MIGRACIÓN, GÉNERO Y ETNICIDAD EN LA FRONTERA MÉXICO Y
2. La frontera estructural: adyacencia, asimetría e interacción La frontera entre México y Estados Unidos tiene poco más de 2,
millas de extensión y es la más transitada del mundo, con 350 millones de cruces legales al año. Es también la más contrastante dada la profun- da asimetría entre los dos países vecinos. Una definición práctica de la región fronteriza incluye la franja comprendida por los 38 municipios
mexicanos que tocan la frontera con Estados Unidos, y los 25 condados estadounidenses que tocan la frontera con México. En esa vasta franja fronteriza habitaban 12.2 millones de habitantes en el año 2000, distri- buidos casi por mitades: 5.9 millones en el lado mexicano y 6.3 millones en el lado estadounidense (Anderson and Gerber, 2008).
Además de las diferencias históricas y culturales que derivan de procesos de colonización bien diferenciados; uno de matriz protestante y otro católico, a lo largo del siglo XX las diferencias económicas entre los dos países se hicieron más pronunciadas. Mientras que Estados Unidos se consolidó como la principal potencia económica del mundo, la econo- mía mexicana tuvo un crecimiento moderado durante 40 años y se estan- có a partir de los años 70, a la vez que se incrementaban la desigualdad y la pobreza. En la frontera estas diferencias se expresan de manera tajante, como una discontinuidad económica, social y territorial, y la población las experimenta de forma cotidiana. Es por ello que el rasgo que mejor define a la zona fronteriza ha sido caracterizado como “la adyacencia de las diferencias” (Alegría, 1989).
En buena medida gracias a esta asimetría en las últimas décadas del siglo XX la relación entre los dos países se intensificó notablemente. Las relaciones económicas crecieron de manera sostenida a partir de la Segunda Guerra Mundial, se incrementaron con el proceso de libera- lización de la economía mexicana a principios de la década de 1980 y crecieron aceleradamente con la entrada en vigor del TLCAN en 1994. A partir del TLCAN los intercambios comerciales entre México y Esta- dos Unidos se elevaron sustancialmente, alcanzando 350 mil millones de dólares en 2008.
Por la parte mexicana, el incremento en el comercio con Estados Unidos se explica, parcialmente por el aumento de las exportaciones de las empresas transnacionales establecidas en México, quienes ampliaron sus operaciones industriales a través de una mayor inversión. La Inver- sión Extranjera Directa (IED) en México, que en 1990 fue de 2.6 mil millones de dólares, acumuló más de 250 mil millones de dólares en el periodo 1994-2008, de los cuales el 47 por ciento correspondió a las in- versiones en el sector manufacturero (Contreras, 2009). Pero también la inversión en la agricultura de exportación fue cuantiosa y modificó dra- máticamente al sector agrícola mexicano; de ser un país autosuficiente y exportador, México se convirtió en importador del 40 por ciento de su
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consumo interno de granos. En contraste, la producción y exportación de hortalizas y frutas frescas se expandió de tal manera que en 2006 es- tos productos representaron la mitad del valor producido por el sector agrícola y el 93 por ciento de las exportaciones, destinadas en su gran mayoría a los Estados Unidos (Echánove, 2009). En suma, al intensificar sus relaciones económicas con Estados Unidos tanto la industria como la agricultura en México experimentaron una transformación radical, pri- vilegiando el mercado externo sobre el interno. Estos datos señalan una relación de dependencia tanto en el sector industrial como en el agrícola que no sólo compromete los recursos humanos sino también los recursos naturales del país.
La principal zona de encuentro entre los dos países es la franja fronteriza, la región donde se concretan la mayor parte de las transac- ciones e interacciones entre las dos sociedades. Pero incluso en la zona fronteriza las interacciones están concentradas en uno de los extremos de la franja, en los estados de California y Baja California, en la costa del Pacífico. El condado de San Diego concentra al 44 por ciento de la población fronteriza de Estados Unidos, y el municipio de Tijuana alber- ga al 41 por ciento de la población fronteriza de México (Anderson and Gerber, 2008). Tijuana y San Diego conforman así una zona binacional de alta densidad poblacional, económica y social que condensa buena parte de los fenómenos fronterizos.
