L AMENTO EN LA EXTREMA AFLICCIÓN
II. C OMENTARIO : Súplica «In Articulo Mortis»
No insisto en lo poco, o nada, que nos ayudan los títulos para la comprensión del salmo. Según el título de este poema, estamos ante un “salmo” y ante un “poema” de tipo sapiencial, compuesto por un cananeo, un aborigen (ezrajita), cuyo nombre es Hemán, un sabio cananeo (1 R 5,11), y también uno de los sabios levitas designado para el servicio musical del templo (1 Cro 15,17), según 1 Cro 6,22 un descendiente de Coré; según 1 Cro 2,6, hijo de Zéraj. El poema tal vez era ejecutado sirviéndose de dos melodías conocidas en cierto tiem- po: “la enfermedad” y “la aflicción”. Todos estos datos, complejos y
también contradictorios, de poco nos sirven para comprender el salmo. El cántico o la súplica fue entonado o formulado por alguien que se hallaba “in articulo mortis”. El autor «puede gozar de buena salud mientras compone su oración para la hora de la muerte», escri- be Alonso (Alonso-Carniti, II, 1132).
2.1. Súplica introductoria (vv. 2-3). Aunque los motivos de la invo-
cación introductoria nos resulten conocidos (cf. Sal 18,7), en el pre- sente poema tienen un valor propio. La vida está en peligro mortal inminente. El que así se encuentra puede optar por la desesperación, porque «toda desesperación es de naturaleza religiosa» (Th. Mann); puede darse a la oración, y orando morirá. El orante ora al Dios de la historia santa, a Yahvé, consciente de que está vinculado con él y con la salvación que espera. No duda en llamarle “mi Dios salvador”. Día y noche, sin interrupción, clama a Dios o vocifera hacia él, con la secreta esperanza de que, si no él mismo, al menos su plegaria llegue a la presencia divina; de que Dios ponga su mano en el pabellón de la oreja y escuche no ya el susurro, sino el clamor vociferante propio del dolor desesperado: «Presta oído a mi clamor» (v. 3b). El orante no vacila en dirigirse a un Dios lejano y enojado, porque ese Dios es su interlocutor y ha de ser un Dios accesible. «El más lúgubre de los sal- mos del Antiguo Testamento se caracteriza por la certeza: ¡Tú eres el ‘Dios de mi salvación’!» (Kraus, II, 291). Si ese Dios no salva, nadie podrá salvar.
2.2. Canción ante el sepulcro (vv. 4-8). El orante necesita la certeza
que acaba de proclamar «porque está harto de males» (v. 4a). El oído no se cansa de oír, ni el ojo de ver (Qo 1,8), ni el rico de sus riquezas (4,8), ni el codicioso de su dinero (5,8); el orante se ha saciado de vivir muriendo y de morir viviendo. Lo tremendo es que despojarse de su hartura es la mayor desgracia. Vive muriendo, con la vida pendiente de un hilo, “al borde del Seol” (v. 4b). Tasada la vida del orante, su valor no se paga ni siquiera con “cacharros de loza” (Lm 4,2), sino que es un material desechable: vale tanto como uno que baja a la fosa (v. 5a), o, con otra acepción, el nombre del orante ya está escrito en el libro de los muertos, es uno de ellos. El que antes fuera un hombre robusto, ahora carece de fuerzas, está acabado (v. 5b). Ha sido mor- talmente herido en el campo de batalla; el lugar más adecuado para él es una cama entre los heridos desahuciados, prácticamente entre
los muertos. Más aún, es uno de los caídos en la guerra, un ajusticia- do o un asesinado. Tiene suficiente con una fosa común que acoja sus despojos: «Relegado [tengo mi cama] entre los muertos, / como un cadáver [un caído] en el sepulcro» (v. 5b). Los muertos ya no son de este mundo, ni Dios tiene relación alguna con ellos: Dios los olvida. El poeta del Sal 8 se pregunta entre admirado y sorprendido: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (v. 5a). Job, resguardado en el reino de la muerte, espera que Dios se acuerde de él: «¡Ojalá… fija- ras un plazo para acordarte de mí…!». Vana ilusión; nadie, tampoco Dios, se acuerda de los muertos; han sido arrancados de la tierra de los vivos (Is 53,8), y simultáneamente han sido arrancados de la mano de Dios (v. 6b).
El responsable último de esta deplorable situación es Dios mismo, porque «Yahvé da muerte y vida, / hace bajar al Seol y retornar» (1 S 2,6). Yahvé arroja violentamente al orante a la profunda fosa; a la fosa de las profundidades subterráneas, el lugar más alejado posible de la luz y de la vida; es el lugar de las tinieblas primordiales, aquellas que estaban “por encima del abismo” (Gn 1,2). «Si nada antes de ser soy, / ¿qué seré después de ser?», se pregunta Calderón. Nada antes, y nada después. El autor retuerce el significado del verbo hebreo que traduce por “arrastrar”. De suyo significa “apoyar, sostener, respaldar, proteger, defender, etc.”. Ahora es el peso del furor divino el que se apoya sobre el orante, y no para darle fuerzas (cf. Is 63,5), sino para aplastar aún más y para hundirle como peso plomizo en todas las olas (v. 8b: «Arrostro el peso de tu furor, me hundes con todas tus olas» (v. 8). La presencia de un Dios opresor es el tributo necesario que ha de pagar el monoteísmo yahvista para evitar la actuación de otro dios, puesto al frente del mal; si este dios hubiera existido, habría sido un dios más poderoso que Yahvé. Por otra parte, esta concepción teoló- gica es necesaria para una teología de la retribución, en la que se con- catenan pecado-ira-castigo. El orante no confiesa su pecado ni pro- testa su justicia. Abre así una dramática pregunta sobre la actuación divina.
