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C OMENTARIO : «Piensa en la comunidad que adquiriste»

In document irisarri-023 (página 38-48)

L AMENTACIÓN TRAS EL SAQUEO DEL TEMPLO

II. C OMENTARIO : «Piensa en la comunidad que adquiriste»

Ya he indicado que el binomio recuerdo/olvido es uno de los temas dominantes en el poema, como lo es también el tiempo indefinido, impulsor del recuerdo. Si la situación puede soportarse, por dura y sangrienta que sea, es merced al recuerdo. La situación desoladora en la que se encuentra el templo de Jerusalén marcará al pueblo hebreo para siempre, a raíz de la primera destrucción y de la última (la del 70 d.C.). Es que, como anota Jacques, «el salmista desvía paulatina- mente su atención al templo material para fijarla en el yahvismo y en su futuro. La religión yahvista no tiene su santuario en el tiempo, sino en el espacio. Los israelitas son ante todo, según la definición de Heschel, constructores del templo, hombres de Dios más atentos a dar un sentido sagrado a los días a través de las solemnidades apro- piadas, que a consagrar a Dios monumentos arquitectónicos» (Jacques, II, 465). Si, a pesar de haber sido destruido el templo mate- rial en distintas ocasiones, el pueblo judío ha conservado su identi- dad, se debe a que se considera el pueblo de la alianza, el pueblo que no ha sido olvidado por Yahvé. Creo que el verbo “recordar”, formu- lado positiva y negativamente a lo largo del poema, pertenece al alma del salmo y también al espíritu del pueblo judío. Desde este verbo enfoco el comentario.

2.1. Obertura: temática del poema (vv. 1-2). La pregunta, propia de

las lamentaciones, y el imperativo anticipan la tonalidad de la pieza. La pregunta no está exenta de estupor: ¿cómo es posible que Yahvé rechace lo que en otro tiempo adquirió?; ¿cómo es posible que atice el horno de su cólera y abrase en él al rebaño que en otro tiempo apa- centó? El verbo “rechazar” se lee tres veces en el libro de las Lamentaciones (2,7; 3,17.31) y diez veces más en el Salterio, en poe- mas de súplica (cf. Sal 44,10.24; 60,3.12; 77,8; 89,39; etc.). La cólera que “humea” puede evocar la teofanía sinaítica (cf. Ex 19,18) de Sal 18,9. El rebaño apacentado por Dios es el mismo al que guió por el desierto (Sal 78,52; cf. Sal 77,21; 79,13; 80,2; 100,3). Este rebaño fue sacado de Egipto para ser conducido a la libertad; ¿cómo compaginar esa finalidad con la situación actual en la que se halla el rebaño, abra- sado en el horno de la furia divina?

Al estupor se añade el reproche: Dios no puede deshacer lo que hizo en otro tiempo, so pena de quedar él mismo desacreditado. No puede

rechazar lo que eligió, repudiar lo que rescató, enajenar su propiedad, permitir que se incendie la morada que él eligió para sí en tiempos pasados. ¿Por qué todo esto? Le corresponde a Dios responder.

El poeta le insta, ya en la obertura del poema, a que recuerde: «recuerda a tu comunidad» (v. 3). La forma imperativa del verbo “recordar” retorna una y otra vez, hasta cinco veces, en el salmo (vv. 2.18.19.22.23); cuatro veces en la tercera estrofa. Han de recordarse, ante todo, los tiempos antiguos a los que se remontan los orígenes de Israel. Lo primero que ha de recordar Dios es a “su comunidad”, es decir, al pueblo reunido en el desierto y conducido al templo de Jerusalén (cf. Jos 22,16-17). Ha de recordar también la “vara” con la que Yahvé condujo a su pueblo y lo defendió de los enemigos que ace- chaban por los caminos (cf. Sal 23,4; Za 11,7). Ha de recordar, asi- mismo, que este pueblo fue adquirido, como lo fue la tierra (cf. Ex 15- 17; Sal 79,55), y se convirtió en propiedad personal suya (cf. Jr 10,16; 51,19; Is 63,17). Ha de recordar igualmente que él fue quien rescató a su pueblo, como a su hijo primogénito (cf. Ex 4,22; 6,6; 15,13; Sal 19,15; 77,16; 78,35; etc.). Ha de recordar además que este pueblo es su patrimonio y heredad (cf. Sal 16,5-6; 28,9). Ha de recordar, en fin, el monte Sión, lugar de su morada (1R 8). Si Yahvé se olvidare de este pasado glorioso, alguien se lo reprochará: el enemigo que le ultraja, el pueblo necio que olvida su nombre (vv. 18 y 22).