La ciudad de Tijuana, con sus casi dos millones de habitantes, es la más grande concentración urbana de la frontera norte de México. Se le ha llamado “la frontera de América Latina”, pues se ubica en la esquina geográfica que marca el final de la región latinoamericana: hacia el oeste colinda con el Océano Pacífico y hacia el norte con California, el estado más próspero del país más rico del mundo. Es una ciudad reciente cuyo crecimiento ha estado estrechamente vinculado a la economía califor- niana y a la vecindad con el condado de San Diego.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX la pujante economía californiana propició que en Tijuana se desarrollara una vibrante eco- nomía de servicios ligados al turismo, así como un expansivo sector in- dustrial dedicado al ensamblaje para la exportación. También convirtió a Tijuana en el punto de cruce más importante hacia Estados Unidos en toda la frontera, no solo para los visitantes y migrantes legales, sino tam- bién para aquellos que entraban sin documentos. Adicionalmente a estos
factores históricos, en los últimos años la ciudad se ha convertido en uno de los principales escenarios del comercio de drogas y la violenta disputa entre los cárteles del narcotráfico por el control del mercado, así como de la cruenta guerra del gobierno mexicano en contra de esas bandas.
La instalación de plantas maquiladoras en Tijuana a partir de la dé- cada de 1970 tuvo entre otras consecuencias una ampliación considerable del mercado de trabajo, especialmente para las mujeres. En el periodo 1985- 2000 las maquiladoras, en su gran mayoría filiales o contratistas de empresas transnacionales, se convirtieron en una de las principales fuentes de empleo en toda la frontera mexicana. En Tijuana llegaron a operar más de 800 plan- tas con casi 200 mil empleados a fines del 2000. A pesar de la disminución de la actividad industrial por efecto de la crisis económica en 2008-2009, las plantas de ensamble continúan siendo una de las mayores fuentes de empleo en la ciudad. Una parte son empleos formales y con salarios por arriba del mínimo nacional,1 pero también abundan otros más inestables y precarios,
como es el caso de los pequeños talleres y de la llamada maquila a domicilio. Junto con la expansión de las plantas industriales, Tijuana se con- virtió en la ciudad más visitada de la frontera, y de hecho en una de las más visitadas del mundo, con 22 millones de visitantes internacionales en 2006 (Bringas y Gaxiola, 2009). En ese mismo año, 29.4 millones de personas cruzaron hacia Estados Unidos por su territorio. Es decir en ese año se registraron cerca 50 millones de cruces fronterizos por Tijuana.
Una característica del turismo que visita Tijuana es su corta estan- cia en la ciudad, lo cual se relaciona con la legendaria permisividad local en la venta de alcohol a los jóvenes y con la diversidad y dinamismo del comercio sexual. Este tipo de turismo ha estado presente en la historia de Tijuana desde el inicio del siglo XX y forma parte de los propios orígenes de la ciudad. En la última década, particularmente a partir de 2001 con los ataques terroristas este sector ha registrado una disminución en actividad que es visible en la desolación de la legendaria avenida Revolución.
Por otra parte, en las últimas décadas del siglo XX Tijuana se con- virtió en el punto de cruce más importante hacia Estados Unidos no solo
1 En 2008, el salario mínimo en Baja California era de 52.59 pesos, siendo el salario más alto respecto al nacional que oscilaba hasta en 49.5 pesos en municipios del suroeste del país (SAT, 2008) http://www.sat.gob.mx/sitio_internet/ asistencia_contribuyente/informacion_frecuente/salarios_minimos/4510809.