En una palabra, el que se ve al borde del abismo, el que ya vive la muerte se sabe excluido del mundo de los vivos y alejado de la rela- ción con Dios. Se hace más claro de este modo el hartazgo de males, con el que se inicia esta estrofa como justificación de una súplica tan intensa.
2.3. Primera estrofa: el silencio del sepulcro (vv. 9.10-14). Dios es el
causante último de la soledad del moribundo que muere antes de morir. Ha sido mortalmente herido por la mano de Dios, convertido en un horror para todos, incluidos los allegados. Aunque mendigue compañía como Job –«Piedad, piedad de mí, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios», Jb 19,21–, los allegados se alejan o son ale- jados por Yahvé (cf. Sal 18,5). Un enorme muro se levanta entre el moribundo y entre sus amigos. Confinado, como anticipación de la prisión definitiva, el moribundo tiene ojos no para ver (para conti- nuar en comunión con el mundo de los vivos), sino para llorar hasta que se consuman los ojos por la pena (v. 10a) y se seque la fuente de las lágrimas (Sal 6,7-8; 31,10; Lm 2,11; 3,48-51…).
El orante, inmerso en el silencio absoluto y el abandono total, aún tiene el coraje de dirigirse al “Dios de mi salvación” (v. 2). Clama y clama a Dios sin interrupción: «Todo el día te llamo, Yahvé» (v. 10b). Por si la voz es insuficiente para que la plegaría llegue a la presencia divina (v. 3), todo el cuerpo se torna oración. El gesto de tender la manos es clásico (cf. Sal 28,2; 44,21; 63,5; 119,48; 141,2; 143,6), tra- duce el intento desesperado de retornar a las manos divinas, de las que el moribundo ha sido arrancado (v. 6b). La razón de un empeño tal viene dada en forma de preguntas.
El moribundo, mientras vivía, conoció la dicha de la alabanza divina, celebró repetidas veces el “milagro” salvífico del éxodo: “las maravillas” de Dios; ahora, ya en el sepulcro, es una más de las som- bras mortales, que no pueden levantarse de su lecho para entonar la alabanza divina (v. 11): «El Seol no te alaba / ni la Muerte te glorifica, / ni los que bajan al pozo esperan en tu fidelidad. / El que vive, el que vive, ése te alaba, como yo ahora» (Is 38,18-19). Dios tendrá que hacer un nuevo milagro, semejante al del éxodo, si no quiere perder a uno de sus fieles agradecidos. En la tumba se interrumpe la cadena de la tradición a través de la cual las generaciones sucesivas deben escu- char y aprender “todas las maravillas” que hizo Yahvé (Sal 78,4b). El que ha llegado al “lugar de la perdición” (Abaddôn) ya no puede “con- tar” el amor leal de Yahvé y tampoco su sólida verdad (v. 12), las dos grandes virtudes de la alianza. Se interrumpe la teología narrativa, a costa de que las generaciones venideras olviden las “hazañas de Dios” (Sal 78,7). Inmerso en el reino de las tinieblas, será imposible cono- cer, es decir, confesar, el milagro de la justicia divina, semejante al
milagro del éxodo. La muerte es la “tierra del olvido” (v. 13): Dios no se acuerda de los muertos (v. 6), y éstos ya no le recuerdan (Sal 6,6). Sin este recuerdo mutuo, Dios es el gran Ausente. «El difunto está fuera de la actuación histórica de Yahvé, y en esta exclusión consistía la verdadera amargura de la muerte» (von Rad, Teología, I, 475). Las tres preguntas del salmo (vv. 11-13) son otras tantas razones para orar ininterrumpidamente. Mientras así ora el moribundo, confiesa indi- rectamente e in extremis las cualidades de Dios, pues aún es tiempo de confesar, antes de que se imponga el silencio abismal y sea dema- siado tarde.
La estrofa comenzaba con una oración que unía el día con la noche (v. 10) y se clausura también con la oración. La oración de un grito de socorro propio del que está desesperado o tan aterrado que lanza su S.O.S. El clamor quiebra el silencio del sepulcro y, sobre todo, enciende una candileja de luz donde impera la desesperación. Es lo que sugiere la adversativa con la que comienza el v. 14: «Pero yo, Yahvé, solicito tu socorro». Porque el tiempo se acaba, el orante tiene prisa de que llegue “el alba”, que es el momento del favor di- vino, de que Dios responda: «Al alba va a tu encuentro mi oración» (v. 14b). He aquí un respiro de esperanza después de tantas pregun- tas angustiosas.
