La historia de la religión, desde la más primitiva hasta la más desarrollada, está conformada por un número de realidades sagradas’’.
MIRCEA ELIADE
A medida que estudiaba las diferentes culturas del mundo, cada una con sus propias creencias y prácticas, se hizo evidente que, aparente- mente, cada una había tenido una interpretación dualista de la realidad, y había considerado que estaba conformada por dos ámbitos diferentes: lo físico y lo espiritual. Si realmente existen pruebas sustanciales para respaldar el argumento de que la creencia espiritual es realmente univer- sal, entonces, según los principios de la sociobiología, se concluiría que es altamente probable que nuestra especie deba estar “programada” de este modo. Pero, ¿con qué frecuencia se manifiesta esta creencia religiosa y espiritual? ¿Existen pruebas contundentes para afirmar que es el pro- ducto de un reflejo heredado?
La universalidad con que percibimos la realidad espiritual se mani- fiesta en varias creencias y prácticas interculturales. Por ejemplo, todas las culturas han expresado una creencia en fuerzas o seres sobrenaturales. Esto se evidencia en el hecho de que todas han mostrado una tendencia a rezar, adorar y a elevar plegarias a esos seres conocidos comúnmente como dioses, un concepto para el que todas las culturas han tenido un símbolo o palabra. Esto se confirma también por el hecho de que todas las culturas han erigido sitios de adoración en donde los miembros de sus comunidades se reúnen para rezarles a sus dioses. Trátese de una mez- quita musulmana, una iglesia católica, una sinagoga judía, un santuario sintoísta, un zigurat babilónico, una stupa budista, o un templo azteca, griego o egipcio, todas las culturas han construido edificios especial- mente diseñados para rezar. Estos sitios son una prueba física de que todas las culturas han creído en la existencia de una realidad espiritual.
Adicionalmente, todas han creado obras de arte religioso. Los prime- ros ejemplos son las pinturas rupestres que se remontan a los comienzos del paleolítico, alrededor de 40.000 a 12.000 años a.C. Varias de estas pinturas son representaciones de escenas de cacería en las que diversos animales tienen heridas de jabalinas resaltadas con ocre rojo. Como los dibujos de las lanzas están superpuestos en muchos casos, se cree que estas pinturas eran renovadas constantemente para efectos mágico-reli- giosos, con el fin de que la presa fuera cazada. Todas las culturas que desarrollaron una escritura, la utilizaron para exponer sus creencias espi- rituales por medio de textos sagrados y de su mitología. De hecho, los sumerios, quienes desarrollaron uno de los primeros sistemas de comu- nicación escrita (alrededor del 2800 antes de la era común), consistente en inscripciones conocidas como cuneiformes, tenían un símbolo (“an”) para representar el cielo. Que todas las culturas hayan tenido obras de arte y textos tangibles representa una prueba adicional de que, en térmi- nos transculturales, el animal humano considera y cree en una realidad espiritual.
Adicionalmente, todas las culturas han creído que los seres humanos tenemos un componente espiritual en nuestro interior, conocido como alma, otro concepto para el que todas las culturas han tenido un símbolo o una palabra. “El alma es un concepto universal”.19 Según nuestra creen- cia transcultural en el alma, los humanos consideramos que estamos
constituidos por una combinación de materia y espíritu. Aunque consi- deramos que nuestro cuerpo está constituido de materia, al mismo tiempo consideramos que la conciencia está constituida de espíritu, una sustancia intangible a la que llamamos alma. De este modo, proyectamos nuestra percepción dualista de la realidad sobre nuestra propia existen- cia.