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para los turistas, sino también migrantes con expectativas de cruzar la línea fronteriza con o sin documentos. Se estima que al principio de los años noventa cruzaba por la región Tijuana-San Diego más del 40 por ciento de los migrantes que entraban sin documentos a Estados Unidos por territorio mexicano. En los años posteriores, y debido al reforzamien- to de la vigilancia en la zona, los puntos de cruce se diversificaron y se desplazaron hacia el oeste de la frontera. El efecto conjunto de las pre- siones políticas internas y el nuevo ímpetu de la lucha contra el terroris- mo se tradujeron en una reforzada presencia de la policía fronteriza y la aparición de nuevos grupos antiinmigrantes en la región fronteriza,2 lo
que desvió las rutas de los migrantes, logrando que los trayectos sean más caros y riesgosos, pero sin lograr detener la migración indocumentada.
Aún con las drásticas medidas para desalentar el cruce ilegal, Ti- juana sigue siendo el lugar de cruce de una tercera parte de los migrantes sin documentos hacia Estados Unidos y el punto de cruce más intenso en ambas direcciones, debido a que recibe la mayoría de los migrantes que son deportados hacia México.
Por último, el auge del narcotráfico en la región a partir de la dé- cada de 1990 se relaciona con la nueva posición de los traficantes mexi- canos, a partir de que los cárteles colombianos fueron diezmados por los gobiernos de Colombia y Estados Unidos. Hacia el final de los años 90 los grupos mexicanos dominaban el mercado de la cocaína, la marihuana y las metanfetaminas, con lo que los cárteles mexicanos asumieron el mando en el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos. Se trata de un enorme mercado que oscila entre los 6 mil millones y los 25 mil millones de dólares anuales (Chabat, 2002; González-Ruíz, 2001). El cartel de Tijuana ha sufrido fuertes embates en los últimos años, sin embargo aún disputa la ciudad con el cartel de Sinaloa, y el ejército mexicano que se ha apostado en forma permanente en la ciudad.
A diferencia de hace un par de décadas, Tijuana no sólo es un lugar de cruce de droga sino también de consumo, constituyéndose en un merca- do local cuya dinámica depende de la fluidez de la droga a través de la fron- tera. En parte por el incremento de la producción en territorio mexicano, pero además por las crecientes dificultades para introducir la droga hacia los Estados Unidos, los cárteles han buscado expandir su mercado local, por lo que el consumo en México ha crecido considerablemente. No es
una casualidad que los lugares de mayor tráfico de drogas sean también los de mayor consumo. Un estudio anterior había mostrado que en Tijuana el 14.7 por ciento de la población entre 12 y 65 años había consumido alguna droga ilegal, lo que es un porcentaje tres veces mayor que el nacional. En segundo lugar estaba Ciudad Juárez, con 9.2 por ciento, mientras que el porcentaje nacional fue de 5.3 por ciento (Brouwer, et. al. 2006).
Son estas las fuerzas de orden global, nacional y local que han con- figurado el espacio fronterizo y el marco donde transcurren las vidas de las personas que habitan y cruzan esta frontera. En sus vidas coexiste un conjunto de fuerzas en forma contradictoria como lo señala Stephen (2008:311), gracias a la yuxtaposición de la integración asimétrica de la región fronteriza. La hipótesis que subyace en la investigación que dio a este trabajo es que la frontera estructural diferencia y jerarquiza social y políticamente a la población que reside y transita en la región, debido precisamente por la yuxtaposición de los tres elementos que mejor defi- nen esta frontera la adyacencia, la asimetría y la intensa interacción con raíces históricas que van más atrás del siglo XX. Esta ponencia analiza la forma como el género estructura las experiencias de vida fronteriza de- pendiendo de la relación con el cruce fronterizo, asumiendo que de este suceso cotidiano surgen formas de vida y subjetividades específicas. El cruce de la frontera podría pensarse como el nodo de una enorme madeja de acontecimientos y relaciones sociales que constituyen la vida de la persona. Pero no todos los habitantes de la frontera cruzan la línea, sin embargo sus vidas son constantemente afectadas por los factores estruc- turales asociadas a la existencia de esa línea político administrativa, que permea el entramado social de la región.
3. Cruzar la frontera, género y etnicidad: fronteras geopolíticas y