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Haciendo frente a la verdadera crisis de los chicos en los Estados Unidos

EL ABANDONO TERAPÉUTICO DE LAS VÍCTIMAS DE VIOLENCIA SEXUAL:

Nivel 2: Las técnicas:

IX. Haciendo frente a la verdadera crisis de los chicos en los Estados Unidos

Todo este debate es el que lleva a la “verdadera” crisis de los chi- cos en los Estados Unidos y por lo general, tendemos recurrimos a otros nombres para referirnos a ella: “violencia adolescente”, “violencia juve- nil”, “violencia de pandillas”, “violencia suburbana”, “violencia en las escuelas pero el género de esta violencia se mantiene en el anonimato.

No obstante, imaginen lo que hubiese pasado si los asesinos de todos los tiroteos escolares en los Estados Unidos (como en el caso de la secun- daria Columbine en Colorado, Paducah en Kentucky, Pearl en Mississippi o Jonesboro en Arkansas) fueran en cambio, chicas afro descendientes que viven en New Heaven, Newark o Providence. Imaginen también si Tim Kretschmer, el joven que en marzo de 2009 mató a varias personas (do- centes y estudiantes) en la ciudad de Winnenden en Alemania; o Robert Steinhaeusser un alumno expulsado de 19 años, en la ciudad de Erfurt, también en Alemania; o el joven de 18 años Pekka-Eric Auvinen, quien en 2007, antes de suicidarse con un disparo en la cabeza, mató a 8 per- sonas e hirió a otras 12 en la ciudad de Jokela, Finlandia, hubiesen sido musulmanes o inmigrantes turcos. Si fuera el caso, hubiésemos tenido un largo y doloroso debate sobre raza, clase y religión, y sobre si “ellos” esta- ban “naturalmente predispuestos” a actuar con violencia. Allí, veríamos raza, clase y género. Los medios de comunicación quizás hasta inventen un nuevo término para este tipo de comportamientos, tal y como ocurrió hace una década con el término “wilding”, el cual utilizaron para referirse a la práctica de andar merodeando en grupos para aterrorizar a personas desco- nocidas con conductas acosadoras y arrogantes. Escucharíamos acerca de la cultura de la pobreza, de cómo la vida en la ciudad engendra el crimen y la violencia, o sobre la existencia de alguna supuesta tendencia natural de la población afrodescendientes hacia la violencia. Incluso se culparía al fe- minismo de ser la causa de comportamientos violentos en las chicas, como un vano intento por imitar a los chicos. Sin embargo, resulta evidente que la gente ignora por completo el hecho de que todos estos asesinos escolares eran chicos blancos de clase media.

La verdadera crisis de los chicos es realmente una crisis de violencia, que tiene que ver con las prescripciones culturales que equiparan la masculi- nidad con la capacidad de violencia. Hagamos frente a los hechos, hombres

jóvenes y adultos son responsables del 95% de todos los crímenes violentos en los Estados Unidos. Cada día se suicidan doce chicos y jóvenes, lo que representa siete veces el número de suicidios entre las chicas, además die- ciocho chicos y jóvenes mueren por homicidio, es decir, diez veces más que las chicas. Las dos variables que predicen en gran parte la violencia son el género y la edad. En otras palabras, los hombres jóvenes son quienes repre- sentan el grupo más violento en cualquier sociedad. Como se puede apreciar en estos dos gráficos, de los estados Unidos y Gran Bretaña de mediados del siglo XVIII y finales del siglo XX, las formas de distribución son casi las mis- mas en cada una de ellas (el tercer gráfico los transpone), tal y como sería en prácticamente en cada una de las sociedades que se han estudiado. Esta es la verdadera crisis de los chicos: la crónica, equívoca y potencialmente violenta asociación de la masculinidad con la violencia.

Desde muy temprana edad, los chicos aprenden que la violencia no es sólo una forma aceptable para resolución de conflictos, sino que también es admirable. Por un lado, cuatro veces más chicos que chicas en edad adolescente consideran que pelear es apropiado cuando alguien se cuela en una fila, mientras que por otro, la mitad de los chicos en edad adolescente se involucra cada año en algún enfrentamiento físico. Esto ha sido así durante muchos años.

