“La experiencia mística de Dios tiene ciertas características comunes a todos los credos”.37
KAREN ARMSTRONG
espués de clasificar las creencias y prácticas espirituales y universales del hombre, yo necesitaba investigar otros aspectos de la conciencia espiritual. Uno de ellos, antes que ser una creencia o una práctica, era más bien una sensación que parece ser compartida universalmente por nuestra especie.
En su libro El malestar en la cultura, Freud habla de una carta que le escribió su amigo Romain Rolland, quien recibió un premio Nobel. Ro- lland describe lo que había sentido, y lo que según él, representaba “la verdadera fuente de todo sentimiento religioso”. Rolland escribió que estas sensaciones:
Consisten en un sentimiento peculiar que jamás habría dejado de percibir, que muchas personas le habrían confirmado y cuya existen- cia podría suponer en millones de seres humanos; un sentimiento que le agradaría designar “sensación de eternidad”; un sentimiento como de algo sin límites ni barreras, en cierto modo oceánico.38 Romain Rolland tenía razón al suponer que su experiencia era com- partida por millones de personas. De hecho, los hallazgos arqueológicos sugieren que todas las culturas desde la aparición del hombre han expe- rimentado sensaciones casi idénticas a las expresadas por Rolland. Ya sea la experiencia de la conversión que tienen los cristianos pentecostales, el samadhi en el hinduismo, el fana del sufismo, o el satori del zen, todas las culturas mundiales han descrito una experiencia mediante la cual los
individuos sostienen que es como si hubieran sido tocados por alguna verdad o poder “superior”, experiencia que casi siempre se ha identifi- cado como espiritual, mística, religiosa, o trascendente por naturaleza.
Aunque estos sentimientos se evocan a menudo dentro de un con- texto religioso, esta misma experiencia puede producirse tras realizar prácticas no religiosas como la meditación, el yoga, la danza, o los cánti- cos.* Se ha observado incluso que la contemplación de ciertos patrones geométricos produce experiencias similares. Michael Murphy, un inves- tigador del Esalen Institute, afirma que la concentración intensa durante la práctica de los deportes es una forma de meditación que puede produ- cir sensaciones similares. Además de los deportes, hay muchas formas de meditación como, por ejemplo, las utilizadas en el arte marcial chino del taichí, el aikido japonés, o las danzas rápidas y extasiadas de los místicos sufís. Otro ejemplo es el yoga, que con sus movimientos y posiciones, constituye otra de las formas en que los humanos tienen sensaciones si- milares. En su libro El malestar de la cultura, Freud se refiere a esta dis- ciplina:
Mediante las prácticas del yoga, es decir, apartándose del mundo ex- terior, fijando la atención en las funciones corporales, inspirando de ma- nera particular, se llega efectivamente a despertar en sí mismo nuevas sensaciones y sentimientos difusos, que (Romain Rolland) pretendía con- cebir como regresiones a estados primordiales de la vida psíquica, pro- fundamente soterrados. Consideraba dichos fenómenos como pruebas, en cierta manera fisiológicas, de gran parte de la sabiduría mística.39
Según Dan Merkur, autor del libro Gnosis: An Esoteric Tradition of
Mystical Visions and Unions [La tradición esotérica de las visiones y uniones místicas], las experiencias místicas pueden clasificarse en varias categorías,
una de las cuales define como misticismo teísta. Esta experiencia “supone sentir la presencia de una fuerza personificada que encarna a un poder “superior”, el cual puede asumir una forma humana (Jesús), no humana (Krishna, Zeus, Ra, Odín o Yahvé), una forma animal (el espíritu del
* En 1997, investigadores japoneses observaron que los ritmos repetitivos estimu- lan el hipotálamo del cerebro, lo que despierta sensaciones de serenidad o de exci- tación. Esto contribuiría a explicar parcialmente por qué la danza o los cánticos despiertan sensaciones “trascendentales” en nosotros, lo que demuestra la conexión entre la conciencia musical y la espiritual.
