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X IV , cofítra Formión y X III contra Apatuno.

el de valores preciosos (objetos, documentos) no era sino simple custo­ dia. Más interesantes eran los depósitos de valores que debían circular: el reembolso de un crédito pasaba, cada vez más, por los oficios de un banquero, que servía como testigo y garantizaba la buena ley del nu­ merario; algunos, que preveían gastos o que habían de ausentarse o ex­ tranjeros llegados por negocios confiaban al banco una suma en depósito, que tomaba nota de los reintegros. Estos podían ser ordenados por un tercero si el impositor había dado orden al banquero —oralmente, casi siempre— , sobre todo en el caso de comerciantes que viajasen mucho. El impositor no cobraba intereses, pero tampoco el banquero se hacía pagar siempre sus servicios. En este tiempo aun no conocemos docu­ mentalmente ninguna operación de giro, aunque no sea inconcebible en el seno de una de estas bancas sin que hubiese dejado huellas; y no hay nada que nos haga pensar en transferencias de banco a banco para asuntos de dos clientes.

Pero la banca era, también, un lugar de colocación de los capitales que se deseaba hacer rendir: el banquero abonaba un interés, pero dis­ ponía de un preaviso de retirada de fondos. La tasa variaba, grosso mo­ do, entre el 10 y el 33 por 100 y la más frecuente era un 12. Sucedía que los impositores tuviesen problemas para recuperar sus fondos si el banquero había sido imprudente —o poco honrado— (ej., Isócrates,

Trapezítico). El banquero no podía practicar la hipoteca si no era ciu­

dadano o no gozaba de la énktesis. A falta de documentos escritos se entregaban en caución objetos preciosos, con frecuencia de considera­ ble valor, sobre todo en metal precioso, que el banquero conocía bien y podía negociar fácilmente. En apariencia, los bancos no comprome­ tieron sus depósitos en asuntos marítimos o mercantiles, en los que los riesgos eran demasiado grandes: el banquero se hubiese arriesgado a perder su reputación. Pero con sus propios beneficios sí que ocurría que financiasen operaciones de esa clase.

El lugar de la banca en la vida económica no es fácil de evaluar. R. Bogaert estima que sus usuarios, como acreedores o deudores, eran un 10 por 100 de la población acomodada (metecos incluidos); es de­ cir, un 2 por 100 del conjunto de la población.

Si hemos de creer en el creciente número de procesos relativos al préstamo marítimo y a la aceleración del procedimiento (sentencia dic­ tada por el tribunal de los Tesmotetes dentro del mes siguiente a la presentación de la demanda), hemos de concluir que había una activi­ dad marítima en pleno auge. El préstamo, por lo general, se hacía a un comerciante (naukleros) , distinto del patrono del barco: el presta­ dor adquiría una hipoteca sobre el barco o sobre su carga y, en caso de naufragio, quedaba sin recursos. El contrato afectaba a bien un via­ je de ida y vuelta (lo que cubría la estación navegable), bien un sólo viaje, con reembolso «in situ» y posibilidad de concertar un nuevo cré­ dito en la temporada; en este caso, el acreedor o su representante viaja­ ba a bordo del barco. El reembolso había de efectuarse dentro de los veinte días tras el fin del viaje. Si los inconvenientes de la navegación

llegaban a suponer la pérdida de una parte, lo que quedaba iba, en primer lugar, a poder del acreedor, salvo que la responsabilidad incum­ biese a los pasajeros o a piratas. El prestatario ofrecía garantías: no te­ nía derecho sino a un sólo préstamo por viaje y toda una serie de medidas le imponía velar por la seguridad y arribar efectivamente al puerto con­ venido. Es verdad que los beneficios del prestamista alcanzaban entre el 22 y el 30 por 100 por temporada, pero los riesgos eran grandes: falta de probidad del tomador, capturas diversas a manos de enemigos o de piratas, suelta de lastre impuesta por tempestades o averías, etc. Por ello no se tenía derecho a prestar dinero de un huérfano a cuyo cargo se estuviese.

