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Cómo pueden hacernos engordar las bacterias? Tres hipótesis

In document La Digestion Es La Cuestion - Giulia Enders (página 140-143)

1.

La flora intestinal contiene demasiadas «bacterias tragonas», que son bacterias que descomponen los hidratos de carbono de forma eficiente. Si las bacterias tragonas proliferan excesivamente, tenemos un problema. Los ratones delgados expulsan una determinada cantidad de calorías no digeribles, mientras que sus colegas rechonchos eliminan menos. Su flora intestinal «tragona» aprovecha hasta el último pedazo de la misma comida y alimenta jovial al señor Ratón o a la señora Ratona. Extrapolado a los seres humanos, esto significa que algunas personas crean un odioso colchón de grasa aunque no coman más que otras personas, ya que su flora intestinal posiblemente saque más provecho de la comida.

¿Cómo es posible? A partir de los hidratos de carbono no digeribles, las bacterias pueden producir diferentes ácidos grasos: las bacterias que sienten predilección por las hortalizas más bien fabrican ácidos grasos para el intestino y el hígado, mientras que otras bacterias producen ácidos grasos que se encargan de alimentar al resto de nuestro cuerpo. Por este motivo, un plátano puede engordar menos que media chocolatina, aportando el mismo número de calorías: los hidratos de carbono vegetales llaman antes la atención de los proveedores locales que la de los encargados de alimentar a todo el cuerpo.

En estudios con personas con sobrepeso se ha demostrado que en su conjunto impera en su flora intestinal una diversidad menor y que predominan determinados grupos de bacterias que, sobre todo, metabolizan hidratos de carbono. No obstante, para padecer sobrepeso de verdad deben darse más factores. En experimentos con ratones de laboratorio algunos pesaban un 60% más que al principio. Algo así no pueden lograrlo los «alimentadores» por sí solos. Por este motivo, se estableció otro marcador para el sobrepeso severo: la inflamación.

2.

Cuando existen problemas metabólicos como sobrepeso, diabetes o concentraciones elevadas de grasa en la sangre, la mayoría de las veces se detecta una ligera elevación de marcadores de inflamación en sangre. Los valores no son tan altos como para requerir tratamiento, como sería el caso de una herida grande o una septicemia. Por este motivo, el fenómeno recibe el nombre de inflamación subclínica. Si hay alguien que entienda de inflamaciones, esas son las bacterias. En su superficie se halla una

sustancia transmisora que dice al cuerpo: «¡Inflámate!».

Sin duda, este mecanismo resulta útil en el caso de las heridas: con la inflamación se despiden y combaten las bacterias. Mientras las bacterias permanezcan dentro de su membrana mucosa en el intestino, la sustancia transmisora no interesa a nadie. En el caso de combinaciones de bacterias malas y una alimentación demasiado grasa, llega demasiada cantidad de esa sustancia transmisora a la sangre. Y nuestro cuerpo entra en modo de ligera inflamación. Unas cuantas reservas de grasa por si vienen malos tiempos no hacen daño.

Las sustancias transmisoras de las bacterias también pueden acoplarse a otros órganos e influir en el metabolismo: en los roedores y seres humanos se unen al hígado o al propio tejido adiposo y fomentan allí el almacenamiento de grasa. También resulta interesante su efecto en la glándula tiroides: los agentes inflamatorios bacterianos dificultan su trabajo, haciendo que se generen menos hormonas tiroideas y la combustión de grasas sea más lenta.

A diferencia de las infecciones graves que martirizan al cuerpo y provocan que adelgace, la inflamación subclínica nos hace engordar. Y, para acabarlo de rematar, no solo las bacterias provocan inflamación subclínica, sino que también se han observado otras causas posibles, como el desequilibrio hormonal, un exceso de estrógenos, la deficiencia de vitamina D o incluso una alimentación con demasiado gluten.

3.

Atención: ¡alucinante! Una hipótesis postulada en 2013 afirma que las bacterias intestinales pueden influir en el apetito de sus dueños. A grandes rasgos: los ataques de hambre canina a las diez de la noche de bombas de caramelo recubiertas de chocolate, amén de un paquete de galletitas saladas, no siempre se inician en ese órgano que se encarga de calcular las declaraciones de impuestos. No es en el cerebro, sino en nuestra tripa donde reside un grupo de bacterias que ansían zamparse una hamburguesa cuando en los últimos 3 días han sido devastadas por una dieta. De algún modo se comportan con un encanto especial, pues apenas podemos negarnos a cumplir sus deseos.

