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LA CAÍDA DEL MUNDO MICÉNICO Y EL LEGADO DE LA EDAD DEL BRONCE

Apogeo y caída del mundo micénico

A. Almacenes B Sala del mégaron

III. LA CAÍDA DEL MUNDO MICÉNICO Y EL LEGADO DE LA EDAD DEL BRONCE

Una catástrofe brutal, aún más completa que la que afectara a los palacios cretenses, borraría del mapa todos los palacios micénicos y un gran número de lugares, despoblándose regiones enteras, como Mese- nia. Fueron quemados durante el período final de la cerámica micénica III b (esto es, hacia 1200). Muchos (como Pilos) habían sido abandona­ dos y suministran cerámicas y tablillas, pero no objetos preciosos ni es­ queletos. A veces (en Micenas y Tirinto) una primera catástrofe era seguida por una rápida fortificación y, luego, por el abandono final. Con ellas desapareció el conocimiento de la escritura y el sistema de sociedad jerarquizada que hemos mencionado. Pero este trastorno que puso fin a la civilización micénica no afectó solamente al Egeo.

Desde el siglo XIII, el Mediterráneo fue sacudido por movimientos de poblaciones a las que la tradición egipcia denomina «pueblos del mar». En efecto·, dos estelas, una del reinado de Menerptah (1230) y otra de Ramsés III ( 1191 ), enumeran listas de gentes llegadas de todos los países y que atacaron el delta del Nilo. Entre ellos, en la primera estela, se menciona a los Akawash, que algunos han identificado con los aqueos; y, en la segunda, a los Peleset, los filisteos, instalados en Palestina, en donde introdujeron la cerámica micénica III c. En este tiem­ po cae el Imperio hitita, al parecer bajo los golpes de estos mismos in­ vasores. Los archivos inmediatamente previos a su caída dan cuenta de grandes dificultades y mencionan los distintos países con que hay que enfrentarse. Entre ellos, el reino de Ajiyawa, que se suele identificar con un reino aqueo (es decir, griego) cuyo centro muchos sitúan en Ro­ das. El poderío hitita declina y, de modo general, el Mediterráneo, que ya no está dominado por ningún Estado potente y parece infestado de piratas e, incluso, de bandas armadas, en busca de nuevas tierras para establecerse. Al mismo tiempo empieza a extenderse lentamente el uso del hierro en el armamento (aunque ya era conocido como metal pre­ cioso y ampliamente usado por los hititas).

Este medio siglo de trastornos supuso, pues, la desaparición simul­ tánea del Imperio hitita y de los palacios micénicos, de cuyas resultas quedó transformado el equilibrio mediterráneo. Un cambio tan brusco

LAS DESTRUCCIONES

L O S T R A S T O R N O S O R IE N T A L E S

O R Í G E N E S D E L O S T R A S T O R N O S

EL L E G A D O DE LA D E B R O N C E

ha hecho suponer causas muy variadas, que enumeraremos, pero te­ niendo presente su precariedad. Giran en torno a tres hipótesis princi­ pales:

— Invasores exteriores. Los dorios, en la tradición antigua; pobla­ ciones llegadas del Cáucaso o del sur, actualmente. Tales enemigos, arra­ sándolo todo a su paso, habrían provocado la huida de las poblaciones; algunas se unirían luego a los Pueblos del mar y otras hurían a las Ci­ cladas y al Asia, librándose del desastre algunos lugares (Atenas).

— Crisis interna. Las dificultades surgidas en los imperios orienta­ les habrían agotado ciertos mercados; o bien, el sistema palacial, llega­ do a un punto de excesiva rigidez, habría provocado descontentos, pudiendo haber ocurrido ambas cosas a un tiempo. Las revueltas, pro­ pagadas de palacio en palacio, habrían sido seguidas por vastos movi­ mientos de población.

— Una catástrofe natural. Se ha recurrido también a sismos y cam­ bios climatológicos. Algunos intentan fechar la erupción de Santorín en un momento más tardío y dibujar el mapa de los sismos a partir de este epicentro. Las poblaciones que huyesen de sus lugares de ori­ gen y que se negasen a volver habrían tomado parte en el movimiento de los Pueblos del mar.

No es éste el lugar para discutir en detalles tales hipótesis, que, por otro lado, no son excluyentes. Los arqueólogos, en estos últimos años, han trabajado mucho sobre estos puntos y lo seguirán haciendo. Su­ brayemos algunas conclusiones en particular:

— La brutalidad del hundimiento de los palacios y la desaparición de la forma de sociedad que dependía de ellos, así como de la escritura empleada por su burocracia.

— La existencia de vastos movimientos de poblaciones en este tiem­ po, en toda la cuenca del Mediterráneo, desde mitad del siglo XIII hasta

finales del XII.

Asombra una tan rápida transformación. De este modo, una civili­ zación brillante podría haber desaparecido por completo y acaso los grie­ gos ignorasen realmente la civilización de sus antepasados, tal y como sucedía con los eruditos antes de los descubrimientos de Schliemann.