Oso), o una forma más elemental (el espíritu del viento o de la Tierra)”.40 Merkur identifica otra experiencia como misticismo panteísta: “El in- dividuo siente que la totalidad del mundo es el poder más grande, y que puede verse a sí mismo como parte de esa totalidad”.41 En esta experien- cia, la persona tiene la sensación de hacer parte de todo lo que está a su alrededor. Uno de los individuos estudiados por Merkur señaló: “Me sentí uno con la hierba, los árboles, las aves y con todos los elementos de la naturaleza”. En sus memorias, Einstein relató su propia experiencia personal:
Sin embargo, hay momentos en los que uno se siente libre de su iden- tificación con las limitaciones y deficiencias humanas, y se imagina que está en algún rincón de un pequeño planeta, observando con asombro la belleza fría aunque profundamente conmovedora de lo eterno y lo insondable: la vida y la muerte confluyen en una sola, y no hay ni evolución ni destino: sólo el ser.42
Merkur enumera lo que según él son los cinco síntomas más comu- nes de una experiencia mística: “un sentido de unidad o totalidad”, “un sentido de atemporalidad”, “un sentido de haber encontrado la realidad última”, “un sentido de sacralidad”, y “un sentido de que no es posible describir adecuadamente la riqueza de la experiencia vivida”, un síntoma al que William James, el pionero de la psicología religiosa, definió como la cualidad “inefable” de dicha experiencia en su libro Las variedades de la experiencia religiosa.
La experiencia mística también ha sido descrita con expresiones como “la sensación de un vínculo indisoluble, de ser uno con el mundo externo como un todo”,43 “una experiencia superior”,44 “una experiencia pura y consciente”,45 “una conciencia cósmica”,46 “sentimientos de uni- dad”,47 “una mayor conciencia de un poder superior o de una realidad última”,48 “disminución o pérdida del sentido del yo”49 “disolución del ego normal; una nueva forma de funcionamiento del ego”,50 “una per- cepción alterada del espacio y el tiempo; inefable; apreciación de lo ho- lístico, naturaleza integrada del universo y la unidad de uno con ella”,51 y “conciencia de Dios”.52 Adicionalmente, se dice que estas experiencias generalmente despiertan sentimientos de “ecuanimidad, arrobamiento,
alegría sublime”53, “felicidad”54, “éxtasis”55, “efecto intenso y positivo”56, “paz y alegría”57, “un estado de afirmación”58, y de “euforia”59.
Estas descripciones podrían clasificarse en varias categorías, y se ha demostrado que cada una está relacionada con zonas específicas del cere- bro. Las sensaciones como la “pérdida del sentido del yo” o la “disolución del ego normal”, describen una experiencia que tiene una naturaleza transpersonal, en la que la propia identidad es suprimida temporal- mente, haciendo que el individuo se sienta desprendido, sin ego y unido con el cosmos.
Otro tipo de experiencias encierran sensaciones de distorsión del tiempo y el espacio, lo que indica que la conciencia temporal y espacial también es suprimida. En un tercer grupo se describen sensaciones que tienen una naturaleza sensual; términos como arrobamiento, éxtasis, eu- foria y felicidad, reflejan una experiencia sensual en la que se disipa la ansiedad habitual.
Una prueba del impacto que tienen estas experiencias en nosotros es que algunas culturas han creado palabras para describir estas sensaciones. Por ejemplo, la palabra saccidananda aparece con frecuencia en los textos sagrados y filosóficos de la India. Esta palabra compuesta del idioma sáns- crito contiene tres raíces separadas: sat significa existencia o ser; cit, con-
ciencia e intelecto; y ananda, felicidad”60.
El hecho de que tantas culturas hayan descrito estas sensaciones en términos tan semejantes sugiere que esta es otra característica común a nuestra especie (es decir, otro rasgo genéticamente heredado).