La circulación de bienes se convirtió, pues, en una realidad indiscu­ tible en el siglo IV y se resume bien en esta observación de Jenofonte: «Cuando hay abundancia de trigo y de vino, son productos de bajo precio cuyo cultivo no compensa, de manera que muchos abandonan el tra­ bajo de la tierra para dedicarse al negocio, a la venta al por menor o al préstamo con interés». (Ingresos, IV, 6).

III. LA DISTRIBUCIÓN DE LAS RIQUEZAS

Las ocasiones de hacer fortuna eran numerosas. Demóstenes denun­ ciaba el lujo de los particulares, que se exhibía en las construcciones de mansiones privadas de belleza superior a la de ios monumentos pú­ blicos; pero él mismo presumía, contra Esquines, hijo de un maestro de escuela y de una sacerdotisa de un culto mistérico, de su origen aco­ modado, que le permitió recibir una esmerada educación de ciudada­ no libre. Jenofonte y Platón denunciaban los efectos del oro y de la riqueza introducidos en Esparta.

El beneficio no fue sólo el personal: la colectividad requería nume­ rosos gastos y las liturgias, cuya carga hemos visto podía ser considera­ ble, gravaban a los ricos. Pero, precisamente, los ricos las toleraban ca­ da vez peor y procuraban ocultar su fortuna mueble: en Atenas se am­ plió la base imponible de la eisphora —a la que quedaron ya sujetas gentes modestas que no podían pagarla— y se reorganizaron las trie- rarquías de una manera que llevó a un pésimo rendimiento del siste­ ma. Siendo cierto que algunos no tenían con qué hacer frente a un aumento imprevisto de gastos, volvieron a aparecer los mojones hipo­ tecarios que jalonaban las propiedades comprometidas, los préstamos bancarios y los «créditos amistosos» a interés mínimo o nulo, expedien­ tes a que hubo de recurrirse para dotar a una hija o hacer frente a una liturgia.

Otros eran verdaderamente ricos, pero preferían ganarse el recono­ cimiento público mediante donativos voluntarios —eso era el evergetismo— , mejor que no sometiéndose a un impuesto sin gloria ninguna; donativos o ventas de cereal a bajo precio, préstamos ventajo­ sos para la Ciudad o financiación de sus construcciones: tales liberali­ dades eran también propias de los metecos ricos, que lograban así mues-

J. VELIRASSOPOULOS, lesnaudlres grecs. Recherches sur les institutions maritimes en Grèce et dans l'Orient bellenisé, París, Ginebra, 1980.

LOS RICOS El lujo

Plutarco continúa con esa mism a críti­ ca: «El verdadero inicio de la decaden­ cia y de la enferm edad de la constitu­ ción lacedemonia estuvo, m ás o menos, en el m om ento en el que, un a vez de­ rribada la hegemonía ateniense, los la- cedemonios se atiborraron de oro y pla­ ta.»

(PLUTARCO , Vida de Agis, V .)

Riqueza individual y gastos públicos...

M. I. FINLEY, Studies in Land Credit in Ancient Athens, 1952

CRISIS SOCIALES Y POBREZA

«Hay que intentar hasta eí máxim o lle­ var a los ciudadanos a la concordia..., sobre todo aliviando a los deudores m e­ diante intereses m ódicos o con su total supresión; y, si !a situación se hace de­ masiado peligrosa, hay que suprimir las deudas parcial o totalm ente, si es p re­ ciso, pues hom bres endeudados de tal m odo son mucho m ás peligrosos como reservistas. Y hay, también, que garan­ tizar lo necesario a quienes carecen de ello.»

(EN EA S T Á C T IC O , XIV )

Ver capp. V, i y X I, III Ver cap. X III, I

«Hemos creado a nuestra guisa guerras y sediciones tales que unos mueren en su propia patria fuera de toda legalidad, que otros vagan por el extranjero con sus hijos y mujeres y que muchos, obligados por la indigencia a servir como mercenarios, mueren combatien­ do por sus enemigos y contra su propia gente. Sobre este particu­ lar nunca se indigna nadie y todos prefieren llorar sobre las desdichas creadas por los poetas.» (ISÓCRATES, Panegírico, 168). Ver cap. XI, La artesanía.

tras de agradecimiento que podían llegar hasta la concesión de la ciu­ dadanía; anunciaban un rasgo característico de la época helenística y prueban la incapacidad de la Ciudad para prever sus gastos y para com­ pensar los avatares de la producción y de los intercambios.