El momento presente es una clamorosa negación de un pasado tan espléndido. La ira de Dios, y el consiguiente olvido del pasado, se rela- ciona con la furia del enemigo, que será desarrollada en la primera estrofa (vv. 3-9), y también con la agitación del caos, que es el tema de la segunda estrofa (vv. 12-17). Las evocaciones de Sinaí y del desierto, con la correspondiente salida de Egipto, remiten a la súplica elevada al Dios de la alianza (vv. 18-23). Los versos iniciales, por consiguien- te, anticipan la temática propia de este poema.

2.2. Primera estrofa: elegía por la destrucción del tempo (vv. 3-9). Un

segundo imperativo introduce hábilmente la primera estrofa. Dios se ha desentendido de su santo templo. Ezequiel sorprende a los queru- bines, sobre los que reposaba la Gloria divina, saliendo por la puerta oriental (Ez 10,18-19) y deteniéndose posteriormente «sobre el monte que está al oriente de la ciudad» (Ez 11,23). Yahvé ha abandonado el lugar de su morada. Así como en Ugarit se le notifica a Tammuz: «El enemigo ha destruido tu célebre morada», el poeta invita a Yahvé a

que él mismo se entere de lo que ha pasado con el templo: que dirija sus pasos a «estas ruinas», que no son recientes –lo que explicaría el desconocimiento–, sino que están ahí desde hace tiempo y su dueño no se da por enterado. El poeta invita a Yahvé a que vuelva sobre sus pasos y visite las ruinas, que son totales: nada ha quedado en pie. Palpitan en esta invitación el amor eterno y el dolor eterno que sien- te un judío ante las ruinas del templo de Jerusalén. El poeta no quie- re hurtar a su lector u oyente ninguno de los horrores de la destruc- ción del lugar santo.

Según algunos profetas, la voz de Yahvé era tan potente que se ase- mejaba al rugido del león (cf. Am 1,2; Jr 25,30; Jl 4,16). Esa voz ha perdido sonoridad, se ha apagado, y en su lugar se oye otra voz no menos terrorífica: el rugido de los enemigos. Se ha apagado el clamor de la asamblea litúrgica, reunida para alabar el nombre de Dios en las solemnidades (cf. Lv 23; Is 1,14) o en el culto diario (cf. Ex 27,31; 31,13-17); el rugido de la soldadesca rompe el silencio o sofoca la ora- ción musitada, e infunde pavor en los congregados. La tropa asaltan- te desafía al rugido del león de Judá. Por si el oído engaña y se puede confundir un rugido con otro, la vista se cerciora de dónde procede un sonido tan aterrador. Los adversarios, que son rivales de Yahvé («tus adversarios»), han colocado sus estandartes como señal de con- quista. Son ellos, y no Yahvé, los señores del santuario y acérrimos enemigos del mismo y de lo que representa.

La descripción de la brutalidad de los asaltantes viene a continua- ción: «Se asemejaban a quien se abre paso / a hachazos en la espesa arboleda» (v. 5). Toda la belleza y riqueza del templo son tratadas como si fuera un bosque lleno de maleza. A golpe de hacha y de mar- tillo son derribadas las puertas y destruidos los elementos arquitectó- nicos. 1 M 4,37-38 completa la descripción: «Se reunió todo el ejérci- to y subieron al monte Sión. Cuando vieron el santuario desolado, el altar profanado, las puertas quemadas, arbustos nacidos en los atrios como en un bosque o en un monte cualquiera, y las salas destruidas, rasgaron sus vestidos» (cf. también Is 63,18). El humo de los holo- caustos ya no se eleva hacia el cielo, sino el humo sacrílego del tem- plo incendiado: «Prendieron fuego a tu santuario» (v. 7a). Tanto y tan prolongado trabajo en la construcción del templo (cf. 1 R 7), y todo «ha parado en una hoguera de fuego, / y todas nuestras cosas más que- ridas han parado en ruinas» (Is 64,10). Aún queda un detalle más:

«profanaron por tierra tu gloriosa mansión» (v. 7b). Las piedras del templo, confundidas con otras piedras, pierden su santidad ritual y dejan de ser la morada de Dios. El hebreo descubre con amargura que Dios ya no es un habitante de la ciudad, sino el gran Ausente. Es ésta la tragedia más lóbrega que afligió el alma de Israel (cf. Ez 7,21-24; Jr 7,12; 1 M 4,38). Esta enorme tragedia es mucho más aguda si no olvi- damos el v. 1b: «¿Por qué… humea tu cólera contra el rebaño que apa- cientas?». El humo que sube desde el santuario calcinado no es sólo el de la hoguera encendida por los soldados de Babilonia; sube con él el humo de la cólera divina, según leemos en Lamentaciones: «El Señor sació su cólera / y derramó el incendio de su ira, / prendió un fuego en Sión / que devora hasta los cimientos» (Lm 3,11; cf. Is 64,11).

La furia enemiga no se sacia con la atroz destrucción del templo; se extiende por todo el país y llega adonde exista algún vestigio de la presencia de Yahvé. Las tropas desmandadas se dan esta consigna: «Quememos, junto a su linaje, / los templos de Dios en el país» (v. 8). Entiendo que “su linaje” se refiere a los hijos de Israel. Las “asamble- as” son tanto los lugares de culto como cuantos en ellos se reúnen: los templos de Dios en el país. Serían los lugares patriarcales de culto que sobrevivieron a la reforma de Josías (622 a.C.). Por metonimia, las asambleas de Dios pueden aludir a los lugares en los que habita el pueblo de Dios: las ciudades de Judá (cf. Sal 69,36). Todo y todos son pasados por el fuego destructor, de modo que impera el silencio más absoluto. Los estandartes, o “nuestras enseñas” (v. 9a), ya no ondean al viento para congregar a los dispersos; han sido suplantadas por las enseñas extranjeras de los vencedores (v. 4b); la voz de los profetas se ha extinguido, y el mismo Dios, que hablaba a través de los profetas, ha enmudecido. Ahora se vive de verdad aquella extraña sed de la que hablaba el profeta Amós: «He aquí que vienen días –oráculo del Señor Yahvé– en que yo mandaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Yahvé. Entonces vagarán de mar a mar, andarán errantes de norte a levante en busca de la Palabra de Yahvé, pero no la encontrarán» (Am 8,11-12). Es un silencio que acaso sea roto cuando se encuentre alguien que responda a la pre- gunta con la que termina esta estrofa: «¿hasta cuándo?».

2.3. Charnela entre la primera y la segunda parte (vv. 10-11). El

salmo gira sobre el gozne de estos dos versos. Se enlazan inmediata- mente con el «hasta cuándo» que acabamos de oír en el v. 9, y remi-

ten mediatamente a las preguntas del v. 1. En efecto, las preguntas del comienzo del poema eran provocadas por la quema del santuario, «morada de tu nombre» (v. 7b). La actuación del adversario se dirige en última instancia contra Dios: el enemigo ultraja el nombre de Yahvé. Es Yahvé el que ha de responder. Así sucedió en el pasado: los enviados de Senaquerib «insultaron al Dios vivo» (Is 37,4); Ezequías e Isaías pidieron y obtuvieron la intervención divina (cf. Is 37,16- 17.21-29.33-35). El asalto de las tropas babilónicas se transforma en blasfemia y la conquista en sacrilegio. Dios no puede permanecer inactivo.

La pregunta del v. 11 mira hacia adelante: hacia la estrofa que viene a continuación, sin olvidarse de lo que queda atrás. Basta repa- rar en los posesivos de segunda persona: «tu propiedad», «tu mora- da», etc., para advertir enseguida que la comunidad que sufre tanto dolor y pasa por una muerte tan atroz es la que Dios adquirió, que el santuario es su morada; si se desentiende de semejante atropello, muchos declararán que no es el meramente Ausente, sino el Inexistente, ya que no actúa. Verdad es que ahora, y por lo que pare- ce, retiene su mano izquierda, y la derecha la tiene escondida en los pliegues de su manto, cuando en otro tiempo fue una mano “extendi- da” para salvar (cf. Ex 7,5; 15,12; etc.). Es imprescindible que sea nuevamente el guía de la historia, que acabe con el caos que ha con- ducido a la muerte a su pueblo y ha sembrado un desorden mortal en toda la tierra. Así, estos dos versos-bisagra se abren a la estrofa segun- da, que comento a continuación.