Ninguna otra cultura se ha desarrollado entre los chicos, así como la llama el historiador E. Anthony Rotundo (1993), una “cultura juvenil” tan violenta. De hecho, ¿en qué otro lugar (en épocas tan avanzadas como en la década de 1940) los jóvenes se han puesto a cargar pequeños trozos de madera en sus espaldas para retar a otros a que los cortaran y así poder iniciar una pelea? Para quienes lean esto, podría parecerles sorprendente que la expresión en inglés “carriying a chip on your shoulder”6 se basa en una

verdad histórica: una prueba de hombría para los hombres adolescentes. En realidad, ¿en qué otra cultura los expertos absolutos de tur- no recetaron pelear para que chicos y jóvenes tuvieran un desarrollo masculino saludable? El afamado psicólogo llamado G. Stanley Hall (citado en Stearns, 1994, p. 31) considera que un chico que no es pe- leonero es como un cero a la izquierda y que era incluso mejor una nariz destrozada de vez en cuando por un puñetazo que la inactividad, el cinismo y censura generalizadas, y la cobardía física y psíquica”. De

INSTITUTO DE ESTUDIOS DE LA MUJER, UNIVERSIDAD NACIONAL

GÉNEROS, FEMINISMOS Y DIVERSIDADES

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ahí que sus recomendaciones disciplinarias hicieron suya esta causa. A continuación, algunas de las palabras que J. Adams Puffer (1912, p. 91) escribe en su exitoso libro de guía para padres:

Hay momentos en que todos los chicos deben defender sus propios de- rechos, si es que no quieren convertirse en cobardes y perder el camino hacia la independencia y el verdadero sentido de la masculinidad. . . Un chico de carácter fuerte no requiere de una fuente de inspiración para pelear, aunque a menudo si requiere una buena dosis de orientación y mesura. Si llegase a pelear, digamos, más de seis veces a la semana (a ex- cepción de que fuese su primera semana en una escuela o colegio nuevo), es probable que sea demasiado pendenciero y deba moderarse.

¿Lograron captar la idea? Los chicos están hechos para pelear, en promedio, una vez al día exceptuando su primera semana en una escuela o colegio nuevo, tiempo durante el cual se presume, ¡tendrían que pe- lear con más frecuencia! Desde principios de siglo y hasta la actualidad, la violencia ha sido parte de lo significa la masculinidad y parte de la manera en que los hombres tradicionalmente han probado, demostrado y reafirmado su hombría. En ausencia de una alternativa de mecanis- mo cultural que permita a los chicos en edades tempranas pensarse a sí mismos como hombres, es que han adoptado ansiosamente la violencia como un medio para convertirse en hombres.

Eso me hace recordar un juego infantil que se llama “flinch”7 y que

jugábamos en el patio de la escuela. Este juego consiste, por ejemplo, en que un chico se acerca a otro y simula lanzar un puñetazo a la cara de este otro. Si el segundo chico retrocede (tal y como lo habría hecho cualquier persona sensata), el primer chico grita al otro “¡retrocediste!” y procede a golpear fuertemente el brazo del segundo. Este chico estaba en su derecho, ya que después de todo el otro había fallado la prueba de masculinidad. Pues el ser hombre significa nunca acobardarse.

En un estudio realizado recientemente sobre delincuentes juveniles violentos, James Garbarino (1999) identifica los orígenes de la violencia masculina en los modos por los cuales los chicos engullen la ira y el dolor. Entre los jóvenes delincuentes que participaron en el estudio, “la petulan- cia mortal por lo general esconde profundas heridas emocionales, como

compensar una sensación interior de violación, victimización e injusti- cia, a través de un sentido exagerado de grandeza”. Durante la época del presidente Reagan, una calcomanía para automóviles lo expresaba de esta forma: “no sólo me enojo, también me desquito”.O como lo manifestó uno de los presos: “prefiero que me busquen por asesino, a que no me busquen del todo” (Garbarino, 1999, pp 128, 132).

En un perspicaz estudio sobre violencia, el psiquiatra James Gilli- gan (1997) sostiene que la violencia se origina por “el miedo a la ver- güenza, el ridículo y la necesidad imperiosa de hacer a los demás llorar para evitar que se rían de uno mismo”. La creencia de que la violencia es una característica varonil no es una cualidad que se trae en cualquier cromosoma, no es la soldadura que une el hemisferio derecho con el izquierdo y tampoco se nutre con la testosterona. Y sucede que la mitad de los chicos no pelean, la mayoría no suele portar armas y casi todos no matan, entonces ¿acaso no son chicos? Esto es aprendido. Gilligan escribe que la violencia “tiene que ver más que todo con la construcción cultural de la masculinidad que con los substratos hormonales de su bio- logía” (Gilligan, 1997, p. 71, 223).