“El miedo engendra dioses”.
LUCRECIO
“Los humanos están conectados a Dios para poder contrarrestar esta angustia fundamental”.
HERBERT BENSON
“Si el cerebro evolucionó por selección natural... Las creencias religiosas deben haber surgido gracias al mismo mecanismo”.
Éramos entonces una nueva especie, con una inteligencia inigualable que nos había convertido en la criatura más poderosa de la Tierra. Y cuando todo parecía ir bien, sucedió lo inevitable: la inteligencia del hombre se volvió en su contra. Por primera vez en la historia de la vida, una forma orgánica dirigió sus poderes de percepción hacia ella y fue consciente de su propia existencia. Con la aparición de la conciencia pro- pia, sucedió una revolución cognitiva; y con el surgimiento de esta nueva conciencia, el animal humano fue igualmente consciente de la posibili- dad de su inexistencia. Y así, gracias a esto, la criatura más poderosa de la Tierra se vio súbitamente incapacitada por la abrumadora conciencia de la inexorabilidad de su muerte.
Imaginemos cómo se debieron sentir los primeros humanos cuando de un momento a otro fueron conscientes de que su fin era inevitable: desprotegidos, vulnerables, solos e indefensos contra la amenaza de una muerte inminente, enfrentados al vacío, abandonados por la fuerza o el ser “superior”. Si la naturaleza no hubiera dotado a este nuevo animal con algún tipo de adaptación para contrarrestar la ansiedad que le pro- ducía su conciencia mortal, es muy posible que nuestra especie no hu- biera sobrevivido. Para compensar esta conciencia tan agobiante, la natu- raleza tenía que modificar el proceso cognitivo humano de tal forma que pudiéramos superar nuestra conciencia de la muerte.
En vez de ser atacada por un virus devastador o una amenaza climá- tica, la humanidad se vio atacada por una presión ambiental que se ori- ginó en el interior de nuestras cabezas (a fin de cuentas, ¿nuestros cuerpos no son acaso nuestro entorno físico?). Debido a esta presión ambiental interna y fisiológica, se hizo necesario que la cognición de los homínidos siguiera transformándose para poder sobrevivir.
En respuesta a esta presión, las fuerzas de la selección pudieron afec- tar nuestra evolución de varias formas posibles. Esencialmente, la inteli- gencia, nuestra mayor fortaleza, puso en peligro nuestra existencia misma. Una estrategia evolutiva que pudo utilizar la “naturaleza” sería la de haber eliminado a los miembros de nuestra especie más conscientes de sí mismos, permitiendo así que sobrevivieran los individuos menos conscientes de su mortalidad. En otras palabras, las fuerzas de la selección natural podrían haber retrocedido algunos pasos en nuestra evolución cognitiva y hacer que regresáramos al estado anterior, cuando éramos
menos conscientes e inteligentes. Sin embargo, el problema de esta solu- ción era que la conciencia propia es una de las capacidades más formida- bles de nuestra especie, pues nos permite tener una habilidad única para adaptamos a cualquier situación o ambiente. Por ejemplo, si nos enfren- táramos a otra glaciación, mientras que otros animales tendrían que es- perar millones de años para que la naturaleza seleccionara un pelaje más grueso, los humanos podríamos adaptarnos en cuestión de horas. Gra- cias a su inteligencia, el homo sapiens ha trascendido las fuerzas de la evolución. Ya no necesitamos esperar a que la selección natural nos mo- difique, pues tenemos la capacidad de poder modificarnos y adaptamos a casi cualquier ambiente. Gracias a nuestra increíble capacidad para transformar el entorno inmediato, los seres humanos tenemos la capaci- dad para sobrevivir, bien sea en las profundidades del océano o en el espacio sideral. Y como tenemos una inteligencia tan desarrollada para el lenguaje y las matemáticas, los humanos podemos desarrollar recursos y tecnologías que nos permiten superar casi todos los obstáculos físicos. Las presiones ambientales que podrían exterminar a otras especies, hacen que la humanidad progrese en términos tecnológicos, lo que nos permite adaptarnos a nuestro ambiente sin la ayuda de la selección natural.
Simultáneamente, sin inteligencia, los seres humanos seríamos unas de las criaturas más débiles y vulnerables del planeta. Como no tenemos adaptaciones defensivas como garras, colmillos, alas, ni secreciones vene- nosas, seríamos presas ambulantes listas para ser devoradas. Por consi- guiente, la eliminación de nuestra inteligencia probablemente no hu- biera sido la estrategia más efectiva. Al contrario, la naturaleza se tuvo que haber visto obligada a seleccionar una nueva adaptación para que la humanidad pudiera superar su conciencia mortal. ¿Qué tipo de adapta- ción podría lograrlo? ¿Qué mecanismo podría aparecer en nosotros que nos hiciera sobreponer a nuestra conciencia de la muerte sin comprome- ter nuestras facultades intelectuales?
Es probable que, en un comienzo, los únicos individuos que sobrevi- vieron fueran aquellos cuya constitución cerebral les hacía superar de al- gún modo la ansiedad descomunal que les produjo la conciencia de sí mismos y de su mortalidad. Sin embargo, se necesitaba algo más para que toda la especie perdurara. Tal vez esta nueva conciencia de la muerte le
generó tanta tensión al animal humano que indujo a una presión selec- tiva en nuestros cerebros fisiológicos. Así como las presiones ambientales transforman especies enteras, ¿por qué no habrían de transformar tam- bién un órgano nuestro, es decir, el cerebro? ¿No deberían aplicarse a nuestra evolución cerebral los mismos principios darwinianos que se apli- can para toda la materia orgánica? ¿De qué otra forma podríamos supo- ner que surgieron todas nuestras facultades cognitivas, ya sean lingüísti- cas, musicales o matemáticas?
Gracias a nuestra capacidad de tener una conciencia propia, se hizo necesario que fuéramos reconfigurados de tal forma que pudiéramos cumplir con las exigencias de nuestros ambientes internos. Esto significa que los individuos que tuvieran alguna mutación genética que les permi- tiera sobreponerse a la enorme ansiedad causada por la conciencia de su mortalidad, eran los que tenían mayores probabilidades de sobrevivir, y por lo tanto, de transmitirles a sus descendientes cualquier adaptación ventajosa que tuvieran.
Con el paso de varias generaciones, aquellos cuya constitución cere- bral les permitía contrarrestar con eficacia la ansiedad producida por di- cha conciencia fueron los más aptos para sobrevivir. Este proceso conti- nuó hasta que apareció una función cognitiva que alteró la forma en que estos humanos percibían la realidad, al agregarle un componente “espiri- tual” a su visión de la vida. Así como el cerebro humano había desarro- llado una inteligencia lingüística, musical y matemática, parece ser que también desarrolló una inteligencia “espiritual”.
En resumen, la conciencia de la muerte que tiene nuestra especie ejerció una presión tan fuerte en nuestra evolución cerebral (cognitiva) que en algún momento, durante las últimas etapas de la evolución de los homínidos, la naturaleza seleccionó los linajes que tenían una predispo- sición innata a percibir o creer en una realidad alterna, lo que les permi- tía superar las limitaciones de este mundo físico infinito que sólo podía ofrecerles dolor, sufrimiento, y finalmente la muerte. Así, en nuestra es- pecie surgió una nueva realidad, que nos obligó a considerarnos como trascendentes, y a imaginar que tal vez éramos más de lo que realmente somos.