E D A D Sea como sea, el hundimiento de una civilización, siempre deja hue­

llas y la vida diaria sigue. Si bien algunos palacios (Pilos) fueron igno­ rados enteramente por los griegos clásicos, otros (Micenas) conservaban sus imponentes murallas a las que no podía dejar de vincularse alguna leyenda. Algunas ciudades (Tebas, Atenas) conservaron su población y sus mitos. Algunas regiones, como Creta, mantuvieron una tradición artística peculiar, mientras que Chipre utilizaba una escritura con sig­ nos del lineal B y un dialecto griego, llamado arcadio-chipriota. Algu­ nos objetos preciosos serían llevados y conservados en familia desde tiempos muy antiguos. En fin: ningún pueblo vive sin tradiciones le­ gendarias y los micénicos las tendrían, con certeza. Mejor que imaginar escritos perdidos es pensar en una tradición oral de la que se habrían servido los griegos; pero no podemos captarlo en detalle. Sí se ha podi-

do demostrar que la mayor parte de los lugares a los que se vinculaban dinastías míticas importantes habían, en efecto, tenido ocupación mi- cénica.

La religión es, sin duda, la que conserva más elementos de la Edad del Bronce. Su carácter heterogéneo, en el que las tradiciones medite­ rráneas están tan fuertemente arraigadas, subraya su originalidad en re­ lación con las tradiciones más marcadamente indoeuropeas, romanas o germánicas. Ya observamos que la mayoría de ios cultos principales permanecieron. Libaciones, oraciones y sacrificios tenían que perdurar. Los grandes santuarios griegos (Délos, Delfos, Eleusis) acaso estuviesen antecedidos por una ocupación micénica, aunque modesta. Hay, final­ mente, un punto en el que la tradición de la Edad del Bronce nutrió a la de los tiempos clásicos: el culto a los muertos. El culto de ios hé­ roes, personajes de alta cuna y convertidos en intermediarios entre los dioses y los hombres y a los que se vincularán las grandes familias (véa­ se genealogía al final del capítulo), tiene su origen en la época micéni­ ca.

Por último, no se olvide que lo fundamental de las técnicas agrarias se transmitió sin cambios desde comienzos de la Edad del Bronce y que tales fueron las que permitían vivir a la inmensa mayoría de las gentes. Durante la tormenta, el campesino dobla la espalda; si ha de marchar­ se, lo hace buscando siempre tierra. Pero, una vez hundidos los pala­ cios, habría de buscar otros protectores que garantizasen una seguridad que permitiese la explotación del suelo.

PARA AMPLIAR ESTE CAPÍTULO

A las obras de P. DEM ARGNE, F. MATZ y M. FINLEY citadas en capítu­ los anteriores añádase E. VERMEUUi. Grecia en la Edad del Bronce, FCE.. México, 1971, que sigue siendo una de las presentaciones más claras y completas en lo que respecta al continente. Una visión de conjunto sobre el período y las hipótesis históricas que ha suscitado, en H. VAN EFFENTERRE, La seconde fin du monde: Mycènes ou la mort d 'une civi­

lisation, Toulouse, 1974. Para las tablillas en lineal B disponemos aho­

ra de J . C H A D W IC K , El enigma micénico. El desciframiento del Lineal B, Taurus, Madrid, 1962. A la vez que un apasionante relato del desci­

framiento, propone un primer fresco de la sociedad micénica a través de las tablillas. Otra obra suya es El m-undo micénico. Alianza Edito­ rial, Madrid, 1977. No hay aún obras de conjunto sobre las perspecti­ vas que se desprenden de las tablillas. En francés hay artículos de espe­ cialistas como M. LEJEUNE, «La civilisation mycénienne et la guerre», en

Problèmes de la guerre..., cit., o J . P. OLIVIER, Les Scribes de Cnossos, Roma, 1967, pp. 16-136, que muestran el progreso de la investigación en esos campos. Un buen libro de iniciación es el de L. D ER O Y , supra. M. MARAZZI, La Sociedad micénica, Akal, Madrid, 1981.

«Los cretenses pretenden haber aporta­ do a los otros pueblos los ritos del cul­ to de los misterios y de las iniciaciones ( ...) Un gran número de dioses proce­ de de Creta; Demeter cruzó su mar pa­ ru llegar al Atica y, luego, desde allí. ;< Sicilia y Egipco; de) mismo modo lle­

gó Afrodita al monte Eryx. a Citera. Patos, Siria v Asia Menor.» (D IO D O RO ' V. X X V ll. 3).

En la 3.a edición de la C.A.H. el capítulo de F. H. STU BBIN G S, «The rise of Mycenaean civilisation», pp. 627-654, dedica mucho espacio a las tradiciones míticas griegas. En el t. 2, parte II, The Middle East and

the Aegean Region 1380-1000 B.C., véanse págs. 161-215, 338-359,

658-675, 851 y 887. J . T. H O O K ER , Mycenaean Greece, Londres, 1976;

R. LAFFINEUR, «Un siècle de fouilles à Mycènes», Revue Belge de Philo­

logie et d'Histoire, LV, 1977.

La dinastía de los Atridas en Micenas

Zeus Tántalo

Pélops casa con H ipodamia Atreo

casa con Aérope Tiestes

Agamenón casa con Clitemnestra

Menelao casa con Elena

Pelopia se une a su padre Tiestes

LIBRO II