Así como consideramos que las cosas que tienen espíritu son indes- tructibles, eternas e imperecederas, también consideramos que nuestra alma posee estos atributos. Por consiguiente, creemos que gracias a nues- tra alma también somos eternos e imperecederos. En consecuencia, cree- mos que aunque nuestro cuerpo físico perecerá algún día, nuestro “yo” espiritual —espíritu o alma— vivirá por toda la eternidad. Gracias a esta creencia universal en el alma, los seres humanos obtienen su sentido de inmortalidad. Como dijo el antropólogo Branislaw Malinowski:
A través de la religión, el hombre afirma su convicción de que la muerte no es real ni definitiva, y que estamos dotados de una perso- nalidad que perdura incluso después de ella.20
Esta universalidad por medio de la cual todas las culturas han creí do en el alma inmortal está respaldada por el hecho de que todas han expresado una creencia en una vida posterior, “una existencia nueva, con- tinuada o transformada después de la muerte, creencia que se ha obser- vado virtualmente en todas las culturas y civilizaciones”.21 Trátese del cielo, del purgatorio, del infierno, del Valhalla, niflheim, nirvana, tár- taro, de los Campos Elíseos, del hades, la oscuridad, del reino de los muertos, del Te Reinga (la tierra de los espíritus), del jardín místico, del paraíso, de la reencarnación o transmigración de las almas, todas las cul- turas —orientales y occidentales— han expresado la creencia de que nues- tro ser espiritual o alma persiste después de que nuestro cuerpo físico ha perecido.
Esta creencia universal en una vida después de la muerte se mani- fiesta físicamente en los rituales funerarios o de entierro practicados por todas las culturas. En esta práctica universal, el cuerpo del difunto es des- pedido (generalmente enterrado, aunque existen otros procedimientos) con un rito que pretende enviar el espíritu del individuo a otro mundo.
Otra prueba adicional es que muchas culturas entierran a sus muertos con artefactos que tienen el propósito de facilitar la transición del di- funto de este mundo al otro, lo que nos ofrece una confirmación adicio- nal acerca de la creencia de que el “yo” consciente o alma perdura des- pués de la muerte física.
Mientras que el entierro representa el último de una serie de rituales transculturales por medio de los cuales santificamos nuestra existencia ante los dioses, todas las culturas reciben a los recién nacidos en su co- munidad espiritual por medio de un rito de nacimiento. Algunos ejem- plos de estos ritos son la circuncisión entre judíos y musulmanes, la in- mersión de los recién nacidos en la pila bautismal que realizan los católi- cos, o mecerlos en medio del humo purificador producido por ramas quemadas de Carissa lanceolata, como lo hacen los aborígenes australia- nos. El antropólogo cultural Mircea Eliade expresó, en su libro Lo sagrado
y lo profano: “Cuando nace un niño, sólo tiene una existencia física; aún
no es reconocido por su familia ni aceptado por su comunidad. Es sólo gracias a los ritos realizados después de su nacimiento, que es incorpo- rado a la comunidad de los vivos”.22
El ritual de iniciación también tiene una connotación espiritual en términos transculturales. Generalmente celebrado con la aparición de la pubertad, este ritual representa el paso de la infancia a la edad adulta y su propósito es el de santificar a un individuo ante sus dioses como un miembro maduro y responsable de la comunidad espiritual. Ya sea el Bar
Mitzvah de los judíos, las ceremonias de pintura facial de los kotas con-
goleses, la confirmación católica, el bautismo de los adolescentes dentro de la Iglesia Bautista del Sur, o la ceremonia hindú de la sannya, todas las culturas realizan rituales con el fin de asimilar a sus jóvenes como miembros adultos de la comunidad espiritual. Utilizando términos jun- guianos para expresar la naturaleza transcultural de este rito, el escritor Anthony Stevens afirma en su libro On Jung [Sobre Jung]: “La comparación de los ritos de iniciación de todo el mundo sugiere que estos poseen una estructura arquetípica, pues los mismos patrones y procedimientos son supuestamente universales”.23
Tras iniciarse en la comunidad espiritual, los miembros de sexos opuestos se unen posteriormente para promover la procreación. Estas
uniones son aprobadas a través de un rito matrimonial de carácter trans- cultural.
Adicionalmente, todas las culturas han poseído alguna forma de sa- cerdocio, de individuos o grupo de individuos cuya función es la de ac- tuar como intermediarios de la comunidad entre los mundos materiales y espirituales. Aunque a este individuo se le llame chamán, sacerdote, rabí, swami, ensi, yogui, oráculo, místico, psíquico, médium, papa, califa o imán, todas las culturas han poseído un miembro, grupo o casta seme- jante, cuya función es la de servir como guía y líder espiritual de su co- munidad.
