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C OMENTARIO : «¿Dónde está su Dios?»

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E LEGÍA NACIONAL

II. C OMENTARIO : «¿Dónde está su Dios?»

Es la gran pregunta que suscita el destierro, tanto entre los israe- litas cuanto entre los gentiles. El pueblo desterrado se interroga si Yahvé habrá olvidado a su pueblo (cf. Is 40,27b). «¿Dónde está el que os sacó de la mar, / el pastor de su rebaño?», escuchamos en el Tercer Isaías (Is 63,11). También los paganos se formulan la misma pregun- ta, no sin ironía (cf. Sal 115,2; Jl 2,17). Es la gran pregunta de cuya respuesta depende tanto el futuro del pueblo de Dios como el sentido de la calamidad sufrida. Es una pregunta actual: ¿Dónde está Dios?

2.1. La gran tragedia (vv. 1-4). Dios ocupa un lugar destacado: es la

primera palabra del salmo. Así todo el poema esta dirigido a Dios, no tanto como señor o como juez, cuanto como parte interesada en la tragedia. Los paganos, que no reconocen a Dios ni invocan su nom- bre (v. 6), son enemigos de Dios. Se han atrevido a invadir la tierra que Dios confío a su pueblo como colonos, pero sin que renunciara él a la propiedad: es la tierra de su propiedad (cf. Ex 15,17; Dt 4,20). Es una tierra que tiene connotaciones teológicas. La audacia de los paga- nos es aún mayor: han invadido el templo/palacio del monarca divi- no, yendo contra la prohibición de Dios: «Ha visto a los gentiles entrar en el santuario, / aunque tú habías prohibido que entraran en tu asamblea» (Lm 1,10; cf. Dt 23,4). Era el lugar santo, habitado por el Santísimo (cf. Is 6,3); los gentiles, enemigos de Dios, lo han profa- nado con su entrada. Profanar el santuario era un delito grave enun- ciado por la ley denunciado por los profetas (cf. Lv 51,31; 20,3; Nm 19,13; Jr 7,30). La profanación da un salto cualitativo cuando los gen- tiles proceden a la destrucción del templo: ¡el hombre pecador levan- ta la mano contra el Santo! La violencia destructora alcanza a toda la ciudad de Dios: era la ciudad santa (cf. 2 R 25; Jr 9,10; etc.), y ha que- dado reducida a ruinas (cf. Is 17,1; 25,2; Mi 1,6).

Una de las maldiciones del Deuteronomio era la siguiente: «Tu cadáver será pasto de todas las aves del cielo y de todas las bestias de la tierra sin que nadie las espante» (Dt 28,26). Los ejércitos babilóni- cos han dado cumplimiento a esta maldición, conocida, por lo demás, en otros textos del Próximo Oriente antiguo. Dejar a los muertos inse- pultos es una acción sumamente cruel; no se les permite reunirse con sus padres y se les priva del grado de vida propio de los habitantes del Seol. Ha de añadirse que para el poeta no son unos cadáveres cuales-

quiera, sino “siervos de Dios” (porque están unidos a Yahvé con vín- culos de alianza y porque eran los servidores natos del templo) y “amigos de Dios”, es decir, arropados por el amor leal del Dios de la alianza. La crueldad de los ejércitos de Nabucodonosor se agrava con la profanación de cadáveres tan “santos”, dejados a merced de ani- males impuros: las aves rapaces y las bestias depredadoras. La misma tierra en la que fueron abatidos los hijos de Israel quedó mancillada por un doble motivo: la impureza de los cadáveres y la presencia de animales impuros; los gorriones y las golondrinas, que anidaban en los aleros del templo (cf. Sal 84,4) han cedido el puesto a los anima- les rapaces. Una nueva profanación procede de la sangre que no es sepultada. La sangre, portadora de vida, pertenece a Dios. De suyo hay que enterrarla para que no clame al cielo (cf. Gn 4,10; Jb 16,18). Pues bien, el poeta la ve correr como agua que empapa la tierra, y ésta, que de suyo era una tierra de paz, cambia de naturaleza: se con- vierte en un grito de venganza. El primer libro de los Macabeos apli- cará este verso del salmo a las atrocidades cometidas por Alcimo y el general Báquides (1 M 7,17).

Los supervivientes, por su parte, han de soportar los dolores mora- les de la burla y del escarnio (cf. Sal 44,14). Es un tema frecuente en las lamentaciones (cf. Sal 80,7; Lm 2,15-16). Los escarnecedores son los pueblos vecinos (también gentiles), que en tiempos pasados estu- vieron sometidos a Israel. Finaliza así la descripción de la gran trage- dia que sufrió Israel. ¿Dónde estaba Dios mientras su templo y su tie- rra eran profanados, sus aliados eran asesinados y los que sobrevi- vieron eran injuriados?