2.4. Segunda estrofa: himno a Dios rey y creador (vv. 12-17). Ante el

caos y frente a las preguntas de los dos versos precedentes, se yergue majestuosa la fe como negación de lo anterior: «Pero Dios es mi rey desde el principio» (v. 12a): desde el comienzo de la historia de la sal- vación y aun desde los orígenes de la creación. Es “mi rey” desde la derrota del caos opresor que fue Egipto y también desde la victoria sobre el caos primordial que dio origen a lo creado. “Mi rey” no es Nabucodonosor, por más que sus ejércitos hayan destruido la ciudad y calcinado el templo, sino sólo Dios. Es posible que el título regio, aplicado a Yahvé, sea cananeo: “Baal es rey”, y también Yahvé; pero, una vez que se incorpora a la religión de Israel, pierde las connota- ciones mitológicas y adquiere otras propias de la creación y de la his- toria. Así, Yahvé como rey es «autor de hazañas en medio de la tierra»

(v. 12b). Las “hazañas”, actos liberadores, se prestan a dos lecturas: la realidad cósmica o la tierra como escenario histórico: victorias sobre el caos y sobre la opresión faraónica. El centro de la tierra, el “ombli- go del mundo”, es Jerusalén, desde donde ha de partir la buena noti- cia de las acciones salvadoras de Dios y llegar hasta los confines de la tierra. Es un buen inicio para el himno que viene a continuación, caracterizado por el séptuple “tú”; es una buena razón para pedir también ahora una intervención divina salvadora.

El mar ya no es un ser divino, como en la mitología cananea, sino una versión poética y desmitizada de la creación (cf. Is 27,1; Jb 3,8; 26,12; Sal 89,10-13). Desde una perspectiva histórica, el Mar es el mar Rojo, por cuyo cauce dividido y seco pasó el pueblo de Israel ya libe- rado (cf. Sb 19,7-9). Esta bivalencia es aplicable también a los “mons- truos marinos” (v. 13b), símbolo zoomorfo del caos; la creación es un triunfo sobre el caos (cf. Sal 93,3-4); simbolizan también la violencia histórica del ejército del Faraón o de otras potencias militares (cf. Jb 40-41). Entre los monstruos marinos, destaca Leviatán (la serpiente huidiza, la serpiente tortuosa, el ‘Tirano’ de las siete cabezas, según la literatura cananea), la hidra policéfala, que posiblemente representa a Egipto (como Behemot sería la personificación de Babilonia, la otra superpotencia). Según la tradición judía, Leviatán es el cuerpo del Faraón del éxodo, conservado para ser servido en el festín del reino mesiánico. En la exégesis judía, sea o no fruto de la fantasía, está latente un antiguo motivo mítico: una vez que el dios cananeo Motu (= Muerte) es vencido, su cadáver sirve de alimento a los pájaros y a los gorriones. Del cadáver del Faraón (el cocodrilo de Ez 32,4) se dice: «te dejaré varado en tierra, / te estrellaré contra el páramo… / para que se ceben en ti las fieras salvajes». Es una amenaza común aplica- da al cadáver del enemigo (cf. Jr 7,33; 16,4; etc.). Vencidos y decapi- tados, los animales caóticos ya nada podrán hacer. El rey de Israel domeña el caos que acecha a la creación y a la historia. Si así lo hizo en otro tiempo, ¿no lo hará también ahora, cuando su pueblo ha sido destruido y la morada divina ha sido quemada?