2.4. Segunda estrofa: el silencio de Dios (vv. 15-18.19). Lo que llega,
en vez del socorro, es el rechazo de Yahvé. Se desvanece la leve espe- ranza de que, al despuntar el nuevo día, la plegaria vaya al encuentro de Dios. El orante no ve las primeras luces del día, sino que cuando éstas apuntan en el firmamento continúa la noche de silencio y de ausencia, como si el sol se oscureciera al amanecer. Este orante no puede decir lo que aquel otro salmista esperaba: «al despertar me saciaré de tu semblante» (Sal 17,15); muy al contrario, Dios oculta su rostro y lo aleja de la mirada del suplicante. Sin la luz del rostro divi- no (Sal 80,4.8.20) el ser humano se hunde en las tinieblas, en la nada. Antes de morir, no obstante, tiene tiempo para desafiar a Dios con una pregunta: «¿Por qué, Yahvé, me rechazas, / y ocultas tu rostro lejos de mí?» (v. 15). Si el orante ha de morir, quiere morir orando.
Dios calla. La vida habla, y le desvela lo que ha sido la constante de su vida, ya desde la infancia: ha sido un hombre “desdichado y enfermo” (v. 16a), pero enfermo de muerte, constantemente al borde de la muerte. El texto no nos dice si contrajo una enfermedad grave
en la infancia, o si ya desde entonces pesaba sobre su conciencia el ser mortal. La enfermedad crónica o la conciencia de la muerte se ha enconado, puesto que en ella está latente algo mucho más duro: el terror divino. «El terror de la muerte es un terror sacro: el terror de Dios es intimación de muerte. Más que la muerte, es trágica la con- ciencia de morir» (Alonso-Carniti, II, 1138). El orante ha soportado a lo largo de la vida los terrores de Dios y “ya no puede más” (cf. v. 16b). Es posible otra traducción que no mira tanto al pasado cuanto al momento presente: «Soy un desdichado / y muero quejumbroso; / he soportado tus terrores, / y estoy aturdido». El peso de la mano divina (su furor) ha sido tan excesivo que el orante muere sin saber nada, con los sentidos perturbados, aturdido. Job pedía: «que no enloquez- ca con su terror» (Jb 9,34). El orante del salmo muere aturdido.
El furor divino se torna fuego destructor que atraviesa y agua caó- tica que envuelve, de modo que los dos conjuntados aniquilan al oran- te (vv. 17-18). El océano de los terrores de Dios ha triunfado y el sal- mista ha sido cubierto por las olas colosales de la muerte. Nadie le ha acompañado en la última etapa de su viaje. Yahvé se ha encargado de alejar a los compañeros y a los amigos. Su única compañía son las tinieblas (v. 19). Así termina el salmo. Según el Génesis, la primera criatura que Dios creó fue la luz (Gn 1,3). La última compañía que encuentra el muerto son las tinieblas. Son apropiadas para esta situa- ción las palabras de Job: «Sólo espero habitar en el Seol, / hacerme la cama en las tinieblas: / llamo al sepulcro ‘padre mío’, / a los gusanos ‘madre y hermanos’» (Jb 17,13-13).
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Es probable que el cristiano que ora con este salmo añada dema- siado precipitadamente la luz de la resurrección para iluminar las oscuridades de este poema. El Sal 88 es una invitación a vivir sin pudor el horror y el terror de la muerte, de la propia muerte. El oran- te ha ido perdiendo todo a lo largo de la vida: allegados, amigos, cono- cidos, la salud, el honor, la propia vida... e incluso ha perdido a Dios, de quien tiene la sensación de que es su terrible adversario. Ni Job ni Jeremías disimulan el terror y el horror del dolor y de la muerte. Tampoco lo disimulan los evangelistas cuando hablan de la agonía y muerte de Jesús. El Señor comenzó a sentir en Getsemaní “pavor y
angustia” (Mc 14,33). Ya en la cruz, gritó: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). Lo que no ha perdido el sal- mista a lo largo de la vida, y llegada la hora de la muerte, es su fe en Dios, a quien se dirige a lo largo de toda la plegaria llamándole “mi Dios salvador” (v. 2); espera que oiga su grito de socorro y que, al amanecer, vaya la oración al encuentro divino. ¡Cuánta fe para orar así en el escenario mortal…! Nada debemos mermar el pavor y la angustia de Jesús, cercano a su muerte, ni el abandono de la cruz. La resurrección añade al salmo que Dios se muestra maravilloso en todos que, en la muerte, se han aferrado a él con fe y confianza. Si, llegada la hora de nuestra muerte, morimos orando, habremos apren- dido a comportarnos como el orante de este salmo.
III. ORACIÓN
«Redentor nuestro, Dios inefable de nuestra salvación, que, habiendo bajado a los infiernos por nosotros, fuiste liberado de entre los muertos, escucha la plegaria matutina de tu familia, y líbranos de la funesta servidumbre del enemigo que nos acecha. Te lo pedimos a ti que vives y reinas con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,327).