2.2. Peticiones (vv. 5-9). La pregunta “¿hasta cuándo?” suele ser, en las súplicas, el indicador que nos conduce del lamento a la petición (cf. Sal 6,4; 13,2; 80,13; 89,47). Indirectamente nos sitúa ante las cau- sas de una devastación tan atroz como la expuesta en los versos ante- riores. Son dos esas causas: el furor extremado de los enemigos y el pecado del pueblo, tanto de la generación presente cuanto de las pre- cedentes. La causa más profunda, sin embargo, es la ira divina que Dios ha derramado sobre su templo y su ciudad como fuego surgido del celo destructor (v. 5). Los celos divinos son el signo de un amor “posesivo” con relación a Israel (cf. Ez 16,38.42; Sal 78,58), el pueblo de Dios. Tienen connotaciones jurídicas y personales. Cuando Israel sufre bajo la opresión, los celos de Yahvé son amor apasionado de

Dios en favor de su pueblo. Cuando Israel ha sido infiel a la alianza, los celos de Yahvé se convierten en el castigo del pueblo de Dios: son celos en contra de Israel.

El poeta pide a Dios que dé vía libre a sus celos, vertidos en cóle- ra contra los gentiles destructores y opresores (vv. 6-7; cf. Jr 10,25). Son ateos; no reconocen a Yahvé, el único Dios verdadero, ni “invo- can su nombre”, es decir, no participan en el verdadero culto, el único culto auténtico. Por ello «han devorado a Jacob» y «han devastado su morada» (sus dominios). El posesivo de morada o dominios tiene cierta indeterminación en el texto hebreo. Alude inmediatamente a la morada de Jacob, del pueblo hebreo, pero Israel es también la mora- da del Altísimo (cf. Sir 24,7-12). La actuación de los “ateos” ha sido desmesurada y blasfema. Han ultrajado a Dios destruyendo a su pue- blo. Es obligado que Dios salga por sus fueros.

El pueblo de Dios, sin embargo, no es inocente. Es portador del pecado personal, el cometido por la presente generación, y también del pecado de los antepasados. El pecado en Israel no tiene una dimensión meramente personal, sino que sus alcances son comunita- rios e históricos. Más aún, a veces se tiene la impresión de que toda la historia de Israel es una continuidad de pecado incesante (cf. Jr 11,10). Si Dios no interrumpe esta sórdida secuencia, no hay remedio para Israel. Las peticiones de los vv. 8-9 desarrollan una teología com- pleta del perdón.

Ante todo, que Dios no recuerde las culpas, lo cual equivale a per- donar: «yo perdono sus culpas y olvido sus pecados» (Jr 31,34). El olvido divino alcanza también a los pecados de los antepasados (cf. Ex 20,5). El perdón es una consecuencia del amor visceral, maternal de Dios, que se acerca al pecador como un padre/madre a su hijo: «Que tu ternura llegue pronto a nosotros» (v. 8b). El perdón es un acto de ayuda o de salvación: «Ayúdanos, Dios salvador nuestro» (v. 9a), y, correlativamente, es una actuación liberadora (“líbranos”) y, simultáneamente, expiatoria (cf. Is 6,7). El perdón, consecuencia de la ternura divina, es una muestra de la gloria divina: «Ayúdanos… por el honor de tu nombre / en atención a tu nombre» (v. 9). Si Dios cas- tiga merecidamente al pueblo pecador, que es su propio pueblo, otros muchos se mofarán de Dios y lo negarán. El perdón, por el contrario, comporta la reconstrucción del pueblo en su estado original y la afir- mación de Yahvé. El perdón divino es la prueba más elocuente de la

existencia de Dios. Que Dios, por tanto, no desate el ardor de sus celos contra Israel. Si así sucede, los gentiles sabrán dónde está Dios.

2.3. Rehabilitación del pueblo (vv. 10-13). La respuesta de Dios, por

“el honor de su nombre”, tiene alcance apologético. Si Dios se queda inactivo, el ateo deducirá que no existe. La pregunta irónica “¿dónde está tu Dios?” se torna desafiante: si existe Dios que intervenga. Así lo juzga también el poeta, que pide a Dios que no difiera la respuesta: «Que ante nuestros ojos se muestre a los gentiles» (10b), o «¡Que los paganos padezcan (y nosotros lo veamos)…!». ¿Cómo espera el poeta que se muestre Dios, o qué han de padecer los gentiles?