Para comprender esta hipótesis hay que ponerse en el lugar de la materia «comida». Cuando elegimos entre diferentes platos, normalmente nos decantamos por lo que nos apetece. La cantidad que ingerimos a continuación depende de la sensación de saciedad. En teoría, las bacterias poseen medios para influir en ambas cosas: las ganas y la saciedad. Como hemos dicho, de momento solo existe la sospecha de algún comentario sobre nuestro apetito, aunque no sería ninguna estupidez, puesto que lo que comemos y la cantidad que comemos puede significar la vida o la muerte en su mundo. En tres millones de años de coevolución, las bacterias simples han dispuesto de tiempo suficiente para adaptarse de forma óptima al mundo

humano.

Para despertar las ganas de comer algo hay que ir al cerebro. Y eso es complicado. El cerebro está envuelto en una sólida meninge. Y más densas aún que esta membrana son las capas dispuestas alrededor de los vasos que atraviesan el cerebro. Los únicos que logran atravesar esta maraña son el azúcar puro y los minerales, además de todo lo que sea tan pequeño y liposoluble como un neurotransmisor. La nicotina, por ejemplo, tiene permitida la entrada y desencadena allí sensaciones de recompensa o un distendido estado de alerta.

Las bacterias pueden fabricar sustancias tan pequeñas que, a pesar del manto de vasos sanguíneos, logran llegar al cerebro, como es el caso de la tirosina y el triptófano. En las células del cerebro estos dos aminoácidos se transforman en dopamina y serotonina. ¿Dopamina? Bueno, pues, hola, si no aparece la palabra clave «centro de recompensa». ¿Serotonina? Seguro que también nos suena de algo. Su carencia está vinculada a la depresión. Puede hacernos sentir satisfechos o amodorrados. Y ahora, por favor, pensemos en el último banquete de Navidad. ¿Alguien se quedó dormido en el sofá satisfecho, perezoso y amodorrado?

La teoría, pues, reza así: nuestras bacterias nos recompensan cuando les proporcionamos una buena carga de alimentos. Es una sensación agradable y nos dan ganas de ingerir determinadas comidas. Estrictamente no solo por sus alimentos, sino porque también estimulan nuestros propios transmisores. Y este mismo principio es aplicable a la saciedad.

Varios estudios han demostrado que nuestros propios transmisores de la saciedad aumentan significativamente cuando comemos de manera adecuada para nuestras bacterias. Esto significa ingerir alimentos que llegan sin digerir al intestino grueso, donde las bacterias los pueden devorar. Sorprendentemente, la pasta y el pan tostado no forman parte de este selecto grupo (más información aquí [apartado Prebióticos]).

Por lo general, la saciedad se señaliza desde dos lugares: uno es el cerebro y el otro, el resto del cuerpo. En este proceso se pueden torcer muchas cosas: los genes de la saciedad pueden ser erróneos en las personas con sobrepeso; sencillamente no logran crear una sensación de saciedad. Según la teoría del «cerebro egoísta», el cerebro no recibe suficientes alimentos y por eso decide que no está saciado. Aunque no solo los tejidos del organismo y la mente humana dependen de nuestra comida, sino que también nuestros microbios quieren que los alimentemos. Proporcionalmente, su efecto es pequeño e insignificante: 2 kilos de bacterias en un intestino. ¿Qué derecho tienen a decir nada?

Dadas las múltiples funciones que ejerce nuestra flora intestinal, es evidente que también tiene derecho a expresar sus deseos. Al fin y al cabo sus bacterias son los entrenadores más importantes del sistema inmunitario, ayudan a la digestión, fabrican vitaminas y son maestros de la desintoxicación de pan con moho o medicamentos. Evidentemente, la lista es mucho más extensa, pero el mensaje ya debería estar claro: sin duda, tienen derecho a participar en los asuntos de saciedad.

Lo que aún no está claro es si determinadas bacterias expresan apetitos diferentes. Si durante un largo período de tiempo no comemos dulces, en algún momento ya no los echamos tanto de menos. ¿Podríamos matar de hambre al lobby de las chocolatinas y las gominolas? En este punto, pisamos el terreno de las especulaciones.

Sobre todo no debemos imaginarnos el cuerpo como una estructura bidimensional de efecto-reacción. El cerebro, el resto del cuerpo, las bacterias y los elementos nutricionales interactúan en 4 dimensiones. Es evidente que comprender mejor todos los ejes nos permite avanzar más. Sin embargo, trajinamos mejor con las bacterias que con nuestro cerebro o nuestros genes, y eso es precisamente lo que las hace tan fascinantes. Lo que las bacterias nos dan de comer no solo es interesante para los michelines de la tripa y las cartucheras, sino que, por ejemplo, también entran en juego cuando se trata de las concentraciones de grasa en la sangre, como el colesterol y compañía. Este conocimiento entraña cierta fuerza explosiva, puesto que el sobrepeso y una concentración alta de colesterol están vinculados a los grandes problemas de salud de nuestra época: hipertensión, arteriosclerosis y diabetes.

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