Puede explicarnos su punto de vista acerca de la necesidad de un cerebro. La ascidia, al igual que nosotros, los seres humanos, pertenece al filo de los cordados. Posee un poco de cerebro y una especie de médula espinal. A través de la médula espinal, el cerebro envía sus órdenes al resto del cuerpo y, a cambio, el cuerpo le proporciona información interesante sobre las novedades. En el caso de los seres humanos, por ejemplo, los ojos le envían la reproducción de una señal de tráfico, mientras que en el caso de la ascidia, los ojos le indican si un pez se cruza en su camino. En los seres humanos los sensores de la piel proporcionan información sobre la temperatura exterior, mientras que en la ascidia los sensores de la piel facilitan información sobre la temperatura del agua en las profundidades. En los seres humanos, el cerebro recibe información sobre si es recomendable comer ahora y, en la ascidia…, también.
Provista de toda esta información, la joven ascidia navega a través del gran océano. Busca un lugar que le guste especialmente. Se asienta en cuanto encuentra una roca que le parece segura, con una temperatura templada y un entorno nutritivo. Y es que la ascidia es un animal sésil, es decir, una vez se ha establecido, permanece
en ese lugar pase lo que pase. Lo primero que hace la ascidia en su nuevo hogar es comerse todo su cerebro. ¿Por qué no? Se puede vivir y ser ascidia sin él.
Daniel Wolpert no es solo un ingeniero y médico galardonado en múltiples ocasiones, sino también un científico que considera que la actitud de la ascidia es muy significativa. Su tesis es la siguiente: el único motivo de poseer un cerebro es el movimiento. En un primer momento puede parecer una afirmación tan banal que nos entran ganas de gritar de pura indignación.
El movimiento es lo más extraordinario que los seres vivos hemos hecho jamás. No hay otro motivo para tener músculos, ni otro motivo para tener nervios en esos músculos, y presumiblemente ni otro motivo para tener un cerebro. Todo lo que ha cambiado la historia de la humanidad solo ha sido posible gracias a que podemos movernos. Y con movimiento no me refiero solo a andar o tirar una pelota; también es movimiento una expresión de la cara, la articulación de palabras o la puesta en marcha de planes. Nuestro cerebro coordina sus sentidos y crea experiencia para originar movimiento. Movimientos de la boca, de las manos, movimiento a lo largo de varios kilómetros o movimiento de unos pocos milímetros. En ocasiones también podemos influir en el mundo reprimiendo el movimiento. Sin embargo, si somos un árbol y no podemos elegir entre dos opciones, no hay necesidad de un cerebro.
La ascidia común deja de necesitar un cerebro cuando se asienta de forma permanente en un lugar. La época del movimiento ha llegado a su fin y, por consiguiente, el cerebro ya no es necesario. Pensar sin movimiento aporta menos que tener un orificio para plancton. Al menos este último influye a pequeña escala en el equilibrio del mundo.
Los seres humanos nos sentimos muy orgullosos de nuestro cerebro especialmente complejo. Reflexionar sobre leyes fundamentales, filosofía, física o religión es una gran capacidad y puede desencadenar movimientos muy pensados. Resulta impresionante que nuestro cerebro sea capaz de hacer algo así. No obstante, con el tiempo, nuestra admiración se desborda. De repente, descargamos en la cabeza toda nuestra experiencia vital: la sensación de bienestar, la alegría o la satisfacción las pensamos en nuestro cerebro. Si experimentamos inseguridad, miedo o depresión, nos avergonzamos de tener un ordenador personal aparentemente maltrecho en la azotea. Filosofar o investigar a través de la física es y seguirá siendo una cuestión de la cabeza, pero nuestro «Yo» es más que eso. Justamente el que nos enseña esta lección es el intestino: un órgano conocido por los pequeños montoncitos marrones que expulsa y por las ventosidades con diferentes tonos de trompeta. En la actualidad es precisamente este órgano el responsable de un cambio de mentalidad en la investigación: con prudencia se comienza a poner en tela de juicio el liderazgo absoluto del cerebro. El intestino no solo posee una cantidad increíble de nervios, sino que, en comparación con el resto del cuerpo, también dispone de nervios increíblemente diferentes. Posee un parque completo de vehículos con distintas sustancias transmisoras, materiales nerviosos aislantes y tipos de
interconexión. Solo existe otro órgano que posea una diversidad tan vasta: el cerebro. Por este motivo, la red nerviosa del intestino también se denomina cerebro intestinal, porque también es muy extensa y presenta una complejidad química similar. Si el intestino fuera responsable únicamente de transportar alimentos y de hacernos eructar de vez en cuando, un sistema nervioso tan ingenioso sería un singular derroche de energía; ningún organismo crearía este tipo de redes neuronales para funcionar como un simple tubo extractor. Sin duda, debe de haber algo más. Desde tiempos remotos los seres humanos conocemos lo que la investigación va descubriendo poco a poco: nuestros instintos viscerales influyen en gran medida en cómo nos va. Nos «entra el cague» o nos «cagamos en los pantalones» cuando tenemos miedo. Algo «nos produce un nudo en el estómago» cuando no conseguimos solucionarlo. Nos «tragamos la decepción», «digerimos» las derrotas y un comentario desagradable nos puede «amargar» el día. Si estamos enamorados, tenemos «mariposas en el estómago». Nuestro «Yo» está formado por la cabeza y el estómago, y cada vez más, no solo a nivel lingüístico, sino también en el laboratorio.