La confirmación de la autenticidad de las experiencias místicas se ob- serva en el alto grado de unanimidad presente en los intentos por describir su naturaleza.61
Así como todas las culturas sienten tristeza, también tienen experien- cias espirituales. Adicionalmente, así como la experiencia de la tristeza es descrita en términos similares por todas las culturas, lo mismo es válido para las experiencias espirituales. Que todas las culturas hayan descrito la tristeza de un modo tan semejante indica que este sentimiento no es aprendido sino que es parte inherente de nuestra naturaleza humana.
Según esta misma lógica, esto también debería ser válido para las expe- riencias religiosas. Y si nuestra capacidad de tener experiencias “espiri- tuales” es una característica propia de nuestra especie, esto implicaría que dichas experiencias deben generarse en alguna parte o partes de nuestro cerebro, convicción que cada vez es más aceptada a medida que las nuevas tecnologías comienzan a ofrecernos maneras de investigar la neuromecá- nica de la conciencia humana, y particularmente de la conciencia espiri- tual. Como lo señaló el psicólogo James Leuba, “la experiencia mística puede explicarse en términos fisiológicos”62.
Para suministrar evidencia física que compruebe esta noción, An- drew Newberg y Eugene D’Aquili, de la división de medicina nuclear de la Universidad de Pennsylvania, utilizaron una tomografía computar izada por emisión de fotón único (SPECT, por sus siglas en inglés), para observar cambios en la actividad neural de varios monjes budistas. Su experimento mostró que cuando los monjes practicaban la meditación — y sentían que eran uno con toda la creación— hubo un cambio notable en la actividad neural de los lóbulos frontal y parietal, así como de la amígdala cerebral, lo que ofreció una confirmación física de que las ex- periencias espirituales pueden relacionarse directamente con ciertas re- giones del cerebro.
Cuando los monjes estaban en medio de sus experiencias “agudiza- das”, el escaneo de sus cerebros reveló que hubo una disminución repen- tina del flujo sanguíneo a la amígdala cerebral. Como en esta parte del cerebro se generan el miedo y la ansiedad, es lógico suponer que cuando disminuye el flujo sanguíneo de la amígdala, nuestros miedos y ansieda- des se disipan, y quedamos en un estado que describimos en términos transculturales como de tranquilidad, euforia, gozo y serenidad.
El escáner también mostró que la meditación tenía un efecto sobre el lóbulo parietal, donde se generan la conciencia espacial y temporal. Es lógico suponer también que cuando se reduce el flujo sanguíneo a esta zona por medio de la meditación, experimentamos un estado de distor- sión del tiempo y del espacio.
Adicionalmente, y debido a que al lóbulo frontal se le atribuye la generación del sentido del yo (Miller, 2001), podemos entender por qué un cambio en el flujo sanguíneo a esta región puede despertar sensacio- nes frecuentemente descritas como una pérdida del sentido del yo, o la
disolución del yo habitual. Esto demuestra claramente que los estados conscientes —la conciencia espiritual en este caso— puede reducirse a nuestra fisiología. Aparentemente, experimentamos estas sensaciones “espirituales/místicas” no porque seamos tocados por el cielo o por Dios, sino porque al concentrar nuestra atención de este modo particular, po- demos manipular nuestra neuroquímica y alterar así nuestra percepción. En respaldo a esta teoría, en El manual completo de psiquiatría se dice que “el contenido espiritual de la conciencia puede explicarse por el efecto de la excitación del cerebro anterior frontolímbico”63.
Otra evidencia que confirma la relación entre la neurofisiología hu- mana y las experiencias religiosas es el hallazgo del doctor V. S. Rama- chandran, del Centro de investigaciones sobre el cerebro y la cognición de la Universidad de California en San Diego. Ramachandran observó que el 25 por ciento de las personas que padecen una forma de epilepsia que afecta al lóbulo temporal, experimentan un marcado fervor religioso poco antes de padecer un ataque. Adicionalmente, sus pacientes afirma- ron haber “visto a Dios” o sentir una iluminación repentina” durante los ataques.
