en Costa Rica se redujeron de 400 a 90 las categorías ocupacionales para las que el Con- sejo Nacional de Salarios fijaba montos mínimos (Lizano, 1999:80),1 y
se garantizó a “los asalariados” (literalmente) un ingreso mínimo que les permitiera adquirir una “canasta básica salarial” que cubría “apenas una tercera parte de los bienes y servicios tomados en cuenta para calcular el Índice de Precios al Consumidor”. (Lizano, 1999: 77-78) 2, tuvo un
impacto en los ingresos de los hogares, que provocó el efecto de “traba- jador añadido”, esto es, que los hogares no pudieran subsistir con un solo proveedor, y este trabajo remunerado adicional fue, y todavía es provisto, principalmente por las mujeres.
Esto quiere decir que aquella crisis se zanjó de modo que mien- tras capitalistas y trabajadores seguirían obteniendo plusvalía del trabajo gratuito de las mujeres en la reproducción de la fuerza de trabajo social- mente necesaria para el mercado, los hogares ya no podrían subsistir úni- camente con un proveedor, sino con dos, y con la sobreexplotación del trabajo (doméstico gratuito y ahora también remunerado) de las mujeres.
La expresión económica más directa de este cambio paradigmático fue, como dije, un ataque a los salarios mínimos. Así, mientras que bajo el modelo anterior Costa Rica tuvo una política pública de salarios mínimos crecientes, desde la crisis de comienzos de los 80 del siglo XX, pero con mayor claridad desde la puesta en marcha de las reformas estructurales del modelo neoliberal, en la segunda mitad de los 90, los salarios mínimos se estancaron. En adelante, para una gran mayoría de hogares, la identidad mas- culina y la autoridad patriarcal ya no se podrían construir en torno a la función del “proveedor”, ni las mujeres podrían vivir en el estado de abstracción de las “amas de casa”, sino que, además de cumplir con el trabajo doméstico no remunerado, tendrían que salir del claustro domés- tico a trabajar remuneradamente y a convertirse en agentes económicas.
1 Según Gindling y Terrel (2006), citados por la OIT, Costa Rica pasó de 520 categorías fijadas por ocupación, calificación y sector industrial, en 1987, a 19 categorías determinadas por educación y calificación únicamente, en 1997. (OIT, 2008:13)
2 El mismo autor, y Presidente del Banco Central a lo largo del período de las reformas, explica que superada la crisis, progresivamente se au- mentaron los productos incluidos en la canasta básica y que podían ser