Sabemos mucho menos de los pobres, pero sí que, a menudo, te­ nían dificultad en alimentarse y que la propaganda de la redistribución de tierras y de condonación de deudas tenía siempre verdadero éxito. Oímos a menudo hablar de conflictos entre pobres y ricos por todo el mundo griego: ello explica el temor universalmente extendido a la sta­

sis y la resurgencia de un fenómeno político ligado a la crisis, la tiranía.

En el Peloponeso, de creer a Isócrates, el trastorno fue general. Allí, a mediados de siglo, Eneas, llamado el Táctico, redactó un tratado so­ bre la defensa de las ciudades. Los capítulos XI y XIV los dedicó a las medidas que habían de tomarse contra la subversión, pues el riesgo de ver el partido rival abrir las puertas de la Ciudad con engaño era, al menos, tan grande como el de una derrota militar; se pactaban alian­ zas entre demócratas y oligarcas de Ciudad a Ciudad o entre familias. En algunas regiones agrarias da la impresión de que los cultivadores de­ pendientes fueron utilizados como palancas de los movimientos revo­ lucionarios: ya había sucedido tal cosa con los penestas de Tesalia, a fines del siglo V ; Dionisio, en Siracusa, confiscó los bienes de sus ene­ migos para repartirlos entre sus partidarios, extranjeros o «esclavos» (¿ki- lirios?), a quienes hizo nuevos ciudadanos (Diodoro, XV, 7); Jenofon­ te nos dice de Eufrón de Sición que se apoyó en promesas de igualdad (¿política o social?) y en mercenarios para imponer su poder tiránico; y Clearco, en Heraclea del Ponto, suprimió o exilió a sus adversarios y ofreció sus tierras y sus mujeres o hijas a sus dependientes liberados (Justino, XIV a XVI). La misma Atenas hubo de sentir la amenaza, pues­ to que, en el 337-336, se votó un decreto para prevenir cualquier in­ tentona tiránica y Demóstenes multiplicó los llamamientos a la concor­ dia, a la comprensión y a la ayuda mutuas. Los teóricos, como Platón y Aristóteles, analizaron esas situaciones explosivas e Isócrates no se equi­ vocaba cuando atribuía la abundancia de mercenarios al aumento del número de desarraigados expulsados de sus patrias respectivas por la pobreza.

No puede, pues, dudarse de la existencia de un conflicto, aunque sus causas se nos escapen. Si es cierto que cuatrocientos artesanos, de diferente estatuto jurídico, bastaban para asegurar la producción cerá­ mica ateniense, no pudo ser un cierre de los mercados exteriores lo que causase tales efectos. Hemos visto en otras partes que se mantenían las explotaciones pequeñas y medianas, que muchas regiones conservaban su estructura agraria inalterada y que los intercambios comerciales ofre­ cían nuevos mercados exteriores. Acaso haya que implicar en ello al es­ tado de guerra permanente, con su séquito de asolaciones, piratería y destrucciones; o, también, al cese de beneficios generados por el impe­ rialismo, que pesaría sobre muchas Ciudades; o, quizá y por último, sucediese que la evolución de la Ciudad fuese los suficientemente pro-

funda como para que la mera ciudadanía no bastase para mantener unido al cuerpo social. Atenas, que cuidó de tomar las medidas que permitie­ sen evitar los enfrentamientos, se libró de una crisis social aguda.

Las pocas informaciones de que disponemos sobre la evolución de precios y salarios nos suministran otro elemento para la respuesta. Una fortuna de 2 a 3 talentos (12 a 18.000 dr.) bastaba para estar sujeto a la trierarquía. El misthos fue aumentado: el más alto se concedió pa­ ra la sesión principal de la ekklesía (9 óbolos, una vez por pritanía) y el más regular fue el del juez: 3 óbolos durante, quizá, trescientos días por año (esto es, 150 dr. por año). Las cuentas de los santuarios nos permiten descubrir a la vez el aumento de los salarios y su diversifica­ ción (comparar con las cuentas del Erecteón, cap. XI). Pero los precios también habían aumentado: el trigo parece que pasó de 3 dracmas por medimno, a principios de siglo, a 6 en el 328; el himatión corriente, de 16 (al por menor) en el 392 a 18,5 (al por mayor) en el 329; se esti­ ma que hacia fines de siglo hacían falta 3 óbolos diarios como mínimo para la supervivencia de una sola persona (180 dracmas anuales). Así, el trabajador artesano viviría dignamente con una mujer y uno o dos hijos; pero si llegaba un descenso de pedidos o una brusca alza de los precios del cereal o del aceite, se producía la catástrofe.