Dostoievski, quien padecía un tipo de epilepsia, ofreció una descrip- ción de esta experiencia en su libro El idiota: “Realmente he tocado a Dios. Entró en mí. Sí, Dios existe, dije llorando. Ustedes que están sanos no pueden imaginarse la alegría que sentimos los epilépticos un segundo antes de sufrir un ataque”. Adicionalmente, los que padecían una epilep- sia del lóbulo temporal tendieron a preocuparse inusualmente por asun- tos religiosos, no sólo durante sus ataques sino también en su vida coti- diana. Confirmando esto, El manual completo de psiquiatría enumera esta religiosidad excesiva como una de las principales conductas que tienen los que padecen epilepsia en el lóbulo temporal.
Ramachandran investigó aún más este fenómeno, y utilizó sensores cutáneos para comparar y contrastar las respuestas emocionales de los individuos a una variedad de palabras e imágenes. A diferencia de la ma- yoría de otros participantes que fueron sometidos a estos sensores, los cuales mostraron una mayor sensibilidad al lenguaje o a las imágenes se- xuales, los que sufrían epilepsia del lóbulo temporal mostraron una res- puesta mucho más débil a los estímulos sexuales que las personas norma- les, pero mostraron, sin embargo, una mayor respuesta a las palabras e
imágenes religiosas, aunque completamente involuntaria.
Respaldando los descubrimientos del doctor Ramachandran, Jeffrey Saver y John Rabin, del Centro de investigaciones neurológicas de UCLA encontraron documentación histórica que sugiere que un número signi- ficativo de los profetas y líderes espirituales de la humanidad sufrían de epilepsia en el lóbulo temporal. Entre ellos figuraban personajes religio- sos tan conocidos como Juana de Arco, Mahoma y el apóstol Pablo.
Por otra parte, Michael Persinger utilizó un estimulador magnético transcraneal (un casco que emite un campo magnético concentrado en zonas específicas del cerebro) para estimular diferentes regiones de su propio cerebro. Respaldando los hallazgos de Ramachandran, cuando el doctor Persinger utilizó este aparato para estimular su propio lóbulo tem- poral, experimentó lo que describió como su primera sensación de “estar unidos con Dios”. Este aparato fue utilizado en muchos estudiantes vo- luntarios durante un estudio investigativo, y muchos de ellos manifesta- ron haber tenido experiencias espirituales y místicas, así como visiones de Jesús, de ángeles y de otras deidades espirituales; al mismo tiempo, algunos individuos manifestaron haber tenido experiencias cercanas a la muerte, así como haber tenido contacto o sido raptados por extraterres- tres,* ofreciendo de esta manera un respaldo a la posibilidad de que di- chas percepciones puedan estar relacionadas con la sensibilidad del ló- bulo temporal).
Aparentemente, el animal humano ha sido “programado” de tal forma que cuando realizamos ciertas actividades (por ejemplo medita- ción, oración, cánticos, yoga, danza, rituales o contemplación religiosa), estas producen ciertas percepciones, sensaciones y cogniciones que ten- demos a interpretar en términos transculturales como prueba de alguna realidad divina, sagrada o trascendental. Sin embargo, recientes descubri- mientos en las neurociencias contradicen estas nociones, al sugerir que las experiencias religiosas/espirituales/místicas/trascendentales no son la manifestación de contactos con lo divino, sino más bien la forma en que nuestro cerebro interpreta ciertos procesos neuroquímicos de origen genético.
* Creo que la ufología y la creencia en las visitas de extraterrestres constituye otra de las múltiples formas en las que nuestra predisposición espiritual nos hace creer en algún tipo de poder alterno o “superior” en el universo.