La consecuencia de la victoria de Dios sobre el caos es la aparición de los manantiales y de los ríos: «Tú abriste manantiales y torrentes, / secaste ríos inagotables» (v. 15). Los manantiales y los torrentes bro- tan del océano subterráneo sobre el que se asienta la tierra firme. Abrirlos o alumbrarlos puede ser una acción creadora (cf. Dt 8,7). Los

manantiales fluyen sin interrupción; los torrentes son ocasionales. Ambos admiten una acepción histórica: Dios hendió la roca del desierto y brotó una fuente de agua para que bebiera el pueblo resca- tado (cf. Ex 17,6; Nm 20,11; Sal 105,41; 114,8; Is 48,21); el agua que manó de la roca fue una verdadera torrentera (cf. Sal 79,15). Los manantiales y los torrentes nos trasladan al éxodo. Una acción tam- bién propia del éxodo es que Dios secara los “ríos inagotables” (v. 15b), haciéndolos transitables, como sucedió con el mar Rojo y con el Jordán (cf. Jos 3,15-16; Sal 107,33.35).

El poeta pasa del ámbito terrestre al celeste; concretamente a la sucesión del día y de la noche, según el esquema de Gn 1,3-5. Es claro el alcance cósmico del día y de la noche: la noche es aún un residuo del caos, vencido cada día cuando llega la luz del alba (cf. Sal 19A; 27,1; 36,10). Pero aluden también a una acepción histórica: la noche evoca la nube protectora de la narración del éxodo (cf. Ex 13,21-22). Las dos grandes “luminarias”, la mayor y la menor, el sol y la luna, nos remiten también a la creación: ambas fueron fijadas (puestas) por Dios en el firmamento (cf. Gn 1,14-18), y aluden nuevamente a la his- toria, sirven de «señal para las solemnidades» (Gn 1,14); es decir, van marcando el ritmo del calendario litúrgico canonizado en el Sinaí.

La escena se iniciaba «en medio de la tierra» (v. 12) y termina en «las fronteras de la tierra» (v. 17), después de haber pasado por la vic- toria sobre las fuerzas del caos, que son una amenaza para la creación y para la historia. No sabemos si las «fronteras de la tierra» son la fran- ja de tierra que colinda con el océano primordial, con el mar, o el lími- te de cada pueblo. A esta tierra se le asegura la sucesión ininterrumpi- da del verano y del invierno, conforme a la promesa que Dios hizo a la tierra después de haber pasado por el caos del diluvio: «Mientras dure la tierra no han de faltar / siembra y cosecha, frío y calor, / verano e invierno, día y noche» (Gn 8,22). «¿Sospecha el poeta –se pregunta Alonso– que la catástrofe del templo se puede comparar, en escala menor, con la subversión del diluvio? El pueblo ha asistido a una inva- sión oceánica del ejército enemigo, que ha cambiado fronteras políti- cas, como se gloriaba Senaquerib (Is 10,13) y pretende poner otro rey en vez del Señor, después de arrasar su palacio» (Alonso-Carniti, II, 989). Si el poeta pensaba o no en ese paralelo, no lo sabemos; lo cier- to es que la tierra y el templo han sufrido la fuerza destructora del caos, y que este himno ensalza a «Dios, mi rey desde el principio».

Ningún otro rey tiene potestad sobre el pueblo de Dios. El Dios de Israel es el creador y señor de la historia. El poeta ha visto la destruc- ción de su pueblo y del templo, y acudirá a Dios con insistencia.

2.5. Tercera estrofa: súplica al Dios de la alianza (vv. 18-23). La ter-

cera estrofa apela al recuerdo divino, como lo hizo la primera (v. 2: «Recuerda la comunidad…»). Aún resuenan en el ambiente los ultra- jes del adversario (así lo escuchábamos en la charnela, v. 10b); que Dios los recuerde (v. 20; cf. v. 22). Estos ultrajes van dirigidos contra Dios o contra el nombre de Dios: los enemigos han profanado la morada de “su nombre” (v. 7b), han ultrajado “su nombre” (v. 10b) y lo han despreciado (v. 18b); otros están dispuestos a alabarlo (v. 21b). En esta tercera estrofa desemboca una serie de motivos estructuran- tes del poema, sobre todo el recuerdo y los ultrajes, además de resal- tar la repetición funcional que tiene el nombre de Dios.

El enemigo que ultraja a Dios y desprecia su nombre es un pueblo “necio”: un pueblo loco, estúpido y ateo que niega a Dios; proclama con sus acciones lo que el necio del Sal 14 dice con palabras: «No existe Dios» (Sal 14,1). Dios, cuyo nombre es blasfemado, no puede consentir que el depredador (buitre o gavilán) acabe con la vida de la

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