Se hubiese esperado que, frente a tales dificultades y amenazas, las Ciudades hubiesen iniciado una política económica favorecedora de los intercambios, de la producción y de la pequeña agricultura (mantenien­ do, por ejemplo^ aunque fuese artificialmente, el precio del trigo). Pe­ ro no hubo nada de eso. De hecho, aún no había nacido un pensa­ miento económico que partiese de una visión global de la situación. Jenofonte, ciertamente, hizo interesantes propuestas a sus conciudada­ nos para explotar los recursos del país, que salía agotado de la Guerra de los Aliados (Ingresos, h. el 355). Integrándose en toda una corriente moderada, Jenofonte insistió sobre el costo de la guerra y las ventajas de la paz para desarrollar la producción y el comercio. En su programa había dos ideas maestras: desarrollar cada vez más la explotación de las minas del Laurion, pues sus reservas eran inagotables y porque la plata podía producirse en grandes cantidades sin que mermase su valor; y favorecer a los metecos, liberándolos de funciones penosas (como el ser­ vicio militar) y otorgándoles con generosidad el derecho de énktesis, mejorando la legislación mercantil. Esta segunda vía fue, en efecto, se­ guida por Eubulo que, además, parece que favoreció un refuerzo de la actividad minera; pero la idea de un empréstito de Estado para for­ mar un capital servil era una utopía. Por innovadora que nos parezca la obra, en modo alguno buscaba los medios de asegurar un equilibrio económico basado en la posibilidad de un trabajo rentable para todos: ninguna presión social imponía su aplicación. Por su lado, las reivindi­ caciones de los pobres eran las tradicionales: expulsar a los ricos de sus tierras para repartirlas y abolir las deudas. Cuando una Ciudad como Atenas aseguraba a sus conciudadanos un mínimo vital (misthoi, theó-

rikon, repartos de cereal), evitaba los enfrentamientos violentos, pero

PRECIOS Y SALARIOS

Jornales en Eleusis en el 329-328: Aprendiz joven: 1 dracma Peón: 1,5 dr.

Tejador, enlucidor, aserrador: 2 dr. Albañil, carpintero: 2,5 dr.

Himatión. Manto de lana, form ado por una pieza rectangular que se ceñía en torno al cuerpo, sin otra sujeción.

UNA POLÍTICA ECONÓMICA

Los concesionarios de minas eran par­ ticulares, ciudadanos o metecos que disfrutaban de la énktesis. Pagaban a

la C iudad un alquiler variable, según que el filón fuese antiguo o p o r explo­ tar. Los esclavos que trabajaban allí se alquilaban, generalm ente, a propieta­ rios, a quienes reportaban uno o dos óbolos diarios. Jenofonte hubiese que­ rido que la C iudad , m ediante un em­ préstito nacional, comprase un capital servil inicial, lo alquilase, invirtiese ios beneficios en nuevas com pras e hicie­ se, por últim o, partícipes en los bene­ ficios a los ciudadanos, tras haber fi­ nanciado una parte de los gastos de la C iudad.

Ver capp, XÎV, II y X V , III

«Lo que frena a una econom ía no es el q u e las gentes se interesen p o r asuntos no económicos, pues eso lo harán siem­ pre, sino que no racionalicen los mé­ todos.»

(P. VEYN E, Annales, 1974, pág.

Teórico, cf. más adelante.

LOS RECURSOS DE LA CIUDAD

Los impuestos

Los bienes públicos

Los arriendos mineros. Véanse ios ejem plos citados por M. A U STIN y P. V ID AL-N AQ U ET, Économies..., cit.,

págs. 377 y ss.

LA ADMINISTRACIÓN DE LAS FINANZAS

La caja del teórico recibía todos los so­ brantes no utilizados. Pagaba la entra­ da al teatro de los ciudadanos, finan­ ciaba las construcciones, etc.