Adicionalmente, todas las culturas le han conferido un estatus má- gico, sagrado o sobrenatural (espiritual) a ciertos sitios, algo que Mircea Eliade define como la tendencia de nuestra especie a creer en la noción de un espacio “sagrado”. Por ejemplo, todas las culturas le han conferido un estatus sagrado a los sitios llamados santuarios. Ya sea la Tumba de los Patriarcas, la Kaaba, Delfos, las Pirámides, el Dakhma de Caín, el río Ganges, Belén, o una stupa budista, todos son centros de peregrinaje y adoración debido a su importancia espiritual y a los valores que han re- presentado.
Así mismo, diversas culturas le han atribuido un estatus sagrado a varios objetos. Tótems, reliquias, iconos, amuletos, talismanes o fetiches, tal como son llamados por sus respectivas culturas, son ejemplos de ob- jetos físicos a los que se atribuye la propiedad de contener alguna esencia del mundo espiritual en su interior. Ya sean la hostia y el vino de la eu- caristía, la pipa de la paz ceremonial de los indígenas norteamericanos, los cabellos del profeta Mahoma, los dientes sagrados de Buda, los frag- mentos del santo crucifijo, una mezuzá judía, un gris-gris africano, una amatista o cristal de cuarzo para los espiritualistas de la “nueva era”, todos estos objetos materiales supuestamente poseen atributos mágicos o “espi- rituales”. El hecho de que todas las culturas le hayan atribuido un estatus sagrado a objetos físicos es otra prueba de que todas han mantenido una creencia en una realidad espiritual.
Adicionalmente, todas las culturas han expresado una creencia en fuerzas espirituales, trascendentales y sobrenaturales que dirigen todo lo que existe en nuestro mundo e influyen en él. Esto se demuestra a través de nuestra creencia en abstracciones como la suerte, el karma, el hado,
la fortuna y el destino, conceptos que evidencian nuestra percepción de que existen fuerzas trascendentales que influyen e intervienen en todo lo que ocurre en el universo material. Del mismo modo, todas las culturas exhiben conductas supersticiosas por medio de las cuales creen que cier- tos gestos (cruzar los dedos, golpear la madera, arrojar sal en la espalda), o el uso de amuletos (una pata de conejo o una cruz sagrada) pueden traernos suerte; básicamente, es la creencia de que podemos alterar el curso del destino si apelamos a una entidad o fuerza sobrenatural.
Otra conducta transcultural que comprueba la propensión humana a creer en una realidad espiritual es la nigromancia, la creencia de que podemos comunicarnos con los espíritus de los muertos. Esto es algo que coincide con la tendencia de nuestra especie a creer en fantasmas, es de- cir, en la encarnación de quienes han fallecido.
La creencia universal de la humanidad en un elemento espiritual tam- bién se demuestra por el hecho de que todas las culturas tienden a otor- garle un contexto religioso al sentimiento de la culpa. Aunque es normal que nos sintamos culpables cuando ofendemos a los demás, todas las cul- turas muestran y expresan una preocupación por la forma en que los dioses juzgarán sus actos. Esto se evidencia en una variedad de ritos de penitencia y expiación con los que los individuos buscan arrepentirse de las ofensas cometidas contra sus dioses. Estas ofensas son conocidas como pecados, otro concepto para el que todas las culturas han tenido una palabra.
La evidencia física de la conducta penitente se manifiesta mediante una variedad de ritos de sacrificio, en los cuales los individuos hacen ofrendas a sus dioses con la esperanza de despertar su simpatía, piedad o perdón. Realizamos actos de penitencia porque creemos que serán re- compensados por nuestros dioses en esta vida y en la otra.
Para ofrecer un ejemplo concreto de cómo algunos de dichos senti- mientos han sido expresados a través de la literatura sagrada de una cul- tura, citaré Los consejos de sabiduría, un texto sumerio:
Adora a tu dios todos los días con sacrificios y oraciones complemen- tados con ofrendas de incienso. Preséntale tu ofrenda voluntaria, pues esto es digno de los dioses. Ofrécele diariamente oración, sú- plica y postración, y obtendrás tu recompensa. Luego comulga con tu
dios. La reverencia engendra favores. El sacrificio prolonga la vida y la oración expía la culpa.