Yahvé es el pariente más próximo de Israel: es su padre o su espo- so. Por ello, ha de ser el “vengador” de la sangre derramada que, por no haber sido enterrada (v. 10), clama venganza desde la tierra. Es lo que compete al “gô’e-l” (el salvador y el redentor): «En el lenguaje jurí- dico la palabra tiene un sentido estricto que designa al hombre vivo, próximo por la sangre a una persona o a un grupo familiar hacia el que tiene derechos y deberes como protector natural» (A. M. Gerard,

Diccionario, 496). Es elocuente el texto de Dt 32,43, entre otros textos

paralelos: «¡Aclamadlo, naciones, con su pueblo…, porque él vengará la sangre de sus siervos, tomará venganza de sus adversarios, dará su pago a quienes lo aborrecen, y purificará el suelo de su pueblo». El tema, reiterado en el AT, llega hasta el NT (cf. Ap 6,10). Más aún, por- que la burla y los escarnios que ha sufrido Israel (v. 4) van dirigidos en último término a Yahvé (v. 12), es insuficiente la ley del talión, se impone la ley de Lamec (Gn 4,24). La legislación israelita sancionaba la blasfemia con la pena de muerte (cf. Lv 24,10-16). Si el pecador es contumaz, el castigo ha de multiplicarse por siete (cf. Lv 26,21-28). Aunque el número tenga un valor retórico, el Dios celoso es tutor del derecho y de la justicia. El texto hebreo añade un matiz no recogido en la traducción: los vecinos –aquellos que se burlaron de Israel y de Dios (v. 4)– han de ser heridos “en el seno” (v. 12: «Devuelve al seno de nuestros vecinos siete veces / la afrenta con que te afrentaron Señor»), de modo que se erradique el mal (si el seno alude a la intimidad per- sonal) o sea imposible la descendencia de los que se burlan de Dios (si el seno se refiere a la matriz). Y los celos del Dios de Israel serán nue- vamente celos que rehabilitan a Israel, destruyendo a sus enemigos.

El aspecto negativo al que acabo de referirme se completa con el otro positivo de los vv 11 y 13. En el Sal 12,6 Dios responde: «por el

lamento del pobre ahora me levanto». Sin duda que el suspiro de los cautivos en Babilonia llega ante la presencia divina, una vez rasgado el cielo (cf. Sal 137). Ellos, como sus padres en Egipto, están someti- dos a una esclavitud humillante, incluso están condenados a muerte, son “hijos de la muerte”, como escribe gráficamente el texto hebreo. Cuando el pueblo estaba en Egipto, Yahvé vio su aflicción, escuchó su clamor y bajó para librarlo (Ex 3,7-8); con su diestra, impresionante por su esplendor, Yahvé aplastó al enemigo (Ex 15,6). Los suspiros y lamentos de los desterrados en Babilonia también llegarán ante la presencia de Yahvé, y éste intervendrá con la fortaleza de su brazo: «¡En virtud de tu inmenso poder salva a los condenados a muerte!» (v. 10). Con esta esperanza en el corazón, el poema se encamina hacia la conclusión.

La acción de gracias por la acción liberadora de Yahvé es típica del final de las súplicas. La acción de gracias, como es lo normal en los salmos de súplica, no nos remite al pasado (como si la liberación ya hubiera acontecido), sino que se deja para un futuro utópico. La sal- vación aún parece lejana; es pronto para ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el templo que aún no ha sido reconstruido. El poeta, sin embargo, tiene la certeza de que Yahvé intervendrá y sal- vará a su pueblo, porque Yahvé es su pastor (v. 13) y porque la ira divi- na no es eterna (v. 5); su amor, en cambio, sí que es eterno (Sal 136). Cuando Dios muestre el poder de su brazo, la acción de gracias será ininterrumpida, generación tras generación, y los gentiles sabrán dónde está Yahvé.

* * *

Se ha dicho que la religión es “el opio del pueblo”, que el Cristianismo enseña una resignación estéril. Este poema desmiente semejante apreciación de Nietzsche y de Lenin. Es, por el contrario, un salmo de lucha. No es una invitación a que se resignen los deste- rrados. Sabe muy bien este pueblo que Dios no muestra su poder en ámbitos invisibles e ideales, sino que su «cólera» irrumpe en la esce- na mundana, en la que también tiene lugar la salvación de Dios Así la Iglesia del Apocalipsis, inspirándose en este salmo, grita con voz potente: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de

la tierra» (Ap 6,10). «La respuesta que se da a esta exigencia que, en su impresión impaciente, muestra todas las prisas de los mártires respecto al bien que ha de triunfar, nos hace casi tocar con la mano la bondad de Dios, que –como intenta hacernos sentir el autor del Apocalipsis– no acabaremos nunca de comprender» (U. Vanni,

Apocalipsis, 104). A los mártires se les da como respuesta una “túnica

blanca” (Ap 6,11), una esperanza luchadora en función de todos los que deambulan por la historia. Si aún queremos hablar de resigna- ción, he de decir que la resignación bíblica es el abandono en las manos de Dios que, tarde o pronto, hará que se imponga la justicia.

III. ORACIÓN

«Señor, muéstranos tu misericordia antes de que se desencadene el celo de tu ira, para que, asistidos con la protección de los biena- venturados, que derramaron su sangre por ti, obtengamos tu miseri- cordia y el perdón de nuestros pecados Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos Amén» (PL 142,304).

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