EL APROVISIONAMIENTO DE TRIGO...

«Sin d ud a sabéis, mejor que los dem ás hom bres, que em pleam os trigo im por­ tado. Pues bien: el trigo que nos llega del Ponto lo hace en cantidad igual al que procede de todos los dem ás m er­ cados juntos... Esa región no sólo lo po­

lo hada en nombre de una ideología cívica y sin entrever otra solución que la beneficencia —aunque algunos, como Isócrates, sugirieron el ser­ vicio militar— .

En realidad, la Ciudad tuvo dos preocupaciones principales y no fue más allá de ellas: financiar sus gastos de funcionamiento y evitar las ham­ brunas; y en ambos casos su método fue empírico.

¿Cuáles eran los recursos de una Ciudad? Básicamente, provenían de los impuestos indirectos, ai menos en todas en ias que lo permitían la circulación de bienes y los intercambios con el exterior: tasa de 1/50

(pentekosté, 2 por 100 ad valorem) sobre entradas y salidas de mercan­

cías, general en los puertos y frecuente en los peajes terrestres; tasa so­ bre ventas (eponion), que acaso se sumase a la tasa sobre mercados; ta­ sas sobre pastos, pesca, paso y sobre ciertos géneros, etc. El catálogo varía, según Ciudades. El cobro se encomendaba a particulares, que com­ praban su arriendo, corriendo de su cuenta el resarcirse de gastos —y el superarlos—. A ello se añadían impuestos directos, sin duda más fuer­ tes en las regiones menos mercantiles: metoikion (capitación, para los metecos), xenoikion (para los extranjeros) y una tasa sobre los esclavos (¿?). Más originales eran las liturgias, entre las que suele incluirse la

eisforá·. los grandes gastos del Estado eran, así, tomados, directamente

a su cargo por los ciudadanos ricos.

Otros recursos eran los del Estado propietario y administrador de justicia: las minas, los terrenos sacros y los del Estado, cuyo alquiler es­ taba severamente controlado; ios gastos de la justicia se cubrían entera­ mente por los condenados y el desarrollo de la sanción confiscatoria, al menos en Atenas, aumentó los recursos por venta de estos bienes.

Aristóteles (Const. At. ) describe el funcionamiento de las finanzas atenienses de modo que nos sorprende. Comprobamos que los gastos se originaban, sobre todo, por la efebía, por el ejército (cada vez más), las fiestas religiosas, los funcionarios de todos los niveles y los benefi­ ciarios de un misthos, por las obras públicas y por algunas cargas socia­ les (enfermos, huérfanos de guerra). Pero la tasación de los gastos era arcaica: los ingresos eran distribuidos entre los magistrados a medida que se producían las necesidades; en materia judicial y religiosa, los pagos quedaban directamente afectos a los gastos de cada sector; en conjun­ to, no había ninguna previsión presupuestaria ni ningún arrastre de un año para otro: lo que no se gastaba iba a parar a la caja del teórico; a partir de ahí se comprenden la utilidad del sistema de liturgias, que aliviaba a la administración, y la importancia de los donativos genero­ sos por parte de los ricos, pues permitían paliar Jos imprevistos.

No obstante, hay un terreno en el que el Estado interviene: el apro­ visionamiento de trigo (y de materiales de construcción naval; pero, para este período la información es escasa). Veíase a los atenienses, aunque tan celosos de su derecho de ciudadanía, adular a los reyes del Bosforo cimerio y proteger el comercio con el Ponto Euxino; apenas olfateaban la especulación, abrumaban a los revendedores de trigo (pero no a los importadores); una ley prohibía prestar dinero a un barco extranjero,

salvo si transportaba trigo al Pireo. Sucedía que los sitofílacos se viesen obligados a comprar trigo para venderlo a bajo precio, pesada carga pa­ ra un magistrado. Para vigilar el aprovisionamiento y garantizar la ho­ nestidad y legalidad de las transacciones, la Ciudad ateniense multipli­ có sus magistraturas económicas, tanto para Atenas cuanto como para el Pireo: agoránomos, metrónomos, sitofílacos, inspectores portuarios,